viernes, 9 de mayo de 2008

El origen del poder en el Magisterio de la Iglesia

“Syllabus”: Errores sobre la ética natural y cristiana[1]

El Syllabus, del 8 de diciembre de 1864 (...), es un catálogo oficial de los principales errores contemporáneos, en forma de proposiciones concretas, tales como se encuentran en los autores más conocidos que los propalaron. En ellos se encuentran, pues, en detalle todos los que constituyen el dogmatismo Liberal. Aunque en una sola de sus proposiciones se nombra al Liberalismo, lo cierto es que la mayor parte de los errores allí sacados a la picota so errores liberales

o En las proposiciones XV, LXXVII y LXXVIII se condena la libertad de cultos.

o En la XX y la XXVII, el pase regio

o En la XXVI y XXVII la desamortización

o En la XXXIX la supremacía absoluta del Estado

o En la XLV, XLVII y XLVIII el laicismo en la enseñanza pública

o En la LV la separación de la Iglesia y el Estado

o En la LVI el absoluto derecho de legislar sin Dios

o En la LXII el principio de no intervención

o En la LXII el llamado derecho de insurrección

o En la LXXIII el matrimonio civil

o En la LXXIX la libertad de imprenta

o En la LX el sufragio universal como principio de autoridad

o En la LXXX el mismo nombre de Liberalismo

«Inscrutabili Dei quod Apostolici muneris»[2]

En esta encíclica de León XIII condena los principios fundamentales del socialismo: la negación de Dios y de la Iglesia, la supresión de toda autoridad, igualdad absoluta de todos los hombres en le esfera jurídica y en el plano político, disolubilidad del vínculo matrimonial y consiguiente disolución de la familia, abolición del derecho de propiedad, acción política demagógica sostenida por na propaganda revolucionaria.

Recuerda, siguiendo la doctrina tradicional de la Iglesia, que no hay autoridad sino por Dios y que sepan los regidores de los pueblos usen del poder que les ha sido conferido para edificación y no para destrucción serán juzgadas

No hay autoridad sino por Dios

nº2.- (...) con una nueva impiedad, desconocida por los mismos gentiles, hemos visto a los Estados constituirse sin tener en cuenta para nada a Dios y el orden por El establecido.

Se ha repetido que la autoridad pública no deriva de Dios su primer origen ni su majestad ni su fuerza imperativa, sino de la multitud popular (...) sólo se somete a las luyes que ella misma se da a su antojo.

nº6.- (...) la Iglesia inculca constantemente a los pueblos el precepto del Apóstol: No hay autoridad sino por Dios, y las que hay por Dios han sido ordenadas, de suerte que quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de Dios, y los que la resisten, se atraen sobre sí la condenación Rom 13,5-7.(...) el Creador y Gobernador de todas las cosas las ha dispuesto con su providente sabiduría de tal manera, que las cosas ínfimas alcancen sus fines respectivos a través de las intermedias, y las intermedias a través de las superiores. (...)

Las autoridades serán juzgadas por Dios

nº7.- (...) A fin de que los regidores de los pueblos usen del poder que les ha sido conferido para edificación y no para destrucción, la Iglesia de Cristo amonesta oportunamente también a los príncipes con la severidad del juicio supremo que las amenaza. (...) Aplicad el oído los que imperáis sobre las muchedumbres y los que os engreís sobre la multitud de las naciones. Porque el poder os fue dado por el Señor y la soberanía por el Altísimo, que examinará vuestras obras y escudriñará vuestros pensamientos (...) Terrible y repentina vendrá sobre vosotros, porque de los que mandan se ha de hacer severo juicio (...) Que el Señor de todos no teme a nadie, ni respetará la grandeza de ninguno; porque él ha hecho al pequeño y al grande, e igualmente cuida de todos. Pero a los poderosos amenaza poderosa inquisición. Sab. 6,2-4, 6-9. (...)

“Diuturnum Illud”[3]

En este apartado, así como en los correspondientes a las Encíclicas de León XIII que constituyen la totalidad del pensamiento cristiano acerca de la sociedad política, se sigue el artículo de José María Petit Sullá[4], escrito en Cristiandad, con ocasión del centenario de la muerte del gran pontífice. El contenido de esta Encíclica de León XIII es simple y categórico: señalar el origen del poder humano, incluso el mera­mente político. Su fundamento es, sobre todo, bíbli­co, esto es, revelado. Pero se adecua maravillosamen­te a la necesaria relación entre el que detenta el po­der político y el que es súbdito de este poder. Es la armonía entre la fe y la razón, pues lo que la recta razón excogita sobre este origen y fin halla en la re­velación su más plena explicitación.

Sólo Dios, creador del género humano detenta por sí mismo el poder de gobernar. Los demás lo hacen por su delegación, en su nombre y para su fin. En este punto esencial no hay diferencia entre un rey, un obispo o un padre de familia. Cualquier hombre cons­tituido en autoridad ejerce esta autoridad en nombre de Dios. Importa poco el modo como ha llegado a ser depositario de este poder, pues la Iglesia admite to­das las formas políticas. De esto último no trata la encíclica, sino exclusivamente de que el poder, lo que llama la encíclica la «potestas» o el «imperium», se ejerce por Dios.

Al comienzo de la encíclica advierte el Papa que habla de esta cuestión no porque la Iglesia se inmis­cuya en una cuestión política sino que lo hace desde la conciencia de su función de magisterio universal que guarda e interpreta la doctrina del mismo Cristo.

2. Por lo cual, al haber sido, por beneficio de Dios, puestos para regir la Iglesia católica como guarda e intérprete de las doctrinas de Cristo, juzgamos, Vene­rables Hermanos, que toca a Nuestra autoridad recor­dar públicamente lo que de cada uno exige la verdad católica en este género de deber; de donde también resultará el modo y la manera con que, en tan deplo­rable estado de cosas, haya de mirarse por la salud pública.”

Necesidad de la autoridad

Recuerda León XIII brevemente que es indispensable la exis­tencia de la autoridad para la misma existencia de la sociedad. Toda sociedad requiere naturalmente una autoridad y esta verdad ha sido admitido, incluso, por las tendencias más orgullosas y contumaces. Podrá haber faltado el recto juicio que explique la naturale­za de la autoridad y su ejercicio, pero no el hecho de la existencia de una autoridad.

“3. Aunque el hombre incitado por cierto orgullo y contumacia intentó muchas veces romper los frenos del mando, jamás, sin embargo, pudo conseguir el no obedecer a nadie. En toda reunión y comunidad de hombres, la misma necesidad obliga a que haya al­gunos que manden, no sea que la sociedad, destituida de autoridad o cabeza que la rija, se disuelva y no pueda conseguir el fin para que nació y fue constitui­da. (...).”

El grave error de la filosofía que inspira el nuevo origen del poder, recuerda Petit, consiste en afirmar que la fuente de poder es la voluntad humana. Esto no es propiamen­te un error sino, más exactamente, una monstruosi­dad porque la voluntad es la facultad por la que apetecemos el bien y, por consiguiente sigue al cono­cimiento de lo que es juzgado como bueno. Decir que la voluntad es la fuente de poder pertenece al orden de la blasfemia más profunda. Es un grito irra­cional y verdaderamente satánico, pues es un eco del non serviam, que careciendo de toda sujeción a la razón o a la noción trascendente de bien, se afirma a sí mismo, a la propia voluntad, como la única fuente de poder. Adviértase que este gravísimo error filosó­fico es anterior a cualquier elaboración de una «teo­ría social».

“3. (…) Muchos de nuestros contemporáneos, siguiendo las huellas de aquéllos que en el siglo pasado se dieron a sí mismos el nombre de filósofos afirman que todo poder viene del pueblo. Por lo cual, los que ejercen el poder no lo ejercen como cosa propia sino como man­dato o delegación del pueblo y de tal manera que tiene rango de ley la afirmación de que la misma voluntad popular que entregó el poder puede revocarlo a su antojo. Muy diferente es en este punto la doctrina ca­tólica, que pone en Dios, como en principio natural y necesario, el origen del poder político.”



No confundir autoridad con designar la persona

No se ha de confundir la elección de la persona que ejercerá la autoridad con la «comunicación» del poder en sí mismo. Cuando el poder se transmite por modo hereditario sucede lo mismo que cuando se eli­ge por sufragio de muchos. Este último modo está más obligado a distinguir la persona elegida del po­der que detenta porque se da el error de creer que, puesto que se elige la persona, se le comunica un poder que viene de los mismos que le eligen. Por tan­to, el sistema de elección por sufragio es legítimo sólo si elige la persona que gobierna pero no concede el poder de gobernar.

“4. Importa bien hacer notar ahora cómo los que han de gobernar las repúblicas pueden, en algunos casos, ser elegidos por la voluntad y juicio de la mul­titud: a ello no se opone ni contradice la doctrina católica. Con cuya elección se designa ciertamente el príncipe, mas no se confieren los derechos del princi­pado, ni se da el mando, sino que se establece quién lo ha de ejercer. No se discute aquí sobre las formas de gobierno, pues no hay por qué la Iglesia no aprue­be el principado de uno solo o de muchos con tal que sea justo y tienda a la común utilidad. Por lo cual, salva la justicia, no se prohíbe a los pueblos el que adopten aquel sistema de gobierno que sea más apto y conveniente a su modo de ser o a las instituciones y tradición de sus antepasados.”

El poder viene de Dios

La autoridad, en el sentido estricto de «impe­rio», viene únicamente de Dios, como lo revela la Escritura y lo confirma la razón. Así lo interpretaron también los Padres y los doctores de la Iglesia. Es tan explícita la Sagrada Escritura en este punto que el Pontífice hace sólo una selección de los muchos textos que podrían citarse.

“5. Por lo que respecta, pues, al imperio o mando político, la Iglesia enseña rectamente que éste viene de Dios como ella misma lo encuentra continuamente atestiguado en las Sagradas Letras y en los monumen­tos de la antigüedad cristiana; además de que no pue­de excogitarse alguna doctrina que sea, o más conve­niente a la razón, o más conforme a la salud de los príncipes y de los pueblos.

“6. En realidad, los libros del Antiguo Testamen­to confirman claramente en muchos lugares que en Dios está la fuente de la potestad humana. Por mí rei­nan los reyes..., por mí los príncipes gobiernan, y los poderosos administran justicia. Y en otra parte: Pres­tad oído, vosotros, los que domináis a la muchedum­bre...; el Señor os ha dado el imperio. Lo cual se con­tiene asimismo en el libro del Eclesiástico: A cada pueblo puso Dios un soberano. Después, cuando re­fulgió la luz del Evangelio cristiano, la vanidad cedió su puesto a la verdad, de nuevo empezó a brillar aquel novísimo divino principio, de dónde emana toda auto­ridad. Cristo Señor nuestro respondió al gobernador romano, el cual creía tener y ostentaba toda la potes­tad de absolverle y de condenarle: No tendrías poder alguno contra mi, si no se te hubiese dado de arriba Y explicando esto, dice san Agustín: Aprendamos lo que dijo, que es lo mismo que enseñó por el Apóstol; a saber: que no hay potestad sino de Dios. A la doctrina y a los preceptos de Jesucristo correspondió la voz incorrupta de los Apóstoles, como una copia a su ori­ginal. Excelsa y llena de gravedad es la sentencia de san Pablo a los Romanos, sujetos al imperio de prín­cipes paganos: No hay potestad sino de Dios; y de tal principio concluye lógicamente así: El príncipe es ministro de Dios.”

“7. Los Padres de la Iglesia procuraron con toda diligencia el profesar y propagar esta misma doctrina en la que se habían educado. No atribuyamos—dice san Agustín—sino al Dios verdadero la potestad de dar el reino y el imperio. San Juan Crisóstomo dice, siguiendo la misma sentencia: Que haya principados, y que unos manden y otros sean súbditos, y que todo no camine al azar y en desorden..., digo ser obra de la divina sabiduría. Lo mismo atestiguó san Gregorio Magno con estas palabras: Confesamos que la potes­tad les viene del cielo a los emperadores y reyes. Más aún; los santos Doctores se cuidaron muy bien de ilus­trar los mismos preceptos, hasta sólo con la luz natu­ral de la razón, de suerte que puedan parecer rectos y verdaderos aun a los que no tienen otro guía que la razón.”

Es falso que el poder procede el “pacto social”

Es gratuita e inventada la teoría del pacto social en la que cada hombre decide voluntariamente vivir en sociedad, como si ello no estuviera inscrito en la naturaleza del hombre. Este «consentimiento» no es tampoco el origen del poder.

“8.- Los que pretenden colocar el origen de la sociedad civil en el libre consentimiento de los hombres, poniendo en esta fuente el principio de toda autoridad política, afirman que cada hombre cedió algo de su propio derecho y que voluntariamente se entregó aquellos derechos. Pero hay un error (...) Los hombres no constituyen una especie solitaria y errante. Los hombres gozan de libre voluntad, pero han nacido para formar una comunidad natural. Además, el pacto que predican, es claramente una ficción inventada y no sirve para dar a la autoridad política la fuerza, la dignidad y la firmeza que requieren la defensa de la república y la utilidad común de los ciudadanos. La autoridad sólo tendrá esta majestad y fundamento universal si se reconoce que proviene de Dios como fuente augusta y santísima.”

La concepción cristiana del poder político

La obediencia de los súbditos sólo se alcanzará si se reconoce el carácter trascendente de la autoridad en orden al bien universal querido por Dios para to­dos los hombres. La obligación en conciencia de obe­decer a la autoridad legítima forma parte de la praxis de la primitiva Iglesia.

“9. Ninguna opinión o sentencia puede hallarse, no sólo más verdadera, sino más útil seguramente. Pues si la potestad de los que gobiernan los pueblos es cierta comunicación de la potestad divina, ya por esta mis­ma causa la potestad humana consigue al punto la mayor dignidad; y no aquella impía y tan absurda arrogada por los emperadores paganos, que algunas veces se atribuían honores divinos, sino aquella otra verdadera y sólida, y ésta recibida como don y benefi­cio divino. Por lo cual será necesario que los ciu­dadanos estén sujetos y obedezcan a los príncipes como a Dios, no tanto por el temor del castigo, cuanto por el respeto de la majestad, y no ya por adulación, sino por conciencia del deber.”

“10. Conforme a esta doctrina instruyó el apóstol san Pablo a los Romanos en particular, a los cuales escribió sobre la reverencia que se debe a las supre­mas potestades, con tan grande autoridad y peso, que nada parece pueda mandarse con más severidad: Toda alma se someta a las autoridades superiores. Porque no hay autoridad que no sea instituida por Dios; y las que existen, por Dios han sido ordenadas. Y así, el que se insubordina contra la autoridad, se opone a la ordenación de Dios. Y los que se oponen, su propia condenación recibirán... Por lo cual, fuerza es some­terse, no ya sólo por el castigo, sino también por la conciencia. Muy conforme también a esto es la nobilísima sentencia de san Pedro, príncipe de los Apóstoles: «Mostrad sumisión a toda institución hu­mana por respeto al Señor, ya sea al emperador, como a soberano; ya a los gobernadores como mandados por él para castigo de los que obran mal y para alabanza de los que obran bien; pues tal es la voluntad de Dios».”

La objeción de conciencia

“11.- Una sola causa tienen los hombres para no obedecer cuando se les exige algo que repugna abiertamente al derecho natural o al derecho divino. (...) si la voluntad de los gobernantes contradice a la voluntad y las leyes de Dios, los gobernantes rebasan el campo de su poder y pervierten la justicia. Ni en este caso puede valer su autoridad, porque la autoridad, sin la justicia, es nula.”

“12.- (...) el poder político no ha sido dado para el provecho de un particular y el gobierno de la república no puede ser ejercido para utilidad de aquellos a quienes ha sido encomendado, sino para bien de los súbditos (...) Tomen los príncipes ejemplo de Dios (...)”
Las nuevas teorías. El derecho nuevo

La doctrina moderna, inventada, y sin fundamento teológico ni racional, acarrea grandes males y los acarreará aun mayores a la sociedad. La doctrina mo­derna no arraigará nunca en la sociedad y será siem­pre la fuente de todas las anarquías y rebeliones.

“17. Por el contrario, las doctrinas inventadas por los modernos acerca de la potestad política han aca­rreado ya grandes calamidades, y es de temer que con­duzcan aun a mayores males en lo porvenir. Negarse a considerar a Dios como fuente y origen de la potes­tad política, es querer arrancar a ésta su más bello esplendor y quitarle su mayor fuerza. (...)”

El error acerca del origen del poder comienza con el liberalismo pero no termina en el liberalismo sino que se continúa en errores mayores, como el socia­lismo, el comunismo y el nihilismo, que son como la misma muerte de la sociedad. Algunos creen inge­nuamente que el liberalismo combate estos errores posteriores; por el contrario, los alimenta y fomenta. En muchos casos -como hemos visto también con más claridad incluso después del pontificado de León XIII- estos sistemas radicales se proclaman como los únicos verdaderamente compatibles con la «libertad» y tienen a gala enfrentarse al liberalismo del que pro­ceden.

“(...). De aquella herejía nacieron, en el siglo pasa­do, la falsa filosofía y aquel derecho que llaman nue­vo, la soberanía popular y aquella desenfrenada licen­cia, que muchísimos piensan ser la única libertad. De ahí ya se ha pasado a las plagas más cercanas, que se llaman comunismo, socialismo y nihilismo, horrendos males y casi muerte de la sociedad civil. Y, sin em­bargo, muchos se esfuerzan por extender y dilatar el imperio de tan grandes males, y so color de favorecer los intereses de las muchedumbres suscitaron grandes incendios y ruinas. Todo cuanto ahora recordamos no es desconocido, ni muy lejano”.

Concluye la Encíclica poniendo la esperanza en la intercesión de la Virgen y los santos protectores de la Iglesia, en primer lugar, a san José, que tiene el patrocinio so­bre la Iglesia.

“21. Y para que en la oración sea más firme nues­tra esperanza, al suplicar esto, pongamos por interce­sores y defensores de nuestra salvación a la Virgen María, la excelsa Madre de Dios, Auxilio de los cris­tianos y protectora del género humano; a san José, su castísimo esposo, en cuyo patrocinio confía muchísi­mo toda la Iglesia; a los Príncipes de los apóstoles san Pedro y san Pablo, vigilantes y reivindicadores del nombre cristiano”.

Catecismo de la Iglesia Católica

La Autoridad es necesaria a la Sociedad

nº1897.- "Una sociedad bien ordenada y fecunda requiere gobernantes, investidos de legítima autoridad, que defiendan las instituciones y consagren, en la medida suficiente, su actividad y sus desvelos al provecho común del país".

Se llama "autoridad" la cualidad en virtud de la cual personas o instituciones dan leyes y órdenes a los hombres y esperan la correspondiente obediencia.

nº 1898.- Toda comunidad humana necesita una autoridad que la rija (León XIII, enc. "Inmortalae Dei"; enc. "Diuturnum illud"). Esta tiene su fundamento en la naturaleza humana. Es necesaria para la unidad de la sociedad. Su misión consiste en asegurar en cuanto sea posible el bien común de la sociedad.

La Autoridad proviene de Dios

nº 1899.- La autoridad exigida por el orden moral emana de Dios "Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino, y los rebeldes se atraerán sobre sí mismos la condenación".

nº 1901.- Si la autoridad responde a un orden fijado por Dios, "la determinación del régimen y la designación de los gobernantes han de dejarse a la libre voluntad de los ciudadanos".La diversidad de los regímenes políticos es moralmente admisible con tal que promuevan el bien legítimo de la comunidad que los adopta (...)
La ley civil debe conformarse a la recta razón

nº 1902.- La autoridad no saca de sí misma su legitimidad moral. No debe comportarse de manera despótica, sino actuar para el bien común como una "fuerza moral, que se basa en la libertad y en la conciencia de la tarea y obligaciones que ha recibido"


La legislación humana sólo posee carácter de ley cuando se conforma a la justa razón, lo cual significa que su obligatoriedad procede la ley eterna. En la medida en que ella se apartase de la razón, sería preciso declararla injusta, pues no verificaría la noción de ley; sería más bien una forma de violencia (S.Tomas de A., s.th. 1-2, q.93, a.3 ad2).

nº 1903.- La autoridad sólo se ejerce legítimamente si busca el bien común del grupo en cuestión y si, para alcanzarlo, emplea medios moralmente lícitos. Si los dirigentes proclamasen leyes injustas o tomasen medidas contrarias al orden moral, estas disposiciones no pueden obligar en conciencia.

"El liberalismo es pecado"[5]

Las apariencias engañan: las formas de gobierno

En este capítulo, Sardá y Salvany, hace un análisis muy preciso del liberalismo, en el que muestra que la raíz doctrinal y filosófica es la que hace malo lo que el liberalismo intenta y no aspectos externos que, si bien han estado vinculados a su propagación, necesariamente no tienen por qué ser constitutivos del mismo. Es el caso de las formas de gobierno. En efecto, ya que en muchos lugares los liberales han adoptado la forma de gobierno de la república para implantar sus ideas mediante la revolución, algunos vinculan, sin más, a los defensores de esta forma de gobierno como si su defensa condujese necesariamente al liberalismo. El presbítero catalán por medio de ejemplos muestra lo falso de este planteamiento. De ahí la importancia que tiene el tener los conceptos claros para no ser engañado con aparentes verdades.

Así titula uno de sus capítulos: “De algo que pareciendo liberalismo no lo es y de algo que lo es, aunque no lo parezca” [6]

“(...) El diablo, pues, en tiempos de cismas y herejías, lo primero que procuró fue que se barajasen y trastocasen los vocablos, medio seguro para traer desde luego mareadas y al retortero la mayor parte de las inteligencias.

Esto pasó con el Arrianismo, en términos que varios Obispos de gran santidad llegaron a suscribir en el Concilio de Milán una fórmula en que se condenaba al insigne Atanasio, martillo de aquella herejía. Y aparecerían en la historia como verdaderos fautores de ella si Eusebio mártir, legado pontificio, no hubiese acudido a tiempo a desenredar de tales lazos lo que el Breviario llama captivitam simplicitatem de alguno de aquellos candorosos ancianos. Lo mismo sucedió con el Pelagianismo; lo mismo con el Jansenismo tiempo atrás; lo mismo acontece hoy con el Liberalismo”.

o “Liberalismo son para unos las formas políticas de cierta clase;

o Liberalismo es para otros cierto espíritu de tolerancia y generosidad opuesto al despotismo y tiranía.

o Liberalismo es para otros la igualdad civil, salva la impunidad y fuero de la Iglesia

o Liberalismo es, para muchos una cosa vaga e incierta, que pudiera traducirse sencillamente (...).”

“¿Qué es el Liberalismo? ¿Qué no es?”

“En primer lugar, no son “ex se” Liberalismo las formas políticas de cualquier clase que sean, por democráticas o populares que se las suponga. Cada cosa es lo que es. Las formas de gobierno son formas de gobierno, y nada más.

Una república unitaria o federal, democrática, aristocrática o mixta; un Gobierno representativo o mixto, con más o menos atribuciones del poder Real, o con el máximum o mínimum de rey que se quiere entran en la mixtura; la monarquía absoluta o templada, hereditaria o electiva, nada de eso tiene que ver “ex se” con el Liberalismo. Tales gobiernos pueden ser perfecta e íntegramente católicos. Como acepten sobre su propia soberanía la de Dios y reconozcan haberla recibido de El, y se sujeten en su ejercicio al criterio inviolable de la ley cristiana, y den por indiscutible en sus Parlamentos todo lo definido, y reconozcan como base del derecho público la supremacía moral de la Iglesia y el absoluto derecho suyo en todo lo que es de su competencia (...). Ahí está la aristocracia de Venecia; ahí la mercantil Génova y ciertos cantones suizos.

Como ejemplos de monarquías mixtas muy católicas podemos citar nuestra gloriosísima Cataluña y Aragón, la más democrática y a la vez la más católica del mundo en los siglos medios; la antigua Castilla hasta la casa de Austria; la electiva de Polonia hasta la inicua desmembración de este religiosísimo reino. Es una preocupación creer que las monarquías han de ser “ex se” más religiosas que las repúblicas. Precisamente los más escandalosos ejemplos de persecución al Catolicismo los han dado en los tiempos modernos monarquías como de Rusia y la de Prusia.

Un Gobierno, de cualquier forma que sea, es católico si basa su Constitución en principios católicos; es liberal si basa su Constitución, su legislación y su política en principios racionalistas (...)

De consiguiente, tampoco tiene que ver el ser liberal o no serlo, con el horror natural que todo hombre debe profesar a la arbitrariedad y tiranía, con el deseo de la igualdad civil entre todos los ciudadanos, salva la eclesiástica inmunidad, y mucho menos con el espíritu de tolerancia y generosidad, que - en su verdadera acepción - no son sino virtudes cristianas (...) He ahí algo que pareciendo Liberalismo, no lo es de manera alguna.

Hay, en cambio, alguna cosa que, no pareciéndose al Liberalismo, efectivamente lo es. Suponed una monarquía absoluta, como la de Rusia, como la de Turquía, si os parece mejor; o suponed un Gobierno de los llamados Conservadores de hoy, el más conservador que os sea dable imaginar, y suponed que tal monarquía absoluta o tal Gobierno conservador tenga establecida su Constitución y basada su legislación, no sobre principios de derecho católico, no sobre la indiscutibilidad de la fe, no sobre la rigurosa observancia del respeto a los derechos de la Iglesia, sino sobre el principio, o de la voluntad libre de un rey, o de la voluntad de la mayoría conservadora (...) Tal monarquía y gobierno conservador son perfectamente liberales y anticatólicos (...)

Que tenga o no tenga, por sus miras, aherrojada la prensa, que azote por cualquier nonada al país, que rija con vara de hierro a sus vasallos, podrá no ser libre aquel mísero país, pero será perfectamente liberal. Tales fueron los antiguos imperios asiáticos; tales varias modernas monarquías; tal el imperio alemán de hoy, como lo sueña Bismarck; tal la actual monarquía española, cuya Constitución declara inviolable al monarca, pero no declara inviolable a Dios. Y he aquí algo que pareciendo no ser Liberalismo, lo es sin embargo, y del más refinado y del más desastroso, por lo mismo que no tiene apariencia de tal”.


Aplicación práctica de la indiferencia sobre la forma de gobierno

Dedica un capítulo a explicar la diferencia entre la doctrina teórica sobre la compatibilidad y no vinculación de la forma de gobierno con la verdadera doctrina del origen del poder y con el reconocimiento en la leyes de la ley divina natural y su aplicación práctica en los diferentes lugares y tiempos. Titula el capítulo: “Notas y comentarios a la doctrina expuesta en el capitulo anterior”[7]

“Hemos dicho que no son “ex se” liberales las formas democráticas o populares, puras o mixtas, y creemos haberlo suficientemente probado. Sin embargo, esto que especulativamente hablando, o sea en abstracto, es verdad; no lo es tanto “in praxi”, o sea en orden de los hechos, al que principalmente debe andar siempre atento el católico. En efecto, a pesar de que, consideradas en sí mismas, no son liberales tales formas de gobierno; lo son en nuestro siglo, dado que la Revolución moderna, que no es otra cosa que el Liberalismo en acción, no nos la presenta más que basadas en sus erróneas doctrinas.

Así que muy cuerdamente el vulgo, que entiende poco de distingos, califica de Liberalismo todo lo que en nuestros días se le presenta como reforma democrática en el gobierno de las naciones; porque, aún cuando por la natural esencia de las ideas no lo sea, de hecho, lo es. Y por tanto discurrían con singular tino y acierto nuestros padres cuando rechazaban como contraria a su fe la forma constitucional o representativa, prefiriendo la monarquía pura que en los últimos siglos era el gobierno de España (...)

Erraban, pues, ideológicamente hablando, nuestros realistas, que identificaban la Religión con el antiguo régimen político, y reputaban impíos a los constitucionales; pero acertaban prácticamente hablando, porque lo que se les quería presentar como mera forma política indiferente, veían ellos, con el claro instinto de la fe, envuelta la idea liberal (...).

Tampoco es rigurosamente exacto que las formas políticas sean indiferentes, a la Religión, aunque ésta las acepte todas. El sano filósofo las estudia y analiza, y sin condenar alguna, no deja de manifestar preferencia por las que más a salvo dejan el principio de autoridad, que está basado principalmente en la unidad. Con lo cual dicho se está que la forma más perfecta de todas es la monarquía, que es la que más se asemeja al Gobierno de Dios y de la Iglesia. Así como la más imperfecta es la república por la inversa razón. La monarquía exige la virtud de un hombre solo, y la república exige la virtud de la mayoría de los ciudadanos. Es, pues, lógicamente hablando, más irrealizable el ideal republicano que el ideal monárquico (...)

Mas para el católico de nuestro siglo la mayor de todas las razones para prevenirle en contra de los gobiernos de forma popular, debe ser el afán constante con que en todas partes ha procurado implantarlos la Masonería (...).

Es pues indudable que un católico debe mirar como sospechoso todo lo que en este concepto le predica como más acomodado a sus miras la Revolución, y que, por tanto, todo lo que la Revolución acaricia y pregona con el nombre de Liberalismo, hará bien en mirarlo él como Liberalismo, aunque sólo de formas se trata; pues tales formas no son en este caso más que el envase o envoltura con que se quiere que admita en casa el contrabando de Satanás”.


[1] Pío IX en 1864 (VII)
[2] León XIII
[3] Encíclica de León XIII sobre la autoridad civil
[4] CRISTIANDAD nº 860 Marzo 2003 “En el Centenario de León XIII”. José Mª Petit Sullá.
[5] Sardá y Salvany. “El liberalismo es pecado”, obra escrita en el año 1884
[6] Sardá y Salvany. “El liberalismo es pecado”, Capítulo 12
[7] Sardá y Salvany. “El liberalismo es pecado”, Capítulo 13º

lunes, 28 de abril de 2008

"El liberalismo es pecado". Sardá y Salvany

"El liberalismo es pecado" [1]

Una obra clásica, si bien olvidada, imprescindible para conocer realmente en qué consiste el liberalismo y el peligro que representa para el bien de los hombres en orden a la salvación, es “el liberalismo es pecado” escrito a finales del siglo XIX por el presbítero catalán Sardá y Salvany.

Se transcriben algunos pasajes en los que se pone de manifiesto el verdadero sentido, el alcance, la finalidad y la implantación del liberalismo en la sociedad contemporánea.

Con ser una obra del siglo XIX no ha perdido su actualidad, se puede decir más bien que es de rabiosa actualidad y que su olvido, o desprecio conlleva enormes peligros para el bien espiritual de los hombres.

La tesis sustentada es la del título de la obra, a saber, que el liberalismo es pecado. Se da una definición exacta y precisa de liberalismo, se aclara la clase de pecado que es, así como la especial gravedad de dicho pecado, con precisión se explican los diversos grados de liberalismo, se le dedica un apartado especial al catolicismo liberal, a su esencia intrínseca, al syllabus, acto del magisterio de la Iglesia, que contiene el catálogo de errores sobre el racionalismo y liberalismo mejor confeccionado, sacados fundamentalmente de las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia de los Papas del siglo XIX.
¿Qué es el liberalismo? [2]

“En el orden de las ideas, son principios del liberalismo: La absoluta soberanía del individuo con entera independencia de Dios y de su autoridad; soberanía de la sociedad con absoluta independencia de lo que no nazca de ella misma; soberanía nacional, es decir, el derecho del pueblo para legislar y gobernar con absoluta independencia de todo criterio que no sea el de su propia voluntad, expresada por el sufragio primero y por la mayoría parlamentaria después; libertad de pensamiento sin limitación alguna en política, en moral o religión; libertad de imprenta (...) libertad de asociación (...).

El fondo común de esos principios es el racionalismo individual, el racionalismo político, y el racionalismo social. Derívanse de ellos la libertad de cultos más o menos restringida; la supremacía del Estado en sus relaciones con la Iglesia; la enseñanza laica o independiente sin ningún lazo con la Religión; el matrimonio legalizado y sancionado por la intervención única del Estado (...), la secularización, es decir, la no intervención de la Religión en acto alguno de la vida pública, verdadero ateísmo social, que es la última consecuencia del liberalismo.

En el orden de los hechos (...), las leyes de desamortización, la expulsión de las Ordenes religiosas; los atentados de todo género, oficiales y extraoficiales, contra la libertad de la iglesia; la corrupción y el error públicamente autorizados en al tribuna, en la prensa (...), la guerra sistemática al catolicismo.”

Si es pecado el liberalismo y qué pecado es [3]

El autor distingue dos órdenes en los que se puede considerar el pecado del liberalismo: el de la doctrina y el de los hechos.

“En el orden de las doctrinas, es pecado grave contra la fe. Es herejía. Niega todos los dogmas en general cuando afirma o supone la independencia absoluta de la razón individual en el individuo y de la razón social, o criterio público en la sociedad. Niega la jurisdicción de Jesucristo sobre los individuos y las sociedades (...). Niega la necesidad de la divina revelación, y la obligación que tiene el hombre de admitirla, si quiere alcanzar su fin último. Niega le motivo formal de la fe, esto es la autoridad de Dios que revela (...). Niega el magisterio infalible de la Iglesia y del Papa (...), niega cada uno de los dogmas (...). Así niega la fe en el Bautismo cuando admite o supone la igualdad de todos los cultos; niega la santidad del matrimonio (...), niega la infalibilidad del Papa (…).

En el orden de los hechos, es pecado contra los diversos Mandamientos de la ley de Dios y de su Iglesia, porque de todos es infracción. Destruye el principio o regla fundamental de toda moralidad, que es la razón eterna de Dios imponiéndose a la humana; canoniza el absurdo principio de la moral independiente, que es en el fondo la moral sin ley, o lo que es lo mismo la moral libre, o sea una moral que no es moral”.


Especial gravedad del pecado del liberalismo[4]

El autor examina la noción y sobre todo la diferente gravedad de los pecados para poner de manifiesto la malicia del pecado de liberalismo.

“Enseña la teología católica, escribe el autor, que no todos los pecados graves son igualmente graves (...) Hay grados en el pecado, aún dentro de la categoría de pecado mortal, como hay grados en la obra buena y ajustada a la ley de Dios.

Así, el pecado directo contra Dios, como la blasfemia, es pecado mortal más grave de sí que el pecado directo contra el hombre como el robo. Ahora bien, a excepción del odio formal contra Dios y la desesperación absoluta (...), los pecados más graves de todos son los pecados contra la fe (...). La fe es el fundamento de todo el orden sobrenatural; el pecado es pecado en cuanto ataca cualquiera de los puntos de este orden sobrenatural (...).

San Agustín, citado por Santo Tomás, hablando del pecado contra la fe, dice con fórmula incontestable: Hoc es peccatum quo tenentur cuncta peccata. Y el mismo ángel de las escuelas (...) "Tanto, dice, es más grave un pecado, cuanto por él se separa más el hombre de Dios. Por el pecado contra la fe se separa lo más que puede de El, pues se priva de su verdadero conocimiento; por donde, concluye el santo Doctor, el pecado contra la fe es el mayor que se conoce” (...).

Entonces, el pecado contra la fe, de suyo gravísimo, adquiere una gravedad mayor, que constituye lo que se llama herejía. Incluye toda la malicia de la infidelidad, más la protesta expresa contra una enseñanza de la fe, o la adhesión expresa a una enseñanza que por falsa y errónea es condenada por la misma fe (...), las doctrinas heréticas constituyen el pecado mayor de todos, a excepción de los arriba citados (...).

El Liberalismo que es herejía, y las obras liberales, que son obras heréticas, son el pecado máximo que se conoce en el código de la ley cristiana (...), ser liberal es más pecado que ser ladrón, adúltero u homicida, o cualquier otra cosa de las que prohíbe la ley de Dios y castiga su justicia infinita (...).

La herejía y las obras heréticas son los peores pecados de todos; y por tanto el Liberalismo y los actos liberales son, ex genere suo, el mal sobre todo mal”.

Diferentes grados de liberalismo[5]

El autor, en este capítulo, examina el liberalismo en sí mismo en cuanto a lo que supone en cuanto tal, es decir, como sistema de pensamiento, secta organizada y partido político.

La actualidad de la doctrina, que expone Sardá y Salvany, se pone de manifiesto con el punto clave de la relación del hombre con Dios y las normas de conducta que deben regir no solo la vida privada, sino también la vida pública. Se trata de un postulado fundamental por el que el liberalismo propugna la autonomía del hombre respecto de Dios y su independencia. El Concilio Vaticano II, en la Constitución Gaudium et Spes [6], lo formula diciendo que si por autonomía del orden temporal se entiende que el hombre puede prescindir de Dios no hay mayor mal ya que la criatura sin el creador se diluye.

En cualquier caso, como todas las herejías, por ejemplo, las trinitarias, hay arrianismo y el semiarrianismo, o en el caso de las herejías sobre la gracia santificante, están el pelagianismo y el semipelagianismo. Algo parecido sucede con el liberalismo que hay una postura aparentemente no tan radical que se llamó semiliberalismo y todavía hay otro grado que es el de los católicos que quisieron hacer compatible el catolicismo con el liberalismo que se le dio el nombre de catolicismo liberal.

El autor dice:

“El Liberalismo

a) como sistema de doctrina puede apellidarse: escuela

b) como organización de adeptos para propagarlas: secta

c) como agrupación de hombres en la esfera del derecho público: partido”

Ante todo conviene hacer notar que el Liberalismo es uno, es decir, constituye un organismo de errores perfecta y lógicamente encadenados, motivo por el cual se llama: sistema

Partiendo en él del principio fundamental de que el hombre y la sociedad son perfectamente autónomos o libres con absoluta independencia de todo otro criterio natural o sobrenatural o sobrenatural que no sea el suyo propio, síguese por una perfecta ilación de consecuencia todo lo que en nombre de él proclama la demagogia más avanzada.

La Revolución nada tiene de grande sino su inflexible lógica. Hasta los actos más despóticos, que ejecuta en nombre de la libertad, y que a primera vista tachamos todos de monstruosas inconsecuencias, obedecen a una lógica altísima y superior. Porque reconociendo la sociedad por única ley social el criterio de los más, sin otra norma o regulador, ¿cómo se puede negar perfecto derecho al Estado para cometer cualquier atropello contra la Iglesia siempre y cuando, según aquel su único criterio social, sea conveniente cometerlo? (...)

Los hombres no son lógicos siempre, y esto produce dentro de aquella unidad la más asombrosa variedad o gradación de tintas (...) liberales completos se encuentra relativamente pocos, gracias a Dios, lo cual no obsta para que los más (...) sean verdaderos liberales, verdaderos discípulos o partidarios o sectarios del Liberalismo, según se considere escuela, secta o partido (...)

Hay liberales que aceptan los principios, pero rehuyen las consecuencias, a lo menos las más crudas y extremadas. Otros, aceptan alguna que otra consecuencia o aplicación que les halaga, pero haciéndose los escrupulosos en aceptar radicalmente los principios.

Quisieran unos el Liberalismo aplicado tan sólo a la enseñanza; otros a la economía civil; otros tan solo a las formas políticas. Sólo los más avanzados predican su natural aplicación a todo y para todo (...)

Los que mojigatamente bautizaron en Cádiz su Liberalismo con la invocación a la Santísima Trinidad, como los que en estos últimos tiempos le han puesto por emblema ¡Guerra a Dios! están dentro de tal escala liberal, y la prueba es que todos aceptan, y en caso apurado invocan este común denominador (...) ¿De qué depende esta mayor o menor acentuación? (...)

El Liberalismo es uno solo; pero los liberales los hay, como sucede con el mal vino, de diferente color y sabor”.

Del catolicismo liberal [7]

El presbítero catalán muestra que este error surgió al intentar conciliar lo irreconciliable, es decir, el catolicismo y el liberalismo. En este apartado pone de manifiesto que no es posible conciliar la doctrina que propugna la independencia absoluta de la razón que propugna el liberalismo con la total sujeción de la razón individual y social a la ley de Dios que enseña el catolicismo.

(...) “Nació este funesto error de un deseo exagerado de poner conciliación y paz entre doctrinas que forzosamente y por su propia esencia son inconciliables enemigas.

El Liberalismo es el dogma de la independencia absoluta de la razón individual y social; El Catolicismo es el dogma de la sujeción absoluta de la razón individual y social de la ley de Dios.

¿Cómo conciliar el sí y el no de tan opuestas doctrinas? A los fundadores del Liberalismo católico... Dijeron: "El Estado como tal Estado no debe tener Religión o debe tenerla solamente hasta cierto punto que no moleste a los demás que no quieran tenerla. Así pues, el ciudadano particular debe sujetarse a la revelación de Jesucristo; pero el hombre público puede portarse como tal de la misma manera que si para él no existiese dicha revelación.

La fórmula célebre: La Iglesia libre en el Estado libre para cuya propagación y defensa de juramentaron en Francia varios católicos insignes, y entre ellos un ilustre Prelado; la tomó Cavour para hacerla bandera de la revolución italiana contra el poder temporal de la Santa Sede; fórmula de la cual, a pesar de su evidente fracaso, no nos consta que ninguno de sus autores se haya retractado aún (…).

La distinción del hombre en particular y en ciudadano, obligándole a ser cristiano en el primer concepto, y permitiéndole ser ateo en el segundo, cayó inmediatamente por el suelo (...) el Syllabus (...) acabó de hundirla sin remisión”.

La esencia o intrínseca razón del catolicismo liberal [8]

El catolicismo liberal se funda en un erróneo concepto del acto de fe. En lugar de fundar el acto de fe en la autoridad de Dios, se basa en la libre apreciación del hombre. Leemos en la obra del presbítero catalán:

“La íntima esencia del Liberalismo católico o del Catolicismo Liberal, consiste probablemente tan solo en un falso concepto del acto de fe…. Hacen estribar todo el motivo de su fe, no en la autoridad de Dios infinitamente veraz e infalible, que se ha dignado revelarnos el camino único que nos ha de conducir a la bienaventuranza sobrenatural, sino en la libre apreciación de su juicio individual que le dicta al hombre ser mejor esta creencia que otra cualquiera.

No quieren reconocer el magisterio de la Iglesia, como único autorizado por Dios para proponer a los fieles la doctrina revelada y determinar su sentido genuino, sino que, haciéndose ellos jueces de la doctrina, admiten de ella lo que bien les parece, reservándose el derecho de creer la contraria, siempre que aparentes razones parezcan probarles ser hoy falso lo que ayer creyeron como verdadero, (lo cual es contrario a la doctrina enseñada en el Vaticano I en la constitución dogmática De fide) (...)

Se llaman católicos porque creen firmemente que el Catolicismo es la única verdadera revelación del Hijo de Dios; pero se llaman católicos liberales, porque juzgan que esta creencia suya no les debe ser impuesta a ellos ni a nadie por otro motivo superior que el de su libre apreciación.

El diablo les ha sustituido arteramente el principio sobrenatural de la fe por el naturalista del libre examen... no tiene verdadera fe, sino simple humana convicción, lo cual es esencialmente distinto. Síguese de ahí que juzgan su inteligencia libre de creer o no creer, y juzgan asimismo libre la de todos los demás. En la incredulidad, pues, no ven un vicio, o enfermedad, o ceguera voluntaria del entendimiento, y más aun del corazón, sino un acto lícito de la jurisdicción interna de cada uno...de ahí su horror a las legislaciones civiles francamente católicas (...)

Siendo esencialmente naturalista el concepto primario de la fe, síguese de eso que ha de ser naturalista todo el desarrollo de ella en el individuo y en la sociedad. De ahí el apreciar primaria, y a veces casi exclusivamente, a la Iglesia por las ventajas de cultura y civilización que proporciona a los pueblos; olvidando y casi nunca citando para nada su fin primario sobrenatural, que es la glorificación de Dios y salvación de las almas (...)

Este criterio es el que dirige la pluma de la mayor parte de los periódicos liberales, que se lamentan la demolición de un templo, sólo saben hacerse notar en eso la profanación del arte; si abogan por las Ordenes religiosas, no hacen más que ponderar las beneficios que prestaron a las letras (...)

No es catolicismo, el Catolicismo liberal, es mero Naturalismo, es Racionalismo puro; es Paganismo con lenguaje y formas católicas, si se nos permite la expresión”.

El "semi-liberalismo" [9]

En este capítulo, Sardá y Salvany hace una comparación histórica entre el liberalismo y otras herejías del pasado. Considera que hay una constante en toda herejía que es la de dar origen y convivir con un error basado en los mismos principios pero formulados de forma más mitigada y menos densa. En el caso del liberalismo, cuya herejía mitigada semi-liberalismo, la hace coincidir con el catolicismo liberal, al que califica de medio sutil e ingenioso del diablo para mantener sometidos a muchos que le habrían aborrecido.

“Pasemos a examinar lo que podríamos llamar su razón extrínseca o histórica, o material (...). El error en la sociedad es como una fea mancha en una tela de primoroso tejido. Se le ve claramente, pero cuesta precisar sus límites; son vagas sus fronteras, como los crepúsculos que separan el día que muere de la noche (...)

Así todo error claramente formulado en la sociedad cristiana tuvo en torno de sí otro, como atmósfera del mismo error, pero menos denso y más tenue y mitigado. El Arrianismo tuvo su Semi-Arrianismo; el Pelagianismo su Semi-Pelaginismo; el Luteranismo feroz su Jansenismo, que no fue más que un Luteranismo moderado. Así, en la época presente, el Liberalismo radical tiene en torno de sí su correspondiente Semi-Liberalismo, que otra cosa no es la secta Católico-Liberal que estamos aquí examinando. Es lo que llamó el Syllabus un racionalismo moderado; es el Liberalismo sin la franca crudeza de sus primeros principios al descubierto, y sin el horror de sus últimas consecuencias. Es el Liberalismo, triste crepúsculo de la verdad que empieza a oscurecerse en el entendimiento, o de la herejía que no ha llegado aún a tomar completa posesión de él (...)

Es el medio sutil o ingeniosísimo, que encontró siempre el diablo para retener por suyos a muchos que de otra manera hubieran aborrecido de veras, de haber conocido, su maquinación infernal. Este medio satánico es permitir que los tales tengan todavía un pie en el terreno de la verdad, a condición de que el otro pie lo tengan ya completamente en el campo opuesto. Así evitan el saludable horror del remordimiento los todavía no encallecidos de conciencia; así, además, se libran de los compromisos que trae siempre toda resolución decisiva los espíritus apocados y vacilantes, que son los más; así logran los aprovechados figurar, según les conviene, un rato en cada campo, haciendo por aparecer en ambos como amigos y afiliados; así, puede, finalmente, el hombre dar como un paliativo oficial y reconocido a la mayor parte de sus miserias, debilidades e inconsecuencias”.

La condena del liberalismo por la Iglesia

Sardá y Salvany se pregunta si el liberalismo de todo matiz y carácter, ¿ha sido formalmente condenado por la iglesia?. A lo que responde rotundamente que sí. Después, tras una breve recesión histórica del inicio de liberalismo, su expansión por Europa y su llegada a España, repasa los actos de magisterio que lo condenaron. Comienza por Gregorio XVI que condenó el liberalismo que propugnó Lammenais, después Pío IX del que explica diversos actos magisteriales en los que condenó el liberalismo y los principios en los que se funda[10].

“El liberalismo de todo matiz y carácter, ¿ha sido formalmente condenado por la iglesia?[11] Sí, el Liberalismo en todos sus grados y aspectos ha sido formalmente condenado. Así que, además de las razones de malicia intrínseca que le hacen malo y criminal, tiene para todo católico la suprema y definitiva declaración de la Iglesia, que como tal le ha juzgado y anatematizado (...)

Ya al parecer en Francia, en su primera Revolución, la famosa Declaración de los derechos del hombre, en que estaban contenidos en germen todos los desatinos del moderno Liberalismo, fue condenada por el Papa Pío VI.

Más tarde, ampliada esta doctrina funesta, y aceptada por casi todos los Gobiernos de Europa, aún por los propios soberanos, que es una de las más horribles ceguedades que ofrece la historia de las monarquías, tomó en España el nombre con que en todas partes se le conoce hoy de Liberalismo.

Dierónse las terribles contiendas entre realistas y constitucionales, que mutuamente se designaron luego con los apodos de serviles y liberales. De España se extendió a toda Europa esta denominación (...) en lo más recio de la lucha, con ocasión de los primeros errores de Lamennais, publicó Gregorio XVI su Encíclica Mirari Vos, condenación explícita del Liberalismo, cual en aquella ocasión se entendía y predicaba y practicaba por los Gobiernos constitucionales (...)

El pontificado de Pío IX, el cual con toda razón pasará a la historia con el dictado de azote del Liberalismo. El error liberal en todas sus fases y matices ha sido desenmascarado por este Papa (...). Después de él no le queda ya a este error subterfugio alguno a que acogerse. Los repetidos Breves y Alocuciones de Pío IX lo han mostrado al pueblo cristiano tal cual es, y el Syllabus acabó de poner a su condenación el último sello (...)”

El 18 de junio de 1871, al contestar Pío IX a una Comisión de católicos franceses, les habló así: "El ateísmo en las leyes, la indiferencia en materia de Religión y esas máximas perniciosas llamadas católico-liberales, éstas son, verdaderamente, la causa de la ruina de los Estados, éstas lo han sido de la perdición de Francia. Creedme, el daño que os anuncio es más terrible que la Revolución, y más aún que la Comune. Siempre he condenado el Liberalismo católico, y volveré cuarenta veces a condenarlo, si es menester".

En el Breve de 6 de marzo de 1873 al Presidente y socios del Círculo de San Ambrosio de Milán, se expresa de esta suerte: "No faltan algunos que intentan poner alianza entre la luz y las tinieblas, y mancomunidades entre la justicia y la iniquidad a favor de las doctrinas llamadas católico-liberales, que basadas en perniciosísimos principios, se muestran halagüeñas para con las invasiones de la potestad secular en los negocios espirituales, e inclinan los mismos a estimar, o tolerar al menos, leyes inicuas, como si no estuviese escrito que nadie puede servir a dos señores. Los que tal hacen, de todo punto son más peligrosos y funestos que los enemigos declarados, no sólo en razón a que, sin que se les note y quizá también sin advertirlo ellos mismos, secundan las tentativas de los malos, sino también porque, encerrándose dentro de ciertos límites, se muestran con apariencias de probidad y sana doctrina para alucinar a los imprudentes amadores de conciliación y seducir a las gentes honradas que habrían combatido el error manifiesto".

En el Breve de 8 de mayo del mismo año, al Confederación de los Círculos católicos de Bélgica, dice: "Lo que sobre todo alabamos en esa vuestra religiosísima empresa, es la absoluta aversión que, según noticias, profesáis a los principios católico-liberales, y vuestro denodado intento de desarraigados de los mismos. Verdaderamente, al emplearos en combatir ese insidioso error tanto más peligroso que una enemistad declarada, cuanto más se encubre bajo el especioso velo del celo y caridad, y en procurar con ahínco apartar de él a las gentes sencillas, extirpéis una funesta raíz de discordias, y contribuiréis eficazmente a unir y fortalecer los ánimos (...)”

En Breve a La Croix, periódico de Bruselas, en 21 de mayo de 1874, dice lo siguiente: "No podemos menos de elogiar el intento expresado en vuestra carta, y al cual hemos sabido que satisface plenamente vuestro periódico, de publicar, divulgar, comentar e inculcar en los ánimos todo cuanto esta Santa Sede tiene enseñado contra las perversas o cuanto menos falsas doctrinas profesadas en tantas partes, y señaladamente contra el Liberalismo católico, empeñado en conciliar la luz con las tinieblas y la verdad con el error" (...)

Breve (...) dirigido al Obispo de Quimper, en 28 de julio de 1873 (...) refiriéndose el Papa a la Asamblea de las Asociaciones católicas, que se acababa de celebrar en aquella diócesis, dice: "Seguramente no se apartarán tales Asociaciones de la obediencia debida a la Iglesia ni por los escritos ni por los actos de los que con injuriosa e invectivas la persiguen; pero pudieran ponerla en la resbaladiza senda del error esas opiniones llamadas liberales, aceptas a muchos católicos, por otra parte hombres de bien y piadosos, los cuales por la influencia misma que les da su religión y piedad, pueden muy fácilmente captarse los ánimos e inducirlos a profesar máximas muy perniciosas (...)”

La más solemne condenación del liberalismo por medio del “syllabus" [12]

En este capítulo, el autor trae a la consideración el Syllabus del beato Pío IX. De ese catálogo de errores, destaca que si bien no se menciona más que una vez literalmente el término liberalismo, sin embargo se pone de manifiesto que la raíz de la mayoría de ellos se encuentra en el racionalismo y en el naturalismo que son las doctrinas de las que se alimenta el liberalismo.

“El Syllabus, del 8 de diciembre de 1864 (...), es un catálogo oficial de los principales errores contemporáneos, en forma de proposiciones concretas, tales como se encuentran en los autores más conocidos que los propalaron. En ellos se encuentran, pues, en detalle todos los que constituyen el dogmatismo Liberal. Aunque en una sola de sus proposiciones se nombra al Liberalismo, lo cierto es que la mayor parte de los errores allí sacados a la picota so errores liberales (...)”

o En las proposiciones XV, LXXVII y LXXVIII se condena la libertad de cultos.

o En la XX y la XXVII, el pase regio

o En la XXVI y XXVII la desamortización

o En la XXXIX la supremacía absoluta del Estado

o En la XLV, XLVII y XLVIII el laicismo en la enseñanza pública

o En la LV la separación de la Iglesia y el Estado

o En la LVI el absoluto derecho de legislar sin Dios

o En la LXII el principio de no intervención

o En la LXII el llamado derecho de insurrección

o En la LXXIII el matrimonio civil

o En la LXXIX la libertad de imprenta

o En la LX el sufragio universal como principio de autoridad

o En la LXXX el mismo nombre de Liberalismo

“Satanás, que es malvado pero no tonto, vio muy claro a dónde iba a parar derechamente el golpe tan certero, y le ha puesto a tan grandioso monumento el sello más autorizado de todos después de Dios: el de su profundo rencor. Creamos en esto al padre de la mentira; que lo que él aborrece y difama, lleva con esto sólo cierto seguro testimonio de ser la verdad.”

Las apariencias engañan: las formas de gobierno

En este capítulo, Sardá y Salvany, hace un análisis muy preciso del liberalismo, en el que muestra que la raíz doctrinal y filosófica es la que hace malo lo que el liberalismo intenta y no aspectos externos que, si bien han estado vinculados a su propagación, necesariamente no tienen por qué ser constitutivos del mismo. Es el caso de las formas de gobierno. En efecto, ya que en muchos lugares los liberales han adoptado la forma de gobierno de la república para implantar sus ideas mediante la revolución, algunos vinculan, sin más, a los defensores de esta forma de gobierno como si su defensa condujese necesariamente al liberalismo. El presbítero catalán por medio de ejemplos muestra lo falso de este planteamiento. De ahí la importancia que tiene el tener los conceptos claros para no ser engañado con aparentes verdades.

Así titula uno de sus capítulos: “De algo que pareciendo liberalismo no lo es y de algo que lo es, aunque no lo parezca” [13]

“(...) El diablo, pues, en tiempos de cismas y herejías, lo primero que procuró fue que se barajasen y trastocasen los vocablos, medio seguro para traer desde luego mareadas y al retortero la mayor parte de las inteligencias.

Esto pasó con el Arrianismo, en términos que varios Obispos de gran santidad llegaron a suscribir en el Concilio de Milán una fórmula en que se condenaba al insigne Atanasio, martillo de aquella herejía. Y aparecerían en la historia como verdaderos fautores de ella si Eusebio mártir, legado pontificio, no hubiese acudido a tiempo a desenredar de tales lazos lo que el Breviario llama captivitam simplicitatem de alguno de aquellos candorosos ancianos. Lo mismo sucedió con el Pelagianismo; lo mismo con el Jansenismo tiempo atrás; lo mismo acontece hoy con el Liberalismo”.

o “Liberalismo son para unos las formas políticas de cierta clase;

o Liberalismo es para otros cierto espíritu de tolerancia y generosidad opuesto al despotismo y tiranía.

o Liberalismo es para otros la igualdad civil, salva la impunidad y fuero de la Iglesia

o Liberalismo es, para muchos una cosa vaga e incierta, que pudiera traducirse sencillamente (...).”

“¿Qué es el Liberalismo? ¿Qué no es?”

“En primer lugar, no son “ex se” Liberalismo las formas políticas de cualquier clase que sean, por democráticas o populares que se las suponga. Cada cosa es lo que es. Las formas de gobierno son formas de gobierno, y nada más.

Una república unitaria o federal, democrática, aristocrática o mixta; un Gobierno representativo o mixto, con más o menos atribuciones del poder Real, o con el máximum o mínimum de rey que se quiere entran en la mixtura; la monarquía absoluta o templada, hereditaria o electiva, nada de eso tiene que ver “ex se” con el Liberalismo. Tales gobiernos pueden ser perfecta e íntegramente católicos. Como acepten sobre su propia soberanía la de Dios y reconozcan haberla recibido de El, y se sujeten en su ejercicio al criterio inviolable de la ley cristiana, y den por indiscutible en sus Parlamentos todo lo definido, y reconozcan como base del derecho público la supremacía moral de la Iglesia y el absoluto derecho suyo en todo lo que es de su competencia (...). Ahí está la aristocracia de Venecia; ahí la mercantil Génova y ciertos cantones suizos.

Como ejemplos de monarquías mixtas muy católicas podemos citar nuestra gloriosísima Cataluña y Aragón, la más democrática y a la vez la más católica del mundo en los siglos medios; la antigua Castilla hasta la casa de Austria; la electiva de Polonia hasta la inicua desmembración de este religiosísimo reino. Es una preocupación creer que las monarquías han de ser “ex se” más religiosas que las repúblicas. Precisamente los más escandalosos ejemplos de persecución al Catolicismo los han dado en los tiempos modernos monarquías como de Rusia y la de Prusia.

Un Gobierno, de cualquier forma que sea, es católico si basa su Constitución en principios católicos; es liberal si basa su Constitución, su legislación y su política en principios racionalistas (...)

De consiguiente, tampoco tiene que ver el ser liberal o no serlo, con el horror natural que todo hombre debe profesar a la arbitrariedad y tiranía, con el deseo de la igualdad civil entre todos los ciudadanos, salva la eclesiástica inmunidad, y mucho menos con el espíritu de tolerancia y generosidad, que - en su verdadera acepción - no son sino virtudes cristianas (...) He ahí algo que pareciendo Liberalismo, no lo es de manera alguna.

Hay, en cambio, alguna cosa que, no pareciéndose al Liberalismo, efectivamente lo es. Suponed una monarquía absoluta, como la de Rusia, como la de Turquía, si os parece mejor; o suponed un Gobierno de los llamados Conservadores de hoy, el más conservador que os sea dable imaginar, y suponed que tal monarquía absoluta o tal Gobierno conservador tenga establecida su Constitución y basada su legislación, no sobre principios de derecho católico, no sobre la indiscutibilidad de la fe, no sobre la rigurosa observancia del respeto a los derechos de la Iglesia, sino sobre el principio, o de la voluntad libre de un rey, o de la voluntad de la mayoría conservadora (...) Tal monarquía y gobierno conservador son perfectamente liberales y anticatólicos (...)

Que tenga o no tenga, por sus miras, aherrojada la prensa, que azote por cualquier nonada al país, que rija con vara de hierro a sus vasallos, podrá no ser libre aquel mísero país, pero será perfectamente liberal. Tales fueron los antiguos imperios asiáticos; tales varias modernas monarquías; tal el imperio alemán de hoy, como lo sueña Bismarck; tal la actual monarquía española, cuya Constitución declara inviolable al monarca, pero no declara inviolable a Dios. Y he aquí algo que pareciendo no ser Liberalismo, lo es sin embargo, y del más refinado y del más desastroso, por lo mismo que no tiene apariencia de tal”.

Aplicación práctica de la indiferencia sobre la forma de gobierno

Dedica un capítulo a explicar la diferencia entre la doctrina teórica sobre la compatibilidad y no vinculación de la forma de gobierno con la verdadera doctrina del origen del poder y con el reconocimiento en la leyes de la ley divina natural y su aplicación práctica en los diferentes lugares y tiempos. Titula el capítulo: “Notas y comentarios a la doctrina expuesta en el capitulo anterior”[14]

“Hemos dicho que no son “ex se” liberales las formas democráticas o populares, puras o mixtas, y creemos haberlo suficientemente probado. Sin embargo, esto que especulativamente hablando, o sea en abstracto, es verdad; no lo es tanto “in praxi”, o sea en orden de los hechos, al que principalmente debe andar siempre atento el católico. En efecto, a pesar de que, consideradas en sí mismas, no son liberales tales formas de gobierno; lo son en nuestro siglo, dado que la Revolución moderna, que no es otra cosa que el Liberalismo en acción, no nos la presenta más que basadas en sus erróneas doctrinas.

Así que muy cuerdamente el vulgo, que entiende poco de distingos, califica de Liberalismo todo lo que en nuestros días se le presenta como reforma democrática en el gobierno de las naciones; porque, aún cuando por la natural esencia de las ideas no lo sea, de hecho, lo es. Y por tanto discurrían con singular tino y acierto nuestros padres cuando rechazaban como contraria a su fe la forma constitucional o representativa, prefiriendo la monarquía pura que en los últimos siglos era el gobierno de España (...)

Erraban, pues, ideológicamente hablando, nuestros realistas, que identificaban la Religión con el antiguo régimen político, y reputaban impíos a los constitucionales; pero acertaban prácticamente hablando, porque lo que se les quería presentar como mera forma política indiferente, veían ellos, con el claro instinto de la fe, envuelta la idea liberal (...).

Tampoco es rigurosamente exacto que las formas políticas sean indiferentes, a la Religión, aunque ésta las acepte todas. El sano filósofo las estudia y analiza, y sin condenar alguna, no deja de manifestar preferencia por las que más a salvo dejan el principio de autoridad, que está basado principalmente en la unidad. Con lo cual dicho se está que la forma más perfecta de todas es la monarquía, que es la que más se asemeja al Gobierno de Dios y de la Iglesia. Así como la más imperfecta es la república por la inversa razón. La monarquía exige la virtud de un hombre solo, y la república exige la virtud de la mayoría de los ciudadanos. Es, pues, lógicamente hablando, más irrealizable el ideal republicano que el ideal monárquico (...)

Mas para el católico de nuestro siglo la mayor de todas las razones para prevenirle en contra de los gobiernos de forma popular, debe ser el afán constante con que en todas partes ha procurado implantarlos la Masonería (...).

Es pues indudable que un católico debe mirar como sospechoso todo lo que en este concepto le predica como más acomodado a sus miras la Revolución, y que, por tanto, todo lo que la Revolución acaricia y pregona con el nombre de Liberalismo, hará bien en mirarlo él como Liberalismo, aunque sólo de formas se trata; pues tales formas no son en este caso más que el envase o envoltura con que se quiere que admita en casa el contrabando de Satanás”.
Notas
[1] Sardá y Salvany. “El liberalismo es pecado”, obra escrita en el año 1884
[2] Op. Cit. Capítulo 2º
[3] Sardá y Salvany. “El liberalismo es pecado”, Capítulo 3º
[4] Op. Cit. Capítulo4º
[5] Sardá y Salvany. “El liberalismo es pecado”, Capítulo 5º
[6] La justa autonomía de la realidad terrena
36. Muchos de nuestros contemporáneos parecen temer que, por una excesivamente estrecha vinculación entre la actividad humana y la religión, sufra trabas la autonomía del hombre, de la sociedad o de la ciencia.
Si por autonomía de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía. (…) Por ello, la investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios.
Pero si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le oculte la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el Creador desaparece. Por lo demás, cuantos creen en Dios, sea cual fuere su religión, escucharon siempre la manifestación de la voz de Dios en el lenguaje de la creación. Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida.
[7] Sardá y Salvany. “El liberalismo es pecado”, Capítulo 6º
[8]Op.cit., Capítulo 7º
[9] Sardá y Salvany. “El liberalismo es pecado”, Capítulo 8º
[10] Aquí se podría completar la lista de actos magisteriales de los Papas mencionados, con los de los Papas que sucedieron a los que menciona Sardá y Salvany. Así como la maravillosa síntesis doctrinal de León XIII, y otros actos magisteriales posteriores, sin olvidar el Concilio Vaticano II y el Catecismo de la Iglesia Católica.
[11] Sardá y Salvany. “El liberalismo es pecado”, Capítulo 10º
[12] Sardá y Salvany. “El liberalismo es pecado”, Capítulo 11º
[13] Sardá y Salvany. “El liberalismo es pecado”, Capítulo 12
[14] Sardá y Salvany. “El liberalismo es pecado”, Capítulo 13º

Carta de Donoso y Cortés al Cardenal Fornari

Carta de Donoso y Cortés al Cardenal Fornari [1]

“(...) Entre los errores contemporáneos no hay ninguno que no se resuelva en una herejía; y entre las herejías contemporáneas no hay ninguna que no se resuelva en otra, condenada de antiguo por la Iglesia (...)

(…) Mi propósito hoy es considerarlos más bien por el lado de sus aplicaciones que por el de su naturaleza y origen; más bien por lo que tienen de político y social que por lo que tienen de puramente religioso; más bien por lo que tienen de vario que por lo que tienen de idéntico; más bien por lo que tienen de mudable que por lo que tienen de absoluto. (…)

Los errores contemporáneos son infinitos; pero todos ellos, si bien se mira, tiene su origen y van a morir en dos negaciones supremas: una, relativa a Dios y otra, relativa al hombre. La sociedad niega que Dios tenga cuidado de sus criaturas, del hombre, que sea concebido en pecado (...)y que no necesita de Dios. (...)”

Negaciones y afirmaciones relativas al hombre

“Supuesta la negación del pecado, se niegan, entre otras muchas, las siguientes:

o que la vida temporal sea una vida de expiación y que el mundo en que se pasa esta vida deba ser un valle de lágrimas;
o que la luz de la razón sea flaca y vacilante;
o que la voluntad del hombre esté enferma;
o que el placer nos haya sido dado en calidad de tentación, para que no nos libremos de su atractivo;
o que el dolor sea un bien, aceptado por un motivo sobrenatural, con una aceptación voluntaria;
o que el tiempo nos haya sido dado para nuestra santificación;
o que el hombre necesite ser santificado.

Supuestas estas negaciones, se afirman, entre otras muchas, las cosas siguientes:

o que la vida temporal nos ha sido dada para elevarnos por nuestros propios esfuerzos, y por medio de un progreso indefinido, a las más altas perfecciones, que el lugar en que esta vida se puede y debe ser radicalmente transformado por el hombre;
o que, siendo sana la razón del hombre, no hay verdad ninguna a que no pueda alcanzar; y que no es verdad aquella a que la razón no alcanza;
o que no hay otro mal sino aquel que la razón nos dice que es pecado, es decir, no hay otro mal ni otro pecado sino el mal y el pecado filosófico;
o que, siendo recta de suyo, no necesita ser rectificada la voluntad del hombre;
o que debemos huir del dolor y buscar el placer;
o que el tiempo nos ha sido dado para gozar del tiempo, y que el hombre es bueno y sano de suyo.

Estas negaciones y estas afirmaciones con respecto al hombre conducen a otras negaciones y a otras afirmaciones análogas con respecto a Dios”.

Negaciones y afirmaciones relativas a Dios

“En la suposición de que el hombre no ha caído, procede el negar, y se niega que el hombre haya sido restaurado. En la suposición de que el hombre no haya sido restaurado, procede negar, y se niega, el misterio de la Redención y el de la Encarnación, el dogma de la personalidad exterior del Verbo y el Verbo mismo.

Supuesta la integridad natural de la voluntad humana, por una parte, y no reconociendo, por otra, la existencia de otro mal y otro pecado sino del mal y del pecado filosófico, procede negar, y se niega, la acción santificadora de Dios sobre el hombre, y con ella el dogma de la personalidad del Espíritu Santo...

De aquí nace y aquí tiene su origen un vasto sistema de naturalismo, que es la contradicción radical, universal y absoluta de todas nuestras creencias. Los católicos creemos y profesamos que el hombre pecador está perpetuamente necesitado de socorro y que Dios le otorga ese socorro perpetuamente por medio de una asistencia sobrenatural (...).

Entre Dios y el hombre había un abismo insondable: el Hijo de Dios se hizo hombre, y juntas en El ambas naturalezas, el abismo fue colmado. Entre el Verbo divino, Dios y hombre al mismo tiempo, y el hombre pecador, había todavía una inmensa distancia; para acortar esta distancia inmensa, Dios puso entre su Hijo y su criatura a la Madre de su Hijo, a la Santísima Virgen, a la mujer sin pecado... puso entre la Virgen santísima y el hombre pecador a los santos pecadores....

Todo este vasto y espléndido sistema de sobre-naturalismo clave universal y universal explicación de las cosas humanas, está negado implícita o explícitamente por los que afirman la concepción inmaculada del hombre (...).

Si la luz de nuestra razón no ha sido oscurecida, esa luz es bastante, sin el auxilio de la fe, para descubrir la verdad”.

Soberanía de la razón

“Si la fe no es necesaria, la razón es soberana e independiente. Los progresos de la verdad dependen de los progresos de la razón; los progresos de la razón dependen de su ejercicio, su ejercicio consiste en la discusión, por eso la discusión es la verdadera ley fundamental de las sociedades modernas... En este principio tienen su origen la libertad de imprenta, la inviolabilidad de la tribuna y la soberanía real de las Asambleas deliberantes”.

Autonomía de la voluntad humana

“Si la voluntad del hombre no está enferma, le basta el atractivo del bien para seguir el bien sin el auxilio sobrenatural de la gracia; si el hombre no necesita de ese auxilio, tampoco necesita de los sacramentos que se lo dan ni de las oraciones que se lo procuran, si la oración no es necesaria es ociosa; si es ociosa, es ociosa e inútil la vida contemplativa; si la vida contemplativa es ociosa e inútil, lo son la mayor parte de las comunidades religiosas. Esto sirve para explicar por qué en dondequiera que han penetrado estas ideas han sido extinguidas aquellas comunidades. Si el hombre no necesita de los sacramentos, no necesita tampoco de quien se los administre. (…) De aquí el desprecio o la proscripción del sacerdocio, en donde esas ideas han echado raíces. El desprecio del sacerdocio se resuelve en todas partes en el desprecio de la Iglesia, y el desprecio de la Iglesia es igual al desprecio de Dios en todas partes. (...)”

La Iglesia no es necesaria

“Descartado así todo lo que es sobrenatural y convertida la religión en un vago deísmo, el hombre que no necesita de la Iglesia, escondida en su santuario, ni de Dios atado a su cielo (...) convierte sus ojos hacia la tierra y se consagra exclusivamente al culto de los intereses materiales. Esta es la época de los sistemas utilitarios, de las grandes expansiones del comercio, de las fiebres de la industria, de las insolencias de los ricos y de las impaciencias de los pobres. (...)”

Negado Dios, la tiranía es inevitable

“Consiste esto en que es imposible de toda imposibilidad impedir la invasión de las revoluciones y el advenimiento de las tiranías, cuyo advenimiento y cuya invasión son una misma cosa; como que ambas se resuelven en la dominación de la fuerza, cuando se ha relegado a la Iglesia en el santuario y a Dios en el cielo. (…)

El primer error es la soberanía de la razón humana

- “El primer error religioso, en estos últimos tiempos, fue el principio de la independencia y de la soberanía de la razón humana; a este error en el orden religioso corresponde en el político el que consiste en afirmar la soberanía de la inteligencia, por eso la soberanía de la inteligencia ha sido el fundamento universal del Derecho público en las sociedades combatidas por las primeras revoluciones. En él tiene su origen las Monarquías parlamentarias, con su censo electoral, su división de Poderes, su imprenta libre y su tribuna inviolable”.

El segundo error, negar la necesidad de la gracia

- “El segundo error es relativo a la voluntad, y consiste, por lo que hace al orden religioso, en afirmar que la voluntad recta de suyo, no necesita para inclinarse al bien del llamamiento ni del impulso de la gracia, a este error en el orden religioso corresponde en el político el que consiste en afirmar que, no habiendo voluntad que no sea recta, no debe haber ninguna que sea dirigida y que no sea directora. En este principio se funda el sufragio universal y en él tiene su origen el sistema republicano”.

El tercer error, la rectitud de la voluntad humana

- “El tercer error se refiere a los apetitos, y consiste en afirmar, por lo que hace al orden religioso, que, supuesta la inmaculada concepción del hombre, sus apetitos son excelentes; a este error en el orden religioso corresponde en el político el que consiste en afirmar que los Gobiernos todos deben ordenarse a un solo fin: a la satisfacción de todas las concupiscencias; en este principio están fundados todos los sistemas socialistas y demagógicos, que pugnan hoy por la dominación. (...)

De esta manera la perturbadora herejía, que consiste, por un lado, en negar el pecado original, y, por otro, en negar que el hombre esté necesitado de una dirección divina, conduce primero a la afirmación de la soberanía de la inteligencia y luego a la afirmación de la soberanía de la voluntad, y, por último, a la afirmación de la soberanía de las pasiones; es decir, a tres soberanía perturbadoras. (...)

Cuando se niega la existencia de Dios, se niega todo del Gobierno, hasta la existencia. (...) se propagan con espantable rapidez las ideas anárquicas de las escuelas socialistas.

(…) cuando la idea de la divinidad y la de la creación se confunden hasta el punto de afirmar que las cosas criadas son Dios, y que Dios es la universalidad de las cosas criadas, entonces el comunismo prevalece en las regiones políticas, como el panteísmo en las religiones; y Dios cansado de sufrir, entrega al hombre a la merced de abyectos y abominables tiranos.

Iglesia y Estado

“La teoría de la igualdad entre la Iglesia y el Estado da ocasión a los más templados regalistas para proclamar como de naturaleza laical lo que es de naturaleza mixta, y como de naturaleza mixta, lo que es de naturaleza eclesiástica, siéndoles forzoso acudir a estas usurpaciones para componer con ellas la dote o el patrimonio que el Estado aporta en esta sociedad igualitaria. (...)

(…) la teoría de la inferioridad de la Iglesia con respecto el Estado da ocasión a los regalistas ardientes para proclamar el principio de las Iglesias nacionales, el derecho de la potestad civil de revocar las concordias ajustadas con el Sumo Pontífice, de disponer por sí de los bienes de la Iglesia (...)

(…) la teoría que consiste en afirmar que la Iglesia nada tiene que ver con el Estado da ocasión a la escuela revolucionaria para proclamar la separación absoluta entre el Estado y la Iglesia; y, como consecuencia forzosa de esta separación, el principio de que la manutención del clero y la conservación del culto deben correr por cuenta exclusiva de los fieles.

(…) El error que consiste en afirmar que la Iglesia no sirve para nada, siendo la negación de la Iglesia misma, da por resultado la supresión violenta del orden sacerdotal por medio de un decreto que encuentra su sanción naturalmente en una persecución religiosa.

(…) se ve que estos errores no son sino la reproducción de los que vimos ya en otras esferas; como quiera que a las mismas afirmaciones y negaciones erróneas a que da lugar la coexistencia de la Iglesia y el Estado, da lugar, en el orden político, la coexistencia de la libertad individual y de la autoridad pública; en el orden moral, la coexistencia del libre albedrío y la gracia; en el intelectual, la coexistencia de la razón y la fe; en el histórico, la coexistencia de la Providencia divina y de la libertad humana; y en las más altas esferas de la especulación, con la coexistencia del orden natural y del sobrenatural, la coexistencia de dos mundos”.

Todos los errores se fundan en rechazar el orden divino

“(…) todos esos errores, en su variedad casi infinita, se resuelven en uno solo, el cual consiste en haber desconocido o falseado el orden jerárquico, inmutable de suyo, que Dios ha puesto en las cosas.

Este orden consiste en la superioridad jerárquica de todo lo que es sobrenatural sobre todo lo que es natural, y, por consiguiente, en la superioridad jerárquica de la fe sobre la razón, de la gracia sobre el libre albedrío, de la Providencia divina sobre la libertad humana y de la Iglesia sobre el Estado; y, para decirlo todo de una vez y en una sola frase, en la superioridad de Dios sobre el hombre.

El derecho reclamado por la fe de alumbrar a la razón y de guiarla no es una usurpación, es una prerrogativa conforme a su naturaleza excelente (...)

(…) la superioridad de la Iglesia sobre las sociedades civiles es una cosa conforme a la recta razón, la cual nos enseña que lo sobrenatural es sobre lo natural y lo divino sobre lo humano. (...)

De la restauración de estos principios eternos del orden religioso, del político y del social depende exclusivamente la salvación de las sociedades humanas. Estos principios, empero, no pueden ser restaurados sino por quien los conoce, y nadie los conoce sino la Iglesia católica. (...)

El principio de la libertad de enseñanza, considerado en sí mismo, y hecha abstracción de las circunstancias especiales en que ha sido proclamado, es un principio falso y de imposible aceptación por la Iglesia católica ... proclamar que la enseñanza debe ser libre no viene a ser otra cosa sino proclamar que no hay una verdad ya conocida que deba ser enseñada (…).

[1] Carta escrita el 19-06-1852

sábado, 29 de marzo de 2008

El Liberalismo en el Magisterio de la Iglesia

Introducción
El liberalismo, aplicación del naturalismo a la vida social y política, se funda en una falsa noción de la libertad que corrompe la dignidad de la persona. Ese error doctrinal del liberalismo lo desenmascara León XIII en la encíclica “libertas” que sintetiza la enseñanza de santo Tomás sobre la libertad y, a la vez, muestra las nefastas consecuencias que se derivan de aplicar tal doctrina errónea a la vida pública.

Petit, con ocasión del centenario del fallecimiento de León XIII, en un artículo publicado en Cristiandad, hace un repaso sintético del pontificado del gran Papa, en concreto, en relación con la cuestión del liberalismo que nos ocupa ahora, comenta tres encíclicas, Diuturnum illud, Inmortale Dei y Libertas, las que afirma contener de forma sintética toda la enseñanza del Magisterio de la Iglesia sobre el pensamiento político cristiano.

Antes de comenzar exponiendo la doctrina del liberalismo en la Encíclica “Libertas” de León XIII, a modo de introducción, conviene tener presente el siguiente artículo de Petit.

La constitución cristiana del Estado en la enseñanza de León XIII
JOSÉ Mª PETIT SULLÁ

LEÓN XIII ha sido calificado como el papa de la «cuestión social», pero hay que entender por tal, sobre todo, el pensamiento político cristiano que desarrolló más que ningún otro. Es muy oportuno, en el año de su centenario, exponer el magisterio que nos legó acerca de la constitución cristiana del Estado y los más señalados errores del liberalismo acerca de la misma cuestión.

En la enseñanza del Pontífice la globalidad de la cuestión fue desarrollada en tres etapas con sendas encíclicas que constituyen, sin embargo, un todo unitario:

1) En 1881 enseñó que el origen del poder civil no es otro que Dios, único Señor de todos y cada uno de los hombres, creador así de cada hombre individual como de cada comunidad humana;

2) En 1885, que la constitución cristiana de los estados, esto es, la relación entre el poder religioso y el poder civil en la sociedad humana, implica la distinción pero no la separación de ambos, pues la Iglesia es como el alma del cuerpo social, sin la cual éste no tiene vida y ningún hombre puede con facilidad alcanzar su fin superior;

3) Finalmente, en 1888 que el verdadero uso de la libertad supone someterse racional y libremente a la verdad y al bien a los cuales el entendimiento y la libre voluntad siguen y, por tanto, no puede aceptar el dogma esencial del liberalismo -del que toma nombre dicho sistema- de que la libertad no tiene por encima ninguna ley ni ninguna sujeción a la verdad, de donde el error liberal de sostener la libertad de cultos, de pensamiento y expresión, de enseñanza y de conciencia. Acerca de estas cuestiones puede tener que haber tolerancia, como mal menor, pero no propiamente derecho.

Entre las tres encíclicas se expresa la totalidad del pensamiento cristiano acerca de la sociedad política y aunque hay mucha implicación entre ellas -y aún repetición de ideas centrales- es conveniente atender a ellas por separado. Estas enseñanzas leoninas mantienen su plena vigencia a pesar de que resulten ahora literalmente «inauditas», por su falta de conocimiento pero, quien se toma el trabajo de leerlas con detenimiento, advierte en seguida la profundidad de sus principios y el rigor de sus razonamientos.

La primera tesis, la del origen del poder, es simplemente dogmática y nadie la podrá nunca cambiar. En este sentido, por ejemplo, y aunque el tema no fue directamente abordado por el Concilio Vaticano II, en el «Mensaje del Concilio a la humanidad», redactado al fin del mismo, y en el apartado dedicado a los gobernantes, se les dice valientemente -y en contra del pretendido dogma de la soberanía popular- que «Sólo Dios es la fuente de vuestra autoridad y el fundamento de vuestras leyes». Ahora bien, esta es la esencia de la doctrina contenida en la encíclica Diuturnum illud, de León XIII.

La segunda tesis, la de la relación entre la Iglesia y el Estado, expresa el ideal de una sociedad cristiana a la que si hoy no se llega, en casi ninguna parte, no es porque haya caducado esta doctrina sino por obstinación del poder político que quiere ser un poder absoluto sin la limitación que le impone los «derechos superiores de Dios», como dice el Concilio Vaticano II. Sin embargo, alguien podría pensar que la Iglesia postconciliar tiene por norma evidente la separación entre el orden civil que ejerce el Estado y el orden religioso que enseña la Iglesia, siendo la religión una cuestión exclusivamente privada sin presencia social. Pero la constancia de la doctrina tradicional que expresó magistralmente León XIII está presente, nada menos, que en el documento fundamental del Concilio Vaticano II, la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium donde, fundándose en esta encíclica leonina, se enseña: «Porque así como ha de reconocerse que la ciudad terrena, justamente entregada a las preocupaciones del siglo, se rige por principios propios, con la misma razón se debe rechazar la funesta doctrina que pretende construir la sociedad prescindiendo en absoluto de la religión» (L.G., n. 36). La doctrina que pretende organizar la sociedad sin la religión es calificada de «funesta». A este respecto cita precisamente la encíclica Inmortale Dei, así como la encíclica también leonina Sapientiae christianae. En un sentido muy semejante la doctrina de la relación entre la Iglesia y el Estado la hallamos, precisamente, en la Declaración sobre libertad religiosa Dignitatis humanae, donde leemos: «Además los actos religiosos con los que el hombre, en virtud de su íntima convicción, se ordena privada y públicamente a Dios, trascienden por su naturaleza el orden terrestre y temporal. Por consiguiente, el poder civil, cuyo fin propio es cuidar el bien común temporal, debe reconocer ciertamente la vida religiosa de los ciudadanos y favorecerla, pero hay que afirmar que excedería sus límites si pretendiera dirigir o impedir los actos religiosos» (n. 3). Pocos católicos saben que el Concilio ha dicho, en la Declaración sobre libertad religiosa, que el Estado debe «favorecer la religión» y es bueno recordar ahora en el centenario de León XIII que este texto está literalmente tomado del párrafo 3 de la encíclica Inmortale Dei.

En cuanto a la tercera tesis, es indiscutible el planteamiento filosófico previo -totalmente tomista- que hace el Papa acerca de la verdadera naturaleza de la libertad y, a este respecto, no es ocioso recordar que la doctrina de santo Tomás sigue siendo la especulación que, al servicio de la fe, se enseña en la Iglesia, tal como lo prescribe el mismo Concilio en el Decreto Optatam totius (n. 16). Sigue siendo verdad que sólo una doctrina que afirme la espiritualidad del alma del hombre puede afirmar con fundamento que el hombre tiene libre arbitrio.

En cuanto al contenido mismo del delicado tema de las «libertades», en un mundo en donde se cree que la libertad absoluta es el dogma fundamental así de la política como de la religión, es hoy también muy necesario recordar que la libertad ha de estar al servicio de la verdad y del bien, como dice el Concilio Vaticano II, y no puede ser ella misma la única norma de conducta. Desde luego no puede argumentarse que la Iglesia haya desarrollado otra doctrina distinta de la de León XIII. En efecto, en la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, hablando de la conciencia culpable se hacen varias referencias explícitas a las fáciles deformaciones en el uso de la libertad. Así enseña que «nuestros contemporáneos, con frecuencia, la fomentan de forma depravada como si fuese pura licencia para hacer cualquier cosa, con tal que deleite, aunque sea mala»... La libertad, sigue diciendo el Concilio, don divino, ha sido dada «para que el hombre busque espontáneamente a su Creador»... Y añade que «La libertad humana, herida por el pecado, para dar la máxima eficacia a esta ordenación a Dios ha de apoyarse necesariamente en la gracia de Dios» (n. 17), que es precisamente la tesis que podemos leer en el primer párrafo de la encíclica Libertas de León XIII. Ahora bien, si la gracia «es necesaria» para apoyar la libertad es que es falso el principio liberal del naturalismo tan enérgicamente condenado en la encíclica leonina. La cuestión más delicada de todas es la de la libertad de conciencia. Ahora bien, esta libertad no puede ser absoluta porque la conciencia puede ser también culpable. Ello acontece «cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado» (n. 16).

Podemos concluir este preámbulo comparativo, recordando lo que se dice en el mismo comienzo de la mencionada Declaración sobre libertad religiosa del Concilio Vaticano II, acerca de la relación entre la sociedad política y la Iglesia católica. Dicho texto sirve de pórtico inmediato a nuestra exposición de la doctrina de León XIII. «Como la libertad religiosa que los hombres exigen para el cumplimiento de su obligación de rendir culto a Dios se refiere a la inmunidad de coacción en la sociedad civil, deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo» (Dignitatis humanae, n. 1). Recuerda, pues, esta Declaración que hay una sola religión verdadera respecto a la cual la Iglesia mantiene la misma doctrina que llama «tradicional» porque fue sostenida por una serie de pontífices, en particular Gregorio XVI, el beato Pío IX y, por lo que ahora nos interesa, por el gran León XIII. La relación entre la enseñanza de León XIII y el Concilio es evidente pues, como ex¬presión de esta doctrina tradicional que el Concilio deja íntegra, se citan las encíclicas de León XIII, Libertas, Inmortale Dei y su carta Officio santissimo de 1887. Es también digno de mención que el Catecismo de la Iglesia Católica (1992) cita justamente estas tres encíclicas de León XIII, porque forman un cuerpo doctrinal homogéneo y de perenne actualidad. A este respecto se han de releer los números 2105-2109 donde se cita la encíclica Libertas praestantissimum de León XIII -así como a Pío XII-para recordar que «El derecho a la libertad religiosa no es ni la permisión moral de adherirse al error ni un supuesto derecho al error» (n. 2108).

Para ver de modo sintético la doctrina acerca de estas tres materias trata las correspondientes encíclicas en las que se trata sistemáticamente estas importantísimas cuestiones. Las encíclicas: Diuturnum illud, Inmortale Dei y Libertas praestantissimum. En realidad, las tres encíclicas están contenidas en la segunda de ellas, Inmortale Dei, pues al tratar de la constitución cristiana de los estados se recuerda que un Estado cristianamente constituido asume la verdad del origen del poder como su primer fundamento, se manifiesta en la ordenada relación entre la Iglesia y el Estado y se concluye en la negación de las falsas libertades que el liberalismo proclama.

Encíclica “Libertas


El fundamento de la verdadera libertad y la ley

La verdadera noción de libertad implica la naturaleza racional y su mayor dignidad consiste en hacer un buen uso de la misma. Jesucristo, restaurador del género humano nos dio su doctrina para hacer posible este uso correcto de la libertad. Creer que la Iglesia es enemiga de la libertad es tener una idea errónea y adulterada de la misma.

La encíclica que pasamos a exponer presenta cierta extensión en la medida en que hay en ella toda una explicación del verdadero concepto de libertad. Su lectura completa es muy recomendable por la articulación sistemática -fundada en santo Tomás- del tema a tratar. No es fácil entender lo que es la libertad, en tanto que libre arbitrio. Se ha de recordar que sólo la Iglesia católica defendió el libre arbitrio de los hombres frente a las herejías protestante y jansenista. A partir de esta correcta noción de libertad se ha de pensar hasta dónde ha de llegar la libertad de coacción, que ha de ser regulada, sea por la misma voluntad que se somete libremente a la verdad, sea por la coacción del poder legítimo que ha de evitar la transgresión de la justa ley. Ello obliga a tratar también el verdadero concepto de ley, cuyo fundamento inmediato es la ley natural, verdadera ley dada por Dios a cada hombre.

Las «novedades» respecto a la noción y uso de la libertad consisten en una corrupción de la misma. Pero no parecen entenderlo todos así, de modo que se hace necesario que la Iglesia ilumine las conciencias con la verdadera doctrina de Jesucristo.

“4. Ahora bien, así como ha sido la Iglesia católica la más alta propagadora y la defensora más cons¬tante de la simplicidad, espiritualidad e inmortalidad del alma humana, así también es la Iglesia la defensora más firme de la libertad. La Iglesia ha enseñado siempre estas dos realidades y las defiende como dogmas de fe. Y no sólo esto. Frente a los ataques de los herejes y de los fautores de novedades, ha sido la Iglesia la que tomó a su cargo la defensa de la libertad y la que libró de la ruina a esta tan excelsa cualidad del hombre. La historia de la teología demuestra la enérgica reacción de la Iglesia contra los intentos alocados de los maniqueos y otros herejes. Y, en tiempos más recientes, todos conocen el vigoroso esfuerzo que la Iglesia realizó, primero en el concilio de Trento y después contra los discípulos de Jansenio, para defender la libertad del hombre, sin permitir que el fatalismo arraigue en tiempo o en lugar alguno”.

La libertad pertenece a la voluntad pero esta facultad no puede actuar sin conocimiento racional.

“5. (...) Pero el movimiento de la voluntad es imposible si el conocimiento intelectual no la precede iluminándola como una antorcha, o sea que el bien deseado por la voluntad es necesariamente bien en cuanto conocido previamente por la razón. Tanto más cuanto que en todas las voliciones humanas la elección es posterior al juicio sobre la verdad de los bienes propuestos y sobre el orden de preferencia que debe observarse en éstos. Pero el juicio es, sin duda alguna, acto de la razón, no de la voluntad. Si la libertad, por tanto, reside en la voluntad, que es por su misma naturaleza un apetito obediente a la razón, síguese que la libertad, lo mismo que la voluntad, tiene por objeto un bien conforme a la razón.”

La ley está al servicio de la libertad al orientar al hombre hacia el bien.

“6. Siendo ésta la condición de la libertad huma¬na, le hacía falta a la libertad una protección y un auxi¬lio capaces de dirigir todos sus movimientos hacia el bien y de apartarlos del mal. De lo contrario, la libertad habría sido gravemente perjudicial para el hombre. En primer lugar, le era necesaria una ley, es decir, una norma de lo que hay que hacer y de lo que hay que evitar. (...) Es decir, la razón prescribe a la voluntad lo que debe buscar y lo que debe evitar para que el hombre pueda algún día alcanzar su último fin, al cual debe dirigir todas sus acciones. Y precisamente esta ordenación de la razón es lo que se llama ley. Por lo cual la justificación de la necesidad de la ley para el hombre ha de buscarse primera y radicalmente en la misma libertad, es decir, en la necesidad de que la voluntad humana no se aparte de la recta razón. No hay afirmación más absurda y peligrosa que ésta: que el hombre, por ser naturalmente libre, debe vivir desligado de toda ley.”

El Estado no es el origen de las leyes como no es el origen de la misma sociedad. Sin ley natural, anterior al Estado, no habría ley positiva alguna.

“7.- (...). El origen de estas leyes no es en modo alguno el Estado; porque así como la sociedad no es origen de la naturaleza humana, de la misma manera la sociedad no es fuente tampoco de la concordancia del bien y de la discordancia del mal con la naturaleza. Todo lo contrario. Estas leyes son anteriores a la misma sociedad, y su origen hay que buscarlo en la ley natural, y, por tanto, en la ley eterna. Por consiguiente, los preceptos de derecho natural incluidos en las leyes humanas no tienen simplemente el valor de una ley positiva, sino que además, y principalmente, incluyen un poder mucho más alto y augusto que proviene de la misma ley natural y de la ley eterna.”

Origen satánico del liberalismo

La errónea doctrina del liberalismo arranca de la misma actitud de Lucifer de no querer someterse a la ley de Dios. Este es el sistema tan extendido y tan poderoso.

“11. Si los que a cada paso hablan de la libertad entendieran por tal la libertad buena y legítima que acabamos de describir, nadie osaría acusar a la Iglesia, con el injusto reproche que le hacen, de ser enemiga de la libertad de los individuos y de la libertad del Estado. Pero son ya muchos los que, imitando a Lucifer, del cual es aquella criminal expresión: «No serviré», entienden por libertad lo que es una pura y absurda licencia. Tales son los partidarios de ese sistema tan extendido y poderoso, y que, tomando el nombre de la misma libertad, se llaman a sí mismos liberales.”

Clases de liberalismo

León XIII, en la encíclica Libertas, explica que hay diversos grados de liberalismo que, si bien todos tienen su mismo germen, no todos se muestran manifestando sus últimas consecuencias en el mal y la perversión. Hay un liberalismo de primer grado que, consecuente con los principios del naturalismo o racionalismo, lleva la doctrina, teórica y práctica hasta sus últimas consecuencias en la moral y en la política. El naturalismo o racionalismo establece como principio fundamental la soberanía de la razón humana, independiente de Dios. De este principio se deducen las siguientes conclusiones:

  • El hombre tiene licencia para obrar sin observar los mandamientos de la ley de Dios
  • La sociedad civil no tiene por causa eficiente a Dios, sino la libre voluntad de cada uno y el poder político deriva de la multitud como de fuente primera.
  • A nivel del individuo, desaparece toda diferencia objetiva entre el bien y el mal, el vicio y la virtud. Queda abierta la puerta a toda clase de corrupciones.
  • A nivel de la vida pública, el poder queda separado de su fuente natural del que recibe su eficacia realizadora del bien común y la ley reguladora del obrar humano queda abandonada al capricho de una mayoría numérica que conduce a una tiranía. La sociedad sin la referencia de Dio queda abandonada al arbitrio del individuo que conduce a la anarquía y el poder se ve abocado a ser ejercido de forma tiránica, lo que supone la destrucción de una vida social adecuada y armoniosa.

Liberalismo de primer grado

El liberalismo consiste en aplicar a la vida práctica de los hombres lo mismo que enuncia el racionalismo o el naturalismo. El naturalismo es un error teológico; el racionalismo, un error filosófico; y el liberalismo, un error político. Tal es la secuencia que guardan entre sí estos errores que inficionan la vida moderna de los pueblos. Pero hay tres grados de liberalismo que conviene conocer. El primer grado de liberalismo es el simple naturalismo o racionalismo que establece como principio fundamental la soberanía de la razón humana, independiente de Dios.

“12.- El naturalismo o racionalismo en la filosofía coincide con el liberalismo en la moral y en la política, pues, los seguidores del liberalismo aplican a la moral y a la práctica de la vida los mismos principios que establecen los defensores del naturalismo.

Ahora bien, el principio fundamental de todo racionalismo es la soberanía de la razón humana, que, negando la obediencia debida a la divina y eterna razón y declarándose a sí misma independiente, se convierte en sumo principio fuente exclusiva y juez único de la verdad. Esta es la pretensión de los referidos seguidores del liberalismo; según ellos no hay en la vida práctica autoridad divina alguna a la que haya que obedecer; cada ciudadano es ley de sí mismo.

De aquí nace esa denominada moral independiente, que, apartando a la voluntad, bajo pretexto de libertad, de la observancia de los mandamientos divinos, concede al hombre una licencia ilimitada (…) cuando el hombre se persuade que no tiene sobre sí superior alguno, la conclusión inmediata es colocar la causa eficiente de la comunidad civil y política no en un principio exterior o superior al hombre, sino en la libre voluntad de cada uno; derivar el poder político de la multitud como de fuente primera.

Y así como la razón individual es para el individuo en su vida privada la única norma reguladora de su conducta, de la misma manera la razón colectiva debe ser para todos la única regla normativa en la esfera de la vida pública. De aquí el número como fuerza decisiva y la mayoría como creadora exclusiva del derecho y del deber.

Todos estos principios y conclusiones están en contradicción con la razón. (...) es totalmente contraria a la naturaleza la pretensión de que no existe vínculo alguno entre el hombre o el Estado y Dios, creador y, por tanto, legislador supremo universal (...) (…) si el juicio sobre la verdad y el bien queda exclusivamente en manos de la razón humana abandonada a sí sola, desaparece toda diferencia objetiva entre el bien y el mal, el vicio y la virtud no se distinguen ya en el orden de la realidad, sino solamente en el juicio subjetivo de cada individuo; será lícito cuanto agrade, y establecida una moral impotente para refrenar y calmar las pasiones desordenadas del alma, quedará espontáneamente abierta la puerta a toda clase de corrupciones”.

“En cuanto a la vida pública, el poder de mandar queda separado de su verdadero origen natural, del cual recibe toda la eficacia realizadora del bien común; y la ley, reguladora de lo que hay que hacer y lo que hay que evitar, queda abandonada al capricho de una mayoría numérica, verdadero plano inclinado que lleva a la tiranía.

La negación del dominio de Dios sobre el hombre y sobre el Estado arrastra consigo como consecuencia inevitable la ausencia de toda religión en el Estado, y consiguientemente el abandono más absoluto en todo lo referente a la vida religiosa.

Armada la multitud con la idea de su propia soberanía, fácilmente degenera en la anarquía y en la revolución, y suprimidos los frenos del deber y de la conciencia, no queda más que la fuerza; la fuerza, que es radicalmente incapaz para dominar por sí sola las pasiones desatadas de las multitudes (...)”


Liberalismo de segundo grado

Hay un liberalismo de segundo grado que admite que hay una ley natural que está por encima de la voluntad humana. Sin embargo, estos no reconocen que esta ley natural tenga su origen en Dios y de su doctrina venga su perfección.

“13. (...) no todos los defensores del liberalismo están de acuerdo con estas opiniones. Obligados por la fuerza de la verdad, muchos liberales reconocen sin rubor e incluso afirman espontáneamente que la libertad, cuando es ejercida sin reparar en exceso alguno y con desprecio de la verdad y de la justicia, es una libertad pervertida que degenera en abierta licencia; y que, por tanto, la libertad debe ser dirigida y gobernada por la recta razón, y consiguientemente debe quedar sometida al derecho natural y a la ley eterna de Dios. Piensan que esto basta y niegan que el hombre libre deba someterse a las leyes que Dios quiera imponerle por un camino distinto al de la razón natural.

Pero al poner esta limitación no son consecuentes consigo mismos. Porque si, como ellos admiten y nadie puede razonablemente negar, hay que obedecer a la voluntad de Dios legislador, por la total dependencia del hombre respecto de Dios y por la tendencia del hombre hacia Dios, la consecuencia es que nadie puede poner límites o condiciones a este poder legislativo de Dios sin quebrantar al mismo tiempo la obediencia debida a Dios. (...). Es necesario, por tanto, que la norma de nuestra vida se ajuste continua y religiosa¬mente no sólo a la ley eterna, sino también a todas y cada una de las demás leyes que Dios, en su infinita sabiduría, en su infinito poder y por los medios que le ha parecido, nos ha comunicado; leyes que podemos conocer con seguridad por medio de señales claras e indubitables. (...)”.

Liberalismo de tercer grado

Hay todavía un tercer grado de liberalismo que reconoce la necesidad de la ley de Dios no sólo la natural sino también la positiva. Sin embargo, creen que esta ley sólo ha de estar presente en la vida individual de cada uno y no en la vida colectiva o social. Aceptan, pues, como buena la separación de la Iglesia y el Estado olvidando que el poder civil ha de mirar no sólo a la prosperidad y los bienes exteriores, sino también y principalmente a los bienes del espíritu.

“14.- Hay otros liberales, algo más moderados, pero no por esto más consecuentes consigo mismos; estos liberales afirman que, efectivamente, las leyes divinas deben regular la vida y la conducta de los particulares, pero no la vida y la conducta del Estado; es lícito en la vida política apartarse de los preceptos de Dios y legislar sin tenerlos en cuenta para nada”. De esta doble afirmación brota la perniciosa consecuencia de que es necesaria la separación entre la Iglesia y el Estado.

“Es fácil de comprender el absurdo error de estas afirmaciones. Es la misma naturaleza la que exige a voces que la sociedad proporcione a los ciudadanos medios abundantes y facilidades para vivir virtuosamente, es decir, según las leyes de Dios, ya que Dios es el principio de toda virtud y de toda justicia. Por esto, es absolutamente contrario a la naturaleza que pueda lícitamente el Estado despreocuparse de esas leyes divinas o establecer una legislación positiva que las contradiga. Pero, además, los gobernantes tienen, respecto de la sociedad, la obligación estricta de pro¬curarle por medio de una prudente acción legislativa no sólo la prosperidad y los bienes exteriores, sino también y principalmente los bienes del espíritu.”


Hay que leer la doctrina explicada en la Inmortale Dei acerca de la constitución cristiana de los estados para rechazar este grado de liberalismo. De nuevo hay que recordar que la relación entre la Iglesia y el Estado es la que hay entre el alma y el cuerpo.

“Acertadamente ha sido comparado este acuerdo a la unión del alma con el cuerpo, unión igualmente pro¬vechosa para ambos, y cuya desunión, por el contrario, es perniciosa particularmente para el cuerpo, que con ella pierde la vida.”

Las conquistas del liberalismo

El Papa enseña en la Encíclica que el liberalismo considera como propias una serie de conquistas como: la libertad de cultos; la libertad de expresión y de imprenta; la libertad de enseñanza; y la libertad de conciencia.

Conviene saber qué entiende el Papa de cada uno de esos logros del liberalismo. Por la libertad de cultos, que desprecia la obligación de dar culto a Dios individual y socialmente, el hombre no está obligado a profesar una religión determinada, ni siquiera ninguna. La libertad de expresión y libertad de imprenta, sin límite alguno que separa la verdad y el error, que supone no poner freno a publicar lo que cada uno quiera, en definitiva termina en una tiranía sobre la mayor parte de la población por ciertos grupos de poder que siguen determinadas concepciones intelectuales que conducen a la gran mayoría a vivir de forma errónea alejándose del bien individual y colectivo. Por la libertad de enseñanza que desprecia la verdad que la equipara al error, los seguidores del liberalismo se conceden a sí mismos y conceden al Estado una libertad tan grande, que no dudan dar paso libre a los errores más peligrosos. Y, por otra parte, ponen mil estorbos a la Iglesia y restringen la libertad de ésta hasta lo mínimo.

Libertad de cultos

La libertad de cultos implica el indiferentismo y éste lleva al ateísmo.

“15. Para dar mayor claridad a los puntos tratados, es conveniente examinar por separado las diversas clases de libertad, que algunos proponen como conquistas de nuestro tiempo. En primer lugar examinemos, en relación con los particulares, esa libertad tan contraria a la virtud de la religión, la llamada libertad de cultos, libertad fundada en la tesis de que cada uno puede, a su arbitrio, profesar la religión que prefiera o no profesar ninguna. Esta tesis es contraria a la verdad. Porque de todas las obligaciones del hombre, la mayor y más sagrada es, sin duda alguna, la que nos manda dar a Dios el culto de la religión y de la piedad. Este deber es la consecuencia necesaria de nuestra perpetua dependencia de Dios, de nuestro gobierno por Dios y de nuestro origen primero y fin supremo, que es Dios. (...)
Hay que añadir, además, que sin virtud de la religión no es posible virtud auténtica alguna, porque la virtud moral es aquella virtud cuyos actos tienen por objeto todo lo que tiene por fin directo e inmediato el honor de Dios, es la reina y la regla a la vez de todas las virtudes. (...)

“16.- Considerada desde el punto de vista social y político, esta libertad de cultos pretende que el Estado no rinda a Dios culto alguno o no autorice culto público alguno, que ningún culto sea preferido a otro, que todos gocen de los mismos derechos y que el pueblo no signifique nada cuando profesa la religión católica.

Para que estas pretensiones fuesen acertadas haría falta que los deberes del Estado para con Dios fuesen nulos o pudieran al menos ser quebrantados impunemente por el Estado. Ambos supuestos son falsos. Porque nadie pude dudar que la existencia de la sociedad civil es obra de la voluntad de Dios, ya se considere esta sociedad en sus miembros, ya en su forma, que es la autoridad; ya en su causa, ya en los copiosos beneficios que proporciona el hombre. Es Dios quien ha hecho al hombre sociable y quien le ha colocado en medio de sus semejantes (...) Por esto es necesario que el Estado, por mero hecho de ser sociedad, reconozca a Dios como Padre y autor y reverencie y adore su poder y su dominio.

La justicia y la razón prohíben, por tanto, el ateísmo del Estado, o, lo que equivale al ateísmo, el indiferentismo del Estado en materia religiosa, y la igualdad jurídica indiscriminada de todas las religiones. Siendo, pues, necesaria en el Estado la profesión pública de una religión, el Estado debe profesar la única religión verdadera, la cual es reconocible con facilidad, singularmente en los pueblos católicos, puesto que en ella aparecen grabados los caracteres distintivos de la verdad. (...)”


Libertad de expresión y libertad de imprenta

En pocas palabras, señala el Papa lo que hay que pensar de la libertad de expresión y de la llamada libertad de imprenta. En efecto, no se debe perder de vista que los intelectuales depravados son más culpables que nadie del engaño de los ignorantes. Si la ley es tolerante con ellos es porque no se mira al bien de los más débiles a cuyo bienestar se ha de encaminar toda ley pública. Si el Estado no vela por el bien de los más débiles e indefensos hace dejación de la función fundamental que es la de velar por el bien común.

“18.- Digamos ahora algunas palabras sobre la libertad de expresión y la libertad de imprenta. Resulta casi innecesario afirmar que no existe el derecho a esta libertad cuando se ejerce sin moderación alguna, traspasando todo freno y todo límite. Porque el derecho es una facultad moral que, como hemos dicho (...), no podemos suponer concedida por la naturaleza de igual modo a la verdad y al error, a la virtud y al vicio (…).

Existe el derecho de propagar en la sociedad, con libertad y prudencia, todo lo verdadero y todo lo virtuoso (...) Pero las opiniones falsas, máxima dolencia mortal del entendimiento humano, y los vicios corruptores del espíritu y de la moral pública deben ser reprimidos por el poder público para impedir su paulatina propagación, dañosa en extremo para la misma sociedad.

Los errores de los intelectuales depravados ejercen sobre las masas una verdadera tiranía y deben ser reprimidas por la ley con la misma energía que otro cualquier delito inferido con violencia a los débiles (...) Pero en las materias opinables, dejadas por Dios a la libre discusión de los hombres, está permitido a cada uno tener la opinión que le agrade y exponer libremente la propia opinión. La naturaleza no se opone a ello, porque esta libertad nunca lleva al hombre a oprimir la verdad. Por el contrario, muchas veces conduce al hallazgo y manifestación de la verdad”.


Libertad de enseñanza

Juicio de la Iglesia acerca de la llamada libertad de enseñanza no es más que una conclusión de la libertad de expresión y de imprenta, aunque con agravante. En efecto, la verdad es el único objeto del entendimiento y no es lícito en la enseñanza proponer a los jóvenes o niños otra cosa más que la verdad. La libertad no puede pasar por encima de la verdad en la más importante de las tareas humanas que es la educa¬ción de la juventud.

“19. Respecto, a la llamada libertad de enseñanza, el juicio que hay que dar es muy parecido.

Solamente la verdad debe penetrar en el entendimiento, porque en la verdad encuentran las naturalezas racionales su bien, su fin y su perfección; por esta razón la doctrina dada tanto a los ignorantes como a los sabios debe tener por objeto exclusivo la verdad, para dirigir a los primeros hacia el conocimiento de la verdad y para conservar a los segundos en la posesión de la verdad. Este es el fundamento de la obligación principal de los que enseñan: extirpar el error de los entendimientos y bloquear con eficacia el camino a las teorías falsas. Es evidente, por tanto, que la libertad de que tratamos, al pretender arrogarse el derecho de enseñarle todo a su capricho, está en contradicción flagrante con la razón y tiende por su propia naturale¬za a la perversión más completa de los espíritus. El poder público no puede conceder a la sociedad esta libertad de enseñanza sin quebrantar sus propios deberes. Prohibición cuyo rigor aumenta por dos razones: porque la autoridad del maestro es muy grande ante los oyentes y porque son muy pocos los discípulos que pueden juzgar por sí mismos si es verdadero o falso lo que el maestro les explica.”

“20.- (...) la verdad, que debe ser objeto único de la enseñanza, es de dos clases: una, natural; otra, sobrenatural.

Las verdades naturales, a las cuales pertenecen los principios naturales y las conclusiones inmediatas derivadas de éstos por la razón, constituyen el patrimonio común del género humano y el firme fundamento en que se apoyan la moral, la justicia, la religión y la misma sociedad.

Con no menor reverencia debe ser conservado el precioso y sagrado tesoro de las verdades que Dios nos ha dado a conocer por la revelación. Los principales capítulos de esta revelación se demuestran con muchos argumentos de extraordinario valor, utilizados con frecuencia por los apologistas (...) en materia de fe y moral, Dios mismo ha hecho a la Iglesia partícipe del magisterio divino y le ha concedido el privilegio divino de no conocer el error. Por esto la Iglesia es la más alta y segura maestra de los mortales y tiene un derecho inviolable a la libertad de magisterio.

(...) entre las verdades reveladas y las verdades naturales no puede existir oposición verdadera y todo lo que se oponga a las primeras es necesariamente falso, por esto el divino magisterio de la Iglesia, lejos de obstaculizar el deseo de saber y del desarrollo en las ciencias o de retardar de alguna manera el progreso de la civilización, ofrece, por el contrario, en todos estos campos abundante luz y segura garantía (...)”

“(…) los seguidores del liberalismo (...) se conceden a sí mismos y conceden al Estado una libertad tan grande, que no dudan dar paso libre a los errores más peligrosos. Y, por otra parte, ponen mil estorbos a la Iglesia y restringen hasta el máximum la libertad de ésta, siendo así que de la doctrina de la Iglesia no hay que temer daño alguno, sino que, por el contrario, se pueden esperar de ella toda clase de bienes.”


Libertad de conciencia

Queda como última libertad la llamada libertad de conciencia, que parece la más indiscutible. Para hablar de ella hay que distinguir entre la recta conciencia objetiva que se regula por la verdad y la conciencia subjetiva viciosa. La doctrina contenida en este párrafo está plenamente recogida en distintos documentos del Concilio Vaticano II.

“21. Mucho se habla también de la llamada libertad de conciencia. Si esta libertad se entiende en el sentido de que es lícito a cada uno, según le plazca, dar o no dar culto a Dios, queda suficientemente refutada con los argumentos expuestos anteriormente.

Pero puede entenderse también en el sentido de que el hombre en el Estado tiene el derecho de seguir, según su conciencia, la voluntad de Dios y de cumplir sus mandamientos sin impedimento alguno. Esta libertad, la libertad verdadera, la libertad digna de los hijos de Dios, que protege tan gloriosamente la dignidad de la persona humana, está por encima de toda violencia y de toda opresión y ha sido siempre el objeto de los deseos y del amor de la Iglesia. Esta es la libertad que reivindicaron constantemente para sí los apóstoles, ésta es la libertad que confirmaron con sus escritos los apologistas, ésta es la libertad que consagraron con su sangre los innumerables mártires cristianos. Y con razón, porque la suprema autoridad de Dios sobre los hombres y el supremo deber del hombre para con Dios encuentran en esta libertad cristiana un testimonio definitivo. (...)

El derecho de la Iglesia

No puede olvidarse que el liberalismo coincide con el despotismo del Estado, que priva a la Iglesia de la libertad que necesita para ejercer su función. Si el Estado reconociese verdaderamente la existencia de la religión tendría que reconocer, por lo mismo, la superioridad de sus fines y de sus medios. De ahí que el reconocimiento de la libertad de la Iglesia -tan reiteradamente expresada en el Concilio Vaticano II-coincide de hecho con toda la doctrina expuesta en esta encíclica. Este punto de vista es muy importante para entender el sentido de lo expuesto en el Concilio Vaticano II.

“22. Por el contrario, los partidarios del liberalis¬mo, que atribuyen al Estado un poder despótico e ili¬mitado y afirman que hemos de vivir sin tener en cuenta para nada a Dios, rechazan totalmente esta libertad de que hablamos, y que está tan íntimamente unida a la virtud y a la religión. Y califican de delito contra el Estado todo cuanto se hace para conservar esta libertad cristiana. Si fuesen consecuentes con sus principios, el hombre estaría obligado, según ellos, a obedecer a cualquier gobierno por muy tiránico que fuese”
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Cuestiones prácticas: la tolerancia de males; relaciones Iglesia-Estado

La Iglesia reconoce la necesidad de la tolerancia de males menores.

(...) No se opone la Iglesia, sin embargo, a la tolerancia por parte de los poderes públicos de algunas situaciones contrarias a la verdad y a la justicia para evitar un mal mayor o para adquirir o conservar un mayor bien. (...)

Pero en tales circunstancias, si por causa del bien común, y únicamente por ella, puede y aun debe la ley humana tolerar el mal, no puede, sin embargo, ni debe jamás aprobarlo ni quererlo en sí mismo. Porque siendo el mal por su misma esencia privación de un bien, es contrario al bien común, el cual el legislador debe buscar y debe defender en la medida de todas sus posibilidades.


Sin embargo, hay una posición que puede ser lícita o ilícita, según sea lo que verdaderamente se piense.

29. Por último, son muchos los que no aprueban la separación entre la Iglesia y el Estado, pero juzgan que la Iglesia debe amoldarse a los tiempos, cediendo y acomodándose a las exigencias de la moderna prudencia en la administración pública del Estado. Esta opinión es recta si se refiere a una condescendencia razonable que pueda conciliarse con la verdad y con la justicia; es decir, que la Iglesia, con la esperanza comprobada de un bien muy notable, se muestre indulgente y conceda a las circunstancias lo que puede concederles sin violar la santidad de su misión. Pero la cosa cambia por completo cuando se trata de prácticas y doctrinas introducidas contra todo derecho por la decadencia de la moral y por la aberración intelectual de los espíritus. Ningún período histórico puede vivir sin religión, sin verdad, sin justicia. Y como estas supremas realidades sagradas han sido encomendadas por el mismo Dios a la tutela de la Iglesia, nada hay tan contrario a la Iglesia como pretender de ella que tolere con disimulo el error y la injusticia o favorezca con su connivencia lo que perjudica a la religión”.

Última cuestión práctica: un gobierno liberal puede ser preferible a un gobierno tiránico, no porque el liberalismo sea un bien sino porque en un sistema liberal cabe la posibilidad de que haya libertad para algún bien.

“31. Donde exista ya o donde amenace la exis¬tencia de un gobierno que tenga a la nación oprimida injustamente por la violencia o prive por la fuerza a la Iglesia de la libertad debida, es lícito procurar al Estado otra organización política más moderada bajo la cual se pueda obrar libremente. No se pretende, en este caso, una libertad inmoderada y viciosa; se busca un alivio para el bien común de todos; con ello únicamente se pretende que donde se concede licencia para el mal no se impida el derecho de hice el bien. (...)

Juicio crítico sobre las distintas formas de liberalismo

El mal fundamental del liberalismo consiste en negar a Dios el dominio sobre el hombre. En esta disposición del espíritu liberal hay diversos grados, de forma que la peor especie consiste en rechazar por completo la suprema autoridad de Dios tanto en la vida pública como en la vida privada y doméstica.

El segundo grado es el de los liberales que admiten someterse a Dios, pero rechazan las normas de dogma y de moral y que no hay razón para tenerlas en cuenta sobre todo en la vida política del Estado. Dentro de este grupo hay dos posturas: una, la de los que abogan por la separación total entre la Iglesia y el Estado de forma que todo el ordenamiento jurídico, las instituciones, las costumbres, las leyes, los cargos del Estado, la educación de la juventud, queden al margen de la Iglesia. La otra, admite la existencia de la Iglesia, pero le niega naturaleza y los derechos propios de una sociedad perfecta y afirman que la Iglesia carece del poder legislativo, judicial y coactivo y que sólo le corresponde la función exhortativa, persuasiva y rectora respecto de los que espontánea y voluntariamente se le sujetan y la Iglesia de Dios queda sometida a la jurisdicción y al poder del Estado.

Finalmente, muchos no aprueban la separación entre la Iglesia y el Estado, pero juzgan que la Iglesia debe amoldarse a los tiempos, cediendo y acomodándose a las exigencias de la moderna prudencia en la administración pública del Estado.

El núcleo esencial del liberalismo

“24.- (...) El núcleo esencial es el siguiente: es absolutamente necesario que el hombre quede todo entero bajo la dependencia efectiva y constante de Dios. (...) Negar a Dios este dominio supremo o negarse a aceptarlo no es libertad, sino abuso de la libertad y rebelión contra Dios.”

“Es ésta precisamente la disposición de espíritu que origina y constituye el mal fundamental del liberalismo (...)”

Primera especie: rechazo completo de la autoridad de Dios

“25.- La perversión mayor de la libertad, que constituye al mismo tiempo la especie peor de liberalismo, consiste en rechazar por completo la suprema autoridad de Dios y rehusarle toda obediencia, tanto en la vida pública como en la vida privada y doméstica. Todo lo que Nos hemos expuesto hasta aquí se refiere a esta especie de liberalismo.”

Segunda clase de liberalismo

26.- La segunda clase es el sistema de aquellos liberales que por una parte, reconocen la necesidad de someterse a Dios, creador, señor del mundo y gobernador providente de la naturaleza; pero por otra parte, rechazan audazmente las normas de dogma y de moral que, superando la naturaleza, son comunicadas por el mismo Dios, o pretenden por lo menos que no hay razón alguna para tenerlas en cuenta sobre todo en la vida política del Estado. (...) Esta doctrina es la fuente principal de la perniciosa teoría de la separación entre la Iglesia y el Estado; cuando, por el contrario, es evidente que ambas potestades, aunque deferentes en misión y desiguales por su dignidad, deben colaborar una con otra y completarse mutuamente.”

“27.- Dos opiniones específicamente distintas caben dentro de este error genérico. Muchos pretenden la separación total y absoluta entre la Iglesia y el Estado, de tal forma que todo el ordenamiento jurídico, las instituciones, las costumbres, las leyes, los cargos del Estado, la educación de la juventud, queden al margen de la Iglesia como si ésta no existiera (...)”

“28.- Otros admiten la existencia de la Iglesia - negarla sería imposible - pero le niegan naturaleza y los derechos propios de una sociedad perfecta y afirman que la Iglesia carece del poder legislativo, judicial y coactivo y que sólo le corresponde la función exhortativa, persuasiva y rectora respecto de los que espontánea y voluntariamente se le sujetan (...) la Iglesia de Dios queda sometida a la jurisdición y al poder del Estado como su fuera una mera asociación civil. (...)”


La Iglesia debe amoldarse a los tiempos

“29.- Por último, son muchos los que no aprueban la separación entre la Iglesia y el Estado pero juzgan que la Iglesia debe amoldarse a los tiempos, cediendo y acomodándose a las exigencias de la moderna prudencia en la administración pública del Estado. (...) Ningún período histórico puede vivir sin religión, sin verdad, sin justicia (...)”