viernes, 8 de febrero de 2008

La filosofía del liberalismo

La influencia de la filosofía en la sociedad civil

En orden a comprender el sentido que tiene en Schola Cordis Jesu la insistencia de estudiar los principios de la filosofía verdadera, filosofía que es patrimonio perenne de la Iglesia y, a la vez, poder captar dónde reside el fundamento de los errores modernos que proceden en lo filosófico del racionalismo, en lo religioso del protestantismo y en lo social y político del liberalismo, recogemos algunos fragmentos de los artículos de Cristiandad: “Misión de la filosofía en la restauración del Reino de Cristo”; y “León XIII y la intelectualidad cristiana”, este último de Jaime Bofill.


Misión de la filosofía en la restauración del Reino de Cristo[1]

El contenido de los documentos de los Papas modernos en que recomiendan las doctrinas de Santo Tomás como base de la restauración de la Filosofía cristiana, nos muestra que, al proponerle como guía de los estudios, desean ciertamente conseguir con ello lo que podríamos llamar una restauración intelectual; pero al mismo tiempo, y como consecuencia, esperan que de ella se seguirán frutos preciosos para la sociedad civil, la familia y la paz social e internacional. (...)

Este sano progreso de las ciencias humanas obtenido por el trabajo de los pensadores católicos, obedeciendo las directrices emanadas de la autoridad de la Sede Apostólica, “a la que corresponde principalmente el ordenar lo que al estudio se refiere”, será un fruto precioso del “Reino de Cristo en las inteligencias” (...) porque El es la Verdad, y este Reinado de Cristo lo define el propio Pío XI como aquella ordenación de la sociedad “en que pueda la Iglesia, desempeñando su divino cargo, hacer valer los derechos todos de Dios, lo mismo sobre los individuos que sobre las sociedades”.

Pero además, y como consecuencia de ello, esperan los Sumos Pontífices de esta restauración filosófica saludables ventajas para la vida social. No nos extrañará ellos si consideramos que al juzgar sobre las causas de los males de la sociedad moderna enumeran entre las principales el extravío de las ideas, producido por la emancipación de la razón humana frente a la autoridad de la Iglesia y que por consiguiente: “No existe otro medio más eficaz para terminar pronto y felizmente, con la ayuda de Dios, la encarnizada guerra entablada contra la Iglesia y contra la misma sociedad humana que restablecer en toda partes, por medio de las disciplinas filosóficas, los rectos principios del pensar y del obrar, y que, por lo tanto, es preciso, para el fin principal de aquella empresa, el resurgimiento de la sana y sólida Filosofía en todos los puntos del orbe”.


León XIII y la intelectualidad cristiana[2]

León XIII es el restaurador de la ciencia cristiana... para él, es ante todo obra divina (...). La disipación de los errores que entenebrecen la humana inteligencia hay que esperarla ante todo del omnipotente divino.

Este planteamiento sobrenatural del problema, su invitación a los fieles a pedir los dones del Divino Espíritu, no excluye, en el ánimo del Pontífice, los medios naturales; entre cuyos auxilios, dice, consta ser el principal el recto uso de la filosofía (...)

La importancia de la Filosofía es doble: en primer lugar, en el orden especulativo (...) En segundo lugar, en el orden social (...)

Si en algún punto se desvía la inteligencia, fallará, también, la voluntad; y así acaece que la maldad de las opiniones, cuyo sujeto propio es el entendimiento, pervierte los actos humanos (...)

León XIII no vacila en atribuir a la perversidad de los sistemas filosóficos la culpa principal de los males que nos afligen y de los que nos amenazan (...)

La causa fundamental de los males que actualmente nos oprimen y de los que nos amenazan es haberse infiltrado en todos los órdenes de la vida social (...) las malvadas sentencias que ya hace tiempo salen de las escuelas filosóficas acerca de Dios y del hombre”.

La Filosofía ha corrompido a la Sociedad. ¿Puede la Filosofía regenerar a la Sociedad? La respuesta de León XIII es ciertamente opuesta “per diametrum” al orgullo del siglo: La solas fuerzas de la razón humana no son suficientes para rechazar y desarraigar todos sus errores. “No son suficientes”, dice el Papa; esto no es decir que sean inútiles, que no deben emplearse en la obra de la restauración de la sociedad, sobre todo intelectual, que León XIII se propone activar.

Ortega y Gasset concibe la filosofía como un sustitutivo de la fe. La filosofía aparece cuando el hombre ha dejado de creer en la “fe de sus padres”. “En la Edad Media, dice también, va habiendo filosofía conforme va atenuándose la fe

Una tradición de racionalismo sustituye en la sociedad, bien que mal, a una tradición de fe, que ha venido a sustituir, a su vez, “el sistema de los instintos que (el hombre) como animal perdió”.

El proceso de degeneración de la filosofía moderna

León XIII describe el proceso penoso de degeneración de la Filosofía moderna con lúcida precisión:

Gracias a los novadores del S.XVI, hízose moda discurrir en materias filosóficas sin miramiento ni respeto alguno a la fe (…) De donde acaeció multiplicarse sin medida los sistemas de Filosofía (...) De la multiplicidad de opiniones se pasó a la incertidumbre y a la duda; y todos saben que de la duda al error no hay más que un paso (...) los filósofos católicos (...) dejando de lado el patrimonio de la antigua sabiduría, prefirieron en lugar de aumentar y completar el antiguo con lo nuevo, esforzarse en construir novedades a su vez (...) la Filosofía que de aquí procede lejos de tener la firmeza, estabilidad y fortaleza de la antigua adolece de los vicios contrarios, resultando fluctuante y ligera” (...)

Esos sistemas, sometidos a la fe solo negativamente, pero no fundamentados en ella, sino en la mera autoridad y arbitrio de cada un carecen con frecuencia de vigor para rechazar los ataques adversos. La Filosofía, “arma defensiva y muro firmísimo de la religión” no puede cumplir ni tan siquiera este último aspecto de su misión.

El Papa hace constar que la Filosofía por sí sola no puede reparar el daño que ha hecho: Las solas fuerzas de la razón humana no son suficientes para rechazar y desarraigar todos sus errores.

Pero no por esto es razón despreciar ni preterir los medios naturales con que, gracias a la sabiduría divina, que todas las cosas ordena con suavidad y eficacia, es ayudado el humano linaje; entre cuyos auxilios consta ser el principal el recto uso de la Filosofía.

La fe libra a la razón y la defiende, y la instruye, además con la noticia de muchas cosas”.

La filosofía del liberalismo y la ruina de occidente[3]

Francisco Canals en el artículo titulado: “la filosofía del liberalismo y la ruina de occidente” pone de manifiesto que la filosofía de Spinoza es la inspiradora del liberalismo, por tanto de ella procede la negación del orden sobrenatural, la independencia del hombre respecto de Dios, su radical panteísmo, la negación de la distinción entre el bien y el mal, el poder como fuente de derechos y del poder político; y, contra lo que muchos piensan, la negación de la libertad y, a la vez, la defensa de la democracia, sistema valorado por Spinoza por ser el sistema más absoluto de todos. Aspectos que se encuentran en el liberalismo más o menos explícitamente, según los casos.

El Doctor Canals recuerda en este artículo, lo mal que fue acogido el Syllabus sobre todo, en el ambiente del catolicismo liberal, por su firme condena del espíritu del mundo, del progreso y del liberalismo. A la vez, se puede ver que las condenas del liberalismo formuladas de forma magistral y contundente por Pío IX en el Syllabus, coinciden casi literalmente con las formulaciones que hace Spinoza en sus obras. Es preciso destacar el esclarecimiento que hace de los malos entendidos producidos con posterioridad al Concilio Vaticano II, en relación con la Declaración de libertad religiosa, que fue difundida, sin ninguna justificación, como rectificación de la condena del liberalismo realizada por el Beato Pío IX en el Syllabus.

El escándalo del Syllabus
El 8 de diciembre de 1864, a los diez años de la definición del dogma de la concepción Inmaculada de María, envió Pío IX al mundo católico su encíclica Quanta cura, a la que acompañaba el Syllabus, un índice de los “principales errores de nuestra época”. Las ochenta proposiciones condenadas se extractaban de diversos documentos en que el propio Papa las había denunciado y reprobado.

El escándalo causado por el Syllabus entre la opinión liberal de su tiempo representó la culminación de la hostilidad y enfrentamiento entre el “espíritu del siglo” y la Iglesia (...). Esta hostilidad que el liberalismo mantuvo contra Pío IX, durante su pontificado, llegó hasta el punto de que los seguidores del liberalismo intentaron sacrílegamente tirar al Papa al río Tíber.

El sentido de aquel escándalo puede concretarse en torno a la última de las proposiciones condenadas en el Syllabus, la que afirma:

El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y convenir con el progreso, con el liberalismo y con la civilización contemporánea”.

Los liberales acusaron a la Iglesia de oscurantismo, de medievalismo, de hostilidad a la ciencia, a la cultura y al progreso. Con Pío IX la Iglesia optaba por profesarse abiertamente retrógrada, anticuada y enemiga de la modernidad.

Un escándalo todavía más sutil y capcioso se produjo entre los dirigentes del catolicismo liberal (...) En diversos grados participaban de la idea que había expresado Lammenais, para el cual “el catolicismo necesita hundir sus raíces ya secas en el suelo fecundo de la humanidad”.

(…) “en diversos grados”, porque no todos los católicos liberales tenían conciencia del radical naturalismo que inspira al liberalismo contemporáneo (...) Canals recuerda, que el P.Orlandis, se refería al “segundo binario” de la meditación ignaciana al calificar la actitud espiritual del liberalismo católico.

Dupanloup, obispo de Orleans, (...) trató de hallar el modo de anular el escándalo del Syllabus y justificar las actitudes de su partido. Para Dupanloup lo reprobable era el afirmar que la Iglesia tenía que reconciliarse con la civilización moderna, el progreso y el liberalismo, porque no se tenía en cuenta que la Iglesia nunca había despreciado ni condenado todo lo que hay en ellos de bueno y positivo (...) Dupanloup afirmaba el acuerdo y conciliación entre la fe católica y las aspiraciones del mundo contemporáneo (...) Pío IX le invitaba a dejar claro que había enseñado que lo que el liberalismo llamaba progreso y libertad era destructor del orden natural e incompatible con la fe cristiana (...).

Pío IX.- Encíclica Quanta cura
(…) condenamos los monstruosos delirios de las opiniones que principalmente en esta nuestra época con grandísimo daño de las almas y detrimento de la misma sociedad dominan, las cuales se oponen no sólo a la Iglesia católica y su saludable doctrina y venerandos derechos, pero también a la ley natural, grabada por Dios en todos los corazones, y son la fuente de donde se derivan casi todos los demás errores.
Las cuales opiniones, falsas y perversas, son tanto más abominables, cuanto miran principalmente a que sea impedida y removida aquella fuerza saludable que la Iglesia católica, por institución y mandamiento de su Divino Autor, debe ejercitar libremente hasta la consumación de los siglos, no menos sobre cada hombre en particular, que sobre las naciones, los pueblos y sus príncipes supremos; y por cuanto asimismo conspiran a que desaparezca aquella mutua sociedad y concordia entre el Sacerdocio y el Imperio, que fue siempre fausta y saludable, tanto a la república cristiana como a la civil (Gregorio XVI, Epístola Encíclica Mirari 15 agosto 1832).
Venerables Hermanos, se hallan no pocos que aplicando a la sociedad civil el impío y absurdo principio que llaman del naturalismo, se atreven a enseñar «que el mejor orden de la sociedad pública, y el progreso civil exigen absolutamente, que la sociedad humana se constituya y gobierne sin relación alguna a la Religión, como si ella no existiesen o al menos sin hacer alguna diferencia entre la Religión verdadera y las falsas.» Y contra la doctrina de las sagradas letras, de la Iglesia y de los Santos Padres, no dudan afirmar: «que es la mejor la condición de aquella sociedad en que no se le reconoce al Imperante o Soberano derecho ni obligación de reprimir con penas a los infractores de la Religión católica, sino en cuanto lo pida la paz pública.» Con cuya idea totalmente falsa del gobierno social, no temen fomentar aquella errónea opinión sumamente funesta a la Iglesia católica y a la salud de las almas llamada delirio por Nuestro Predecesor Gregorio XVI de gloriosa memoria (en la misma Encíclica Mirari), a saber: «que la libertad de conciencia y cultos es un derecho propio de todo hombre, derecho que debe ser proclamado y asegurado por la ley en toda sociedad bien constituida; y que los ciudadanos tienen derecho a la libertad omnímoda de manifestar y declarar públicamente y sin rebozo sus conceptos, sean cuales fueren, ya de palabra o por impresos, o de otro modo, sin trabas ningunas por parte de la autoridad eclesiástica o civil.» Pero cuando esto afirman temerariamente, no piensan ni consideran que predican la libertad de la perdición (San Agustín, Epístola 105 al. 166), y que «si se deja a la humana persuasión entera libertad de disputar, nunca faltará quien se oponga a la verdad, y ponga su confianza en la locuacidad de la humana sabiduría, debiendo por el contrario conocer por la misma doctrina de Nuestro Señor Jesucristo, cuan obligada está a evitar esta dañosísima vanidad la fe y la sabiduría cristiana» (San León, Epístola 164 al. 133, parte 2, edición Vall)
Y porque luego en el punto que es desterrada de la sociedad civil la Religión, y repudiada la doctrina y autoridad de la divina revelación, queda oscurecida y aun perdida hasta la misma legítima noción de justicia y del humano derecho, y en lugar de la verdadera justicia y derecho legítimo se sustituye la fuerza material, se ve por aquí claramente que movidos de tamaño error, algunos despreciando y dejando totalmente a un lado los certísimos principios de la sana razón, se atreven a proclamar «que la voluntad del pueblo manifestada por la opinión pública, que dicen, constituye la suprema ley independiente de todo derecho divino y humano; y que en el orden público los hechos consumados, por la sola consideración de haber sido consumados, tienen fuerza de derecho.» (…)
Y no contentos con apartar la Religión de la pública sociedad, quieren quitarla aun a las mismas familias particulares; pues enseñando y profesando el funestísimo error del comunismo y socialismo, afirman «que la sociedad doméstica toma solamente del derecho civil toda la razón de su existencia, y por tanto que solamente de la ley civil dimanan y dependen todos los derechos de los padres sobre los hijos, y principalmente el de cuidar de su instrucción y educación.» Con cuyas opiniones y maquinaciones impías intentan principalmente estos hombres falacísimos que sea eliminada totalmente de la instrucción y educación de la juventud la saludable doctrina e influjo de la Iglesia católica, para que así queden miserablemente aficionados y depravados con toda clase de errores y vicios los tiernos y flexibles corazones de los jóvenes. Pues todos los que han intentado perturbar la República sagrada o civil, derribar el orden de la sociedad rectamente establecido, y destruir todos los derechos divinos y humanos, han dirigido siempre, como lo indicamos antes, todos sus nefandos proyectos, conatos y esfuerzos a engañar y corromper principalmente a la incauta juventud, y toda su esperanza la han colocado en la perversión y depravación de la misma juventud. Por lo cual jamás cesan de perseguir y calumniar por todos los medios más abominables a uno y otro clero, del cual, como prueban los testimonios más brillantes de la historia, han redundado tan grandes provechos a la república cristiana, civil y literaria; y propalan «que debe ser separado de todo cuidado y oficio de instruir y educar la juventud el mismo clero, como enemigo del verdadero progreso de la ciencia y de la civilización.» Pero otros, renovando los perversos y tantas veces condenados errores de los novadores, se atreven con insigne impudencia a sujetar al arbitrio de la potestad civil la suprema autoridad de la Iglesia y de esta Sede Apostólica, concedida a ella por Cristo Señor nuestro, y a negar todos los derechos de la misma Iglesia y Santa Sede sobre aquellas cosas que pertenecen al orden exterior (…)
Así pues en virtud de nuestra autoridad Apostólica reprobamos, proscribimos y condenamos todas y cada una de las perversas opiniones y doctrinas singularmente mencionadas en estas Letras, y queremos y mandamos que por todos los hijos de la Iglesia católica sean absolutamente tenidas por reprobadas, proscritas y condenadas.
Fuera de esto, sabéis muy bien, Venerables Hermanos, que en estos tiempos los adversarios de toda verdad y justicia, y los acérrimos enemigos de nuestra Religión, engañando a los pueblos y mintiendo maliciosamente andan diseminando otras impías doctrinas de todo género por medio de pestíferos libros, folletos y diarios esparcidos por todo el orbe: y no ignoráis tampoco, que también en esta nuestra época se hallan algunos que movidos o incitados por el espíritu de Satanás han llegado a tal punto de impiedad, que no han temido negar a nuestro Soberano Señor Jesucristo, y con criminal procacidad impugnar su Divinidad. Pero aquí no podemos menos de dar las mayores y más merecidas alabanzas a vosotros, Venerables Hermanos, que estimulados de vuestro celo no habéis omitido levantar vuestra voz episcopal contra tamaña impiedad. (…)
(…) esperamos de vosotros (Obispos), que manejando la espada del espíritu, que es la palabra de Dios, y confortados con la gracia de nuestro Señor Jesucristo, procuraréis cada día con mayor esfuerzo proveer a que los fieles encomendados a vuestro cuidado, «se abstengan de las yerbas venenosas que no cultiva Jesucristo, porque no son plantadas por su Padre» (San Ignacio M. ad Philadelph. 3).
Ø Y al mismo tiempo no dejéis jamás de inculcar a los mismos fieles, que toda la verdadera felicidad viene a los hombres de nuestra augusta Religión y de su doctrina y ejercicio, y que es feliz aquel pueblo que tiene al Señor por su Dios (Salmo 143).
Ø Enseñad «que los reinos subsisten teniendo por fundamento la fe católica» (San Celestino, Epístola 22 ad Synod. Ephes. apud Const. pág. 1200) y «que nada es tan mortífero, nada tan próximo a la ruina, y tan expuesto a todos los peligros, como el persuadirnos que nos puede bastar el libre albedrío que recibimos al nacer, y el no buscar ni pedir otra cosa al Señor; lo cual es en resolución olvidarnos de nuestro Criador, y abjurar por el deseo de mostrarnos libres, de su divino poder» (San Inocencio, I Epístola 29 ad Episc. conc. Carthag. apud Const. pág. 891).
Ø Y no dejéis tampoco de enseñar «que la regia potestad no se ha conferido sólo para el gobierno del mundo, sino principalmente para defensa de la Iglesia» (San León, Epístola 156 al 125) y «que nada puede ser más útil y glorioso a los príncipes y reyes del mundo, según escribía al Emperador Zenón nuestro sapientísimo y fortísimo Predecesor San Félix, que el dejar a la Iglesia católica regirse por sus leyes, y no permitir a nadie que se oponga a su libertad...» «pues cierto les será útil, tratándose de las cosas divinas, que procuren, conforme a lo dispuesto por Dios, subordinar, no preferir, su voluntad a la de los Sacerdotes de Cristo» (Pío VII, Epístola Encíclica Diu satis 15 mayo 1800).
Ahora bien, Venerables Hermanos, si siempre ha sido y es necesario acudir con confianza al trono de la gracia a fin de alcanzar misericordia y hallar el auxilio de la gracia para ser socorridos en tiempo oportuno, principalmente debemos hacerlo ahora en medio de tantas calamidades de la Iglesia y de la sociedad civil y de tan terrible conspiración de los enemigos contra la Iglesia Católica y esta Silla Apostólica, y del diluvio tan espantoso de errores que nos inunda. Por lo cual hemos creído conveniente excitar la piedad de todos los fieles para que unidos con Nos y con Vosotros rueguen y supliquen sin cesar con las más humildes y fervorosas oraciones al clementísimo Padre de las luces y de las misericordias, y llenos de fe acudan también siempre a nuestro Señor Jesucristo, que con su sangre nos redimió para Dios, y con mucho empeño y constancia pidan a su dulcísimo Corazón, víctima de su ardentísima caridad para con nosotros, el que con los lazos de su amor atraiga a sí todas las cosas a fin de que inflamados los hombres con su santísimo amor, sigan, imitando su Santísimo Corazón, una conducta digna de Dios, agradándole en todo, y produciendo frutos de toda especie de obras buenas. Mas como sin duda sean más agradables a Dios las oraciones de los hombres cuando se llegan a él con el corazón limpio de toda mancha, hemos tenido a bien abrir con Apostólica liberalidad a los fieles cristianos, los celestiales tesoros de la Iglesia encomendados a nuestra dispensación, para que los mismos fieles excitados con más vehemencia a la verdadera piedad, y purificados por medio del Sacramento de la Penitencia de las manchas de los pecados, dirijan con más confianza sus preces a Dios y consigan su misericordia y su gracia.
(…)
«Roguemos, Venerables Hermanos, de lo íntimo de nuestro corazón y con toda nuestra mente a la misericordia de Dios, porque Él mismo nos ha asegurado diciendo: No apartaré de ellos mi misericordia. Pidamos, y recibiremos, y si tardare en dársenos lo que pedimos, porque hemos ofendido gravemente al Señor, llamemos a la puerta, porque al que llama se le abrirá, con tal que llamen a la puerta nuestras preces, gemidos y lágrimas, en las que debemos insistir y detenernos, y sin perjuicio de que sea unánime y común la oración... cada uno sin embargo ruegue a Dios no sólo para sí mismo sino también por todos los hermanos, así como el Señor nos enseñó a orar» (San Cipriano, Epístola 11). Mas para que Dios más fácilmente acceda a nuestras oraciones y votos, y a los vuestros y de todos los fieles, pongamos con toda confianza por medianera para con Él a la inmaculada y Santísima Madre de Dios la Virgen María, la cual ha destruido todas las herejías en todo el mundo, y siendo amantísima madre de todos nosotros, «toda es suave y llena de misericordia... a todos se muestra afable, a todos clementísima, y se compadece con ternísimo afecto de las necesidades de todos» (San Bernardo, Serm. de duodecim praerogativis B.M.V. ex verbis Apocalypsis) y como Reina que asiste a la derecha de su Unigénito Hijo Nuestro Señor Jesucristo con vestido bordado de oro, y engalanada con varios adornos, nada hay que no pueda impetrar de él. Imploremos también las oraciones del Beatísimo Príncipe de los Apóstoles San Pedro, y de su compañero en el Apostolado San Pablo, y de los Santos de la corte celestial, que siendo ya amigos de Dios han llegado a los reinos celestiales, y coronados poseen la palma de la victoria, y estando seguros de su inmortalidad, están solícitos de nuestra salvación.
(…)
Dado en Roma en San Pedro el día 8 de Diciembre del año de 1864

[1] CRISTIANDAD año 1947, nº 71, página 104
[2] Jaime Bofill. CRISTIANDAD año 1944, nº 10, página 225
[3] F. Canals .- CRISTIANDAD Julio 1975 página 180 "La filosofía del liberalismo y la ruina de Occidente"

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