jueves, 13 de noviembre de 2008

El espíritu del modernismo: Los "dos mundos"

El "espíritu" del modernismo

La actitud del modernista es calificada por Maritain en el Campesino del Garona como “arrodillamiento ante el mundo” [1]

El propio filósofo francés hace una aclaración, por otra parte, del significado del término “mundo” ante el que el modernista se arrodilla. Señala que con el término mundo se puede designar dos realidades de ámbitos muy distintos.

Significados del término "mundo"

En primer lugar, “mundo en sentido ontosófico” [2]

Es el mundo en su estructura natural. El universo astronómico con todas sus estructuras cosmológicas; la tierra con todos sus seres; la sociedad humana; familia, arte, cultura. Este mundo es “bueno”. Lo vemos en el Génesis. Todo ente, en cuanto tal, es uno, verdadero y bueno. El ser que sólo puede ser comunicado por Dios es óntica y constitutivamente bueno. Dios es el único principio de los seres y es bueno. No hay dos principios, uno bueno y otro malo, como enseñaba el maniqueísmo.

En segundo lugar, “mundo en sentido religioso”[3]

Cuando se habla del “otro mundo”, no se trata del mundo de las estructuras naturales, del mundo cosmológico, sino de otra realidad existente. Se trata del Reino de Dios que es un término central del Evangelio y del Apocalipsis. Frente a este mundo así concebido, hay otro mundo, enfrentado con él. Es el que menciona Jesucristo en la Última Cena, cuando dice a los Apóstoles que ellos “están en el mundo, pero que no son del Mundo” y que “los envía al Mundo como ovejas en medio de lobos”.

Este Mundo, del que habla Jesucristo, es el mundo creado por Dios, pero entendido como realidad absoluta y única, cerrado sobre sí mismo negando a Dios y al Otro Mundo. Ese es el Mundo ante el que el cristiano no sólo no debe arrodillarse, sino que no puede conformarse con él y tiene que huir de él como del enemigo.

El modernista, como consecuencia de sus errores filosóficos y religiosos, reduce el “otro mundo”, el Reino de Dios a este Mundo y lo diviniza. En esta concepción no hay Dios personal, sólo hay ciencia natural, no hay pecado, hay injusticias sociales, no hay redención divina, sino que el hombre se autorredime. Por ello, para el modernista, Cristo es un simple hombre, aunque excepcional. En esta perspectiva la religión católica no fue instituida por Cristo sino una invención de los apóstoles, sobre todo de San Pablo.

Se trata de una concepción religiosa o mística sobre el Mundo, considerado en su relación ambigua con el verdadero Reino de Dios y su Encarnación. En realidad es el mundo de la Concupiscencia de los ojos, el Deseo de la Carne y el Orgullo del espíritu del que habla san Juan. Este mundo, no sólo no es compatible con el cristianismo es el “adversario de Cristo”.

Si la primera acepción del concepto de mundo, considerado cerrado sobre sí mismo, destruye la segunda porque se niega que exista el Reino de Dios distinto del Mundo, y el Mundo reabsorbe en él ese Reino, el Reino de Dios será el Mundo mismo. Ese mundo no tiene ninguna necesidad de ser salvado, ni ser asumido, ni transformado. En este caso, Dios-Cristo-Iglesia-Sacramentos son inmanentes al mundo. El mundo se salva a sí mismo. En él hemos de tener fe-esperanza-amor.

Esto supone un endiosamiento o divinización del mundo que se cierra sobre si mismo y se aparta de Dios. Este mundo da las espaldas a Cristo, supone un desprecio total y absoluto de la redención de Jesucristo. Esta actitud de desprecio del misterio salvífico y redentor de Jesucristo y de sus efectos salvadores es lo que santo Tomás dice que constituye la esencia del pecado contra el Espíritu Santo.

Hay, por el contrario, un orden sobrenatural, orden de la gracia, Encarnación "Otro Mundo”, el Reino de Cristo. Al arrodillarnos ante este mundo, el que nos predica el Evangelio y nos transmite la Iglesia no somos Amigos de un mundo que reabsorbe en él el Reino de Dios.

Esta es la realidad de estos “dos mundos”, el mundo creado por Dios, al que hace partícipe de misma vida divina por medio de la gracia santificante que reside en el alma del cristiano en gracia de Dios, que constituye en esta vida el germen o comienzo del reino de Dios que es la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo; y el mundo, considerado como realidad enfrentada a Dios que trata de borrar todo vestigio de Dios y autodiviniza al hombre.

Se debe atender con sumo cuidado al sentido en el que se emplean los términos como por ejemplo Reino de Dios. En efecto, hay una actitud o tendencia, a veces oculta, a veces explícita, a veces muy desarrollada, a hablar del Reino de Dios desde la historia humana con categorías de evolucionismo hegeliano. Del Reino de Dios se habla en autores que no son creyentes, que no creen en la Providencia del Dios personal, Creador, que eleva gratuitamente al hombre, así por ejemplo, en la Fenomenología del Espíritu y en la Historia de la filosofía de Hegel se habla con frecuencia del Reino de Dios
[4].

El modernista se arrodilla ante el mundo cerrado sobre sí mismo. El auténtico cristiano se arrodilla y espera el mundo que es el reino de Dios, el "otro mundo". No se refiere a la otra vida solamente, sino al Reino de Dios, que según las profecías, se le dará consumación en esta vida. Lo que no es otra cosa que el cumplimiento de una vez para siempre de la petición del padrenuestro “venga a nosotros tu reino” que es el lema del Apostolado de la Oración.

El “mundo” en la Sagrada Escritura

Sin tratar de hacer un recorrido exhaustivo sobre las veces que el término Mundo se menciona en la Escritura, porque aparece numerosísimas veces, podemos elegir algunos textos que nos pueden ilustrar la cuestión de los dos mundos y su significado. Gn 1, 1 ss; 3, 1-20; San Juan 17, 9-26; 18, 33-39 - Mt. 11, 25-30; 4, 4-8; 26, 63-67; 1 San Juan 2, 15-17; 2, 22-25; 3, 1-4; 13-15; 4, 1-6; 5, 1-5 , San Pablo 1Cor.1, 18- 25; 6, 9-20; Gal. 5, 14-26; Hebreos 2, 5-9.

Gen. 1,1.- En la creación se nos dice que Dios cada vez que creaba algo lo calificaba de bueno, y al final de la creación hablando del conjunto de la creación se nos revela que todo lo creado era bueno a los ojos de Dios, Gen 1, 31 Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien.

Gen. 3, 1-20.- Se explica el plan de Dios sobre el hombre y que éste al desobedecerle lo abandona. El pecado original proviene de una tentación en la que se propone al hombre ser como Dios, es decir, para determinar con independencia de Dios lo que es bueno y lo que es malo. Con todo, después del pecado original, Dios con su infinita misericordia traza un plan de salvación prometiendo el Redentor. Esa promesa lleva aparejada una lucha entre el linaje de la mujer y el linaje de la serpiente. Gen. 3, 15 Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar.» Se pueden considerar los dos mundos, o las dos actitudes representadas en esas dos figuras. En efecto, el mundo que se cierra sobre sí mismo y se hace absoluto, se diviniza es el de la descendencia de la serpiente que desobedeciendo a Dios quiere ser como Dios. El otro mundo, el que se espera por acción de la redención, el Reino de Dios, sobre este mundo, es el representado en la descendencia de la mujer, en este mundo Cristo es el Rey.

Mt. 4, 4-8. 8 Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, 9 y le dice: «Todo esto te daré si postrándote me adoras.»

La tercera tentación que narran los evangelios con la que el diablo tienta a Cristo, para quien Éste era un hombre de Dios, pero un hombre al fin de cuentas, le promete los reinos del mundo, si Cristo, postrándose ante él, le adorara. El diablo aparece como príncipe de este mundo, donde mundo se dice en el sentido de mundo cerrado a Dios, separado de Dios, autosuficiente que no admite que Dios sea su salvador porque, siendo tan perfecto, no necesita de Dios. Es el mundo que rechaza la luz del mundo, que rechaza la redención que no reconoce la encarnación redentora de Cristo.

S. Juan 18, 36. “Mi Reino no es del mundo éste. Si fuese del mundo éste, mis partidarios habrían luchado para que no cayese en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí”.

En el proceso político que sufrió Jesús de Nazaret ante Pilatos, se afirma que el reino de Cristo no es de este mundo, no es como los de la tierra con ejércitos y con poder material, es un reino del corazón, es un reino sobrenatural que salva a todo el hombre y que redunda en el bien del orden natural, no sólo a nivel individual, sino también a nivel social. El reinado de Cristo es un reinado social.

S.Juan 15, 18-19. “Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido primero que a vosotros. Si del mundo fuerais, el mundo tomaría lo que es suyo; pero no sois del mundo, sino que yo os entresaqué del mundo, por eso el mundo os aborrece”.

Cristo en la Última Cena expone la relación que hay entre él y el mundo, entre los cristianos y el mundo. Jesucristo les dice a los apóstoles que están en el mundo, lo que puede entenderse en dos sentidos, o que están en el mundo cosmológico creado por Dios, o que están inmersos en ese mundo que vive cerrado sobre sí mismo, de espaldas a Dios, el mundo de la concupiscencia de los ojos, el deseo de la carne y el orgullo del espíritu. Más bien parece que debe entenderse en este sentido el término mundo en el que viven los apóstoles, pero no son de él porque son de Cristo.

1 S. Jn 2, 15-17. 15 No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. 16 Puesto que todo lo que hay en el mundo - la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas - no viene del Padre, sino del mundo. 17 El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre. Se entiende que habla de las pasiones carnales, el ansia de bienes materiales y la soberbia.

En este texto también el término mundo es tomado en el sentido religioso de realidad ambigua en relación con la encarnación y el reino de Dios.

1. S. Jn. 1, 1- 4. El mundo no nos conoce. El mundo que no ha recibido a la luz del mundo, a la salvación del mundo, porque se cree autosuficiente y satisfecho de sí y que incluso desprecia la ley divina, ese no reconoce a Cristo y a sus apóstoles; en el capítulo 4, versículo13, san Juan dice que el pecado que es negar la ley, aparta al hombre de Dios.

Mt 11, 25-30. 25 En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. 26 Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. 27 Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. 28 «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. 29 Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; = y hallaréis descanso para vuestras almas. =30 Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.» Los sabios del mundo no han recibido la sabiduría de Dios.

En este texto se contrapone la sabiduría de Dios reservada para los humildes y pequeños, a la sabiduría del mundo. La sabiduría de Dios es la referente al misterio de la redención, la cruz de Cristo, escándalo para los sabios judíos e irrisión para los sabios paganos.

S. Pablo Eph. 6, 10-12. “Confortaos en el Señor y en el poder de su fuerza. Revestíos de la armadura de Dios para que podáis sosteneros ante las asechanzas del diablo. Porque nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra los principados, las potestades y los rectores de este mundo tenebroso”

S. Pablo 1 Cor. 1, 18-31. 18 Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan - para nosotros - es fuerza de Dios. 19 Porque dice la Escritura: = Destruiré la sabiduría de los sabios, e inutilizaré la inteligencia de los inteligentes. = 20 = ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto? = ¿Dónde el sofista de este mundo? ¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría del mundo? 21 De hecho, como el mundo mediante su propia sabiduría no conoció a Dios en su divina sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación. 22 Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, 23 nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; 24 mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. 25 Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres. 26 ¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. 27 Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. 28 Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es. 29 Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios. 30 De él os viene que estéis en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención, 31 a fin de que, como dice la Escritura: = El que se gloríe, gloríese en el Señor. =

La Sabiduría del mundo. El mundo con su propia sabiduría no reconoció a Dios en la sabiduría manifestada por Dios en sus obras. Esa sabiduría mundana, soberbia que desprecia la revelación divina, acaba por no llegar a conocer, ni siquiera aquello para lo que estaba capacitado el hombre por naturaleza.

S. Pablo 1 Cor. 6, 9-20 9 ¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, 10 ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios. 11 Y tales fuisteis algunos de vosotros. Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios. 12 «Todo me es lícito»; mas no todo me conviene. «Todo me es lícito»; mas ¡no me dejaré dominar por nada! 13 La comida para el vientre y el vientre para la comida. Mas lo uno y lo otro destruirá Dios. Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. 14 Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder. 15 ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? Y ¿había de tomar yo los miembros de Cristo para hacerlos miembros de prostituta? ¡De ningún modo! 16 ¿O no sabéis que quien se une a la prostituta se hace un solo cuerpo con ella? Pues está dicho: = Los dos se harán una sola carne. = 17 Mas el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él. 18 ¡Huid de la fornicación! Todo pecado que comete el hombre queda fuera de su cuerpo; mas el que fornica, peca contra su propio cuerpo. 19 ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? 20 ¡Habéis sido bien comprados! Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo.

Las obras de la carne son: la lujuria, la idolatría, el adulterio, la homosexualidad, el robo, la avaricia, el emborracharse, la difamación. Dice San Pablo que quienes obran tales obras no heredarán el Reino de los Cielos.

S. Pablo Gal. 5, 14-26. 14 Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: = Amarás a tu prójimo como a ti mismo. = 15 Pero si os mordéis y os devoráis mutuamente, ¡mirad no vayáis mutuamente a destruiros! 16 Por mi parte os digo: Si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne. 17 Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne, como que son entre sí antagónicos, de forma que no hacéis lo que quisierais. 18 Pero, si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley. 19 Ahora bien, las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, 20 idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, 21 envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios. 22 En cambio el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, 23 mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas no hay ley. 24 Pues los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias. 25 Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu. 26 No busquemos la gloria vana provocándonos los unos a los otros y envidiándonos mutuamente

Obras de la carne y obras del Espíritu. Son obras de la carne: lujuria, impureza, desenfreno, idolatría, supersticiones, enemistades, disputas, celos, iras, litigios, divisiones, borracheras, comilonas. Son obras del Espíritu, frutos del Espíritu Santo: amor, alegría, paz, generosidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia.

Mt. 26, 63-67 La divinidad de Jesucristo. 63 Pero Jesús seguía callado. El Sumo Sacerdote le dijo: «Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.» 64 Dícele Jesús: «Sí, tú lo has dicho. Y yo os declaro que a partir de ahora veréis = al hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo.» = 65 Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestidos y dijo: «¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. 66 ¿Qué os parece?» Respondieron ellos diciendo: «Es reo de muerte.»

Jesucristo ante el Sumo Sacerdote confesó su divinidad, por la que fue condenado a muerte: “Te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Mesías, el hijo de Dios”. Jesucristo contestó: “Tú lo has dicho”. La divinidad de Jesucristo es la verdad clave de la fe cristiana, la cuál como dice San Pablo se encuentra estrechamente vinculada a su resurrección. Esto es, como se verá más adelante, lo que pone de manifiesto el alcance de la malicia del modernismo.

1 S.Jn. 2, 22-25. 22 ¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. 23 Todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre. 24 En cuanto a vosotros, lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros. Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre, 25 y esta es la promesa que él mismo os hizo: la vida eterna.

El Anticristo es el que niega la divinidad de Cristo. “Y ¿quién es mentiroso sino el que dice que Jesús no es Cristo? Es el Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo”

1 S.Jn. 4 1-6. No hay que fiarse de cualquiera. El que no confiesa que Jesucristo es Hijo de Dios habla según el mundo. “No os fiéis de todos los que hablan en nombre de Dios; comprobadlo antes. En esto distinguiréis si son de Dios; el que confiesa que Jesús es el Mesías hecho hombre es de Dios, y el que no confiesa a Jesús no es de Dios, sino el anticristo, del cual habéis oído decir que estaba para venir y ya está en el mundo”

1 S.Jn. 5, 4-5. La victoria sobre el mundo es el que cree que Jesucristo es Hijo de Dios. “todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Y ésta es la victoria que ha vencido al mundo nuestra fe. ¿Quien es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?”

En resumen, Mundo es una palabra que traduce el término bíblico que aparece sobre todo el en Nuevo Testamento (en latín, mundus, y en griego, cosmos), y que tiene en varios textos, un significado muy preciso y misterioso. El término mundo indica también el mundo creado en su materialidad- con las estrellas, el sol, y las galaxias, el mundo del Nuevo Testamento, en lenguaje filosófico, es más un término existencial que cosmológico.
Los “dos mundos” en el Catecismo de la Iglesia Católica

En el Catecismo de la Iglesia Católica están expresadas estas dos concepciones contrapuestas sobre el mundo. Un texto del Concilio Vaticano II, de la Constitución sobre la Iglesia en el mundo de hoy (Gaudium et Spes.2), expresa estas acepciones antes mencionadas:

“Tiene ante sí la Iglesia al mundo, esto es, a la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo crucificado y resucitado, roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme según el propósito divino y llegue a su consumación”
[5]

El “mundo ontosófico” – El mundo creado

31.- Creado a imagen y semejanza de Dios, llamado a conocer y amar a Dios, el hombre que busca a Dios descubre ciertas "vías" para acceder al conocimiento de Dios. ... Estas vías para acercarse a Dios tienen como punto de partida la creación del mundo y la persona humana.
32.- El mundo: A partir del movimiento y del devenir, de la contingencia, del orden y de la belleza del mundo se puede conocer a Dios como origen y fin del universo.
34.- El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último, sino que participan de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin...
212.- (...) Dios trasciende el mundo y la historia. El es quien ha hecho el cielo y la tierra.
216.- La verdad de Dios es su sabiduría que rige todo el orden de la creación y del gobierno del mundo (Sab.13, 1-9).
219.- El amor de Dios a Israel es comparado al amor de un padre a su hijo (Os 11,1)... "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único" (Jn 3,16)
257.- (...) Dios es amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios quiere comunicar libremente la gloria de su vida bienaventurada. Tal es el "designio benevolente" (Ef 1,9) que concibió antes de la creación del mundo en su Hijo amado, "predestinándonos a la adopción filial en él" (Ef 1, 4-5), es decir, "a reproducir la imagen de su Hijo" (Rom 8, 29) gracias al Espíritu de adopción filial (Rom 8,15). Este designio es una "gracia dada antes de todos los siglos" (2 Tm 1, 9-10), nacido inmediatamente del amor trinitario...
285.- Desde los comienzos, la fe cristiana se ha visto confrontada a respuestas distintas de las suyas sobre la cuestión de los orígenes ... Algunos filósofos han dicho que todo es Dios, que el mundo es Dios, o que el devenir del mundo es el devenir de Dios (panteísmo); otros han dicho que el mundo es una emanación necesaria de Dios, que brota de la fuente y retorna a ella; otros han afirmado incluso la existencia de dos principios eternos, el Bien, el Mal, la Luz y las Tinieblas, en lucha permanente (dualismo, maniqueísmo); según algunas de estas concepciones, el mundo ( al menos el mundo material) sería malo, producto de una caída, y por tanto que se ha de rechazar y superar (gnosis); otros admiten que el mundo ha sido hecho por Dios, pero a la manera de un relojero, que una vez lo hecho, lo habría abandonado a él mismo (deísmo); otros, finalmente, no aceptan ningún origen trascendente del mundo, sino que ven en él el puro juego de una materia que ha existido siempre (materialismo).
326.- (...) "La tierra", es el mundo de los hombres, "el cielo" o "los cielos" puede designar el firmamento, pero también el "lugar" propio de Dios...
338.- Nada existe que no deba su existencia a Dios creador; 339.- Toda criatura posee su bondad y su perfección propias; 340.- La interdependencia de las criaturas es querida por Dios; 341.- La belleza del universo: el orden y la armonía; 342.- La jerarquía de las criaturas está expresada por el orden de los "seis días"; 343.- El hombre es la cumbre de toda la creación; 344.- Existe una solidaridad entre todas las criaturas por el hecho de que todas tienen el mismo Creador.
Mundo en sentido religioso - Mundo: "Reino de Dios"

760.- "El mundo fue creado en orden a la Iglesia". Dios creó el mundo en orden a la comunión en su vida divina, "comunión" que se realiza mediante la "convocación" de los hombres en Cristo, y esta "convocación" es la Iglesia. La Iglesia es el fin de todas las cosas...

1077.- "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado"(Ef 1, 3-6).
2779.- Antes de hacer nuestra esta primera exclamación de la Oración del Señor, conviene purificar humildemente nuestro corazón de ciertas imágenes falsas de "este mundo". La humildad nos hacer reconocer que "nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar", es decir, a los "pequeños".

Mundo: "Reino de Satanás"

408.- Las consecuencias del pecado original y de todos los pecados personales de los hombres confieren al mundo en su conjunto una condición pecadora, que puede ser designada con la expresión de San Juan: "el pecado del mundo"

409.- Esta situación dramática del mundo que "todo entero yace en poder del maligno" hace de la vida del hombre un combate
[1] Op. Cit. pág. 89 ss
[2] Op. Cit. pág. 70
[3] Op. Cit. pág. 59
[4] Mundo histórico y Reino de Cristo D. Francisco Canals, Ediciones Scire Barcelona, 2005 p.20
[5] Gaudimu et Spes, 2.

martes, 4 de noviembre de 2008

Introducción al Modernismo

"EL MODERNISMO"

Introducción general

"Liberalismo” - "Modernismo"

Liberalismo y Modernismo no son dos sistemas ideológicos esencialmente diferentes o totalmente diversos. Sus diferencias se dan más bien por el ámbito en el que se desarrollan y por el grado de poder destructor y de enfrentamiento a la doctrina de la Iglesia, al Evangelio, y al mismo Jesucristo.

Si nos atenemos al artículo programático de la Revista Cristiandad, "el Por qué de esta Revista", allí se dice que Naturalismo y Liberalismo son “los principales enemigos del ideal de Cristiandad”, que pretende que se instauren todas las cosas en Cristo.

En el curso sobre “el Liberalismo en sus fuentes” quedó patente que este sistema tenía su fundamento doctrinal en el naturalismo y que su objetivo era la aplicación a la sociedad de la pretendida autonomía e independencia del hombre respecto de Dios. El liberalismo propugna la autosuficiencia del hombre organizando una sociedad sin Dios, en la que la Iglesia esté sometida al Estado fuente única de derechos, y en la que la religión sea algo íntimo de la conciencia. El liberalismo proclama que no hay ninguna religión que sea verdadera y que la sociedad no debe tener en consideración ni el Evangelio, ni la autoridad de la Iglesia, sino que los hombres, los ciudadanos, deben estar “sometidos al arbitrio de la mayoría”, sin tener en cuenta para nada la ley de Dios.

Cuatro consecuencias principales: primero, la Iglesia debe estar sometida al Estado y la religión al pertenecer al ámbito de la conciencia, su intervención pública debe estar regulada por el Estado.

Segundo, la autoridad civil, al no reconocer la superioridad de Dios y de su Ley, degenera en tiranía y el ejercicio de la autoridad se vuelve en contra del hombre. Una muestra es la gravísimamente injusta ley del aborto que destruye la vida del ser más indefenso e inocente, el niño concebido y aún no nacido, en el mismo seno de la madre que es como decía Juan Pablo II el santuario de la vida.

Tercero, que el matrimonio no es indisoluble y que el Estado puede disolver el vínculo matrimonial por medio del divorcio. El divorcio daña gravemente a la familia, es decir, a los cónyuges y a los hijos, es como dice el Concilio Vaticano II una plaga.

Y cuarto, que la educación de la juventud es tarea del Estado, y la Iglesia no tiene ningún derecho a enseñar con autonomía e independencia el Evangelio, con lo que la juventud queda a expensas de los intereses económicos de los que gobiernan. Como se ha visto en la actualidad, esta teoría conduce a hacer víctimas de intereses ocultos a los jóvenes con la droga, el alcohol y el sexo.
Por otra parte, el liberalismo radical se enfrentó a la Iglesia durante el siglo XIX. Ésta, con su doctrina, hizo una defensa profética del pueblo fiel y de sus derechos, religiosos, políticos y sociales. Era la lucha y la persecución de los ricos, sabios y poderosos de “este mundo”, frente a la Iglesia de Cristo que agrupa a “los pobres”, “ignorantes” y “débiles” ante el “mundo”, pero no ante Dios.

El Modernismo, en cambio, es un enemigo mucho más sutil, tanto más peligroso, como dice San Pío X, en el Encíclica Pascendi, cuanto que “en el presente no es menester ir a buscar a los fabricadores de errores entre los enemigos declarados: se ocultan en el seno mismo y dentro del corazón de la Iglesia”, por lo que dice que “y no se apartará de lo verdadero quien dijere que ésta no los ha tenido peores”.

A diferencia del Liberalismo, que se posicionaba en el siglo XIX fuera y contra la Iglesia, el Modernismo pretende minar la doctrina de la Iglesia desde dentro, como si fuera el remedio para el futuro religioso del hombre, que la actual Iglesia, por el afán de aferrarse a su tradición incompatible con la evolución de la mente humana y de las ciencias, en lugar de fomentar la religiosidad de la gente la va a echar a perder.

El Modernismo es más radical que el Liberalismo, aunque no se diferencia esencialmente de él, pero es más perverso, su táctica es más insidiosa y la totalidad de su sistema, como dice San Pío X, en la Encíclica Pascendi, “es un conjunto de todas las herejías”.

El Modernismo y el Liberalismo es lo que combate Cristiandad. El modernismo se identifica más con el naturalismo que el liberalismo aunque éste también sea naturalista y, en cambio, el Liberalismo tiende a aplicar el naturalismo a la vida socio-política por medio del Laicismo. En el artículo mencionado, del “Por qué de la revista Cristiandad” ya se decía que se iba a combatir a estos dos enemigos, no por medio de una oposición sistemática directa, sino más bien fomentando lo que es realmente remedio para estos dos gravísimos males que afectan a nuestra sociedad. Al Naturalismo, se le combate con la Devoción al Corazón de Jesús y al Laicismo, con la proclamación de la Realeza de Cristo.

El plan de Dios sobre el hombre

El plan divino de la creación, según la fe de la Iglesia, se cifra en dos órdenes: el orden de la naturaleza y el orden de la gracia.

Dios dotó al hombre de facultades espirituales y corporales. Inteligencia y voluntad, entre las primeras y facultades psicomotoras, entre las segundas.

El orden de la gracia: lo sobrenatural en el hombre. La gracia santificante es un hábito entitativo, dado gratuitamente por Dios, por el que el hombre participa de la misma vida divina. Es el gran misterio de la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma del que vive en gracia de Dios.

Junto con la gracia, al hombre se le confieren los siguientes hábitos operativos y actos sobrenaturales:

Ø Hábitos operativos:

o Virtudes teologales: fe - esperanza y caridad
o Virtudes morales infusas: prudencia-justicia-fortaleza y templanza

Ø Operaciones y actos sobrenaturales

o Frutos del Espíritu santo
o Dones del Espíritu Santo: Las Bienaventuranzas
La Revelación nos enseña la Historia de la Salvación, cuyos hitos fundamentales de forma muy resumida podemos reseñar:

Ø Creación. El hombre llamado a vivir la vida divina
Ø Pecado original. El hombre desobedece a Dios
Ø Dios promete la redención - anuncio de la Encarnación
Ø Lucha entre Cristo y Satanás
Ø Pueblo elegido para el nacimiento del Mesías
Ø Revelación de la elección
Ø Abraham - Moisés - Profetas: Alianza – Ley
Ø Encarnación del Verbo - Pasión - Muerte – Resurrección
Ø Institución de la Iglesia y Sacramentos – Eucaristía

De todo ello, tenemos noticia gracias a la revelación divina que se encuentra en la Sagrada Escritura y en la Tradición apostólica y la depositaria e intérprete del mensaje revelado es la Iglesia que enseña, santifica y gobierna por medio del Magisterio de la Iglesia y los sacramentos.

Origen y caracteres del "Modernismo"

El modernismo, desde el punto de vista religioso, procede de ambientes protestantes, surge en el siglo XIX, en el ambiente de filosofía hegeliana, de la escuela de Tubinga, con una fuerte influencia del agnosticismo postkantiano.

En lo religioso, sobre todo en lo concerniente a la interpretación de la revelación y el significado de los hechos históricos, en particular de la figura del mismo Cristo, recibe su influencia de autores imbuidos de filosofía hegeliana.

El modernismo queda calificado desde su posición que adopta en la razón y en la fe de la siguiente forma.

o En la razón. Rechazo de la filosofía escolástica, con lo que se niega a la razón la capacidad para conocer una serie de verdades naturales que están al alcance de la razón humana como son, entre otras: la existencia de Dios, ser trascendente y distinto del hombre y del mundo, la creación del mundo y el carácter espiritual del alma humana.

o En la fe. Rechazo del contenido objetivo de la fe revelada, tal y como la transmite y ha transmitido siempre la Iglesia católica en los siglos de su existencia. Reduce todo el contenido de la fe a puro Mito que requiere ser desmitologizado, es decir, eliminar del contenido objetivo de la fe todo lo que hasta la actualidad ha creído y enseñado la Iglesia católica.

En esta perspectiva, Jesucristo no es Dios, sino un puro hombre, su pretendida divinidad así como los milagros y el cumplimiento de las profecías es un invento de la Comunidad Postpascual.

El modernismo, a lo largo del siglo XX, se fue desarrollando no sólo en el seno del protestantismo, sino también en el catolicismo, por medio de un proceso paralelo y dentro de la misma mentalidad moderna recibida de la Ilustración.

El progresismo, el neo-modernismo en el catolicismo

Maritain en su libro titulado “el Campesino del Garona”, hace un análisis muy profundo y certero de la situación producida por el resurgir, hacia mediados del siglo XX, con mayor virulencia, si cabe, del Modernismo. Según le pensador francés, el modernismo es una apostasía inmanente.

Los modernistas, al menos desde el punto de vista externo, o de iglesia aparente, permanecieron dentro de la Iglesia e hicieron gala de buenas costumbres y de celo apostólico. Se caracterizaron por denunciar siempre el no haber sido bien comprendidos por el Magisterio estricto y conservador de San Pío X y con una constancia inusitada afirman que el tiempo les dará la razón y que la Iglesia jerárquica les acabará rehabilitando.

El progresismo en el Concilio Vaticano II

A mediados del siglo XX, con ocasión del Concilio Vaticano II, se desencadenó una eclosión del movimiento modernista, pero tuvieron el sumo cuidado de no mencionar el término de ninguna manera y de no aparecer como un grupo organizado dentro de la Iglesia.

Durante el desarrollo del Concilio, sobre todo, después también, fue presentada la postura del progresismo, por los medios de Comunicación, como la línea mayoritaria del Concilio y dando por supuesto que la doctrina del Concilio Vaticano II se identificaba con esa postura.

El Vaticano II fue presentado como una ruptura doctrinal con la Iglesia preconciliar, era el triunfo de la actitud modernista. Así, después del Vaticano II se decía que había que reformar todo dentro de la Iglesia. Había que adecuar la Iglesia al mundo moderno.

Se trataba de conciliar, por una parte, la Iglesia con el mundo moderno y, por otra, la fe con la cultura contemporánea. Había que desmitologizar, menos ritos, menos sacramentos y más compromiso con el mundo y la sociedad.

Caracteres del “neo-modernismo”

Según la postura progresista o neo-modernista, el contenido objetivo de la fe de nuestros antepasados, es mito. De esta forma descalifican y rechazan la verdad, objetividad del contenido de la y realidad histórica de los acontecimientos narrados en la Sagrada Escritura.

Entre otras, se niegan las siguientes verdades de fe y doctrinas reveladas:

Ø El Pecado original
Ø El Evangelio de la infancia
Ø La Concepción Virginal de la Virgen
Ø La Encarnación
Ø La Resurrección de Cristo
Ø Los sacramentos, sobre todo la Eucaristía
Ø La institución de la Iglesia
Ø La infalibilidad del Papa
Ø La Resurrección de Jesucristo
Ø La Resurrección de los cuerpos,
Ø La creación.
Ø En general cualquier dogma de fe.
Además, califican de invención escolástica los conceptos teológicos de distinción entre naturaleza - gracia y el de transustanciación, imprescindibles para explicar los misterios de la elevación del hombre al orden sobrenatural por medio de la vida de la gracia, el verdadero significado de los sacramentos y el misterio de la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Además, de otros dogmas de fe como la existencia real del infierno, la Encarnación redentora de la segunda persona de la Trinidad y de la Trinidad misma, ni siquiera hablan y cuando lo hacen es mejor que no lo hagan ya que desvirtúan totalmente lo que la Revelación nos dice y la Iglesia ha enseñado sobre ellos.

Del misterio de la redención dicen que se trata de algo simbólico.

Como consecuencia del neo-modernismo, se ha dejado de creer en la verdad. Todo es relativo. Este es el único principio absoluto. Se produce la división ciencia-mito de Compte: la ciencia del lado de la razón y el mito del lado del sentimiento, lo cual está muy de acuerdo con lo que San Pío X enseña acerca del modernismo cuando habla del filósofo modernista y del creyente modernista en la Encíclica Pascendi.

Plan del curso

En este curso, se va a examinar la enseñanza del Magisterio de la Iglesia en relación con el Modernismo de la época de San Pío X para poder comprender mejor cuál es el carácter del Neo-modernismo, su perversidad y sus sutiles tácticas.

Los Documentos Pontificios que definen, delimitan, condenan y ponen remedio al modernismo dentro de la Iglesia son: En primer lugar, la Encíclica “Pascendi dominici gregis”, el documento principal, es una Encíclica que puede ser calificada de singular porque, en ningún documento pontificio como en éste se examina un sistema doctrinal de forma tan detallada en sus principios, en su desarrollo y en sus consecuencias. En segundo lugar, el Decreto “Lamentabili sane exitu”, especie de Syllabus sobre el Modernismo, en el que se hace especial hincapié en los errores dogmáticos relativos al valor del Magisterio de la Iglesia, el carácter sobrenatural de la revelación divina y la divinidad de Jesucristo, entre otros. El tercero, el “juramento anti-modernista”, en el que se ponen en práctica pastoralmente las medidas propuestas por san Pío X para combatir la herejía modernitas y, para que todos los sacerdotes, profesores de seminarios y obispos sepan con claridad la gravedad del mal del modernismo. Después del Concilio Vaticano II fue sustituido por una profesión de fe en la que se exige que todo aquél que tenga algún cargo en la Iglesia profese la fe de la Iglesia por medio del símbolo niceno-constantinopolitano y su sintonía con las verdades enseñadas por el Magisterio de la Iglesia.

El curso se divide en cuatro partes:

Em la primera parte, en la que se expone el significado del “espíritu del modernismo”, considerado como una actitud del hombre ante Dios que abarca todos los ámbitos de su existencia. Una segunda parte, en la que se señalan algunos puntos claves de autores hegelianos de la escuela de Tubinga que fueron precursores o incluso modernistas y algunas enseñanzas sobre Jesucristo presentes en grupos protestantes modernistas, examinados por otros protestantes. Una tercera parte, en la que se expone esquemáticamente la Encíclica “Pascendi Dominici gregis”, explicando los puntos principales del análisis del Papa y una cuarta parte, dedicada a comentar sistemáticamente algunas de las doctrinas condenadas en el Decreto “Lamentabili sane exitu”, sobre todo en lo referente a la revelación divina.

Esquema del Curso sobre el Modernismo

"EL MODERNISMO"

Introducción general
"Liberalismo” - "Modernismo" - Caracteres del “neo-modernismo” - Plan del curso

El "espíritu" del modernismo
dos mundos” en el CIC - “dos ciudades” en S. Agustin- “dos banderas” en S. Ignacio

Antecedentes filosóficos del modernismo
Hegel - David Federico Strauss - Feuerbach

El modernismo en el protestantismo
“Ortodoxia” y “Liberalismo” en el mundo protestante
“Liberalismo” y ”Neo ortodoxia


Encíclica: “Pascendi dominici gregis
Exposición de las doctrinas modernistas (I)
Causas y remedios (II)

Lamentabili sane exitu
Errores sobre la sagrada escritura
Errores sobre Jesucristo

La Sagrada Escritura: Autor, Inspiración, Exégesis
Autor - Exégesis de la Sagrada Escritura - La Redacción de los Evangelios

La Divinidad de Jesucristo
Jesús de Nazaret y el Cristo de la fe en el modernismo
El dogma de la divinidad de Jesucristo


Magisterio de la Iglesia
Syllabus - Concilio Vaticano I - Respuesta de la PCB - Decreto Lamentabili - Encíclica Pascendi - Nuevas repuestas de la PCB - Encíclica “Spiritus Paráclitus” - Concilio Vaticano II: “Dei Verbum” - Sínodo de los Obispos

Textos complementarios sobre la Interpretación de la S.E.
Los evangelios ante la historia - De los Evangelios al Jesús Histórico

miércoles, 8 de octubre de 2008

jueves, 22 de mayo de 2008

El indiferentismo religioso en el Magisterio de la Iglesia

El Indiferentismo religioso en el Magisterio del Siglo XIX

El indiferentismo religioso fue condenado en el siglo XIX con rotundidad y claridad por el Magisterio de la Iglesia en las Encíclicas: “Mirari Vos” de Gregorio XVI, “Quanta cura” y “Syllabus” de Pío IX, “Humanum Genus”, “Inmortalae Dei” y “Libertas” de León XIII

“Mirari Vos”[1]

Encíclica escrita por Gregorio XVI, trata “sobre los principales errores de la época” y en ella se condenan los errores del catolicismo liberal del l'Avenir.

El Papa exhorta a los Obispos a vigilar para guardar el depósito de la fe; recuerda que juzgar de la sana doctrina y el régimen de administración de la Iglesia corresponde al Papa; señala como reprobables los ataques a la disciplina sancionada por la Iglesia. Trata también de la defensa del celibato sacerdotal; de la indisolubilidad del matrimonio y de la santidad del matrimonio cristiano. Muestra su preocupación por el indiferentismo religioso del que mana la libertad de conciencia que equipara la verdad y el error; la libertad de imprenta que no impide que llegue a personas indefensas errores y pone en peligro a la juventud; y el desprecio de toda autoridad que se deriva de estas ideas.

Indiferentismo religioso

“nº9.- (...) el indiferentismo aquella perversa teoría extendida por doquier (...) que enseña que puede conseguirse la vida eterna en cualquier religión, con tal que haya rectitud y honradez en las costumbres (...)”

“Si dice el Apóstol que hay un sólo Dios, una sola fe, un solo bautismo, entiendan, por tanto, los que piensan que por todas partes se va al puerto de salvación, que, según la sentencia del Salvador, están ellos contra Cristo, pues no están con Cristo y que los que no recolectan con Cristo, esparcen miserablemente (...)”

Libertad de conciencia

“nº10.- De esa fangosa fuente del indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia (…) que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones que, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada día más por todas partes, llegando la impudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue gran provecho para la causa de la religión. ¡Y qué peor muerte para el alma que la libertad del error! decía San Agustín. Y ciertamente que, roto el freno que contiene a los hombres en los caminos de la verdad, e inclinándose precipitadamente al mal por su naturaleza corrompida, consideramos ya abierto aquel abismo del que, según vio San Juan, subía un humo que oscurecía el sol y arrojaba langostas que devastaban la tierra. De aquí la inconstancia en los ánimos, la corrupción de la juventud, el desprecio -por parte del pueblo- de las cosas santas y de las leyes e instituciones más respetables; en una palabra, la mayor y más mortífera peste para la sociedad (…)”

"Quanta cura"[2]

Encíclica escrita por Pío IX “sobre los principales errores de la época”, la complementa con el conocido SYLLABUS, conjunto de errores de la modernidad condenados en diversos documentos del Magisterio de la Iglesia.

En ese compendio de errores, se recogen y se condenan, al decir el Papa PÍO IX:

“los monstruosos delirios de las opiniones que principalmente en esta nuestra época con grandísimo daño de las almas y detrimento de la misma sociedad dominan, las cuales se oponen no sólo a la Iglesia católica y su saludable doctrina y venerandos derechos, sino también a la ley natural, grabada por Dios en todos los corazones, y son la fuente de donde se derivan casi todos los demás errores”.

Derivado del naturalismo surgen dos errores: la libertad de conciencia y de cultos. Por el contrario pide que no dejen de inculcar los obispos a los fieles que toda la verdadera felicidad humana proviene de nuestra augusta religión y de su doctrina y ejercicio; que los reinos subsisten apoyados en el fundamento de la fe católica; y que nada hay tan mortífero y tan cercano al precipicio, tan expuesto a todos los peligros, como pensar que, al bastarnos el libre albedrío recibido al nacer, por ello ya nada más hemos de pedir a Dios.

El naturalismo origen del indiferentismo religioso

"hay no pocos que, aplicando a la sociedad civil el impío y absurdo principio llamado del naturalismo, se atreven a enseñar “que la perfección de los gobiernos y el progreso civil exigen imperiosamente que la sociedad humana se constituya y se gobierne si preocuparse para nada de la religión, como si ésta no existiera, o, por lo menos, sin hacer distinción alguna entre la verdadera religión y las falsas”..."

"no dudan en consagrar aquella opinión errónea, en extremo perniciosa a la Iglesia católica y a la salud de las almas, llamada por Gregorio XVI (...) locura (...) que “la libertad de conciencia y de cultos es un derecho propio de cada hombre, que todo Estado bien constituido debe proclamar y garantizar como ley fundamental, y que los ciudadanos tienen derecho a la plena libertad de manifestar sus ideas (...) sin que la autoridad civil ni eclesiástica alguna puedan reprimirla en ninguna forma”...."

“nº10.- (...) no dejéis de inculcar siempre a los mismos fieles que toda la verdadera felicidad humana proviene de nuestra augusta religión y de su doctrina y ejercicio; que es feliz aquel pueblo, cuyo Señor es su Dios.”

“Enseñad que los reinos subsisten apoyados en el fundamento de la fe católica, y que nada hay tan mortífero y tan cercano al precipicio, tan expuesto a todos los peligros, como pensar que, al bastarnos el libre albedrío recibido al nacer, por ello ya nada más hemos de pedir a Dios. Esto es olvidarnos de nuestro Creador y abjurar su poderío, para así mostrarnos plenamente libres.”

“Syllabus”, conjunto de errores[3]
En este apartado relativo al indiferentismo recogemos, entre otros, el error del indiferentismo religioso del que también transcribimos las correspondientes condenas.

Indiferentismo, latitudinarismo

“15.- Todo hombre es libre para abrazar y profesar aquella religión que, guiado por la luz de la razón, juzgue ser verdadera.”

“16.- Pueden los hombres encontrar el camino de la eterna salvación y conseguir esta salvación eterna en el ejercicio de cualquier religión (...)”

“17.- Por lo menos deben tenerse fundadas esperanzas acerca de la eterna salvación de todos aquellos que no se hallan de modo alguno en la verdadera Iglesia de Cristo.”

“18.- El protestantismo no es otra cosa que una forma diversa de la misma verdadera religión cristiana y en él, lo mismo que en la Iglesia Católica, se puede agradar a Dios.”

“Inmortalae Dei” [4]

Encíclica escrita por León XIII “sobre la constitución católica de los Estados”. En primer lugar conviene recordar que los hombres no están menos sujetos a Dios en sociedad que aisladamente, luego el Estado está obligado a dar culto público a Dios. Esta obligación del Estado proviene o dimana de la razón natural ya que de El dependemos por haber salido de El y a El hemos de volver. Al igual que los individuos el culto divino debe ser al Dios verdadero. La única religión verdadera es la que Jesucristo en persona instituyó y confió a la Iglesia. Hay signos suficientes para conocer que la religión católica es la verdadera. En efecto, el cumplimiento real de las profecías, el gran número de milagros, la rápida propagación de la fe aun en medio de poderes enemigos y de dificultades insuperables, el testimonio de los mártires son algunos de ellos por medio de los cuales se puede conocer que la religión católica es la única verdadera.

La Iglesia fue instituida por Jesucristo para la salvación de las almas. Por ello, le proporcionó los medios de salvación que son los sacramentos. Además, aunque está compuesta por hombres, como la sociedad civil, sin embargo, por el fin al que tiende y por los medios de que se vale para alcanzar este fin, es sobrenatural y espiritual.

El Papa condena la libertad de cultos por el presupuesto que subyacía en la formulación de este principio, a saber, que pensar que las formas de culto, distintas y aun contrarias, son todas iguales, equivale a confesar que no se quiere aprobar ni practicar ninguna de ellas.

El culto público

nº3.- “(...) el Estado tiene el deber de cumplir por medio del culto público las numerosas e importantes obligaciones que lo unen con Dios. La razón natural, que manda a cada hombre dar culto a Dios piadosa y santamente, porque de El dependemos, y porque, habiendo salido de El, a El hemos de volver, impone la misma obligación a la sociedad civil.”

“Los hombres no están menos sujetos al poder de Dios cuando viven unidos en sociedad que cuando viven aislados.”

“La sociedad, por su parte, no está menos obligada que los particulares a dar gracias a Dios, a quien debe su existencia, su conservación y la innumerable abundancia de sus bienes (...)”

“(…) abrazar con el corazón y con las obras la religión, no la que cada uno prefiera, sino la que Dios manda y consta por argumentos ciertos e irrevocables como única y verdadera, de la misma manera los Estados no pueden obrar, sin incurrir en pecado, como si Dios no existiese, ni rechazar la religión como cosa extraña o inútil, ni pueden, por último, elegir indiferentemente una religión entre tantas (...) El Estado tiene la estricta obligación de admitir el culto divino en la forma conque el mismo Dios ha querido que se le venere. Es, por tanto, obligación grave de las autoridades honrar el santo nombre de Dios (...)”

“nº4.- Todo hombre de juicio sincero y prudente ve con facilidad cuál es la religión verdadera. Multitud de argumentos eficaces como son el cumplimiento real de las profecías, el gran número de milagros, la rápida propagación de la fe aun en medio de poderes enemigos y de dificultades insuperables, el testimonio de los mártires y otros muchos parecidos, demuestran que la única religión verdadera es aquella que Jesucristo en persona instituyó y confió a su Iglesia para conservarla y propagarla por todo el mundo.”

“nº5.- El Hijo Unigénito de Dios ha establecido en la tierra una sociedad que se llama la Iglesia. A ésta transmitió (...) la excelsa misión divina (...) Y así como Jesucristo vino a la tierra para que los hombres tengan vida, y la tengan abundantemente, de la misma manera el fin que se propone la Iglesia es la salvación eterna de las almas. Y así, por su propia naturaleza, la Iglesia es la salvación eterna de las almas. Y así, por su propia naturaleza, la Iglesia se extiende a toda la universalidad del género humano, si quedar circunstancia por límite alguno de tiempo o de lugar. Predicad el Evangelio a toda criatura (...)”

“Esta sociedad, aunque está compuesta por hombres, como la sociedad civil, sin embargo, por el fin al que tiende y por los medios de que se vale para alcanzar este fin, es sobrenatural y espiritual. (...) no es el Estado, sino la Iglesia, la que debe guiar a los hombres hacia la patria celestial.” (...)


Principios modernos de libertad desenfrenada

“nº14.- En materia religiosa, pensar que las formas de culto, distintas y aun contrarias, son todas iguales, equivale a confesar que no se quiere aprobar ni practicar ninguna de ellas. Esta actitud, si no es nominalmente de ateísmo, en realidad se identifica con él. (...)”

“nº15.- De modo parecido, la libertad de pensamiento y de expresión, carente de todo límite, no es por sí misma un bien, del que justamente pueda felicitarse la sociedad humana; es, por el contrario, fuente y origen de muchos males (...)”

“Ahora bien, la esencia de la verdad y del bien no puede cambiar a capricho del hombre, sino que es siempre la misma y no es menos inmutable que la misma naturaleza de las cosas. (...)”

“Por el contrario, no es lícito publicar y exponer a la vista de los hombres lo que es contrario a la virtud y a la verdad, y es mucho menos lícito favorecer y amparar esas publicaciones y exposiciones con la tutela de las leyes (...)”

“Querer someter la Iglesia, en el cumplimiento de sus deberes, al poder civil constituye una gran injuria y un gran peligro. De este modo se perturba el orden de las cosas, anteponiendo lo natural a lo sobrenatural (...)”

“Libertas praestantissimum [5]

Esta encíclica trata expresamente de la doctrina católica sobre la libertad. En ella, se expone no sólo la doctrina sobre la libertad en cuanto tal, sino también los errores que en la época moderna se han derivado de una noción errónea de libertad.

Una de las consecuencias del liberalismo es la llamada libertad de cultos, según la cual, cada uno es libre de profesar la religión que estime más adecuada o ninguna. Es, sin duda, el mismo indiferentismo religioso que hemos venido viendo que los Papas anteriores a León XIII como Gregorio XVI y Pío IX habían condenado.

Del indiferentismo religioso que supone la negación de la virtud de la religión se sigue la eliminación de cualquier otra virtud. Esta actitud supone abandonar el bien para entregarse al mal.

Además, la libertad de cultos es muy perjudicial para la libertad verdadera, tanto de los gobernantes como de los gobernados. La religión, en cambio, es sumamente provechosa para esa libertad, porque impone con la máxima autoridad a los gobernantes la obligación de no olvidar sus deberes, de no mandar con injusticia o dureza y de gobernar a los pueblos con benignidad y con amor casi paterno y manda a los ciudadanos la sumisión a los poderes legítimos como a representantes de Dios.

Finalmente, el Papa expone la teoría de la tolerancia en cuanto a la libertad de cultos ser refiere, no por ser el mejor camino para conseguir el bien individual y social, sino porque Dios ha permitido que el bien y el mal crezcan juntos hasta la hora de la siega. Esta enseñanza también se recoge posteriormente en la Declaración sobre la libertad religiosa “Dignitatis humanae” del Vaticano II.

Libertad de cultos individual

“nº15.- (...) esa libertad tan contraria a la virtud de la religión, la llamada libertad de cultos, libertad fundada en la tesis de que cada uno puede, a su arbitrio, profesar la religión que prefiera o no profesar ninguna. Esa tesis es contraria a la verdad. Porque, de todas las obligaciones del hombre, la mayor y más sagrada es, sin duda alguna, la que nos manda dar a Dios culto de la religión y de la piedad. (...)”

“Hay que añadir, además, que sin virtud de la religión no es posible virtud auténtica alguna, porque la virtud moral es aquella virtud cuyos actos tienen por objeto todo lo que tiene por fin directo e inmediato el honor de Dios, es la reina y la regla a la vez de todas las virtudes.”

“Y si se pregunta cuál es la religión que hay que seguir entre tantas religiones opuestas entre sí, la respuesta la dan al unísono la razón y la naturaleza: la religión que Dios ha mandado, y que es fácilmente reconocible por medio de ciertas notas exteriores con las que la divina Providencia ha querido distinguirla (...)”

“Por eso, conceder al hombre esta libertad de cultos de que estamos hablando equivale a concederle el derecho de desnaturalizar impunemente una obligación santísima y de ser infiel a ella, abandonando el bien para entregarse al mal”.

Libertad de cultos social

nº16.- Considerada desde el punto de vista social y político, esta libertad de cultos pretende que el Estado no rinda a Dios culto alguno o no autorice culto público alguno, que ningún culto sea preferido a otro, que todos gocen de los mismos derechos y que el pueblo no signifique nada cuando profesa la religión católica”.

“Para que estas pretensiones fuesen acertadas haría falta que los deberes del Estado para con Dios fuesen nulos o pudieran al menos ser quebrantados impunemente por el Estado. Ambos supuestos son falsos. Porque nadie pude dudar que la existencia de la sociedad civil es obra de la voluntad de Dios, ya se considere esta sociedad en sus miembros, ya en su forma, que es la autoridad; ya en su causa, ya en los copiosos beneficios que proporciona el hombre. Es Dios quien ha hecho al hombre sociable y quien le ha colocado en medio de sus semejantes (...) Por esto es necesario que el Estado, por mero hecho de ser sociedad, reconozca a Dios como Padre y autor y reverencie y adore su poder y su dominio”.

“La justicia y la razón prohíben, por tanto, el ateísmo del Estado, o, lo que equivale al ateísmo, el indiferentismo del Estado en materia religiosa, y la igualdad jurídica indiscriminada de todas las religiones. Siendo, pues, necesaria en el Estado la profesión pública de una religión, el Estado debe profesar la única religión verdadera, la cual es reconocible con facilidad, singularmente en los pueblos católicos, puesto que en ella aparecen grabados los caracteres distintivos de la verdad. (...)

“nº17. (...) la libertad de cultos es muy perjudicial para la libertad verdadera, tanto de los gobernantes como de los gobernados. La religión, en cambio, es sumamente provechosa para esa libertad, porque coloca en Dios el origen primero del poder e impone con la máxima autoridad a los gobernantes la obligación de no olvidar sus deberes, de no mandar con injusticia o dureza y de gobernar a los pueblos con benignidad y con amor casi paterno (...) la religión manda a los ciudadanos la sumisión a los poderes legítimos como a representantes de Dios (...)”


La tolerancia de cultos[6]

“nº23.- (...) Si se busca el remedio, búsquese en el restablecimiento de los sanos principios, de los que sola y exclusivamente puede esperarse con confianza la conservación del orden y la garantía, por tanto, de la verdadera libertad”.

“Esto, no obstante, la Iglesia se hace cargo maternalmente del grave peso de las debilidades humanas. No ignora la Iglesia la trayectoria que describe la historia espiritual y política de nuestros tiempos.

“Por esta causa, aun concediendo derechos sola y exclusivamente a la verdad y a la virtud, no se opone la Iglesia, sin embargo, a la tolerancia por parte de los poderes públicos de algunas situaciones contrarias a la verdad y a la justicia para evitar un mal mayor o para adquirir o conservar un mayor bien”.

“Dios mismo, en su providencia, aun siendo infinitamente bueno y todopoderoso, permite, sin embargo, la existencia de algunos males en el mundo, en parte para que no se impidan mayores bienes y en parte para que no sigan mayores males”.

“Más aún, no pudiendo la autoridad humana impedir todos los males, debe "permitir y dejar impunes muchas cosas que son, sin embargo, castigadas justamente por la divina Providencia. (...)”

“(…) si por causa del bien común, y únicamente por ella, puede y aun debe la ley humana tolerar el mal, no puede, sin embargo, ni debe jamás aprobarlo ni quererlo en sí mismo. Porque siendo el mal por su misma esencia privación de un bien, es contrario al bien común, el cual el legislador debe buscar y debe defender en la medida de todas sus posibilidades (...)”

“(…) cuanto mayor es el mal que a la fuerza debe ser tolerado en un Estado, tanto mayor es la distancia que separa a este Estado del mejor régimen político (...)”

“En lo tocante a la tolerancia es sorprendente cuán lejos están de la prudencia y de la justicia de la Iglesia los seguidores del liberalismo. Porque, al conceder al ciudadano en todas las materias que hemos señalado una libertad ilimitada pierden por completo toda norma y llegan a colocar en un mismo plano de igualdad jurídica la verdad y la virtud con el error y el vicio”.



El “Indeferentismo religioso” en el Vaticano II y Magisterio posterior

En los textos del Magisterio de la Iglesia del siglo XIX se condenaba el indiferentismo religioso, según el cuál, cada uno es libre de profesar una religión o ninguna y que el Estado, no teniendo obligación alguno para con Dios, debe dejar libertad de cultos.

Lo enseñado en esto textos del Magisterio que trataban de prevenir a los fieles contra el liberalismo no se debe confundir con la enseñanza del Concilio Vaticano II y el Magisterio de la Iglesia posterior al mismo, acerca de la posibilidad de salvación para los que sin culpa no conozcan la verdadera Iglesia fundada por Jesucristo, ni tampoco con el derecho de la persona humana a la libertad religiosa, requerida por la naturaleza misma del acto de fe que debe estar libre de coacción.

El Concilio, en continuidad con la doctrina de la siempre, enseña que la Iglesia es necesaria para la salvación y la obligación de los individuos y de las sociedades para con la verdadera religión. Esto no es diferente de lo enseñado por el Magisterio de los Papas del siglo XIX.

El Vaticano II no ha modificado la doctrina sobre la Iglesia, pero la ha desarrollado, profundizado y expuesto más ampliamente. Esto se debe tener en cuenta para no caer en contradicciones simplistas erróneas que conducen a dudar de la asistencia del Espíritu Santo a la Iglesia y a afirmar que se ha producido un cambio en relación con la doctrina tradicional.

No se hablaba de lo mismo, ni en la misma perspectiva. Una cosa es el indiferentismo religioso condenado en el Magisterio de la Iglesia del siglo XIX que va en contra de la obligación de todo hombre de buscar la verdad y una vez conocida abrazarla, y otra el derecho a la inmunidad de coacción externa e interna requerida para la libre aceptación de la fe verdadera. Una cosa es que quien no haya conocido a Jesucristo, ni a su Iglesia por una acción misteriosa de Dios pueda ser salvado, y otra muy distinta es afirmar que la Iglesia no sea necesaria para la salvación por institución del mismo Cristo y por la obligación evangelizadora de bautizar por El impuesta a la Iglesia.

La Iglesia es necesaria para la salvación

El Concilio Vaticano II, en la “Lumen Gentium”, nº 14, enseña, fundado en la Escritura y en la tradición, que:

“esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Pues solamente Cristo es el mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en su Cuerpo que es la Iglesia; y Él, inculcando con palabras expresas la necesidad de la fe y del bautismo de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como puerta obligada. Por lo cual, no podrían salvarse quienes, sabiendo que la Iglesia católica fue instituida por Dios por medio de Jesucristo como necesaria, desdeñaran entrar o no quieren permanecer en ella”.

En el nº 15, el Concilio trata de la relación entre los cristianos, no católicos y el Pueblo de Dios y dice que:

"La Iglesia se siente unida por varios vínculos con aquellos que se honran con el nombre de cristianos, por estar bautizados, aunque no profesan íntegramente la fe, o no conservan la unidad de comunión bajo el sucesor de Pedro" (...)

En el nº 16, el Concilio establece la relación entre los que no han recibido el Evangelio y el Pueblo de Dios.

"Finalmente los que todavía no han recibido el Evangelio, están relacionados con el pueblo de Dios por varios motivos. En primer lugar, aquel pueblo a quien se confiaron las alianzas y las promesas y del que nació Cristo según la carne; pueblo, según la elección, amadísimo a causa de los padres, porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables. Pero el designio de salvación abarca también a aquellos que reconocen la Creador, entre los cuales están en primer lugar los musulmanes que, confesando profesar la fe de Abraham, adoran con nosotros a un solo Dios, misericordioso, que ha de juzgar a los hombres en el último día. Este mismo Dios tampoco está lejos de otros que entre sombras e imágenes buscan al Dios desconocido, puesto que les da a todos la vida, la inspiración y todas las cosas, y el Salvador quiere que todos los hombres se salven. Pues los que inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con sinceridad a Dios, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con las obras su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. La divina providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a los que sin culpa por su parte no llegaron todavía a un claro conocimiento de Dios y, sin embargo, se esfuerzan, ayudados por la gracia divina, en conseguir la vida eterna.” (...)

En la Encíclica “Redemptoris missio”, nº 9, dice el Papa Juan Pablo II:

"Es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación. Ambas favorecen la comprensión del único misterio salvífico, de manera que se pueda experimentar la misericordia de Dios y nuestra responsabilidad”.

El Concilio Vaticano I expresa con claridad la diferente situación en la que se encuentran los que han conocido la Iglesia verdadera y los que no han tenido ese conocimiento. En efecto, en cap. 3 de la Constitución Dogmática “de fide”: Dz.1794, enseña: (...)

“Por eso, no es en manera alguna igual la situación de aquellos que por el don celeste de la fe se han adherido a la verdad católica y la de aquellos que, llevados de opiniones humanas, siguen una religión falsa; porque los que han recibido la fe bajo el magisterio de la Iglesia no pueden tener jamás causa justa de cambiar o poner en duda esa misma fe”.

Y el Canon 6, relativo a esa misma Constitución Dogmática, condena la doctrina según la cual se hallan en la misma situación los católicos y los que no han recibido esta doctrina.

“Si alguno dijere que es igual la condición de los fieles y la de aquellos que todavía no han llegado a la única fe verdadera, de suerte que los católicos pueden tener causa justa de poner en duda, suspendido el asentimiento, la fe que ya han recibido bajo el magisterio de la Iglesia, hasta que terminen la demostración científica de la credibilidad y verdad de su fe, sea anatema”.

Unicidad y universalidad de la Iglesia Católica

La Congregación para la doctrina de la fe, en el año 2000, ante la existencia de graves errores y confusiones en relación con la necesidad de la Iglesia para la salvación, redactó la Declaración Dominus Iesus sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucrito y de la Iglesia.

En ella, como se dice en la Conclusión (nº23), Los Padres del Concilio Vaticano II, al tratar el tema de la verdadera religión, han afirmado:

«Creemos que esta única religión verdadera subsiste en la Iglesia católica y apostólica, a la cual el Señor Jesús confió la obligación de difundirla a todos los hombres, diciendo a los Apóstoles: “Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado” (Mt 28,19-20). Por su parte todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo referente a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla» (…).

El texto de Marcos paralelo al de Mateo que se cita en la Introducción de la citada Declaración, lo dice de forma muy clara y concisa:

«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado» (Mc 16,15-16)

En el nº4, se expone el peligro a que está expuesto el anuncio misionero de la Iglesia y las causas de dicho peligro.

“El perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativista, que tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de principio). En consecuencia, se retienen superadas, por ejemplo, verdades tales como el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo, la naturaleza de la fe cristiana con respecto a la creencia en las otra religiones, el carácter inspirado de los libros de la Sagrada Escritura, la unidad personal entre el Verbo eterno y Jesús de Nazaret, la unidad entre la economía del Verbo encarnado y del Espíritu Santo, la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo, la mediación salvífica universal de la Iglesia, la inseparabilidad —aun en la distinción— entre el Reino de Dios, el Reino de Cristo y la Iglesia, la subsistencia en la Iglesia católica de la única Iglesia de Cristo”.

El indiferentismo religioso propugnado por el liberalismo desde fuera de la Iglesia para combatirla que condenaron los Papas en sus constantes Encíclicas durante el siglo XIX, ha encontrado su acomodo dentro de la Iglesia por medio de doctrinas gravemente erróneas, la mayoría de las cuales se encontraban, si no explícitamente al menos implícitamente, en el Modernismo que condenó San Pío X.

En la Declaración se explica en qué presupuestos hay que buscar las raíces de esas afirmaciones. Algunos de naturaleza filosófica o teológica que obstaculizan la inteligencia y la acogida de la verdad revelada.

“Se pueden señalar algunos: la convicción de la inaferrablilidad y la inefabilidad de la verdad divina, ni siquiera por parte de la revelación cristiana; la actitud relativista con relación a la verdad, en virtud de lo cual aquello que es verdad para algunos no lo es para otros; la contraposición radical entre la mentalidad lógica atribuida a Occidente y la mentalidad simbólica atribuida a Oriente; el subjetivismo de quien, considerando la razón como única fuente de conocimiento, se hace « incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser »; la dificultad de comprender y acoger en la historia la presencia de eventos definitivos y escatológicos; el vaciamiento metafísico del evento de la encarnación histórica del Logos eterno, reducido a un mero aparecer de Dios en la historia; el eclecticismo de quien, en la búsqueda teológica, asume ideas derivadas de diferentes contextos filosóficos y religiosos, sin preocuparse de su coherencia y conexión sistemática, ni de su compatibilidad con la verdad cristiana; la tendencia, en fin, a leer e interpretar la Sagrada Escritura fuera de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia.

Sobre la base de tales presupuestos, que se presentan con matices diversos, unas veces como afirmaciones y otras como hipótesis, se elaboran algunas propuestas teológicas en las cuales la revelación cristiana y el misterio de Jesucristo y de la Iglesia pierden su carácter de verdad absoluta y de universalidad salvífica, o al menos se arroja sobre ellos la sombra de la duda y de la inseguridad”
.

La Declaración dice que para poner remedio a la mentalidad relativista que arroja duda e inseguridad o incluso que llega a negar el carácter de verdad absoluta y de universalidad salvífica a la revelación cristiana:

“es necesario reiterar, ante todo, el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo. Debe ser, en efecto, firmemente creída la afirmación de que en el misterio de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, el cual es "el camino, la verdad y la vida " (cf. Jn 14,6), se da la revelación de la plenitud de la verdad divina”.

En el nº6 concluye la Declaración que

“es contraria a la fe de la Iglesia la tesis del carácter limitado, incompleto e imperfecto de la revelación de Jesucristo, que sería complementaria a la presente en las otras religiones”. (…)

En el nº7 complementa la idea explicando la verdadera naturaleza de la fe:

La respuesta adecuada a la revelación de Dios es «la obediencia de la fe (Rm 1,5: Cf. Rm 16,26; 2 Co 10,5-6), por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios, prestando “a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad”, y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él». La fe es un don de la gracia:» (…)

«La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado». La fe, por lo tanto, «don de Dios» y «virtud sobrenatural infundida por Él», implica una doble adhesión: a Dios que revela y a la verdad revelada por él, en virtud de la confianza que se le concede a la persona que la afirma. Por esto «no debemos creer en ningún otro que no sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo».

Debe ser, por lo tanto, firmemente retenida la distinción entre la fe teologal y la creencia en las otras religiones. Si la fe es la acogida en la gracia de la verdad revelada, que «permite penetrar en el misterio, favoreciendo su comprensión coherente», la creencia en las otras religiones es esa totalidad de experiencia y pensamiento que constituyen los tesoros humanos de sabiduría y religiosidad, que el hombre, en su búsqueda de la verdad, ha ideado y creado en su referencia a lo Divino y al Absoluto”
.

La Declaración también expone con claridad la unicidad y universalidad del misterio salvífico de Jesucristo:

13. Es también frecuente la tesis que niega la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo. Esta posición no tiene ningún fundamento bíblico. En efecto, debe ser firmemente creída, como dato perenne de la fe de la Iglesia, la proclamación de Jesucristo, Hijo de Dios, Señor y único salvador, que en su evento de encarnación, muerte y resurrección ha llevado a cumplimiento la historia de la salvación, que tiene en él su plenitud y su centro. (…)

14. Debe ser, por lo tanto, firmemente creída como verdad de fe católica que la voluntad salvífica universal de Dios Uno y Trino es ofrecida y cumplida una vez para siempre en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios”.

Una vez afirmado el carácter de unicidad y universalidad del misterio salvífico de Jesucristo, la Declaración reflexiona acerca de los elementos positivos de salvación presentes en otras religiones.

“Teniendo en cuenta este dato de fe, y meditando sobre la presencia de otras experiencias religiosas no cristianas y sobre su significado en el plan salvífico de Dios, la teología está hoy invitada a explorar si es posible, y en qué medida, que también figuras y elementos positivos de otras religiones puedan entrar en el plan divino de la salvación. En esta tarea de reflexión la investigación teológica tiene ante sí un extenso campo de trabajo bajo la guía del Magisterio de la Iglesia. El Concilio Vaticano II, en efecto, afirmó que «la única mediación del Redentor no excluye, sino suscita en sus criaturas una múltiple cooperación que participa de la fuente única».43 Se debe profundizar el contenido de esta mediación participada, siempre bajo la norma del principio de la única mediación de Cristo: «Aun cuando no se excluyan mediaciones parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin embargo cobran significado y valor únicamente por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y complementarias». No obstante, serían contrarias a la fe cristiana y católica aquellas propuestas de solución que contemplen una acción salvífica de Dios fuera de la única mediación de Cristo.

15. No pocas veces, algunos proponen que en teología se eviten términos como «unicidad», «universalidad», «absolutez», cuyo uso daría la impresión de un énfasis excesivo acerca del valor del evento salvífico de Jesucristo con relación a las otras religiones. En realidad, con este lenguaje se expresa simplemente la fidelidad al dato revelado, pues constituye un desarrollo de las fuentes mismas de la fe. Desde el inicio, en efecto, la comunidad de los creyentes ha reconocido que Jesucristo posee una tal valencia salvífica, que Él sólo, como Hijo de Dios hecho hombre, crucificado y resucitado, en virtud de la misión recibida del Padre y en la potencia del Espíritu Santo, tiene el objetivo de donar la revelación (cf. Mt 11,27) y la vida divina (cf. Jn 1,12; 5,25-26; 17,2) a toda la humanidad y a cada hombre.
En este sentido se puede y se debe decir que Jesucristo tiene, para el género humano y su historia, un significado y un valor singular y único, sólo de él propio, exclusivo, universal y absoluto. Jesús es, en efecto, el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos. Recogiendo esta conciencia de fe, el Concilio Vaticano II enseña: «El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, Hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la historia humana, “punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización”, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones. Él es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y de muertos». «Es precisamente esta singularidad única de Cristo la que le confiere un significado absoluto y universal, por lo cual, mientras está en la historia, es el centro y el fin de la misma: “Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin” (Ap 22,13)»”.

"Fuera de la Iglesia no hay salvación"

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la afirmación: "Fuera de la Iglesia no hay salvación" debe entenderse de forma que no pueden salvarse quienes sabiendo que Dios fundó la Iglesia católica como necesaria para la salvación, la rechazan.

“nº846.- ¿Cómo entender esta afirmación tantas veces repetida por los Padres de la Iglesia? (...) "El santo sínodo (...) basado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Cristo, en efecto, es el único Mediador y camino de salvación que se nos hace presente en su Cuerpo, en la Iglesia. El, al inculcar con palabras, bien explícitas, la necesidad de la Iglesia, en la que entran los hombres por el bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían salvarse los que, sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella (LG 14)”.

Por otra parte, el mismo Catecismo en el número siguiente aclara que esa afirmación no se aplica a quienes sin culpa no conocen a Cristo y a su Iglesia.

“nº847.- Esta afirmación no se refiere a los que, sin culpa suya, no conocen a Cristo y a su Iglesia: Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna (LG 16)”.

A pesar de que Dios puede llevar a la fe por caminos no conocidos por nosotros, la Iglesia tiene el deber y el derecho sagrado a evangelizar. Lo que el Catecismo recuerda en el número siguiente.

“nº848.- Aunque Dios, por caminos conocidos sólo por El, puede llevar a la fe, 'sin la que es imposible agradarle' (Hb 11,6), a los hombres que ignoran el Evangelio sin culpa propia, corresponde, sin embargo a la Iglesia la necesidad y, al mismo tiempo, el derecho sagrado a evangelizar” (AG 7).

[1] Gregorio XVI, 15 de agosto 1832
[2] PÍO IX 8-XII-1864
[3] PÍO IX 8-XII-1864: Conjunto de errores condenados
[4] LEÓN XIII Encíclica sobre la Constitución católica de los Estados
[5] León XIII, 20 de junio de 1888, Encíclica sobre la libertad humana
[6] LEÓN XIII Encíclica Libertas IV TOLERANCIA

lunes, 12 de mayo de 2008

Las relaciones Iglesia–Estado en el Magisterio de la Iglesia

“La tesis, relativa a la de la relación entre la Iglesia y el Estado, tal y como la ha enseñado constantemente el Magisterio de la Iglesia expresa el ideal de una sociedad cristiana a la que si hoy no se llega, en casi ninguna par­te, no es porque haya caducado esta doctrina sino por obstinación del poder político que quiere ser un poder abso­luto sin la limitación que le impone los «derechos superiores de Dios», como dice el Concilio Vaticano II”[1]. Sin embargo, alguien podría pensar que la Iglesia postconciliar tiene por norma evidente la separación entre el orden civil que ejerce el Estado y el orden religioso que enseña la Iglesia, siendo la religión una cuestión exclusivamente privada sin presencia social.

Pero la constancia de la doctrina tradicional que expresó magistralmente León XIII está presente, nada menos, que en el documento fundamental del Concilio Vaticano II, la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium donde, fun­dándose en esta encíclica leonina, se enseña: «Por­que así como ha de reconocerse que la ciudad terrena, justamente entregada a las preocupaciones del siglo, se rige por principios propios, con la misma razón se debe rechazar la funesta doctrina que pretende cons­truir la sociedad prescindiendo en absoluto de la reli­gión» (L.G., n. 36). La doctrina que pretende organi­zar la sociedad sin la religión es calificada de «fu­nesta». A este respecto cita precisamente la encícli­ca Inmortale Dei, así como la encíclica también leo­nina Sapientiae christianae. En un sentido muy se­mejante la doctrina de la relación entre la Iglesia y el Estado la hallamos, precisamente, en la Declaración sobre libertad religiosa Dignitatis humanae, donde leemos: «Además los actos religiosos con los que el hombre, en virtud de su íntima convicción, se ordena privada y públicamente a Dios, trascienden por su naturaleza el orden terrestre y temporal. Por consi­guiente, el poder civil, cuyo fin propio es cuidar el bien común temporal, debe reconocer ciertamente la vida religiosa de los ciudadanos y favorecerla, pero hay que afirmar que excedería sus límites si preten­diera dirigir o impedir los actos religiosos» (n. 3). Pocos católicos saben que el Concilio ha dicho, en la Declaración sobre libertad religiosa, que el Estado debe «favorecer la religión» y es bueno recordar ahora en el centenario de León XIII que este texto está lite­ralmente tomado del párrafo 3 de la encíclica Inmortale Dei.

Antes de repasar los textos de la Encíclica Inmortale Dei, veamos alguno de la Encíclica “Quanta Cura” y del Syllabus de Pío IX.

"Quanta Cura"[2]

Los que propugnan la doctrina de la separación entre la Iglesia y el Estado no lo hacen para recalcar la justa independencia que le corresponde al Estado de regir los asuntos propios, sino para hacer que el Estado se rija por leyes que son contrarias al orden establecido por Dios para lo cual somete a la Iglesia y le impide ejercer su ministerio de Madre y Maestra de la verdad.
La Iglesia sometida al poder civil

“nº6.- Otros, en cambio, renovando los errores (...) de los protestantes, se atreven a decir (...) que la suprema autoridad de la Iglesia y de esta Apostólica Sede, que el otorgó Nuestro Señor Jesucristo, depende en absoluto de la autoridad civil; niegan a la misma Sede Apostólica y a la Iglesia todos los derechos que tienen en las cosas que se refieren al orden exterior (...)
No se avergüenzan de confesar abierta y públicamente el herético principio, del que nacen tan perversos errores y opiniones, esto es, «que la potestad de la Iglesia no es por derecho divino distinta e independiente del poder civil, y que tal distinción e independencia no se puede guardar sin que sean invadidos y usurpados por la Iglesia los derechos esenciales del poder civil» (...).”


« Syllabus » [3]
Errores sobre la Iglesia y sus derechos

“19.- La Iglesia no es una sociedad verdadera y perfecta, completamente libre, ni goza de sus propios y constantes derechos a ella conferidos por su divino Fundador, sino que toca a la potestad civil definir cuáles sean los derechos de la Iglesia y los límites dentro de los cuales pueda ejercer esos mismos.”

“20.- La potestad eclesiástica no debe ejercer su autoridad sin el permiso y consentimiento de la autoridad civil.”
Errores sobre la sociedad civil

“39.- El Estado, como quiera que es la fuente y origen de todos los derechos, goza de un derecho no circunscrito por límite alguno.”

“40.- La doctrina de la Iglesia Católica se opone al bien e intereses de la sociedad humana.”

“41.- A la potestad civil, aun ejercida por un infiel, le compete poder indirecto negativo sobre las cosas sagradas; a la misma, por ende, compete no sólo el derecho que llaman exequatur, sino también el derecho llamado de apelación ab abusu.”

“42.- En caso de conflicto de las leyes de una y otra potestad, prevalece el derecho civil. (...)”

“44.- La autoridad civil puede inmiscuirse en los asuntos que se refieren a la religión, a las costumbres y al régimen espiritual. De ahí que pueda juzgar sobre las instrucciones que los pastores de la Iglesia, en virtud de su cargo, publican para norma de las conciencias, y hasta puede decretar sobre la administración de los divinos sacramentos y de las disposiciones necesarias para recibirlos.”

“45.- El régimen total de las escuelas públicas en que se educa a la juventud de una nación cristiana, si se exceptúan solamente y bajo algún aspecto los seminarios episcopales, puede y debe ser atribuido a la autoridad civil y de tal modo debe atribuirles que no se reconozca derecho alguna a ninguna otra autoridad, cualquiera que ella sea, de inmiscuirse en la disciplina de las escuelas, en el régimen de los estudios, en la colación de grados ni en la selección o aprobación de los maestros. (...)”

“47.- La perfecta constitución de la sociedad civil exige que las escuelas populares que están abiertas a los niños de cualquier clase del pueblo y en general los establecimientos públicos destinados a la enseñanza de las letras y de las ciencias y a la educación de la juventud, queden exentos de toda autoridad de la Iglesia, de toda influencia e intervención reguladora suya, y se sometan al pleno arbitrio de la autoridad civil y política, en perfecto acuerdo con las ideas de los que mandan y la norma de las opiniones comunes de nuestro tiempo.”

“48.- Los católicos pueden aprobar aquella forma de educar a la juventud que prescinde de la fe católica y de la autoridad de la Iglesia y que mira sólo o por lo menos primariamente al conocimiento de las cosas naturales y a los fines de al vida social terrena.”

“49.- La autoridad civil puede impedir que los obispos y el pueblo fiel se comuniquen libre y mutuamente con el Romano Pontífice.”

“50.- La autoridad laica tiene por sí misma el derecho de presentar a los obispos y puede exigir de ellos que tomen la administración de sus diócesis antes de que reciban la institución canónica de la Santa Sede y las Letras apostólicas.”

“51.- Más aún, el gobierno laico tiene el derecho de destituir a los obispos del ejercicio del ministerio pastoral y no está obligado a obedecer al Romano Pontífice en lo que se refiere a la institución de obispados y obispos. (...)”

“54.- Los reyes y príncipes no sólo están exentos de la jurisdicción de la Iglesia, sino que son superiores a la Iglesia cuando se trata de dirimir cuestiones de jurisdicción.”

“55.- La Iglesia ha de separarse del Estado y el Estado de la Iglesia.”

“Inmortalae Dei [4]

La universalidad de la acción salvífica de la Igle­sia, afirma Petit[5] en el artículo conmemorativo del centenario del fallecimiento de León XIII, alcanza incluso al orden meramente natu­ral. Ello es así porque Dios ha creado la hu­manidad y ha fundado su Iglesia en un orden supe­rior pero no extraño a la misma sociedad civil. Este reconocimiento procura grandes bienes a la misma sociedad civil, la cual amistosa relación aunque anti­guamente no del todo desconocida, ha sido falsamente negada en diversos tiempos, particularmente en los tiempos modernos. Tal escribía al comienzo mismo de esta encíclica.

“1 Obra inmortal de Dios misericordioso, la Igle­sia, aunque por sí misma y en virtud de su propia na­turaleza tiene como fin la salvación y la felicidad eterna de las almas, procura, sin embargo, tantos y tan señalados bienes aun en la misma esfera de las cosas temporales, que ni en número ni en calidad podría pro­curarlos mayores si el primero y principal objeto de su institución fuera asegurar la felicidad de la vida presente. (...)
Son muchos los que se han empeñado en buscar la norma constitucional de la vida política al margen de las doctrinas aprobadas por la Iglesia católica. Últi­mamente, el llamado derecho nuevo, presentado como adquisición de los tiempos modernos y producto de una libertad progresiva, ha comenzado a prevalecer por todas partes. Pero, a pesar de los muchos intentos realizados, la realidad es que no se ha encontrado para constituir y gobernar el Estado un sistema superior al que brota espontáneamente de la doctrina del Evangelio. Nos juzgamos, pues, de suma importancia y muy conforme a nuestro oficio apostólico comparar con la doctrina cristiana las modernas teorías sociales acer­ca del Estado.”

Una explicación sintética de la doctrina cristiana acerca de la relación entre la Iglesia y el Estado pasa por dos verdades fundamentales:

a) El Estado tiene la misma obligación que los particulares de dar culto al verdadero Dios. Por su misma naturaleza de po­der civil le compete favorecer la religión, defenderla con eficacia, ponerla bajo el amparo de las leyes y, muy particularmente, no legislar nada que sea con­trario a la incolumidad de la religión.

b) Por otra par­te, nadie puede decir esto de cualquier religión sino sólo de la verdadera, pues es patente cuál sea la ver­dadera religión.
El deber del Estado para con Dios y la verdadera religión

3. Constituido sobre estos principios, es eviden­te que el Estado tiene el deber de cumplir por medio del culto público las numerosas e importantes obliga­ciones que lo unen con Dios. La razón natural, que manda a cada hombre dar culto a Dios piadosa y san­tamente, porque de El dependemos y porque, habien­do salido de Él, a Él hemos de volver, impone la mis­ma obligación a la sociedad civil. (...) El Estado tiene la estricta obligación de admitir el culto divino en la forma con que el mismo Dios ha querido que se le venere. Es, por tanto, obligación grave de las autori­dades honrar el santo nombre de Dios. Entre sus prin­cipales obligaciones deben colocar la obligación de favorecer la religión, defenderla con eficacia, ponerla bajo el amparo de las leyes, no legislar nada que sea contrario a la incolumidad de aquélla. (...)”

“4. (...) Todo hombre de juicio sincero y prudente ve con facilidad cuál es la religión verdadera. Multi­tud de argumentos eficaces, como son el cumplimiento real de las profecías, el gran número de los milagros, la rápida propagación de la fe aun en medio de pode­res enemigos y de dificultades insuperables, el testi­monio de los mártires y otros muchos parecidos, de­muestran que la única religión verdadera es aquella que Jesucristo en persona instituyó y confió a su Igle­sia para conservarla y propagarla por todo el mundo.”


La Iglesia y el Estado: Dos sociedades, dos poderes

En la sociedad humana existen, pues, dos poderes distintos, la Iglesia y el Estado que tienen cada uno su ámbito propio en sentido estricto, pero, como su relación es la de lo superior, la vida eterna como fin último, con lo inferior, la vida meramente terrena como medio, se han de ordenar como se ordenan el alma y el cuerpo. Por tanto se han de distinguir y respetar pero no separar y menos enfrentar.

“6. Dios ha repartido, por tanto, el gobierno del género humano entre dos poderes: el poder eclesiásti­co y el poder civil. El poder eclesiástico, puesto al frente de los intereses divinos. El poder civil, encar­gado de los intereses humanos. Ambas potestades son soberanas en su género. Cada una queda circunscrita dentro de ciertos límites, definidos por su propia na­turaleza y por su fin próximo. De donde resulta una como esfera determinada, dentro de la cual cada po­der ejercita iure proprio su actividad. Pero como el sujeto pasivo de ambos poderes soberanos es uno mis­mo, y como, por otra parte, puede suceder que un mis­mo asunto pertenezca, si bien bajo diferentes aspec­tos, a la competencia y jurisdicción de ambos pode­res, es necesario que Dios, origen de uno y otro, haya establecido en su providencia un orden recto de com­posición entre las actividades respectivas de uno y otro poder. (...) Es necesario, por tanto, que entre ambas potestades exista una ordenada relación unitiva, com­parable, no sin razón, a la que se da en el hombre entre el alma y el cuerpo. (...) De donde se desprende la evidencia de aquella sentencia: «El destino del Es­tado depende del culto que se da a Dios. Entre éste y aquél existe un estrecho e íntimo parentesco».”

Europa no puede olvidar que toda su grandeza le viene de los tiempos de la Cristiandad cuando se dejó impregnar por la religión cristiana. El texto tiene ahora palpitante actualidad.

“9. Si la Europa cristiana domó las naciones bár­baras y las hizo pasar de la fiereza a la mansedumbre y de la superstición a la verdad; si rechazó victoriosa las invasiones musulmanas; si ha conservado cl cetro de la civilización y se ha mantenido como maestra y guía del mundo en el descubrimiento y en la enseñan­za de todo cuanto podía redundar en pro de la cultura humana; si ha procurado a los pueblos el bien de la verdadera libertad en sus más variadas formas; si con una sabia providencia ha creado tan numerosas y he­roicas instituciones para aliviar las desgracias de los hombres, no hay que dudarlo: Europa tiene por todo ello una enorme deuda de gratitud con la religión, en la cual encontró siempre una inspiradora de sus gran­des empresas y una eficaz auxiliadora en sus realiza­ciones. Habríamos conservado también hoy todos es­tos mismos bienes si la concordia entre ambos pode­res se hubiera conservado. Podríamos incluso esperar fundadamente mayores bienes si el poder civil hubiese obedecido con mayor fidelidad y perseverancia a la autoridad, al magisterio y a los consejos de la Iglesia”.

El error del “nuevo derecho”

El error comenzó siendo religioso, en el siglo de la Reforma protestante, de donde pasó a ser un error filosófico en el siglo posterior, para formularse final­mente como error social en siglo siguiente. El «siglo pasado» mencionado en la encíclica es el siglo XVIII, el de Rousseau y los enciclopedistas. Este «nuevo derecho» no sólo va contra el derecho cristiano sino también contra el derecho natural.

“10. Sin embargo, el pernicioso y deplorable afán de novedades promovido en el siglo XVI, después de turbar primeramente la religión cristiana, vino a tras­tornar como consecuencia obligada la filosofía, y de ésta pasó a alterar todos los órdenes de la sociedad civil. A esta fuente hay que remontar el origen de los principios modernos de una libertad desenfrenada, in­ventados en la revolución del siglo pasado y propues­tos como base y fundamento de un derecho nuevo, des­conocido hasta entonces y contrario en muchas de sus tesis no solamente al derecho cristiano, sino también al derecho natural.

La Iglesia sometida al poder civil

En esta situación la Iglesia acaba por no tener nin­guna libertad sometida a una arbitraria legislación civil que le impide ejercer el más sagrado de sus de­rechos y su mayor obligación, la de enseñar a todas las gentes. Es preciso que todo el mundo entienda lo que muestra León XIII de que el no reconocimiento de la verdadera religión acaba siendo, en realidad, sometimiento de la misma a la arbitrariedad del Es­tado quedando en definitiva sometida la Iglesia al Estado, y ella podrá hacer solamente lo que éste le conceda.

“11. Es fácil de ver la deplorable situación a que queda reducida la Iglesia si el Estado se apoya sobre estos fundamentos, hoy día tan alabados. (...) No se tienen en cuenta para nada las leyes eclesiásticas, y la Iglesia, que por mandato expreso de Jesucristo ha de enseñar a todas las gentes, se ve apartada de toda in­tervención en la educación pública de los ciudadanos. En las mismas materias que son de competencia mix­ta, las autoridades del Estado establecen por sí mis­mas una legislación arbitraria y desprecian con so­berbia la sagrada legislación de la Iglesia en esta ma­teria. Y así, colocan bajo su jurisdicción el matrimo­nio cristiano, legislando incluso acerca del vínculo conyugal, de su unidad y estabilidad; privan de sus propiedades al clero, negando a la Iglesia el derecho de propiedad (...).

León XIII recuerda que tales errores habían sido condenados por sus predecesores.

“16. Estas doctrinas, contrarias a la razón y de tanta trascendencia para el bien público del Estado, no dejaron de ser condenadas por los romanos pontífi­ces, nuestros predecesores, que vivían convencidos de las obligaciones que les imponía el cargo apostólico. Así, Gregorio XVI en la encíclica Mirari vos, de 15 de agosto de 1832, condenó con gran autoridad doc­trinal los principios que ya entonces se iban divulgan­do, esto es, el indiferentismo religioso, la libertad ab­soluta de cultos y de conciencia, la libertad de im­prenta y la legitimidad del derecho de rebelión. Con relación a la separación entre la Iglesia y el Estada decía así el citado Pontífice: «No podríamos augurar resultados felices para la Iglesia y para el Estado de los deseos de quienes pretenden con empeño que la Iglesia se separe del Estado, rompiendo la concordia mutua del imperio y del sacerdocio. Todos saben muy bien que esta concordia, que siempre ha sido tan be­neficiosa para los intereses religiosos y civiles, es muy temida por los fautores de una libertad desvergon­zada»”.

Los principios del Estado liberal coinciden con los del tiránico

Señala el Pontífice la actitud que deben tener los católicos en estas circunstancias para que no tengan opiniones personales distintas de las expuestas. Acer­ca de las libertades modernas es menester que todos se atengan al juicio de la potestad suprema de la Igle­sia y no se dejen engañar por las apariencias de bien­estar. Cualquiera que sea su apariencia los frutos de estas falsas libertades son perniciosos.

21. Si, pues, en estas difíciles circunstancias, los católico escuchan, como es su obligación, estas nues­tras enseñanzas, entenderán con facilidad cuáles son los deberes de cada uno, tanto en el orden teórico como en el orden práctico. En el orden de las ideas, es nece­saria una firme adhesión a todas las enseñanzas pre­sentes y futuras de los Romanos Pontífices y la profe­sión pública de esas enseñanzas cuantas veces lo exi­jan las circunstancias. Y en particular acerca de las llamadas libertades modernas es menester que todos se atengan al juicio de la Sede Apostólica y se identi­fiquen con el sentir de ésta. Hay que prevenirse con­tra el peligro, de que la honesta apariencia de esas libertades engañe a algún incauto. Piénsese en el ori­gen de esas libertades y en las intenciones de los que las defienden, La experiencia ha demostrado suficientemente los resultados que producen en la so­ciedad. En todas partes han dado frutos tan pernicio­sos que con razón han provocado el desengaño y el arrepentimiento en todos los hombres honrados y pru­dentes.”

Y hace una advertencia sorprendente: no hay di­ferencia entre los principios de un estado liberal y los principios de un Estado tiránico que persiga a la Iglesia.

“Si comparamos esta clase de Estado moderno, de que hablamos, con otro Estado, real o imaginario, que persiga tiránica y abiertamente a la religión cristiana, podrá parecer el primero más tolerable que el segun­do. Sin embargo, los principios en que se basa son tales, como hemos dicho, que no pueden ser acepta­dos por nadie”.(...)


“Vehementer nos”[6]

Después de León XIII el liberalismo continuó progresando en las diversas naciones de origen cristiano y con ello la separación de la Iglesia y el Estado con leyes que pretendían sojuzgar a la Iglesia. En particular, la situación de Francia hizo que San Pío X escribiera la Encíclica Vehementer Nos” sobre la separación de la Iglesia del Estado.

La enseñanza contenida en esta Encíclica es una continuación de la dada por León XIII. San Pío X hace una doble condenación, la de la ley francesa de separación y la tesis general de la separación entre la Iglesia y el Estado.

La doctrina de esta Encíclica, al igual que de León XIII en la Inmortale Dei y en la Sapientiae Christianae, afirma la existencia de dos sociedades, Iglesia y Estado que son distintas. Esta distinción exige la necesidad de una relación unitiva entre ambas, basada sobre el reconocimiento mutuo de la existencia y los derechos específicos de cada una de ellas. El error fundamental de la tesis de la separación entre ambas sociedades no reside en la afirmación de la justa autonomía de ambos poderes dentro de su esfera jurisdiccional respectiva, sino de la pretensión del Estado por virtud de la cual se considera capacitado para negar el orden sobrenatural y para desconocer el carácter divino y los derechos imprescriptibles de la Iglesia, como sociedad fundada por Dios.

La separación entre la Iglesia y el Estado en Francia

“1.- (…) la honda preocupación y la dolorosa angustia que vuestra situación nos causa con la promulgación de una ley que, al mismo tiempo que rompe violentamente las seculares relaciones del Estado francés con la Sede Apostólica, coloca a la Iglesia de Francia en una situación indigna y lamentable. Hecho gravísimo y que todos los buenos deben lamentar, por los daños que ha de traer tanto a la vida civil como a la vida religiosa. Sin embargo, no puede parecer inesperado a todo observador que haya seguido atentamente en estos últimos tiempos la conducta tan contraria a la Iglesia de los gobernantes de la República francesa. (…) Habéis presenciado la violación legislativa de la santidad e indisolubilidad del matrimonio cristiano; la secularización de los hospitales y de las escuelas; la separación de los clérigos de sus estudios y de la disciplina eclesiástica para someterlos al servicio militar; la dispersión y el despojo de la Ordenes y Congregaciones religiosas y la reducción consiguiente de sus individuos a los extremos de total indigencia. Conocéis también otras disposiciones legales: la abolición de aquella antigua costumbre de orar públicamente en la apertura de los Tribunales y en el comienzo de las sesiones parlamentarias; las tradicionales señales de duelo en el día de Viernes Santo a bordo de los buques de guerra; la eliminación de todo cuanto prestaba juramento judicial un carácter religioso en los Tribunales, en las escuelas, en el ejército; en una palabra en todas las instituciones públicas dependientes de la autoridad política.
De la separación de la Iglesia y el Estado sumamente nocivo

“2.- Que sea necesario separar al Estado de la Iglesia es una tesis absolutamente falsa y sumamente nociva. Porque, en primer lugar, al apoyarse en el principio fundamental de que el Estado no debe cuidar para nada la religión, infiere una gran injuria a Dios, que es el único fundador y conservador tanto del hombre como de las sociedades humanas, ya que en materia de culto a Dios es necesario no sólo el culto privado, sino también el culto público. En segundo lugar, la tesis de que hablamos constituye una verdadera negación del orden sobrenatural, porque limita la acción del Estado a la prosperidad pública de esta vida mortal, que es, en efecto, la causa próxima de toda sociedad política, y se despreocupa completamente de la razón última del ciudadano, que es la eterna bienaventuranza propuesta al hombre para cuando haya terminado la brevedad de esta vida, como si fuera cosa ajena por completo al Estado. Tesis completamente falsa, porque, así como en el orden de la vida presente está todo él ordenado a la consecución de aquel sumo y absoluto bien, así también es verdad evidente que el Estado no sólo no debe ser obstáculo para esta consecución, sino que, además, debe necesariamente favorecerla todo lo posible. En tercer lugar, esta tesis niega el orden de la vida humana sabiamente establecido por Dios, orden que exige una verdadera concordia entre las dos sociedades, la religiosa y la civil. Porque, ambas sociedades, aunque cada una dentro de su esfera , ejercen su autoridad sobre las mismas personas, y de aquí proviene necesariamente la frecuente existencia de cuestiones entre ellas, cuyo conocimiento y resolución pertenencia a la competencia de la Iglesia y del Estado. Ahora bien, si el Estado no vive de acuerdo con la Iglesia, fácilmente surgirán de las materias referidas motivos de discusiones muy dañosas para entrambas potestades, y que perturbarán el objetivo de la verdad, con grave daño ansiedad de las almas.

Condena de la ley de separación de la Iglesia y el Estado en Francia

“(...) Nos, por la suprema autoridad que de Dios tenemos, reprobamos y condenamos la ley sancionada que separa de la Iglesia a la República francesa (…) porque con la mayor injuria ultraja a Dios de quien solemnemente reniega, al declarar por principio a la República exenta de todo culto religioso; porque viola el derecho natural y de gentes y la fe pública debida a los pactos; porque se opone a la Constitución divina, a la íntima esencia y a la libertad de la Iglesia; porque destruye la justicia, conculcando el derecho de propiedad legítimamente adquirido por muchos títulos y hasta por mutuo acuerdo; porque ofende gravemente a la dignidad de la Sede Apostólica, a nuestra persona, al orden de los obispos, al clero y a los católicos franceses.
Por lo tanto, protestamos con toda vehemencia contra la presentación, aprobación y promulgación de tal ley y atestiguamos que nada hay en ella que tenga valor para debilitar los derechos de la Iglesia”.

[1] CRISTIANDAD nº 860 Marzo 2003 “En el Centenario de León XIII”. José Mª Petit Sullá.
[2] Pío IX, 8-XII-1864
[3] Pío IX Syllabus 8-XII-1864
[4] León XIII Encíclica escrita el 1 de noviembre de 1885
[5] CRISTIANDAD nº 860 Marzo 2003 “En el Centenario de León XIII”. José Mª Petit Sullá.

[6] SAN PÍO X (al pueblo y clero francés) el 11 de febrero de 1906