domingo, 13 de noviembre de 2011

Afirmaciones sobre el carácter de Mesías de Jesús de Nazaret

AFIRMACIONES MESIANICAS DE JESÚS



RESUMEN


En este capítulo se recogen los testimonios puestos por los evangelios en boca del propio Jesús acerca de ser él aquel Mesías o Cristo que Israel esperaba.


El Mesías que Jesús afirma no es un Mesías político, lo cual expresamente rechazará, sino religioso y trascendente, sin que por ello todavía identifiquemos esta mesianidad con la misma divinidad afirmada, aunque evidentemente es una forma velada de ella, si la trascendencia lleva a esta identificación y en esta dirección.


EL MESIAS, JESÚS DE NAZARET P. Igartua S.J.


CAPITULO IV: AFIRMACIONES MESIANICAS DE JESÚS


1.- Manifestaciones a sus discípulos
2.- Manifestación a otras personas singulares
3.- Los títulos mesiánicos en Jesús
4.- Testimonios mesiánicos: milagros y posesos
5.- El proceso de Jesús: el Sanedrín
6.- El proceso político ante Pilato
7.- El cumplimiento de las Escrituras
8. Conclusión mesiánica sobre las declaraciones de Jesús


JESÚS DE NAZARET - Joseph Ratzinger – Benedicto xvi: Afirmaciones sobre el carácter de Mesías de Jesús de Nazaret


EL MESIAS JESUS DE NAZARET - P. IGARTUA S.J.


CAPITULO IV AFIRMACIONES MESIANICAS DE JESÚS


1. Manifestaciones a sus discípulos

Según el evangelio de Juan, Jesús debió manifestarse a sus principales y primeros discípulos, desde el principio como Mesías de Israel.

Primer testimonio. Los primeros discípulos fueron Andrés y su hermano Simón, que será Pedro (Jn 1, 40-41). El acompañante de Andrés fue el autor mismo del evangelio, Juan. Andrés y su compañero estuvieron con Jesús, siguiendo su invitación: «Venid a ver dónde vivo» (Jn 1, 39), y prolongaron la entrevista al menos hasta primeras horas de la noche (die illo). «Hemos encontrado al Mesías», dijo Andrés a su hermano Simón (Jn 1, 41). La declaración de Andrés supone que el propio Jesús les hizo ver su realidad mesiánica de algún modo convincente.

Segundo testimonio. Felipe, después de haber conocido a Jesús, fue a hacer participante de su gran descubrimiento a su amigo Natanael: «Hemos hallado (en plural, refiriéndose seguramente a Andrés, Juan y Pedro) a aquel de quien escribió Moisés en la Ley, y los Profetas, y es Jesús, el hijo de José de Nazaret» (Jn 1, 45).

El tercer testimonio. La entrevista de Natanael con Jesús. Al decirle Jesús a Natanael: «Te he visto cuando estabas bajo la higuera», le hizo exclamar: «Maestro, Tú eres el Rey de Israel» (Jn 1, 49), es decir el Cristo o Mesías esperado. Jesús no rechaza su confesión. Así el encuentro con los seis primeros discípulos que serán apóstoles está marcado por la revelación mesiáni­ca hecha por Jesús a ellos.

El cuarto testimonio. La célebre «confesión de Pedro». Los tres sinópticos nos han dado de ella tres versiones algo diferentes en su mismo núcleo central, aunque coincidentes en el suceso. Solamente examinamos el aspecto de confesión mesiánica del Cristo. Y se puede decir que éste es el núcleo común a los tres evangelistas. Al menos debemos convenir en que Pedro proclamó la mesianidad de Jesús, con estas palabras que son común denominador de los tres textos: «Tú eres el Cristo» (Mt 16, 16; Mc 8, 29; Lc 9, 20).

Lucas añade una palabra: «El Cristo de Dios». Mateo lleva la explicitación hasta la confesión de «Hijo de Dios».

Resultaría difícil negar que Jesús proclamó, según los evangelistas (que es lo que buscamos nosotros), al aceptar la declaración de Pedro, que él era el Cristo. En Marcos les prohíbe que lo vayan diciendo (Me 8, 30), Lucas hace lo mismo, y Mateo pone en boca de Jesús una expresa y grande alabanza para Pedro por la confesión.

Pedro proclama un Cristo que viene como enviado de Dios, de manera llena de misterio.

Quinto testimonio. Palabras expresas de Jesús en los evangelios se refieren a su mesianidad. El gran mensaje apocalíptico de Jesús tiene su inicio en una proclamación clara de ser el Cristo. Los apóstoles le preguntan: «¿Cuál es la señal de tu venida y del fin del siglo?» (Mt 24, 3), y la respuesta de Jesús es ésta: «Muchos vendrán en mi nombre diciendo: Yo soy el Cristo, y engañarán a muchos» (Mt 24, 5; Mc 13, 6; Lc 21, 8). Admitió pues Jesús, según los evangelistas, la pregunta en cuanto a la realidad de su segunda venida como Mesías glorioso. Es así una clara proclamación ante la pregunta apostólica de su mesianidad. El es el Cristo. Y aunque se halle en Mateo y Marcos la notable negación del conocimiento del día y tiempo de esta venida, (Mt 24, 36; Me 13, 32), afirma la realidad del hecho.

2. Manifestación a otras personas singulares


Jesús, según narran los Evangelios, hizo la clara y determi­nada manifestación de ser el Cristo o Mesías esperado por Israel a otras personas particulares fuera del círculo apostólico.
El primer caso notable es el de la mujer de Samaría en Juan. Es cierto que Juan con los otros apóstoles no oyó directamente la manifestación de Jesús, pues había ido al pueblo con sus compañeros para adquirir provisiones, dejando a Jesús solo junto al pozo de Jacob descansando. Pero la mujer después dio testimonio de esta revelación sorprendente recibida por ella, al convocar al pueblo para que acudiese a Jesús, quien permaneció así en contacto con el pueblo durante dos días (Jn 4, 40), y el resultado fue que le aceptaron como «Salvador del mundo» (Jn 4, 42). Necesariamente, pues, Juan el narrador y los otros apóstoles conocieron la respuesta de Jesús a la Samaritana, que fue conocida por todos los del pueblo, quienes además la aceptaron.
Ella dijo, al parecer para disimular su perplejidad de conciencia descubierta: «Sé que viene el Mesías (o sea, advierte el evangelista, el Cristo). Cuando él venga nos explicará estas cosas». Y Jesús le respondió: «Yo lo soy, el que hablo contigo» (Jn 4, 25-26). La mujer estupe­facta dejó el cántaro junto al pozo y corrió al pueblo: «Me ha dicho todo lo que he hecho en mi vida. ¿No será éste el Cristo?» (Jn 4, 29). La revelación de Jesús, en este punto de mesianidad, ha sido tan contundente que en realidad resulta una de las más expresas conoci­das, y hecha a una mujer además samaritana. Y por ella, y después de ella, Jesús se ha dado a conocer como Mesías al pueblo entero de Sicar.
El segundo caso que nos presenta Juan es el de Marta en la resurrección de su hermano Lázaro. Jesús viene a Betania, muerto ya Lázaro. Al saber que llega, Marta, sale a su encuentro fuera de la casa, y le dice dolorosamente: «Señor, si hubieses estado aquí mi hermano no habría muerto, aunque sé que aun ahora Dios te concede todo lo que le pidas» (Jn 11, 21-22). Jesús responde en directo: «Tu hermano resucitará». Marta quiere aclarar la promesa: «Sé que ha de resucitar en la resurrección final...». Jesús levanta el tono al de la declaración profunda: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí aunque hubiera muerto vivirá... ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Ella entonces, rendida ante la fe, proclama ésta con absoluta claridad: «Sí, Señor, yo he creído que tú eres el Cristo, Hijo de Dios vivo, que has venido a este mundo». Y marchó a llamar a su hermana María, llegándose así a la escena de la admirable resurrección de Lázaro. Es un Mesías que ha venido de Dios, es el Mesías o Cristo.


3. Los títulos mesiánicos en Jesús

Jesús confirmó en su propia persona los títulos mesiánicos, antes enumerados. El primer título es el de Rey de Israel, Rey divino o enviado por Dios a Israel. Uno de los temas predilectos de la predicación de Jesús fue el del Reino de Dios o Reino de los cielos, como lo llamó frecuentemente en sus parábolas.
De modo especial declara rey al Hijo del hombre en la descripción del Juicio final, y que es claro que es él mismo (Mt 31). Describe al Hijo de hombre al ejercer el juicio como «Rey», que pronuncia la sentencia definitiva (Mt 25, 34.40), de salvación o de condenación, que consisten en la participación y entrada en su reino o en la exclusión del mismo (Mt 34.41).
El segundo título mesiánico que hemos presentado es el de «Hijo de David». Jesús nunca se llamó a sí mismo el Hijo de David. Pero admitió que se le dirigiera este título por los que a él acudían.
Primer caso. El del ciego de Jericó. Marcos le ha dado el nombre propio de Bartimeo o hijo de Timeo. Tomemos el relato de Marcos. El ciego, que estaba mendigan­do al borde del camino que salía de Jericó, al oir que era Jesús el que pasaba comenzó a clamar: «Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí» (Mc 10, 47; Mt 20, 30; Lc 18, 38). Si el ciego clamaba a Jesús con el título de «Hijo de David», y fue atendido, se hace necesario pensar que Jesús aceptaba tal título mesiánico de labios del ciego.
Segundo caso. En Mateo también la mujer cananea invoca a Jesús con el nombre de Hijo de David, y obtiene la curación de su hija (Mt 15, 22).
El tercer caso, común a los tres sinópticos, y el más relevante, es el de la entrada gloriosa del día de los ramos en la ciudad de Jerusalén. Llegó hasta el mismo templo, entrando como un rey triunfador acompañado por aquella multitud. El clamor del pueblo era: «Bendito el que viene en nombre del Señor», (Mt 21, 9; Mc 11, 10; Lc 19, 38). Esta palabra pertenece al Salmo final del Hallel (117, 26), y es un Salmo que, según ha mostrado Jeremías, era el Salmo de la llegada del Mesías, cantado a coro por los de la ciudad y por los que llegaban, es un Salmo plenamente mesiánico de triunfo.
Mateo presenta el título mesiánico de «Hijo de David» (Mt 21, 9), título que parecen omitir Marcos y Lucas. Marcos dice: «Bendito el que viene en nombre del Señor, bendito el Reino que viene de nuestro padre David» (Mc 11, 10); y Lucas dice: «Bendito el Rey que viene, en nombre del Señor» (Lc 19, 38). Todos convienen en que era aclamado como el rey de Israel enviado por el Señor, que era el Hijo de David. Jesús aprueba la manifestación expresamente frente a los fariseos que quieren apagarla. Les responde: «De la boca de los niños sacó Dios la alabanza» (Mt 21, 16), y «Si éstos se callasen hablarían las piedras» (Le 19, 40). El es el Hijo de David, él es el Rey de Israel, que viene en nombre del Señor, como enviado suyo. Es plena y total la confirmación.
El tercer título mesiánico es el de «Hijo del hombre». Nunca ha sido utilizado tal título por los propios evangelistas, ni siquiera por los escritos apostólicos. Siempre aparece en boca del mismo Jesús, y pueden numerarse hasta 82 citas de este tipo si incluimos los lugares paralelos. Si solamente contamos los diversos quedan todavía 51 textos, de ellos 38 en los sinópticos y 13 en Juan. Se hace así necesario admitir que este título fue utilizado con mucha frecuencia por Jesús.

Utiliza el título para designarse a sí mismo en su vida cotidiana.

Del mismo modo en numerosos textos en que anuncia su resurrección tras la muerte ignominiosa de la cruz, en las varias profecías sobre ello que introducen los evangelistas (Mt 12, 40; 17, 22; 20, 18; 26, 2 y par). De su muerte en cruz habla enigmáticamente como de una «exaltación, ser levantado en alto», con el título de Hijo del hombre en Juan, expresión que provoca la respuesta del pueblo que le oía, el cual identifica el Hijo del hombre con el Cristo o Mesías, diciendo: «Sabemos por la Ley que el Cristo permanece eternamente. Pues ¿cómo dices tú: Es necesario que el Hijo del hombre sea alzado (en cruz)? ¿Quién es este Hijo del hombre?» (Jn 12, 34).

También designa con el título misterioso la segunda venida para juzgar en numerosos textos. El Hijo del hombre será el Juez de los hombres, precisamente por serlo (Jn 5, 27); vendrá a juzgar acompa­ñado de ángeles y de sus doce apóstoles en doce tronos (Mt 19, 28; 25, 31; Jn 1, 51). Habrá en el cielo en aquella hora una señal (Mt 24, 30; cf Le 21, 36). La hora de esta venida es repentina, como el rayo, y desconocida para todos excepto para Dios (Mt 24, 27; Lc 17, 24; Mt 24, 44; Mc 13, 32; Lc 12, 40).

Sus discípulos, instruidos por él necesariamente, le preguntan como pregunta personal: «¿Cuál será la señal de tu venida» (Mt 24, 3). Y en los tres sinópticos, advierte Jesús de sí mismo de manera clara: «Veréis al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo y sentado a la derecha de Dios» (Mt 26, 64; Mc 14, 62; Lc 22, 69-70). Es la respuesta precisamente personal a la cuestión de si es él mismo el Cristo, que obtiene respuesta afirmativa en los tres evangelios.

Otro texto muy importante del uso de la expresión «Hijo del hombre» por Jesús es el relativo a la eucaristía. Pues en el sermón eucarístico, recogido por Juan en su capítulo sexto, Jesús responde a los oyentes que se habían escandalizado ante su promesa y murmuraban: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» (Jn 6, 52). Jesús les dijo: «En verdad, en verdad (Amén, amén) os digo, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros». (6, 53).

Un tercer relato, en relación con el título Hijo del hombre, después del de la Samaritana y el de Marta en la resurrección de Lázaro, se es el del ciego de nacimiento. Una vez curado el ciego, y de que éste ha declarado ante los sacerdotes del templo, Jesús sale al encuentro del ciego curado, expulsado de la sinagoga por una excomunión (9, 22.3. Le dice Jesús: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?» (9, 35). Hay que advertir que hay dos variantes de este texto en los códices. Una dice Hijo de Dios, otra Hijo del hombre.
El ciego responde: «¿Quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dice: «Le has visto ya. El que habla contigo ése es» (9, 37). El ciego cae de rodillas adorando: «Creo, Señor». Tenemos así una solemne declaración del título personal por identificación de Jesús con el Hijo del hombre, en boca de Jesús, que además pide la fe en él. Pues, además, el relato hace saber que había sido promulgada la excomunión de la sinagoga contra el que proclamase Mesías o Cristo a Jesús, por lo cual los padres del ciego no quisieron hacer declaración sobre la curación de su hijo (Jn 9, 22-23). Lo cual da este valor mesiánico a la pregunta de Jesús al ciego curado y a su respuesta de fe.


4. Testimonios mesiánicos: milagros y posesos

El Bautista envió dos discípulos a Jesús para preguntarle si era él aquel que Israel esperaba que había de venir, es decir el Mesías, o si habían de esperar después de él a otro, del que era el mismo Jesús precursor. Jesús realizó diversos milagros. «Curó - dice el evangelista— delante de ellos a varios enfermos de llagas, de varias enfermedades, echó espíritus malos de otros, y devolvió a algunos ciegos la vista» (Lc 7, 21; Mt 11, 4). Después, su respuesta fue ésta: «Decid a Juan lo que habéis visto y oído. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados» (Mt 11, 4-5; Lc 7, 22). Era una alusión al pasaje de Isaías 35, 5-6 en que el profeta describe el tiempo mesiánico, ofreciendo este catálogo de curación de males.

Respecto a los testimonios que dieron de él los espíritus malos cuando salían de los posesos, Lucas testimonia que la razón de que mandase callar a los demonios que proclamaban su gloria era «porque sabían que él era el Cristo» (Lc 4, 41). Jesús no les dejaba hablar porque lo sabían.

5. El proceso de Jesús: el Sanedrín

La culminación del testimonio mesiánico de Jesús se produce ante el tribunal supremo de Israel, el Sanedrín, presidido por el Sumo Sacerdote, que lo era este año Caifas, yerno del anterior Anas (Le 3, 2).

Hallamos la escena en los tres evangelios sinópticos, con algunas variantes. Juan no relata la escena, como tampoco la del bautismo de Jesús, la de la transfiguración, la de la confesión de Pedro (aunque hay alusión a ella en Jn 6, 69), la de la institución de la eucaristía.

Los tres evangelistas plantean la escena de manera semejante. Juan en su evangelio presenta ya a los judíos (en su lenguaje los fariseos o saduceos, enemigos de Jesús) acosando a Jesús en la fiesta de las Encenias (Jn 10, 22-23), con la pregunta clave: ¿Eres el Cristo? «Si eres el Cristo dínoslo (ei sú eí o Jristós). ¿Hasta cuando vas a tenernos en suspenso? Dínoslo claramente» (Jn 10, 24). La respuesta de Jesús: «Os lo he dicho y no me creéis» (Jn 10, 25). Jesús, pues, en su respuesta, según Juan, había ya confirmado en público su pretensión mesiánica.

Trajeron testigos para la acusación formal, y sin duda querían testimonios de esta pretensión mesiánica. Pero los testigos no fueron constantes o concordes.

Entonces entró directamente en acción el mismo Sumo Sacerdote. Caifas le conminó a declarar:

(Mt26. 63-64) -«Dinos si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios».
-«Tú lo has dicho».

(Mc 14, 61-62) - -«¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito (Dios)».
—«Yo soy».

(Lc 22, 66-67) —«Si tú eres el Cristo, dínoslo».
—«Si os lo digo no me creeréis».

Mateo y Marcos unen en la pregunta del Sumo Sacerdote la doble cuestión del Cristo y del Hijo de Dios. Lucas ha puesto separadas ambas cuestiones. Para él primero fueron los sacerdotes del Consejo quienes plantearon la pregunta del Cristo, y luego el Sumo Sacerdote la del Hijo de Dios, a la cual da Jesús respuesta positiva.

En resumen, Jesús, según los tres evangelistas, ha afirmado ser el Cristo en la pregunta oficial y jurídica que se le ha propuesto en nombre de la autoridad religiosa. Sabía que era causa de muerte segura en tal ambiente para él, principalmente porque iba doblada con la referente al origen divino. No ha vacilado ante la muerte, y ha dado testimonio a su propia verdad.

Los evangelistas nos presentan a los sacerdotes llevando la acusación de proclamación de «el Cristo», o sea «el rey» de Israel, ante el tribunal político y civil. (Mt 27, 11-12; Mc 15, 1-3; Lc 23, 1-2). En la custodia, en tanto amanecía para acudir a Pilato, los guardianes le vendaron los ojos, y jugando a un juego miserable le daban bofetones y golpes diciendo: «Profetiza, Cristo, ¿quién te ha herido?» (Mt26, 68; Lc 22, 63-65: omite la palabra Cristo, pero es evidente que está en el juego).

Al pie de la cruz, los sacerdotes ironizando entre sí con el título de Cristo o Rey decían: «El Cristo, el Rey de Israel, que baje de la cruz para que veamos y creamos» (Mc 15, 32; Mt 27, 42). Lucas: «Sálvese a sí mismo, si es el Cristo, el elegido de Dios» (Lc 23, 35). Aparece pues con gran claridad la postura sacerdotal tanto en el juicio como después de él, haciendo cuestión central de la afirmación de ser el Cristo o Mesías, que Jesús había formulado.

En realidad, a los sacerdotes no les bastaba para condenar a Jesús acusarle de proclamarse Cristo o Mesías, era el celeste trasfondo de su mesianismo lo que rechazaban. Era, en rigor, la proclamación de divinidad lo que condenaban.


6. El proceso político ante Pilato


La acusación de ser el Cristo, o de proclamarse tal sin serlo, es la que llevan ante el gobernador romano para el juicio. La estrategia sacerdotal ante Pilato, según Juan: «Todo el que se hace a sí mismo rey se opone al emperador» (Jn 19, 12). La acusación religiosa de divinidad estuvo a punto de hacer derivar el proceso a favor de Jesús.
Lucas es el que mejor ha planteado la plenitud de la fórmula acusatoria: «Provoca la rebelión de nuestro pueblo, prohíbe dar tributo al César, y dice que él es el Cristo (o Rey)» (Lc 23, 2; cf. Mt 27, 11-14; Mc 15, 2-4). La triple acusación contenida en la fórmula es eficaz ante los romanos. Todos saben que primero Teudas, y luego Judas el Galileo, promovieron una rebelión contra los romanos. Es pues una acusación certeramente formula­da para destruir a Jesús ante Pilato.
Pilato hace la primera pregunta: «¿Eres tú el Rey de los judíos?» (Mt 27, 11; Mc 15, 2; Lc 23, 3). La respuesta de Jesús fue: «Tú lo dices», que equivale a la plena afirmación. Juan introduce la misma pregunta de Pilato (Jn 18, 38). Declara al presidente, que su reino es de carácter no político, como lo muestra el hecho de que no ha formado ejército ni tropa, pues su reino es diferente (Jn 18, 34-37). En Juan, Pilato hace la misma pregunta que en los sinópticos: «¿Luego eres rey?». «Tú lo dices, yo soy Rey» (Jn 18, 37). La referencia de Jesús en las palabras subsiguientes a la verdad, como territorio de su reino, no hacen demasiada mella en el escepticismo de Pilato, aunque le hacen comprender que se trata de un problema religioso, no político. Por lo cual declara que no hay causa de condena en el reo. (Lc 23, 14; Jn 19, 6).
Aquí introduce Lucas el episodio de Herodes. Es un intento de Pilato de zafarse del problema. Herodes, que era rey de Galilea bajo los romanos, se hallaba precisamente en Jerusalén aquellos días, seguramente por ser la Pascua (Lc 23, 6-7). Pero Herodes, ante el absoluto silencio de Jesús, cuyos labios no se despegaron una sola vez en el palacio del asesino del Bautista, tomó el asunto como cosa de ridículo, al verse envuelto en ello. Devolvió el preso a Pilato, con su opinión de que se trataba de un alucinado, mostrándolo en la vestidura blanca que le puso (Lc 23, 8-12). Pilato recobró el preso y el problema.
Desde el comienzo de su predicación la centró en la llegada del «Reino de Dios» o del «Reino de los cielos». Resultaba bien claro que no se trataba de un movimiento nacionalista ni de rebeldía, como el de los pretendidos mesías. Hablaba de un reino espiritual, de obediencia a los mandamientos de Dios, de conversión del corazón, aunque se trataba de un verdadero Reino de Dios en los hombres. Reino que tenía su «Rey», el Cristo o Mesías, que se declaraba él mismo. Pero el ambiente popular no comprendía un Cristo paciente, ni tampoco los fariseos, y no aceptaban su mesianismo religioso, aunque los sacerdotes y saduceos no lo aceptaban porque se oponía a su dominio personal. Ni siquiera sus discípulos comprendieron este carácter nuevo de su reino, por lo que Juan y Santiago habían pretendido obtener los dos primeros puestos de aquel reino mesiánico. (Mt 20, 21; Me 10, 37).
«Sabéis que los príncipes de las naciones las dominan, y los mayores son los más poderosos. Entre vosotros no es así... El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir, y entregar su vida» (Mt 20, 25-28; Mc 10, 42-45). Jesús rechazó el título de rey que le ofrecían. Pues la multitud, tras el admirable prodigio de la multiplicación de los panes, clamaba que era «el profeta esperado en Israel, que había de venir al mundo» (Jn 6, 14), y en su entusiasmo por el Cristo o Mesías le querían proclamar ya rey. Jesús declinó el peligro huyendo al monte (Jn 6, 15).
Pilato comenzó los intentos de librar a Jesús de la acusación y condena, convencido de su inocencia. Piensa Pilato en Barrabás. Era costumbre de concesión romana a la fiesta judía dejar libre el preso que le pidieran por la Pascua. Presenta al pueblo el dilema de Jesús o Barrabás, el malhechor o bandido que aguardaba la condena. Piensa al recurrir al pueblo que éste, en su instinto religioso, preferirá siempre a Jesús. No ha contado con la persuasión sacerdotal. Los cuatro evangelistas están acordes en el episodio.
Conoce el presidente la tumultuosa manifestación de los ramos, y los hosannas al «Hijo de David», y el enfrentamiento de Jesús con los sacerdotes en el templo, arrojando a los vendedores fuera. Intenta una especie de referendum popular. Propone su pregunta: «¿Quién queréis que os suelte, Barrabás o Jesús, llamado el Cristo?» (Mt 27, 17). Marcos y Juan sustituyen la palabra Cristo por la de «rey de los judíos», equivalente. Al responder la turba con su grito unánime «persuadida por los sacerdotes», principales responsa­bles así del grito (Mt 27, 20; Mc 15, 11), que preferían a Barrabás, Pilato, queriendo salvar su propio gesto, insistió con las mismas palabras ofreciendo la oportunidad de librar a los dos: «¿Y qué haré de Jesús, que es llamado el Cristo?» (Mt 27, 22). Marcos repite la fórmula de «el rey de los judíos» (Mc 15, 12). Ante el nuevo grito unánime, que desconcierta al triste presidente: «Crucifícale, crucifícale», sólo sabe balbucir, como una reflexión interior de su conciencia judicial: «¿Qué mal ha hecho?».
Entretanto, y para dar contento al pueblo, al que, piensa se podrá llegar a satisfacer sin la muerte, ordena azotar a Jesús. La dura flagelación romana cae sobre las espaldas y cuerpo del reo declarado públicamente inocente.
Después de cumplir su cruel oficio, los verdugos inventan un castigo superior, que se halla en Mateo, Marcos y Juan. Los soldados trenzaron una corona de agudas espinas, a modo de casquete al parecer, y la impusieron sobre su cabeza. El doloroso episodio muestra de nuevo que el título en juego en el proceso era el de «rey de los judíos» o Mesías-Cristo. Pues impuesta la corona comenzaron con los golpes salvajes los burlescos saludos: «Salve, Rey de los judíos» (Mt 27, 29; Mc 15, 16; Jn 19, 3). El reo había además sido adornado con una clámide de púrpura regia y con un cetro de caña entre las manos atadas, como complementos de su pretendida realeza.
Al llegar el Presidente en busca del pobre reo, el espectáculo le conmovió profundamente al parecer. Lo sacó en estas mismas condiciones ante el pueblo, diciendo: «Mirad el hombre» (Jn 19, 5). Las palabras de Pilato muestran su conmoción humana. Por eso dice: «el hombre». El nuevo grito, esta vez parece que de solos los sacerdotes y sus afines ante el silencio de sorpresa del pueblo (Jn 19, 6), se alzó como un muro ante Pilato: «Crucifícale». El presidente vaciló: «Crucificadle vosotros, que yo no encuentro causa», y entonces adujeron los sacerdotes la acusación religiosa, sobre la pretensión divina de Jesús. El desconcierto de Pilato fue total. Entrando dentro con el reo comenzó un nuevo interrogatorio, respondido por Jesús con el silencio: «¿De dónde vienes tú?», y amenazó con su autoridad para matar. Jesús responde. «Esa autoridad te ha sido dada de arriba. Por eso, mayor culpa tienen los que me han entregado a ti» (Jn 19, 8-11). La sublime excusa de Jesús en la cruz sobre la ignorancia de sus enemigos (Lc 23, 34), aquí cubre misericordiosamente a Pilato, pero no a ellos.
Los últimos intentos de Pilato por salvar a Jesús se producen ante la nueva dimensión divina que entrevé en el proceso. Al notarlo los sacerdotes vuelven a la acusación política, y esta vez la personalizan en una velada amenaza, que desarmará al gobernante: «Si sueltas a éste no eres amigo del Emperador, pues todo el que se hace rey a sí mismo se opone al César» (Jn 19, 12). Oída esta directa interpelación Pilato ha tomado su decisión en favor de su condición de funcionario, frente a su conciencia. Decís que se hace rey, pues bien: «Ahí tenéis a vuestro rey» (Jn 19, 14). El humano y conmovido «el hombre» se ha convertido en el irónico y dramático «el rey vuestro». Y ellos respondieron, con un compromiso cobarde de abdicación de su mismo ideal judío, con fórmula de sumisa adulación, cuando Pilato aguza su palabra ante la obstinación de ellos que claman todavía «Crucifícale»: «¿A vuestro rey he de crucificar? —No tenemos más rey que el César» (Jn 19, 15). El drama se ha consumado en las conciencias de ellos como en la de Pilato. Este cede por temor político, ellos renuncian y se someten por afán de venganza. Queda así planteada la causa de Jesús en el dramático desarrollo del proceso como una causa mesiánica. Jesús será condenado como rey de los judíos, como Mesías y Cristo.
Declarada la sentencia, el título de la causa fue escrito, según costumbre, para llevarlo al lugar del suplicio y ponerlo sobre el reo ajusticiado para conocimiento popular. En una tabla de madera es grabado el título de la causa en tres lenguas: en la línea superior en arameo o hebreo, en la siguiente en griego, en la inferior en latín. Las tres lenguas usadas en el país, la del pueblo palestino, la de la cultura general, la de la justicia romana, son empleadas para público testimonio: «Jesús Nazareno Rey de los judíos». El testimonio atravesará los siglos, y hará saber a todas las gentes que Jesús es, y se ha proclamado, «Rey de los judíos», que significa Cristo-Mesías (Mt 27, 36; Me 15, 26; Le 23, 38; Jn 19, 19).
Hay un último intento desesperado de los sacerdotes, que al fin comprenden la trampa nacional en que han caído. Jesús no es el rey de los judíos, ni el Mesías, sino un alucinado que lo ha pretendido. Y acuden a Pilato: «No escribas Rey de los judíos, sino que él ha dicho: Soy el Rey de los judíos»; pero el presidente, guiado por un certero instinto de la providencia divina, contestó secamente: «Lo escrito, escrito queda» (Jn 19, 21-22). Así ha llegado hasta nosotros, como un resto de sublime naufragio y tesoro de suprema arqueología, lo que quedó inscrito por la mano grosera de algún soldado o carpintero.

7. El cumplimiento de las Escrituras


Jesús se declara Mesías de Israel, el Cristo esperado. La esperanza del Mesías es el fondo mismo de la historia del pueblo judío. No se trata de examinar y hacer exégesis de los anuncios y profecías mesiánicas del Antiguo Testamento. Aquí estamos tratando de las declaraciones mesiá­nicas del propio Jesús. Pero, entre éstas, deben ser contadas aquellas en las que Jesús, según los evangelios, menciona el AT como referidos a Él.
En su apostolado llegó a la sinagoga de su pueblo de larga residencia y trabajo, Nazaret. Le fue entregado el libro del profeta Isaías, abriéndolo en el pasaje mesiánico en que se recuerda que sobre el Mesías está el Espíritu del Señor (Is 61, 1-2). Jesús comenzó tranquilamente su exégesis: «Hoy se ha cumplido esta escritura en vuestros oídos» (Lc 4, 21). Acababa de proclamar: Yo soy el Mesías.
En Mateo Jesús se niega a defenderse en el huerto de los Olivos, cuando llegan a prenderle y Pedro saca la espada para la defensa: «¿Cómo se cumplirían las Escrituras de que es necesario que esto suceda!» (Mt 26, 54). Ha dado la razón de que, si quisiera, podría rogar al Padre que le enviase doce legiones angélicas para su defensa (26, 53). En la cena había hablado diciendo: «Es necesario que se cumpla lo que está escrito de mí: Ha sido contado entre los malhechores» (Lc 22, 37).
Es Juan quien ha dado más vigorosos testimonios de la apelación mesiánica de Jesús a las Escrituras. La objeción puesta a Jesús para aceptar su título de Cristo era la creencia de que era Nazaret su lugar de origen, debiendo ser Belén conforme a la Escritura, pues el Mesías debía venir nacido de allí, y de Sion, no de Galilea (Jn 7, 41-42.52; cf. Mt 2, 5-6; Jn 4, 22). Jesús arguye a los judíos que son precisamente las Escrituras las que dan testimonio de el: «Estudiad las Escrituras, ya que pensáis tener en ellas la vida eterna. Son precisamente ellas las que dan testimonio de mí» (Jn 5, 39). Y en especial apela al testimonio de Moisés: «Si leyeseis a Moisés, seguramente me creeríais a mí. Pues él escribió de mí» (Jn 5, 4). Y termina: «Pero si no creéis a sus escritos ¿cómo vais a creer en mí?» (5, 47).
Al llegar la pasión hará ver en los sucesos de ella el cumplimiento de la Escritura. «Yo sé a quiénes he elegido. Pero se cumple la Escritura: El que come conmigo levanta su pie contra mí» (Jn 13, 18) dice de Judas el traidor presente en la mesa de la última cena. «Ninguno de los que me entregaste se ha perdido, sino el hijo de perdición. Se cumple la Escritura» (Jn 17, 12) dice asimismo en el sublime momento de la oración al Padre tras la salida de Judas. Y en Mateo y Marcos se refiere de nuevo a su prisión, recordando que está anunciada en la Escritura: «Como está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas» (Mt 26, 31; Me 14, 27). Y antes ha dicho en la cena: «El Hijo del hombre va (a la muerte), como está escrito de él» (Mt 26, 24; Me 14, 21).
Después de la resurrección, el propio resucitado hará exégesis de lo dicho por Moisés (la Ley) y los profetas, o sea la Escritura, sobre él y los sucesos de su pasión y muerte. Lo hará ante los de Emaús en el camino, y sus corazones arderán con un fuego nuevo al oir su interpretación mesiánica de la Ley y los profetas (Le 24, 27). Del mismo modo en su aparición ante los apóstoles en el relato lucano donde dice: «Tenían que cumplirse las cosas anunciadas sobre mí... así debía el Cristo padecer y resucitar al tercer día» (Le 24, 44).
Luego, el resucitado les concedió el don de comprender las Escrituras y les añadió: «Así está escrito, que el Cristo debía padecer y resucitar al tercer día» (Lc 24, 45-46). Juan al relatar su ida al sepulcro con Pedro, y su examen del sepulcro vacío y su estado: «Vio y creyó. Porque todavía no conocían la Escritura sobre su resurrección» (Jn 20, 9). Y recordemos que Jesús, según Juan, se dispuso a morir y dijo: «Todo está consumado» sólo después de cumplir el último detalle anunciado por la Escritura: «Tengo sed», y le dieron a beber vinagre (Jn 19, 28; cfr. Sal 68, 22).


8. Conclusión mesiánica sobre las declaraciones de Jesús


De este capítulo se desprende que Jesús de Nazaret, según lo que los evangelios le atribuyen, se declaró el Mesías de Israel, el esperado. Juan Bautista lo había anunciado, Jesús lo confirmó. Ante sus apóstoles en privado, ante personas particulares como la Samaritana, el ciego de nacimiento o Marta de Betania, también en público de diversas formas ante los judíos. Se puede decir que su predicación y sus parábolas del reino de Dios, así como los milagros realizados, son testimonios públicos de su mesianismo. También su apelación mesiánica a la Escritura.
Lo mismo muestra su aceptación solemne del título de Hijo de David, en el día de triunfo de los ramos. Y el título de Hijo del hombre, usado habitualmente por Jesús, pone de relieve su profundo conocimiento de la situación y del valor de tal título, por las connotaciones que en sus palabras le añade. Pero su afirmación mesiánica de ser el Cristo de Israel resplandece en el juicio ante el Sanedrín, al responder a la pregunta solemne del Sumo Sacerdote.
Luego, el proceso ante Pilato y el título de su condena, puesto en la cruz sobre su cabeza, dejan indubitable tal punto. Pues no hubiera sido tal el título si no fuese ésta la causa de la acusación vertida contra él por los sacerdotes. Y este título nos es confirmado por el testimonio de Tácito, el cual reconoce que fue ésta la causa de la acusación, dando así valor histórico reconocido extraevangélico al hecho: «Su fundador, llamado Cristo, fue condenado a muerte por el procurador Poncio Pilato, imperando Tiberio» (Annales, 15, 44; cfr. c- 2, 1). Este testimonio da la causa de la condena junto con el hecho de la misma. Fue condenado por ser el Cristo, o llamarse de ese modo. Tácito no podía ignorar que la palabra y nombre griego Cristo tiene la significación regia de «Ungido» o «Rey» en el Oriente. Confirma pues que Jesús fue condenado porque se atribuyó el título de «Rey de los judíos», que en la cruz se mostraba, y hubo de pasar a las Actas que Pilato remitió al emperador a Roma sobre el caso.
Y además de esto, poseemos un fragmento, que puede legítima­mente ser tenido por auténtico, del título mismo de la Cruz de Jesús. En él, en el relicario de la Basílica de Santa Croce de Gerusalemme, construido por Constantino, se puede ver todavía hoy (y el que escribe lo ha visto) la parte del letrero en dos lenguas completas (griego y latín), con las señales indudables de la hebrea, que providencialmente incluyen precisamente la causa del proceso:

«REY DE LOS JUDÍOS»

JESÚS DE NAZARET - Joseph Ratzinger – Benedicto xvi

Afirmaciones sobre el carácter de Mesías de Jesús de Nazaret

1er Tomo pág. 374 ss

La cristología de los autores del Nuevo Testamento, también la de los evangelistas, no se basa en el título Hijo del hombre, sino en los títulos Mesías (Cristo), Kyrios (Señor) e Hijo de Dios, que comenzaron a ser usados inicialmente ya durante la vida de Jesús. La expresión “Hijo del hombre” es característica de las palabras de Jesús mismo. (…)

Se distinguen en general tres grupos de palabras referentes al Hijo del hombre.
El primero estaría compuesto por las que aluden al Hijo del hombre que ha de venir (…)
El segundo grupo estaría formado por palabras que se refieren a la actuación terrena del Hijo del hombre.
El tercero, hablaría de su pasión y resurrección.

La mayoría de los exegetas tienden a considerar sólo los términos del primer grupo como verdaderas palabras de Jesús; esto responde a la explicación tan extendida del mensaje de Jesús en el sentido de la escatología inminente. El segundo grupo, al que pertenecen las palabras referentes al poder del Hijo del hombre de perdonar los pecados, a su autoridad sobre el sábado, (…) se habría formado – según una de las principales corrientes de estas teorías- en la tradición palestina y, en este sentido, tendría un origen muy antiguo, aunque no podría atribuirse directamente a Jesús. Las más recientes serían las afirmaciones sobre la pasión y la resurrección del Hijo del hombre. (…)

Lo grande lo novedoso lo impresionante, procede precisamente de Jesús; en la fe y la vida de la comunidad se desarrolla, pero no se crea (…)

No era un título habitual de la esperanza mesiánica, pero responde perfectamente al modo de predicación de Jesús (…) “Hijo del hombre” significa en principio, tanto en hebreo como en arameo, simplemente “hombre” (…)

“El Hijo del hombre es el señor del sábado” se aprecia aquí toda la grandeza de la reivindicación de Jesús, que interpreta la Ley con plena autoridad por que Él mismo es la Palabra originaria de Dios. (…)

Sueño de Daniel (…) la imagen del Hijo del hombre sigue representando aquí el futuro reino de la salvación, una visión en la que Jesús pudo haberse inspirado, pero a la que dio nueva forma, poniendo esta expectativa en relación consigo mismo y con su actividad. (…)

Un primer grupo de afirmaciones sobre el Hijo del hombre se refieren a su llegada futura. La mayor parte de éstas se encuentran en las palabras de Jesús sobre el fin del mundo (Mc 13, 24-27) y en su proceso del Sanedrín (Mc 14, 62). Las trataremos en el segundo volumen de esta obra (…) se trata de palabras que se refieren a la gloria futura de Jesús, a su venida para juzgar y para reunir a los justos, los “elegidos” (…)

La exégesis más antigua ha considerado que lo realmente novedoso y especial de la idea que Jesús tenía del Hijo del hombre… es la fusión de la visión de Daniel sobre el “hijo del hombre” que ha de venir con las imágenes del “siervo de Dios” que sufre transmitidas por Isaías.


1er Tomo: pag 344 ss –

9.- Dos hitos importantes en el camino de Jesús: la confesión de Pedro y la Transfiguración.

A la opinión de la gente se contrapone el conocimiento de los discípulos, manifestado en la confesión de fe. ¿Cómo se expresa? En cada uno de los tres sinópticos está formulado de manera distinta, y de manera aún más diversa en Juan. Según Marcos, Pedro le dice simplemente a Jesús: “Tú eres [el Cristo] el Mesías” (Mc 8, 29). Según Lucas, Pedro lo llama “el Cristo [el Ungido] de Dios” (Lc 9,20) y, según Mateo, dice: “Tú eres Cristo [el Mesías], el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). Finalmente, en Juan la confesión de Pedro reza así: “Tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,69)

1er Tomo: Pag. 355

¿Qué vemos si juntamos todo este mosaico de textos? Pues bien, los discípulos reconocen que Jesús no tiene cabida en ninguna de las categorías habituales, que Él era mucho más que “uno de los profetas”, alguien diferente. (…)

En él se cumplían las grandes palabras mesiánicas de un modo sorprendente en inesperado: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy” (Sal 2, 7). En los momentos significativos, los discípulos percibían atónitos: “Éste es Dios mismo”. Pero no conseguían articular todos los aspectos en una respuesta perfecta. Utilizaron – justamente- las palabras de promesa de la Antigua Alianza: Cristo, Ungido, Hijo de Dios, Señor. Son las palabras clave en las que se concentró su confesión que, sin embargo, estaba todavía en fase de búsqueda, como a tientas. Sólo adquirió su forma completa en el momento en que Tomás tocó las heridas del Resucitado y exclamó conmovido: “¡Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28)


2º Tomo página 13 y ss

Los preparativos que Jesús dispone con sus discípulos (para la entrada en Jerusalén el domingo de Ramos, hacen crecer la expectativa de la esperanza mesiánica)

Jesús llega al Monte de los Olivos desde Betbagé y Betania, por donde se esperaba la entrada del Mesías.

Manda por delante a dos discípulos, diciéndoles que encontrarían un borrico atado, un pollino, que nadie había montado. Tienen que desatarlo y llevárselo… En cada uno de los detalles está presente el tema de la realeza y sus promesas. Jesús reivindica el derecho del rey a requisar medios de transporte…

Antiguo Testamento: Gn 49, 10ss se asigna a Judá el cetro, el bastón de mando, que no le será quitado de sus rodillas “hasta que llegue aquel a quien le pertenece y a quien los pueblos deben obediencia” (…)

Zacarías 9,9”Decid a la hija de Sión: mira a tu rey, que viene humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila” (…)

Jesús reivindica, de hecho, un derecho regio. Quiere que se entienda su camino y su actuación sobre la base de las promesas del Antiguo Testamento, que se hacen realidad en Él. (…)

Los discípulos echan sus mantos encima del borrico… Lucas escribe: “Y le ayudaron a montar”.

Echar los mantos tiene su sentido en la realeza de Isarel. Lo que hacen los discípulos es un gesto de entronización en la tradición de la realeza davídica y, así, también en la esperanza mesiánica que se ha desarrollado a partir de ella.

2º Tomo pag. 65 ss

Vengamos ahora a la parte propiamente apocalíptica del discurso escatológico de Jesús: al anuncio del fin del mundo, del retorno del Hijo del hombre y del Juicio universal (Mc 13, 14-27)

Llama la atención que este texto esté en gran parte entretejido con palabras del Antiguo Testamento, en particular del Libro de Daniel, pero también de Ezequiel, de Isaías y de otros pasajes de la Escritura

2º Tomo pag. 210 y ss

Según Marcos, la pregunta del sumo sacerdote reza así: “¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?”. Jesús responde: “Sí, lo soy. Y veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo” (Mc 14,62) (…)

El sumo sacerdote interroga a Jesús sobre si es el Mesías, y lo define según el Salmo 2,7 con el término “Hijo del Bendito”, Hijo de Dios. En la perspectiva de la pregunta, esta denominación pertenece a la tradición mesiánica, pero deja abierto el tipo de filiación. (…)

Matero pone acento particular en la formulación de la pregunta. Según él, Caifás dice: “¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios? (Mt 26,63). (…)

De todo esto se desprende lo siguiente: Jesús asume el título de Mesías, que para la tradición tenía significados diferentes, pero al mismo tiempo lo precisa de tal manera que provoca una condena, que podría haber evitado con un rechazo o una interpretación atenuada del mesianismo. No deja margen alguno para ideas que pudieran dar lugar a una comprensión política o beligerante de la actividad del Mesías. No, el Mesías – Él mismo- vendrá como el Hijo del hombre sobre las nubes del cielo. Esto significa objetivamente más o menos lo mismo que la afirmación que encontramos en Juan: “Mi reino no es de este mundo” (18, 36). Él reivindica el derecho a sentarse a la diestra del Poder, es decir, de venir del mismo modo que el Hijo del hombre del que habla el Libro de Daniel, de venir de Dios para instaurar a partir de él el Reino definitivo.
Esto debió parecer a los miembros del Sanedrín políticamente carente de sentido y teológicamente inaceptable, porque, de hecho, ya había expresado ahora una cercanía al “Poder”, una participación en la naturaleza misma de Dios, lo que se consideraba una blasfemia. (…)
Para el sumo sacerdote y los demás allí reunidos la respuesta de Jesús cumplía en cualquier caso los requisitos para la blasfemia, y Caifás “rasgó sus vestiduras, diciendo: “Ha blasfemado” (Mt 26, 65)