sábado, 9 de abril de 2011
El Mesías de Israel: Los documentos evangélicos
Segunda parte: El Mesías de Israel I. Los documentos evangélicos RESUMEN Los hechos y palabras de Jesús de Nazaret, en relación con sus propias afirmaciones de ser en primer lugar el Mesías esperado por Israel, y en segundo lugar verdadero Hijo de Dios y Dios él mismo, se hallan recogidos en los cuatro evangelios desde la antigüedad. El nombre de “evangelio” señala un género literario muy especial. Son hechos y palabras de Jesús de Nazaret recogidos con fidelidad de testigos, que primero los proclamaron en forma oral, y luego fueron escritos en la forma actual. Existen otros escritos apostólicos en forma de epístolas doctrina¬les, en los que hay algunas referencias a hechos fundamentales de Jesús, como su muerte y pasión, su resurrección y ascensión, y en general su persona. Pero en esta forma de relatos de carácter narrativo, o recopilador de sentencias y doctrina entreverada con hechos y milagros, gestos y actitudes, sólo tenemos estos cuatro documentos. Sigue a ellos el libro de los Hechos apostólicos, que continúa los relatos de los trabajos apostólicos, en forma semejante, a partir de la ascensión de Jesús. 1. Fechas y autores de los evangelios Nos interesan las fechas de los documentos, y después sus autores. La muerte de Jesús se puede fijar en el año 30 de la era cristiana. ¿Cuánto tiempo después de su muerte fueron escritos estos documentos? Consideremos, para fijar las fechas de los documentos evangéli¬cos, el orden de prelación de los mismos. Considerando el problema sinóptico, y al interdependencia de los tres evangelios tales, se viene a establecer primero un evangelio en lengua aramea, escrito por Mateo según la tradición; después el atribuido a Marcos, el más breve de todos y que lleva en sí el sello de máxima antigüedad de los existentes. De éste, con seguridad, depende el de Lucas, además de sus propios datos, y el griego llamado hoy de Mateo es más o menos posterior al de Lucas. Fijemos este orden de prelación o antigüedad numéricamente, para facilitar las dataciones: 1. catequesis orales apostólicas: Pedro; Mateo (…) 2. evangelio arameo de Mateo (perdido, al parecer traducido al griego entonces, ¿logia?) 3. evangelio de Marcos 4. evangelio de Lucas 5. hechos apostólicos, del mismo autor 6. evangelio griego llamado de Mateo (actual) a) 5 – Hechos apostólicos de Lucas, años 61-63 b) 4 – Evangelio de lucas, anterior, años 55-60 c) 3 – Evangelio de Marcos, anterior a Lucas, años 50-55 d) 2 – Evangelio aramaico Mateo, anterior, años 40-50 El Evangelio griego actual de Mateo, parece tener como fecha límite el año 70 de la destrucción de Jerusalén. La otra escala de datación de fechas parte de la prioridad del evangelio de Marcos, escrito en vida de Pedro, tiene el año 64 como límite por muerte de Pedro. De ahí corre la escala: Lucas, después, Hechos después, Mateo después. Resultado: Marcos, a.64; Lucas, a.70; Hechos, a. 70-80; Mateo griego, 70-80. Como se ve, con todo no hay más diferencia con la otra que una década. No es grande tal retraso aunque no parece legítimo. No hay lejanía de los sucesos. Tratemos ahora de la autoría de estos libros. Los tres sinópticos son atribuidos a Mateo, Marcos y Lucas, a quien también corresponde el libro de los Hechos. Los evangelios llevan, al menos ya desde el siglo II, el signo de la atribución de autor en la divisa superpuesta por otra mano según Mateo, Marcos o Lucas. El evangelio de Juan debe ser tratado aquí con un particular cuidado cuanto al autor. Si se consulta la tradición eclesial unánime de la antigüedad, el autor del cuarto evangelio es Juan el apóstol, uno de los Doce. Es cierto que hubo una distinción, que recogió Eusebio de Cesárea, a propósito de Juan, como si fuesen dos Juanes, uno el apóstol y otro el anciano presbítero. Pero el propio Eusebio aprovechó esta distinción, sacada de Papías, para atribuir al anciano desconocido no el evangelio, que sigue siendo escrito por Juan el apóstol, sino el Apocalipsis, que tiene Eusebio empeño en no concederlo al apóstol, por las teorías milenarista que se apoyan en él en algunos pasajes. Resulta curioso en este punto que el Apocalipsis, en su propio texto, declara que su autor es Juan, y este hombre llamado Juan es conocido por la iglesia por haber estado en la isla de Patmos desterrado (Ap 1, 1.4.9). En cambio el evangelio no da directamente el nombre del autor, pero lo atribuye al que llama «el discípulo quien Jesús amaba». ¿Cuál es en realidad la razón que ha movido a los críticos liberales y racionalistas a rechazar, con Harnack, o a poner en duda la autoría de Juan en este evangelio? Se objeta, en efecto, que una reflexión teológica tan profunda como este evangelio revela no conviene a un pescador de Galilea, como fuera Juan. Pero este pensamiento no tiene en cuenta el valor carismático y sobrenatural de Pentecostés. Así pues no se ve qué dificultad exista en que uno de los doce, después de unos sesenta años de reflexión lúcida de fe y Espíritu Santo sobre los sucesos, haya escrito un evangelio tan profundo y admirable. Es San Justino en el s. II quien ha recordado con palabra precisa que los evangelios son “recuerdo o memorias” apostólicas (apomnemoneúmaía).. Y al ser recuerdos con las variantes de redacción que se quiera, resultan testimonios válidos históricamente, no recusables en cuanto a su sustancia, aunque sena modelados en el detalle. Queda así el conjunto de los escritos evangélicos, documentos básicos para el estudio de las palabras y hechos de Jesús que nos interesan, situado en cuanto a fechas y autores, del siguiente modo: 1.- Evangelio arameo de Mateo apóstol a. 40-50 (40-50) 2.- Evangelio de Marcos, intérprete de Pedro apóstol a. 50-55 (60-65) 3.- Evangelio de Lucas a. 55-60 (65-75) 4.- Hechos apostólicos de Lucas a. 61-63 (c. 75) 5.- Evangelio griego de Mateo, anónimo a. 65-70 (70-80) 6.- Evangelio de Juan apóstol a. 95-100 (cfr. Jn 21, 23) 2. El Discípulo Amado La tradición católica, desde la antigüedad de los primeros testimonios, ha señalado a Juan, hijo de Zebedeo y uno de los Doce apóstoles de Jesús, como autor del cuarto evangelio. Tal autoría ha sido rechazada por la teología protestante crítica a partir del s. XIX con Harnack. Resulta evidente, como decimos en el texto, que según el capítulo 21, 24 del evangelio, el autor (“el que escribió esto”) es el que es llamado repetidas veces en este evangelio con el nombre particular de “el Discípulo amado” (Jn 21, 24; Jn 13, 23-25; 19, 26-27; 20, 2-8; 21, 7.20.24). La tradición católica siempre ha estimado que tal condición convenía a Juan apóstol, a quien se atribuía desde el principio este evangelio. Parece que para apartarse de este común y antiguo sentir debe haber ahora una razón de fuerza especial. Pero esta razón, en realidad, no aparece. Es así Juan el Discípulo Amado que recostó la cabeza en el pecho de Jesús, signo de amor confiado, como él dice de Jesús que se halla “en el seno del Padre” (Jn 1, 18). Es uno de los Doce, porque tiene la condición de consagración sacerdotal de la Cena, y porque es un “testigo de los hechos de Jesús”, condición para ser de los Doce, como se ve en la elección de Matías (Act 1, 21-22; Jn 15, 27; 19, 35; 20, 30). Siendo uno de los Doce, y siendo los tres predilectos claramente Pedro, Santiago y Juan, sólo puede ser de ellos el tercero. 3. Los evangelios documentos pospacuales Los evangelios reflejan ciertamente la fe respirada en el ambiente de la comunidad primitiva de la Iglesia, cuyos jefes venerados eran los apóstoles, a los que luego se añadió con la misma categoría Pablo (Act 1, 13.26; Gal 2, 9; 1 Cor 9, 1). De esta unidad de fe exigida a la iglesia apostólica habla Pablo a los Corintios: “Tanto yo como los apóstoles este hemos predicado, esto habéis creído” (1 Cor 15, 11), que es lo que “vosotros recibisteis, por lo cual so salváis” (1. Cor 15, 1-2). Y a los Gálatas, exigiéndoles que no se aparten de la doctrina recibida de la tradición apostólica: “Aunque yo mismo, o un ángel del cielo, os predique distintas de las que yo os prediqué, sea anatema. Es lo recibido, la “tradición” de la enseñanza evangélica del mensaje, lo que es común a todos. Respecto al punto que es el centro de nuestro interés en este estudio, la divinidad mesiánica de Jesús, es cosa cierta que ésta era la fe común y el centro nuclear de la fe apostólica después de la pascua, siendo testigos de la resurrección de Jesús. Ha resucitado y es Señor o Dios. Pedro da testimonio directo de su fe en su primera carta apostólica. Prescindiendo ahora del valor histórico de realidad de tales hechos testificados en estos documentos, no cabe duda de que son enteramente válidos como testimonio de la fe de Pedro en medio de la comunidad cristiana, que los acepta. “Tú eres el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16), y “Este es mi Hijo amado en quien me complazco” (Mt 17, 5; 2 Pe 1, 17). Tal es la fe en Pedro en la comunidad cristiana pospascual. La fe de Juan, prescindiendo ahora de su evangelio, aparece en su primera epístola con claridad precisa. En ella nombra a Jesús el Cristo, Jesucristo, y declara que “Jesús es el Cristo” (1 Jn 2, 22; 5,1). Esta es su fe mesiánica. “¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (5, 5). Y llama a Jesús “Hijo Unigénito de Dios” (1, 2; 5, 11-12) La vida de Dios está en este Hijo: «Esta vida está en el Hijo de Dios» (1, 2; 5, 11-12). Y, en fin, proclama expresamente la identidad del Hijo con el mismo Dios: “Sabemos que el Hijo de Dios ha venido… y que estamos en su verdadero Hijo. Este es verdadero Dios y Vida eterna” (5, 20). De su evangelio hablaremos luego. La fe de Pablo, lo primero queremos señalar que la fe que resplandece en sus múltiples cartas y en sus palabras, narradas en los Hechos por Lucas, con abundancia, además de ser su fe propia, testifica él mismo que es la fe de todos los apóstoles y de la comunidad. Tras su conversión Pablo, que ha visto a Jesús resucitado (1 Cor 9, 1), después de bautizado por Ananías se dirigió a la Sinagoga y comenzó a predicar que “Jesús es el Hijo de Dios y el Cristo” (Act 9, 19-22). Mesiandad y divinidad de Jesús como fe básica. Especialmente significativos son sus célebres “himnos cristológicos”. Sin analizarlo más despacio aquí, bastará recordar que en la carta a los Filipenses afirma que Jesús “estando en la forma (morfé) de Dios no estimó rapiña ser igual a Dios” (Flp 2, 5). En el himno de la epístola a los Colosenses, escribe: “Es imagen de Dios invisible… en El han sido creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra (…) todas han sido creadas por El y para El, y El es anterior a todas las cosas, y todas se fundan en El” (Col 1, 15-17). Al proclamar así a Jesucristo creador de todo, y fundamento de todo, lo proclama Dios, siendo «imagen de Dios», como Hijo. Podemos con certeza asegurar, y no parece que nadie pueda discutirlo, que en la comunidad apostólica pospascual Jesús de Nazaret es proclamado y creído Hijo de Dio y verdadero Dios. Esta fe de la comunidad apostólica es la que a través de los siglos ha llegado intacta hasta hoy, cuando se sigue expresando la fe en Jesús Hijo de Dios y Dios verdadero, con la misma fuerza y claridad. Las desfiguraciones que intentaron, como el error en que cayeron durante varios siglos los que se desviaron, fueron corregidos por la Iglesia en sus Concilios, desde Nicea hasta Calcedonia y Constantinopla III pasando por Efeso y Constantinopla I y II. La afirmación de la única persona divina de Jesús con dos naturalezas, vértice de esa declaración del dogma de la Iglesia, es en realidad la misma que los apóstoles proclamaban en la comunidad cristiana primera y ésta creía. Era un hombre, con acciones humanas, Jesús de Nazaret, con quien ellos habían convivido humanamente, aquel a quien proclamaban Dios verdadero. No podía serlo sino de una sola manera, pues tenía naturaleza humana: siendo persona divina que era el sujeto de todas sus acciones. Tal es la fe de la Iglesia, que todavía hoy se sigue proclamando al proclamar el Credo Niceno- Constantinopolitano: “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho” Y en Calcedonia, con fórmula definitiva: “Conservando cada naturaleza (divina y humana) su propiedad, y concurriendo en una sola persona y en una sola hipóstasis” (unión hipostática o personal. Aquí ya: hipóstasis = persona) (Denz, 148). En aquel ambiente pospascual brotaron los escritos evangélicos. Y los mismos evangelistas, que recogen las palabras y los hechos de Jesús en su vida mortal, y su resurrección y vida inmortal manifestada en apariciones a sus discípulos proclaman también ellos su propia fe de cristianos. Marcos inicia su evangelio con este título: “Principio del Evangelio de Jesucristo Hijo de Dios” (Mc 1, 1). Juan comienza el suyo con la admirable declaración de esta fe: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios (…) Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (Jn 1, 1.14); y lo termina en el primer epílogo diciendo: “Estas cosas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo el Hijo de Dios” (Jn 20, 31). En cuanto a Mateo, al iniciar el evangelio, tras la genealogía humana de Jesús, con el relato de la concepción virginal, dice que se cumplió así el anuncio profético de Isaías Y, aun dejando al margen la exactitud de la interpretación literal, muestra su mente propia al decir: «Llamarán su nombre Emmanuel, que se traduce por Dios-con-nosotros» (Mt 1, 23), terminando su evangelio con la proclamación paritaria de las tres Personas de la Trinidad en la fórmula del bautismo (Mt 28, 19). Lucas, por su parte, que en la genealogía, como vimos, hace descender a Jesús de Adán y a éste de Dios presenta al ángel Gabriel anunciando a María: «El Santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35), y termina su evangelio de la vida con la palabra de Jesús que llama a Dios Padre al morir (Lc 23, 46), anunciando por Jesús la próxima venida del Espíritu (Lc 24, 49), cuando Jesús se dispone a subir al cielo en su ascensión; y en fin, continúa su obra con el libro de los Hechos, en el que hemos" vistopróclamada por los apóstoles la divinidad de Jesusee manera clara. Así, los cuatro evangelistas testimonian también personalmente la fe de la comunidad cristiana en que viven, y expresan la fe común con la propia. Esta proclamación, que se muestra tan claramente en la comunidad apostólica pospascual, de la fe en el divinidad de Jesús, ¿qué raíz tiene, de dónde proviene? Tal es el problema crítico. ¿Fue el propio Jesús, como parece obvio, el que la infundió en ellos con sus palabras propias en vida?; o acaso, ¿ha brotado en ellos tras la resurrección? La crítica ha fijado la atención en la diferencia de la comunidad pospascual y la prepascual. La crítica racionalista solamente acepta esta fe de la comunidad pospascual como fe subjetiva, fundada en la convicción, sin realidad histórica correspondiente, de las apariciones de Jesús resucitado. Ante tales apariciones, explicadas de diversos modos, pero nunca por ellos de manera objetiva exterior, los apóstoles llegaron a la convicción de que Jesús era Dios, y así lo pregonaron. Tal es, en último término, aquello en que se han de resumir las teorías críticas que no aceptan la divinidad de Jesús. Y entonces, los evangelios, que recogen las palabras de Jesús en que se trasluce su divinidad proclamada, son redacciones hechas de las palabras de Jesús a la luz de los acontecimientos pospascuales. Diferencias entre la época prepascual y la pospascual Se ofrece así ante nosotros el importante problema crítico, que ha de examinar si se da tal ruptura entre las dos épocas, prepascual y pospascual, que se hace necesario abordar con claridad. Se puede y debe afirmar que no eran las mismas la claridad y firmeza de la fe apostólica, antes y después de la resurrección de Jesús. Esta se ha convertido en el fundamento de la misma fe total, como en su centro (1Cor 15, 14.17). Juan dice que al ver los lienzos del sepulcro “vio y creyó” (Jn 20, 8). Lucas dice que Jesús “abrió el sentido de inteligencia de las Escrituras” a los apóstoles después de su resurrección (Lc 24, 45-46). La luz de Pentecostés hizo aún más clara y firme la fe apostólica. Así el problema para los textos evangélicos se convierte en éste: los textos y palabras de Jesús en su vida mortal, la casi totalidad del evangelio, ¿han sido recogidos a la luz de la nueva fe que los transforma en su propia estructura, o son realmente, en la medida de los posible, del propio Jesús? Aquí nos hemos de referir de modo particular a sus afirmaciones, directas o indirectas, de divinidad. ¿Son de él o han sido puestas en su boca por una fe que las transforma? ¿Dijo que era Dios o se lo han hecho decir, con toda la buena voluntas que se quiera, pero no objetivamente? ¿O hay acaso que entender de otro modo tales palabras? Resolver este problema de tan grande importancia crítica es el intento de nuestro trabajo. Para hacerlo en justa medida, propondremos primero las afirmaciones de Jesús que los evangelios le atribuyen, y las examinaremos en sí mismas, y después habremos de examinar las razones que muevan a pensar que le deben ser reconocidas como propias. Logrado esto nos encontraremos en condiciones de basarnos en las propias palabras de Jesús, con modalidades indudables de redacción, pero sustancialmente reconocidas ciertas y verdaderas, para llegar a encontrar el fundamento de la fe en su divinidad. El mismo fundamento, y con la misma luz, de razón, de historia, y sobre todo de fe, con que los apóstoles y evangelistas las pensaron, meditaron y escribieron. Como nos interesa una doble calidad de las afirmaciones de Jesús, la de su mesiandad y la de su divinidad, dividimos ahora el estudio de las afirmaciones contenidas en los evangelios en dos partes. En la segunda parte que iniciamos aquí, estudiamos las afirmaciones mesiánicas, que responden a esta pregunta: ¿Se proclamó Jesús Mesías de Israel?. La tercera partes, más grave que la anterior todavía, pero íntimamente relacionada con ella, como veremos, responde a esta otra pregunta: ¿Se proclamó Jesús a sí mismo Dios, de un modo o de otro? En ambos problemas solamente nos interesa, en la segunda y tercera parte, sabe si los evangelios le atribuyen manifestaciones realmente mesiánicas y realmente divinas. En la cuarta parte propondremos las razones críticas, ya externas, ya internas, que sustentan la realidad objetiva de tales palabras afirmadas. Por fin, debemos concluir, a vista del resultado crítico, sobre la identidad mesiánica y divina de Jesús.
viernes, 18 de marzo de 2011
El Mesías Jesús de Nazaret. Un hombre llamado Jesús, caso singular en la historia
Un hombre llamado Jesús, caso singular en la historia
En los capítulos II y III el P. Igartua S.J. trata sobre la existencia en la historia de un hombre llamado Jesús de Nazaret y que se trata de un caso singular en la historia.
Capítulo II: Un hombre llamado Jesús de Nazaret
En relación con el hombre llamado Jesús de Nazaret, examina dos cuestiones: 1.- Jesús de Nazaret, hombre histórico y 2.- Descendiente de Adán.
1.- Jesús de Nazaret, hombre histórico
Para poner de manifiesto la historicidad de la existencia de Jesús de Nazaret, el P. Igartua S.J. hace una exposición de testimonios de diferente procedencia:
a) Los escritos los escritos redactados a poca distancia de su muerte que se encuentran en el Nuevo Testamento: los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas de San Pablo y del resto de Apóstoles. En todos ellos hay numerosas referencias a Jesús de Nazaret, sin que se pueda poner en duda la existencia histórica de dicha persona.
b) Los escritos cristianos de otros autores continuadores de la tradición cristiana de Jesús. Tales son los escritos no canónicos, pero ciertos, del fin del siglo I y del II, como son los escritos de los llamados PP. Apostólicos: Didaché, Clemente, Ignacio, Policarpo... o los escritos de los Apologetas cristianos del siglo III: Justino, Atenágoras. Taciano.... Y seguiría la ingente colección tradicional de los Santos Padres y Doctores de los siglos III, IV y V y siguientes. Todos ellos no tendrían explicación posible si Jesús de Nazaret no hubiera existido realmente, si no hubiera nacido y muerto.
c) Los escritos llamados «apócrifos cristianos». Tratan de engrandecer a Jesús con leyendas, y no fueron admitidos por la comunidad o iglesia cristiana como válidos. Pero son un testimonio indirecto de la existencia de Jesús.
d) Los documentos apócrifos hetero¬doxos, y los gnósticos. Son narraciones críticamente inaceptables, pero todos ellos muestran la convicción de la existencia de un hombre llamado Jesús de Nazaret que padeció bajo Poncio Pilato.
e) Importantes documentos de origen judío. Tanto en el Talmud como en el llamado Toledoth Ieschua (generaciones de Jesús), hay muchos comentarios injuriosos para Jesús de Nazaret, en especial en el último, dedicado a ello. A ninguno, sin embargo, se le ha podido ocurrir que Jesús no existiese.
f) Las dos obras ya extrabíblicas de la historia judía, escritas por Flavio Josefo (37-102). «De la guerra judía» y las «Antgüedades judías». El primer fragmento es sobre Juan Bautista y su popular aparición de predicador-profeta en el Jordán, en los mismos años de la vida pública de Jesús. El testimonio más famoso de Josefo sobre Jesús, con su propio nombre, es el llamado generalmente «testimonio flaviano»
g) Testimonios de historiadores romanos. Cornelio Tácito el historiador romano, quien en sus Anuales, escritos al fin del siglo I, nos deja una consignación casi notarial sobre la muerte de Cristo, al hablar del incendio de Roma en tiempo de Nerón, y de su persecución contra los cristianos.
h) El testimonio de un filósofo sirio llamado Mará, quien en carta a su hijo Serapión escrita entre los años 73-160, es decir, o a fines del siglo I o en la primera mitad del siglo II, parangona tres grandes figuras de sabios Sócrates, Pitágoras y un misterioso «Rey Sabio de los Judíos», que no puede ser otro que Jesús de Nazaret.
Demos fin a este recorrido por los testimonios ya cristianos (canónicos o extracanónicos), ya judíos, ya paganos, de cuyo resultado aparece la real existencia del hombre, llamado en los evangelios Jesús de Nazaret, cuya noticia copiosa nos han dejado los cuatro evangelios canónicos.
En este capítulo sólo hemos querido mostrar la realidad de su existencia humana: nacido de mujer (Gal 4, 4) en Belén de Judá, cerca de Jerusalén, muerto en el suplicio de la cruz en la ciudad de Jerusalén, bajo Poncio Pilato. Este hombre es una plena realidad histórica humana.
2.- Jesús, hijo de Adán
La unicidad de este padre común de toda la especie humana actual innumerable, que ha cubierto el planeta en el transcurso de milenios, parece pertenecer al dogma católico por razón del único pecado original de un hombre, el cual ciertamente pertenece al dogma básico de la redención. No se ve, en efecto, cómo podría conjugarse la pluralidad efectiva de padres con el dogma de la transmisión posterior absolutamente universal del pecado original.
La primera mujer Eva, es la esposa primigenia de Adán, y según este dato única. «Al principio no fue así», dirá Jesús, alegando a "Ádán y Eva como hecho real de origen, contra la pluralidad divorcista de la ley mosaica (Mt 19, 8) y ella es denominada con este nombre Eva por el autor sagrado para indicar que es «la madre de todos los vivientes» (Gen 3, 20)
Ahora bien, lo que aquí interesa particularmente es situar en esta línea de generación de Adán a Jesús de Nazaret, para que sea verdadero hombre. Es hombre, y por lo mismo debe descender de Adán por línea de generación humana. De lo contrario no es hombre verdadero, de nuestra especie. Esta es sin duda la intención del evangelista Lucas cuando traza la línea genealógica de Jesús de Nazaret en su evangelio, del hijo de María, haciéndola llagar hasta Adán, “que fue hijo de Dios”, quien le dio el ser por creación (Lc 3, 38).
El evangelio de Mateo toma su comienzo simplemente desde Abraham, como padre del pueblo elegido, y prosigue en la línea descendente hasta Jesús. En cambio, el evangelio de Lucas, tras los relatos de la infancia, y tras la presentación, cronológicamente situada con exactitud histórica, del Bautista en su predicación a orilla del Jordán, “en el año quince del emperador Tiberio” (Lc 3, 1), antes de pasar a referir los hechos y dichos de Jesús, a quien aquel también ha bautizado, ofrece su genealogía, pero en orden inverso a la de Mateo. Comienza por el mismo Jesús y va ascendiendo hasta llegar también a Abraham. Pero al llegar a éste no se detiene, sino que prosigue aún largamente hacia arriba en los tiempos pretéritos hasta llegar a Adán. Ha quedado así entroncado Jesús de Nazaret con Adán, el primer hombre, en línea directa, con el vértice común da toda la humanidad conforme al relato bíblico. Ello significa obviamente que posee una naturaleza verdaderamente humana en su especie, con cuerpo humano y alma espiritual, y con todo lo que estos dos simples datos encierran en su riqueza natural. Es “hombre perfecto”, es decir, plenamente tal, como expresa la fórmula del símbolo atanasiano. Posee un cuerpo humano completo y un alma racional idéntica en naturaleza a la nuestra. Por eso, es verdadero hombre.
Tiene sentidos externos y sentidos internos. Tiene un alma espiritual. Según la doctrina católica, cada alma humana, desde la de Adán hasta la del último ser humano, aunque sea hijo de probeta es creación directa de Dios, y no es posible que sea sacada de la materia como de forma bruta suya anterior. Esta alma es espiritual e inmortal. No sale, ni puede salir en absoluto, de las fuerzas de la materia, físicas o químicas. Pero el alma humana y según la misma fe puede vivir este espíritu también fuera del organismo humano, cuando éste desfallezca en la organización de su materia que reusulta mortal. El alma es inmortal.
El alma de Jesús tiene sus potencias o capacidades espirituales de acción, además de las de vivificar el organismo físico humano. Entendimiento, memoria de grabación cerebral con impresión de los recuerdos sensoriales y figurativos, memoria de grabación espiritual con recuerdo de pensamientos y de lo que escapa al espacio y al tiempo, y la voluntad con el amor. Capaz de conocimiento, sensorial y también espiritual de las esencias eidéticas y de la admirable experiencia de la existencia incorporada y del propio yo. Capaz de un querer firme y decidido, y de un amor personal de entrega y sacrificio, convirtiendo al hombre activo en palanca poderosa de la historia y de la actividad creadora, a que el hombre entero concurre. Conservando en el tesoro de la memoria, que es tan necesario al hombre que sin él nada seríamos, el inmenso archivo de sus propias experiencias, y de las transmitidas por otros, memoria siempre dócil a la orden imperati¬va de la voluntad en el mecanismo del recuerdo.
Hombre verdadero, capaz por ello de las grandezas y limitaciones propias de la naturaleza humana. Aparece así en los evangelios, con altísima y sublime doctrina y elocuente palabra «como ningún otro hombre» (Jn 7,46). Y juntamente sujeto al hambre, al sueño, al dolor, a la tristeza, a la fatiga y la sed, a la alegría, a la ira, a la amistad... como se ve en el ayuno del desierto, en la barca a pesar de la tormenta, en la cruz, en el huerto de Getsemaní, en el pozo de Jacob, en el Templo de Jerusalén, en la intimidad de sus apóstoles.
Tal es Jesús de Nazaret, hijo de Adán. Pero en él este nombre significa también algo muy distinto de lo común de los hombres. Pues a la vez que la filiación de Adán es el sello nuestro de una profunda igualdad natural, significa en nosotros católicamente herencia de pecado original. Pero en Jesús, en este aspecto, significa, por modo contrario, redención.
Capítulo III: Un caso singular en la historia
Jesús de Nazaret, cuyo origen humano hemos mostrado, y que es hombre entre los hombres, ofrece, sin embargo, la singularidad entre ellos de reivindicar para sí el carácter divino en plenitud.
Objeto del capítulo
En el capítulo presente solamente queremos decir que se le atribuye esta proclamación de su propia identidad, dejando para más adelante el estudio de comprobación de la verdad de tal atribución de afirmaciones, así como más todavía, el resultado de verdad de las mismas, que conduciría a su identificación como Dios.
En el politeísmo, no se proclamaron dioses los hombres
En las religiones de politeísmo mitológico existen narraciones de “apariciones” de un dios en forma humana: tales son por ejemplo las historias mitológicas de Zeus. Muchas veces seguramente los dioses mitológicos y sus hazañas pudieron provenir de la veneración creada en el recuerdo por hombres de extraordinario valer humano, caudillos o héroes de pueblos antiguos.
Entre los romanos fueron elevados a la categoría de los dioses Julio César y especialmente Augusto, creador del imperio.
Celso, en un ataque anticristiano, recuerda que “los antiguos mitos atribuyeron origen divino a Perseo, a Anfión, a Eaco y Minos”, y también “a los Dióscuros, a Hercles, a Asclepio y Dionisio, que fueron primero hombres”.
Pero en todos estos casos míticos, no fueron los hombres quienes se proclamaron dioses, sino que al cabo del tiempo sus descendientes o conciudadanos, los divinizaron por la grandeza de sus hazañas.
En las religiones primitivas mitologías
A Zeus no se le atribuye origen humano, aunque en la mitología tampoco ocupe el lugar más antiguo. También tenemos en las religiones primitivas, y aun en algunas tan poderosas en su imaginación creadora como el hiduismo politeísta de Brahama, Shiva y Visnú-Krishna, fenómenos naturales o misterios naturales elevados a la categoría de mitología.
Lo mismo podemos decir que sucede con la gran religión egipcia y el culto de Osiris-Isis, o en el Japón con Amaterasu. Ninguno de estos casos, sin embargo, adquiere el carácter histórico de hombres reales cuya historia sea conocida, y mucho menos presenta sus propias acciones y palabras.
En la historia de las religiones, ningún fundador se ha proclamado dios
Sus nombres son: Moisés (con Abraham) organizador de la religión del pueblo hebreo, que vivió en el siglo XIII aC. desde Egipto a Palestina aún no conquistada; en China en el siglo VI aC. vivieron Lao-Tsé y Kung-Fu-Tsé (Confucio) que dieron origen, a la religión filosófica del Tao el primero, y a la organización del Estado en forma moral y familiar el segundo; en la India, en el siglo VI-V aC. vivió el creador del budismo llamado Budha, cuyo nombre era Siddharta Gautama o Sakyamuni; en Persia en el siglo VI aC. (probablemente) el organizador religioso de la antigua religión de los persas Zoroastro (o Zarathustra). Estos cuatro son anteriores a Jesús de Nazaret en el tiempo, así cómo Moisés. Posteriores a Jesús en el tiempo hallamos otros dos hombres, cuya historia es conocida: uno de menor relieve, Mani en Persia en el siglo II dC., y el otro de enorme influjo hasta hoy, Muhammad-ibn-Abdallah o Mahoma, organizador de la religión del Islam seguida por los pueblos árabes.
Ninguno de ellos ha reclamado o pretendido ser considerado como un dios, aunque posteriormente a su vida y muerte, con el correr de los tiempos se haya dado culto por el pueblo a imágenes de algunos de ellos en los altares.
Jesús de Nazaret es el único hombre que se califica de Dios
Tenemos que proclamar que Jesús de Nazaret, cuya persona es enteramente histórica en cuanto a su existencia y al origen de la religión cristiana en el siglo I en la Judea, es el único hombre conocido en la historia a quien se atribuyen palabras propias que reclaman para sí el título divino.
Ninguno de estos grandes iniciadores religiosos que hemos mencionado, (ni otro hombre alguno sobre la tierra), ha pretendido reclamar para su persona títulos o cualidades divinas, y mucho menos la identificación con el Dios Absoluto, eterno, omnipotente, creador del universo. Esto en efecto nunca se ha dado fuera del caso de Jesús de Nazaret, según las palabras y hechos que los evangelios le atribuyen.
Moisés, es un celador rígido del Nombre único de Dios. Se pone de rodillas ante el gran misterio de Dios, y sabe que hay un abismo infinito entre Dios y la criatura, y así lo enseña a su pueblo, como mandato primero y máximo.
Los dos conductores religiosos del pueblo chino en su filosofía y su moral, nunca han podido pensar en tal cosa. Lao-Tsé estableció la profunda noción enigmática del “tao”, concepto metafísico que, en cierto modo, podría equipararse a la noción del absoluto divino impersonal. Es para él un ser inmóvil, vacío, único e inmutable, al que podría considerarse como la madre del mundo. Yo le llamo tao, por no saber su nombre... En cuanto a Confucio, ni siquiera entró como moralista filósofo en esta metafísica más profunda, contentándose con establecer en sus “Cuatro libros” clásicos una doctrina socio pragmática de la familia y del estado, con el fondo religioso tradicional de China, enseñando por medio de aforismos y breves narraciones una ética social y familiar apoyada en la noción religiosa anterior del pueblo chino. Es evidente que tampoco él ha pensado nunca en reclamar noción divina de ninguna clase para su persona.
Budha, partiendo de la doctrina hindú de las reencarnaciones, tras la célebre iluminación del árbol sagrado, predicó una ascesis difícil y exigente sobre los deseos y pasiones, para extinguir el dolor, causa de los males del hombre. Es dudosa su religiosidad respecto a los dioses del politeísmo hindú, y también lo es el saber si alcanzó la noción de un dios único, absoluto e inmóvil en su perfección.
Por lo que toca a Zarathustra en Persia, sus escritos se hallan formados por una serie de revelaciones recibidas por él de Ahura-Mazda, el dios de la luz; pero no se consideró a sí mismo como dios, sino como encargado de transmitir revelaciones divinas.
Esto mismo, y aun con mayor razón, hay que decirlo de Mahoma, después de Cristo, que es “el profeta de Alláh”, del Dios único y verdadero de Abraham.
Y así se alza la personalidad de Jesús de Nazaret como un enigma de la historia humana para cualquier mente reflexiva, pues como veremos él ha reclamado o pretendido el título de identidad e igualdad con el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, de tal modo que esta “pretensión” le llevó a la muerte. Conforme a las creencias monoteístas puras de la religión judía, en cuyas coordenadas se movía y que fue su ambiente histórico, es la afirmación de ser el Dios-único, Creador del mundo, Eterno, Legislador de los hombres y Juez de sus vidas. Tal afirmación de divinidad, no conocida en otro hombre alguno, es un desafío a la conciencia de los hombres. ¿Es verdadera tal afirmación?
Era de la raza del «pueblo de Dios», descendiente de Abraham, y estaba sellado él también con la circuncisión religiosa, como todos los varones de Israel (Lc 2, 21). Su religión, en la que se educó y vivió hasta los treinta años, como hombre además de profunda religiosidad, era exclusivamente mono¬teísta, a partir de Abraham, y quizás aun antes. Especialmente a partir de Moisés, y su revelación del Nombre divino con la exclusiva adoración de ese Dios único, como primero y principal mandato de la Ley, la religión judía se convierte en mandamiento supremo repetido diariamente en la Shemá.
Si Jesús afirma que es Dios tenemos así un enigma densamente oscuro. Y sin embargo, tal enigma se ha dado en la historia, y es el verdadero e irrenunciable fondo misterioso de la religión instaurada por Jesús de Nazaret, con la proclamación de la Trinidad de personas en su solo Dios, y la encarnación de Dios en un hombre justamente por una de sus personas. ¿Afirmó así Jesús su propia divinidad, a pesar de tan graves dificultades? Tal es, en realidad, el problema central de la historia humana y de la religión.
En los capítulos II y III el P. Igartua S.J. trata sobre la existencia en la historia de un hombre llamado Jesús de Nazaret y que se trata de un caso singular en la historia.
Capítulo II: Un hombre llamado Jesús de Nazaret
En relación con el hombre llamado Jesús de Nazaret, examina dos cuestiones: 1.- Jesús de Nazaret, hombre histórico y 2.- Descendiente de Adán.
1.- Jesús de Nazaret, hombre histórico
Para poner de manifiesto la historicidad de la existencia de Jesús de Nazaret, el P. Igartua S.J. hace una exposición de testimonios de diferente procedencia:
a) Los escritos los escritos redactados a poca distancia de su muerte que se encuentran en el Nuevo Testamento: los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas de San Pablo y del resto de Apóstoles. En todos ellos hay numerosas referencias a Jesús de Nazaret, sin que se pueda poner en duda la existencia histórica de dicha persona.
b) Los escritos cristianos de otros autores continuadores de la tradición cristiana de Jesús. Tales son los escritos no canónicos, pero ciertos, del fin del siglo I y del II, como son los escritos de los llamados PP. Apostólicos: Didaché, Clemente, Ignacio, Policarpo... o los escritos de los Apologetas cristianos del siglo III: Justino, Atenágoras. Taciano.... Y seguiría la ingente colección tradicional de los Santos Padres y Doctores de los siglos III, IV y V y siguientes. Todos ellos no tendrían explicación posible si Jesús de Nazaret no hubiera existido realmente, si no hubiera nacido y muerto.
c) Los escritos llamados «apócrifos cristianos». Tratan de engrandecer a Jesús con leyendas, y no fueron admitidos por la comunidad o iglesia cristiana como válidos. Pero son un testimonio indirecto de la existencia de Jesús.
d) Los documentos apócrifos hetero¬doxos, y los gnósticos. Son narraciones críticamente inaceptables, pero todos ellos muestran la convicción de la existencia de un hombre llamado Jesús de Nazaret que padeció bajo Poncio Pilato.
e) Importantes documentos de origen judío. Tanto en el Talmud como en el llamado Toledoth Ieschua (generaciones de Jesús), hay muchos comentarios injuriosos para Jesús de Nazaret, en especial en el último, dedicado a ello. A ninguno, sin embargo, se le ha podido ocurrir que Jesús no existiese.
f) Las dos obras ya extrabíblicas de la historia judía, escritas por Flavio Josefo (37-102). «De la guerra judía» y las «Antgüedades judías». El primer fragmento es sobre Juan Bautista y su popular aparición de predicador-profeta en el Jordán, en los mismos años de la vida pública de Jesús. El testimonio más famoso de Josefo sobre Jesús, con su propio nombre, es el llamado generalmente «testimonio flaviano»
g) Testimonios de historiadores romanos. Cornelio Tácito el historiador romano, quien en sus Anuales, escritos al fin del siglo I, nos deja una consignación casi notarial sobre la muerte de Cristo, al hablar del incendio de Roma en tiempo de Nerón, y de su persecución contra los cristianos.
h) El testimonio de un filósofo sirio llamado Mará, quien en carta a su hijo Serapión escrita entre los años 73-160, es decir, o a fines del siglo I o en la primera mitad del siglo II, parangona tres grandes figuras de sabios Sócrates, Pitágoras y un misterioso «Rey Sabio de los Judíos», que no puede ser otro que Jesús de Nazaret.
Demos fin a este recorrido por los testimonios ya cristianos (canónicos o extracanónicos), ya judíos, ya paganos, de cuyo resultado aparece la real existencia del hombre, llamado en los evangelios Jesús de Nazaret, cuya noticia copiosa nos han dejado los cuatro evangelios canónicos.
En este capítulo sólo hemos querido mostrar la realidad de su existencia humana: nacido de mujer (Gal 4, 4) en Belén de Judá, cerca de Jerusalén, muerto en el suplicio de la cruz en la ciudad de Jerusalén, bajo Poncio Pilato. Este hombre es una plena realidad histórica humana.
2.- Jesús, hijo de Adán
La unicidad de este padre común de toda la especie humana actual innumerable, que ha cubierto el planeta en el transcurso de milenios, parece pertenecer al dogma católico por razón del único pecado original de un hombre, el cual ciertamente pertenece al dogma básico de la redención. No se ve, en efecto, cómo podría conjugarse la pluralidad efectiva de padres con el dogma de la transmisión posterior absolutamente universal del pecado original.
La primera mujer Eva, es la esposa primigenia de Adán, y según este dato única. «Al principio no fue así», dirá Jesús, alegando a "Ádán y Eva como hecho real de origen, contra la pluralidad divorcista de la ley mosaica (Mt 19, 8) y ella es denominada con este nombre Eva por el autor sagrado para indicar que es «la madre de todos los vivientes» (Gen 3, 20)
Ahora bien, lo que aquí interesa particularmente es situar en esta línea de generación de Adán a Jesús de Nazaret, para que sea verdadero hombre. Es hombre, y por lo mismo debe descender de Adán por línea de generación humana. De lo contrario no es hombre verdadero, de nuestra especie. Esta es sin duda la intención del evangelista Lucas cuando traza la línea genealógica de Jesús de Nazaret en su evangelio, del hijo de María, haciéndola llagar hasta Adán, “que fue hijo de Dios”, quien le dio el ser por creación (Lc 3, 38).
El evangelio de Mateo toma su comienzo simplemente desde Abraham, como padre del pueblo elegido, y prosigue en la línea descendente hasta Jesús. En cambio, el evangelio de Lucas, tras los relatos de la infancia, y tras la presentación, cronológicamente situada con exactitud histórica, del Bautista en su predicación a orilla del Jordán, “en el año quince del emperador Tiberio” (Lc 3, 1), antes de pasar a referir los hechos y dichos de Jesús, a quien aquel también ha bautizado, ofrece su genealogía, pero en orden inverso a la de Mateo. Comienza por el mismo Jesús y va ascendiendo hasta llegar también a Abraham. Pero al llegar a éste no se detiene, sino que prosigue aún largamente hacia arriba en los tiempos pretéritos hasta llegar a Adán. Ha quedado así entroncado Jesús de Nazaret con Adán, el primer hombre, en línea directa, con el vértice común da toda la humanidad conforme al relato bíblico. Ello significa obviamente que posee una naturaleza verdaderamente humana en su especie, con cuerpo humano y alma espiritual, y con todo lo que estos dos simples datos encierran en su riqueza natural. Es “hombre perfecto”, es decir, plenamente tal, como expresa la fórmula del símbolo atanasiano. Posee un cuerpo humano completo y un alma racional idéntica en naturaleza a la nuestra. Por eso, es verdadero hombre.
Tiene sentidos externos y sentidos internos. Tiene un alma espiritual. Según la doctrina católica, cada alma humana, desde la de Adán hasta la del último ser humano, aunque sea hijo de probeta es creación directa de Dios, y no es posible que sea sacada de la materia como de forma bruta suya anterior. Esta alma es espiritual e inmortal. No sale, ni puede salir en absoluto, de las fuerzas de la materia, físicas o químicas. Pero el alma humana y según la misma fe puede vivir este espíritu también fuera del organismo humano, cuando éste desfallezca en la organización de su materia que reusulta mortal. El alma es inmortal.
El alma de Jesús tiene sus potencias o capacidades espirituales de acción, además de las de vivificar el organismo físico humano. Entendimiento, memoria de grabación cerebral con impresión de los recuerdos sensoriales y figurativos, memoria de grabación espiritual con recuerdo de pensamientos y de lo que escapa al espacio y al tiempo, y la voluntad con el amor. Capaz de conocimiento, sensorial y también espiritual de las esencias eidéticas y de la admirable experiencia de la existencia incorporada y del propio yo. Capaz de un querer firme y decidido, y de un amor personal de entrega y sacrificio, convirtiendo al hombre activo en palanca poderosa de la historia y de la actividad creadora, a que el hombre entero concurre. Conservando en el tesoro de la memoria, que es tan necesario al hombre que sin él nada seríamos, el inmenso archivo de sus propias experiencias, y de las transmitidas por otros, memoria siempre dócil a la orden imperati¬va de la voluntad en el mecanismo del recuerdo.
Hombre verdadero, capaz por ello de las grandezas y limitaciones propias de la naturaleza humana. Aparece así en los evangelios, con altísima y sublime doctrina y elocuente palabra «como ningún otro hombre» (Jn 7,46). Y juntamente sujeto al hambre, al sueño, al dolor, a la tristeza, a la fatiga y la sed, a la alegría, a la ira, a la amistad... como se ve en el ayuno del desierto, en la barca a pesar de la tormenta, en la cruz, en el huerto de Getsemaní, en el pozo de Jacob, en el Templo de Jerusalén, en la intimidad de sus apóstoles.
Tal es Jesús de Nazaret, hijo de Adán. Pero en él este nombre significa también algo muy distinto de lo común de los hombres. Pues a la vez que la filiación de Adán es el sello nuestro de una profunda igualdad natural, significa en nosotros católicamente herencia de pecado original. Pero en Jesús, en este aspecto, significa, por modo contrario, redención.
Capítulo III: Un caso singular en la historia
Jesús de Nazaret, cuyo origen humano hemos mostrado, y que es hombre entre los hombres, ofrece, sin embargo, la singularidad entre ellos de reivindicar para sí el carácter divino en plenitud.
Objeto del capítulo
En el capítulo presente solamente queremos decir que se le atribuye esta proclamación de su propia identidad, dejando para más adelante el estudio de comprobación de la verdad de tal atribución de afirmaciones, así como más todavía, el resultado de verdad de las mismas, que conduciría a su identificación como Dios.
En el politeísmo, no se proclamaron dioses los hombres
En las religiones de politeísmo mitológico existen narraciones de “apariciones” de un dios en forma humana: tales son por ejemplo las historias mitológicas de Zeus. Muchas veces seguramente los dioses mitológicos y sus hazañas pudieron provenir de la veneración creada en el recuerdo por hombres de extraordinario valer humano, caudillos o héroes de pueblos antiguos.
Entre los romanos fueron elevados a la categoría de los dioses Julio César y especialmente Augusto, creador del imperio.
Celso, en un ataque anticristiano, recuerda que “los antiguos mitos atribuyeron origen divino a Perseo, a Anfión, a Eaco y Minos”, y también “a los Dióscuros, a Hercles, a Asclepio y Dionisio, que fueron primero hombres”.
Pero en todos estos casos míticos, no fueron los hombres quienes se proclamaron dioses, sino que al cabo del tiempo sus descendientes o conciudadanos, los divinizaron por la grandeza de sus hazañas.
En las religiones primitivas mitologías
A Zeus no se le atribuye origen humano, aunque en la mitología tampoco ocupe el lugar más antiguo. También tenemos en las religiones primitivas, y aun en algunas tan poderosas en su imaginación creadora como el hiduismo politeísta de Brahama, Shiva y Visnú-Krishna, fenómenos naturales o misterios naturales elevados a la categoría de mitología.
Lo mismo podemos decir que sucede con la gran religión egipcia y el culto de Osiris-Isis, o en el Japón con Amaterasu. Ninguno de estos casos, sin embargo, adquiere el carácter histórico de hombres reales cuya historia sea conocida, y mucho menos presenta sus propias acciones y palabras.
En la historia de las religiones, ningún fundador se ha proclamado dios
Sus nombres son: Moisés (con Abraham) organizador de la religión del pueblo hebreo, que vivió en el siglo XIII aC. desde Egipto a Palestina aún no conquistada; en China en el siglo VI aC. vivieron Lao-Tsé y Kung-Fu-Tsé (Confucio) que dieron origen, a la religión filosófica del Tao el primero, y a la organización del Estado en forma moral y familiar el segundo; en la India, en el siglo VI-V aC. vivió el creador del budismo llamado Budha, cuyo nombre era Siddharta Gautama o Sakyamuni; en Persia en el siglo VI aC. (probablemente) el organizador religioso de la antigua religión de los persas Zoroastro (o Zarathustra). Estos cuatro son anteriores a Jesús de Nazaret en el tiempo, así cómo Moisés. Posteriores a Jesús en el tiempo hallamos otros dos hombres, cuya historia es conocida: uno de menor relieve, Mani en Persia en el siglo II dC., y el otro de enorme influjo hasta hoy, Muhammad-ibn-Abdallah o Mahoma, organizador de la religión del Islam seguida por los pueblos árabes.
Ninguno de ellos ha reclamado o pretendido ser considerado como un dios, aunque posteriormente a su vida y muerte, con el correr de los tiempos se haya dado culto por el pueblo a imágenes de algunos de ellos en los altares.
Jesús de Nazaret es el único hombre que se califica de Dios
Tenemos que proclamar que Jesús de Nazaret, cuya persona es enteramente histórica en cuanto a su existencia y al origen de la religión cristiana en el siglo I en la Judea, es el único hombre conocido en la historia a quien se atribuyen palabras propias que reclaman para sí el título divino.
Ninguno de estos grandes iniciadores religiosos que hemos mencionado, (ni otro hombre alguno sobre la tierra), ha pretendido reclamar para su persona títulos o cualidades divinas, y mucho menos la identificación con el Dios Absoluto, eterno, omnipotente, creador del universo. Esto en efecto nunca se ha dado fuera del caso de Jesús de Nazaret, según las palabras y hechos que los evangelios le atribuyen.
Moisés, es un celador rígido del Nombre único de Dios. Se pone de rodillas ante el gran misterio de Dios, y sabe que hay un abismo infinito entre Dios y la criatura, y así lo enseña a su pueblo, como mandato primero y máximo.
Los dos conductores religiosos del pueblo chino en su filosofía y su moral, nunca han podido pensar en tal cosa. Lao-Tsé estableció la profunda noción enigmática del “tao”, concepto metafísico que, en cierto modo, podría equipararse a la noción del absoluto divino impersonal. Es para él un ser inmóvil, vacío, único e inmutable, al que podría considerarse como la madre del mundo. Yo le llamo tao, por no saber su nombre... En cuanto a Confucio, ni siquiera entró como moralista filósofo en esta metafísica más profunda, contentándose con establecer en sus “Cuatro libros” clásicos una doctrina socio pragmática de la familia y del estado, con el fondo religioso tradicional de China, enseñando por medio de aforismos y breves narraciones una ética social y familiar apoyada en la noción religiosa anterior del pueblo chino. Es evidente que tampoco él ha pensado nunca en reclamar noción divina de ninguna clase para su persona.
Budha, partiendo de la doctrina hindú de las reencarnaciones, tras la célebre iluminación del árbol sagrado, predicó una ascesis difícil y exigente sobre los deseos y pasiones, para extinguir el dolor, causa de los males del hombre. Es dudosa su religiosidad respecto a los dioses del politeísmo hindú, y también lo es el saber si alcanzó la noción de un dios único, absoluto e inmóvil en su perfección.
Por lo que toca a Zarathustra en Persia, sus escritos se hallan formados por una serie de revelaciones recibidas por él de Ahura-Mazda, el dios de la luz; pero no se consideró a sí mismo como dios, sino como encargado de transmitir revelaciones divinas.
Esto mismo, y aun con mayor razón, hay que decirlo de Mahoma, después de Cristo, que es “el profeta de Alláh”, del Dios único y verdadero de Abraham.
Y así se alza la personalidad de Jesús de Nazaret como un enigma de la historia humana para cualquier mente reflexiva, pues como veremos él ha reclamado o pretendido el título de identidad e igualdad con el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, de tal modo que esta “pretensión” le llevó a la muerte. Conforme a las creencias monoteístas puras de la religión judía, en cuyas coordenadas se movía y que fue su ambiente histórico, es la afirmación de ser el Dios-único, Creador del mundo, Eterno, Legislador de los hombres y Juez de sus vidas. Tal afirmación de divinidad, no conocida en otro hombre alguno, es un desafío a la conciencia de los hombres. ¿Es verdadera tal afirmación?
Era de la raza del «pueblo de Dios», descendiente de Abraham, y estaba sellado él también con la circuncisión religiosa, como todos los varones de Israel (Lc 2, 21). Su religión, en la que se educó y vivió hasta los treinta años, como hombre además de profunda religiosidad, era exclusivamente mono¬teísta, a partir de Abraham, y quizás aun antes. Especialmente a partir de Moisés, y su revelación del Nombre divino con la exclusiva adoración de ese Dios único, como primero y principal mandato de la Ley, la religión judía se convierte en mandamiento supremo repetido diariamente en la Shemá.
Si Jesús afirma que es Dios tenemos así un enigma densamente oscuro. Y sin embargo, tal enigma se ha dado en la historia, y es el verdadero e irrenunciable fondo misterioso de la religión instaurada por Jesús de Nazaret, con la proclamación de la Trinidad de personas en su solo Dios, y la encarnación de Dios en un hombre justamente por una de sus personas. ¿Afirmó así Jesús su propia divinidad, a pesar de tan graves dificultades? Tal es, en realidad, el problema central de la historia humana y de la religión.
jueves, 10 de marzo de 2011
miércoles, 9 de marzo de 2011
El Mesías Jesús de Nazaret C.I Un tiempo de expectación
EL MESIAS JESUS DE NAZARET
A partir del segundo trimestre vamos a reflexionar sobre Jesús de Nazaret en los Evangelios y en particular siguiendo la reflexión del P. Igartua S.J. en el sentido de que dijo de sí mismo, no sólo dijeron que dijo, que era el Mesías y el Hijo de Dios. Es un caso único en la historia.
El P. Igartua S.J. aborda el tema de la divinidad de Jesucristo como problema central de la historia humana. Las palabras de Jesús, confirmadas con su muerte admirable, no son solamente palabras de sabiduría humana, son palabras de un Dios. Partiendo de tales palabras humanas y divinas, que han sido recogidas en los evangelios y en la tradición humana cristiana, deseamos alcanzar, con un método que desearíamos fiel y riguroso, la suprema verdad de quien se ha proclamado y es creído Dios y hombre verdadero. Hacer llegar al corazón de los nombres la convicción de que aquel que ha dicho tales palabras, afirmando que es Mesías y Dios, lo es verdaderamente, tal es el intento de este libro para el lector.
Creemos firmemente que El ha de volver. No pasó en vano sobre la tierra. Sentado a la derecha del Padre dirige la historia de la Iglesia y del mundo como rey de los ángeles y los hombres. Volverá para juzgar la historia y a cada uno de los humanos, los de la generación de Adán, que es la suya. Jesús de Nazaret, Mesías no sólo de Israel sino de todos los hombres, revelado y de nuevo por revelar, verdadero hombre y verdadero Dios, como le proclamamos en nuestra fe. El llama a nuestro corazón y al de nuestra generación tan frágil y trabajada. «Hombres, no temáis, abrid la puerta al Redentor», proclamó Juan Pablo II al inaugurar su dinámico pontificado entre los hombres.
La primera parte del libro trata sobre Jesús de Nazaret, Hombre en la historia y consta de tres capítulos: el primero, un tiempo de expectación, el segundo, un hombre llamado Jesús y el tercero, un caso singular en la historia.
PRIMERA PARTE: JESÚS DE NAZARET, HOMBRE EN LA HISTORIA
Capítulo I.- UN TIEMPO DE EXPECTACIÓN
Un tiempo de expectación
Resumen
1.- Un hombre que vendrá de Judea. No sólo en Israel, sino en todo el mundo se puede decir que existía esta expectación. Dos años ó tres más tarde de la proclamación de la gran paz romana, según los datos más verosímiles, nace en Belén Jesús de Nazaret, de María virgen, la esposa de José. Nace así el gran Pacificador en el momento de gloria de la paz humana. Ha llegado la llamada bíblicamente por Pablo plenitud de los tiempos: «Cuando vino la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4,4; Ef 1,10).
Esta plenitud de los tiempos llega en un gran momento histórico, un momento de expectación de plenitud. En los evangelios se hallan muestras indicadoras de la expectación del Mesías de Israel, difundida en el ambiente de algún modo. Pero tenemos testimonios del ambiente judío, y romano que muestran tal expectación como difundida «por el Oriente», en general, y en concreto indudablemente en Judea durante el tiempo que precede a la guerra judía de la destrucción de Jerusalén (años 66-70 dC),
2.- El oráculo de la Sibila en Roma
Tenemos tres testimonios romanos sobre el oráculo de la Sibila: Cicerón, Suetonio y Virgilio, los cuales son independientes entre sí, y se refieren a distinto año y persona. Cicerón se refiere a la pretensión de Lucio Cotta en el Senado en favor de Julio César; Suetonio se refiere a Augusto en su nacimiento, y Virgilio probablemente a Polión y su hijo. Pero en los tres autores hallamos el oráculo, calificado por Flavio Josefo de «ambiguo», atribuido a la Sibila (en Virgilio es la de Cumas).
Existía pues durante la mitad final del siglo I aC. en Roma una persuasión, que intentaban aprovechar la difusión popular del anuncio profético sibilino, la persuasión de que se avecinaba una nueva edad para Roma y el mundo, y de que iba a comenzar un tiempo nuevo, como un renacer del mundo, con presencia divina entre los hombres. Esta convicción o esperanza confirmaba desde Roma, la muy anterior esperanza mesiáni¬ca de Israel, que venía desde su padre Abraham en el siglo XIX aC., y vehementemente expresada por los grandes profetas de Israel en los siglos VIII-VI aC. (18)
3.- La expectación en Israel
Los evangelios nos muestran la expectación actualiza¬da del tiempo de la plenitud del Mesías en Israel. Los magos vienen buscando al anunciado rey de los judíos, y preguntan por él en Jerusalén (Mt 2,2). La Samaritana, y esto en la cismática Samaría, dice que, como va a venir pronto el Mesías, «cuando él venga nos lo explicará todo» (Jn 4.25). Los discípulos Andrés y Felipe, galileos, hablan por primera vez con Jesús, y reconocen en él al Mesías del que hablaron los profetas (Jn 1, 41.45). Aparece el Bautista predicando en el Jordán y las multitudes corren a él, y piensan que puede ser el Mesías, aun los mismos sacerdotes y escribas (Jn 1, 19-25). Los discípulos de Juan traen la pregunta sobre la identidad mesiánica de Jesús, enviados por su maestro desde la cárcel herodiana (Mt 11,3; Lc 7, 19). Las multitudes se conmueven ante Jesús, le siguen multitudinariamente, y piensan que es el rey de Israel, o sea su Mesías, (Me 3, 7-8; Mt 4, 23-25; Le 6, 17) y se preguntan concretamente si no es el Mesías esperado, y muchos lo dan por seguro (Jn 7, 26-27. 31. 41-43), y lo proclaman como el esperado rey de Israel (Jn 6, 14-15; Mt 21, 9-11; Me 11, 10; Lc 19, 38). Verdaderamente se puede decir que en el Oriente, y concretamente en Israel, estaba difundida la esperanza de una próxima llegada del Mesías.
En la profecía de Daniel se fija el tiempo de la llegada de las promesas divinas en setenta semanas de años a partir del decreto persa de restauración de la ciudad de Jerusalén y de su templo, dado por Ciro y renovado por Darío y Artajerjes. El tiempo estaba para llegar en el comienzo del siglo I, y los escribas no podían omitir la interpretación ya actual del tiempo fijado en la profecía. Por ello, es seguro que tal expectación «estaba difundida en Oriente» como han dicho Flavio Josefo, Tácito y Suetonio. Había llegado el tiempo largamente esperado de la plenitud.
4.- La expectación mesiánica en otras religiones
La expectación mesiánica de Israel tiene huellas en la literatura sibilina romana auténtica del siglo I antes de Cristo. Y nos dicen sus historiadores que «se hallaba difundida en el Oriente». Es la ocasión de recordar la célebre profecía bíblica de Balaam, que anuncia un rey de Israel para el futuro, cuyo signo real es una estrella, y que reina sobre sus enemigos a los que derrota y vence, se produce en un ambiente pagano, aunque él aparece como un profeta divino verdadero que da culto a Yahveh.
Y podemos preguntarnos: ¿existió también acaso en otras religio¬nes importantes algún vestigio de esta esperanza mesiánica, sea en los oráculos, sea en los libros sagrados de sus guías religiosos, una esperanza mesiánica de expectación de un hombre futuro santo? He aquí lo que parece que se puede responder.
El grande organizador de las costumbres del imperio Chino, Confucio o Kun'g-Fu-Tsé, en el segundo de sus cuatro libros clásicos ha dejado unas misteriosas palabras, que parece anuncian la llegada futura de un hombre santo excepcional. He aquí lo que dice en el capítulo XXXI:
«Cuando este hombre de excepcional santidad, cuyas cualida¬des son vastas y profundas como el Cielo, de a conocer sus innumerables virtudes y sus portentosas cualidades, ni un solo pueblo dejará de mostrarle veneración; cuando hable todos ten¬drán fe en sus palabras; su actuación proporcionará la felicidad a todos los hombres.
Según J. Schmidt (Orígenes de los mitos: cit. por A. Nicolás Jesucristo, Madrid 1875, Ia parte, c. IX, p. 67) un emperador de China, Ming-Ti, envió una embajada expresa «para reconocer al Santo que debía aparecer en Occidente, según antiguas tradiciones».
También dice el Talmud Babilónico (Santsed, c. II) que «en aquella época acudió a Jerusalén, para ver al Salvador del mundo, un gran número de gentiles»
También se ha señalado que esta esperanza de un hombre futuro extraordinario se halla en la esperanza de otras diversas creencias en formas diversas. Es muy notable, en este aspecto, el mito de Prometeo en el primer gran trágico griego Esquilo.
Del mismo modo otros autores han señalado que en otras varias religiones, además de las antes citadas, parece haber existido la esperanza o el anhelo de la venida de Dios sobre la tierra, en forma semejante al menos a una esperanza mesiánica.
Entonces podemos hacernos quizás una pregunta. Puede ser este anhelo general un lejano retoño permanente de la esperanza comunicada al primer hombre en el Paraíso, según el relato bíblico de que un día vendría en la historia un hombre extraordinario, hijo de la mujer, que vencería al enemigo primera del mundo, la esperanza de un Salvador hombre (Hijo de Mujer) enviado por el mismo Dios, esta esperanza debió conservarse, aunque fuese modificada por los errores de la mitología, en los hombres de toda la raza humana de Adán, por ser tan grande e importante el anuncio. Y los hechos señalados parecen confirmar que de diversos modos los vestigios de esta primera esperanza de «un Mesías», un vencedor del mal, se han conservado en las distintas tradiciones humanas. Aunque la idea pura y sin error solamente se haya transmitido a través de la esperanza de Israel, pueblo de Dios, que sin embargo tampoco pudo o supo comprender la realidad de tal Mesías, a pesar de las voces proféticas que jalonaron su camino.
El libro consta de:
Prólogo
Primera parte: Jesús de Nazaret, Hombre en la historia
Segunda parte: El Mesías de Israel
Tercera parte: El Hijo de Dios
Cuarta parte: Realidad de las afirmaciones de Jesús
Quinta parte: Identidad y conciencia de Jesús de Nazaret
Epilogo: Una apologética por la historia
A partir del segundo trimestre vamos a reflexionar sobre Jesús de Nazaret en los Evangelios y en particular siguiendo la reflexión del P. Igartua S.J. en el sentido de que dijo de sí mismo, no sólo dijeron que dijo, que era el Mesías y el Hijo de Dios. Es un caso único en la historia.
El P. Igartua S.J. aborda el tema de la divinidad de Jesucristo como problema central de la historia humana. Las palabras de Jesús, confirmadas con su muerte admirable, no son solamente palabras de sabiduría humana, son palabras de un Dios. Partiendo de tales palabras humanas y divinas, que han sido recogidas en los evangelios y en la tradición humana cristiana, deseamos alcanzar, con un método que desearíamos fiel y riguroso, la suprema verdad de quien se ha proclamado y es creído Dios y hombre verdadero. Hacer llegar al corazón de los nombres la convicción de que aquel que ha dicho tales palabras, afirmando que es Mesías y Dios, lo es verdaderamente, tal es el intento de este libro para el lector.
Creemos firmemente que El ha de volver. No pasó en vano sobre la tierra. Sentado a la derecha del Padre dirige la historia de la Iglesia y del mundo como rey de los ángeles y los hombres. Volverá para juzgar la historia y a cada uno de los humanos, los de la generación de Adán, que es la suya. Jesús de Nazaret, Mesías no sólo de Israel sino de todos los hombres, revelado y de nuevo por revelar, verdadero hombre y verdadero Dios, como le proclamamos en nuestra fe. El llama a nuestro corazón y al de nuestra generación tan frágil y trabajada. «Hombres, no temáis, abrid la puerta al Redentor», proclamó Juan Pablo II al inaugurar su dinámico pontificado entre los hombres.
La primera parte del libro trata sobre Jesús de Nazaret, Hombre en la historia y consta de tres capítulos: el primero, un tiempo de expectación, el segundo, un hombre llamado Jesús y el tercero, un caso singular en la historia.
PRIMERA PARTE: JESÚS DE NAZARET, HOMBRE EN LA HISTORIA
Capítulo I.- UN TIEMPO DE EXPECTACIÓN
Un tiempo de expectación
Resumen
1.- Un hombre que vendrá de Judea. No sólo en Israel, sino en todo el mundo se puede decir que existía esta expectación. Dos años ó tres más tarde de la proclamación de la gran paz romana, según los datos más verosímiles, nace en Belén Jesús de Nazaret, de María virgen, la esposa de José. Nace así el gran Pacificador en el momento de gloria de la paz humana. Ha llegado la llamada bíblicamente por Pablo plenitud de los tiempos: «Cuando vino la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4,4; Ef 1,10).
Esta plenitud de los tiempos llega en un gran momento histórico, un momento de expectación de plenitud. En los evangelios se hallan muestras indicadoras de la expectación del Mesías de Israel, difundida en el ambiente de algún modo. Pero tenemos testimonios del ambiente judío, y romano que muestran tal expectación como difundida «por el Oriente», en general, y en concreto indudablemente en Judea durante el tiempo que precede a la guerra judía de la destrucción de Jerusalén (años 66-70 dC),
2.- El oráculo de la Sibila en Roma
Tenemos tres testimonios romanos sobre el oráculo de la Sibila: Cicerón, Suetonio y Virgilio, los cuales son independientes entre sí, y se refieren a distinto año y persona. Cicerón se refiere a la pretensión de Lucio Cotta en el Senado en favor de Julio César; Suetonio se refiere a Augusto en su nacimiento, y Virgilio probablemente a Polión y su hijo. Pero en los tres autores hallamos el oráculo, calificado por Flavio Josefo de «ambiguo», atribuido a la Sibila (en Virgilio es la de Cumas).
Existía pues durante la mitad final del siglo I aC. en Roma una persuasión, que intentaban aprovechar la difusión popular del anuncio profético sibilino, la persuasión de que se avecinaba una nueva edad para Roma y el mundo, y de que iba a comenzar un tiempo nuevo, como un renacer del mundo, con presencia divina entre los hombres. Esta convicción o esperanza confirmaba desde Roma, la muy anterior esperanza mesiáni¬ca de Israel, que venía desde su padre Abraham en el siglo XIX aC., y vehementemente expresada por los grandes profetas de Israel en los siglos VIII-VI aC. (18)
3.- La expectación en Israel
Los evangelios nos muestran la expectación actualiza¬da del tiempo de la plenitud del Mesías en Israel. Los magos vienen buscando al anunciado rey de los judíos, y preguntan por él en Jerusalén (Mt 2,2). La Samaritana, y esto en la cismática Samaría, dice que, como va a venir pronto el Mesías, «cuando él venga nos lo explicará todo» (Jn 4.25). Los discípulos Andrés y Felipe, galileos, hablan por primera vez con Jesús, y reconocen en él al Mesías del que hablaron los profetas (Jn 1, 41.45). Aparece el Bautista predicando en el Jordán y las multitudes corren a él, y piensan que puede ser el Mesías, aun los mismos sacerdotes y escribas (Jn 1, 19-25). Los discípulos de Juan traen la pregunta sobre la identidad mesiánica de Jesús, enviados por su maestro desde la cárcel herodiana (Mt 11,3; Lc 7, 19). Las multitudes se conmueven ante Jesús, le siguen multitudinariamente, y piensan que es el rey de Israel, o sea su Mesías, (Me 3, 7-8; Mt 4, 23-25; Le 6, 17) y se preguntan concretamente si no es el Mesías esperado, y muchos lo dan por seguro (Jn 7, 26-27. 31. 41-43), y lo proclaman como el esperado rey de Israel (Jn 6, 14-15; Mt 21, 9-11; Me 11, 10; Lc 19, 38). Verdaderamente se puede decir que en el Oriente, y concretamente en Israel, estaba difundida la esperanza de una próxima llegada del Mesías.
En la profecía de Daniel se fija el tiempo de la llegada de las promesas divinas en setenta semanas de años a partir del decreto persa de restauración de la ciudad de Jerusalén y de su templo, dado por Ciro y renovado por Darío y Artajerjes. El tiempo estaba para llegar en el comienzo del siglo I, y los escribas no podían omitir la interpretación ya actual del tiempo fijado en la profecía. Por ello, es seguro que tal expectación «estaba difundida en Oriente» como han dicho Flavio Josefo, Tácito y Suetonio. Había llegado el tiempo largamente esperado de la plenitud.
4.- La expectación mesiánica en otras religiones
La expectación mesiánica de Israel tiene huellas en la literatura sibilina romana auténtica del siglo I antes de Cristo. Y nos dicen sus historiadores que «se hallaba difundida en el Oriente». Es la ocasión de recordar la célebre profecía bíblica de Balaam, que anuncia un rey de Israel para el futuro, cuyo signo real es una estrella, y que reina sobre sus enemigos a los que derrota y vence, se produce en un ambiente pagano, aunque él aparece como un profeta divino verdadero que da culto a Yahveh.
Y podemos preguntarnos: ¿existió también acaso en otras religio¬nes importantes algún vestigio de esta esperanza mesiánica, sea en los oráculos, sea en los libros sagrados de sus guías religiosos, una esperanza mesiánica de expectación de un hombre futuro santo? He aquí lo que parece que se puede responder.
El grande organizador de las costumbres del imperio Chino, Confucio o Kun'g-Fu-Tsé, en el segundo de sus cuatro libros clásicos ha dejado unas misteriosas palabras, que parece anuncian la llegada futura de un hombre santo excepcional. He aquí lo que dice en el capítulo XXXI:
«Cuando este hombre de excepcional santidad, cuyas cualida¬des son vastas y profundas como el Cielo, de a conocer sus innumerables virtudes y sus portentosas cualidades, ni un solo pueblo dejará de mostrarle veneración; cuando hable todos ten¬drán fe en sus palabras; su actuación proporcionará la felicidad a todos los hombres.
Según J. Schmidt (Orígenes de los mitos: cit. por A. Nicolás Jesucristo, Madrid 1875, Ia parte, c. IX, p. 67) un emperador de China, Ming-Ti, envió una embajada expresa «para reconocer al Santo que debía aparecer en Occidente, según antiguas tradiciones».
También dice el Talmud Babilónico (Santsed, c. II) que «en aquella época acudió a Jerusalén, para ver al Salvador del mundo, un gran número de gentiles»
También se ha señalado que esta esperanza de un hombre futuro extraordinario se halla en la esperanza de otras diversas creencias en formas diversas. Es muy notable, en este aspecto, el mito de Prometeo en el primer gran trágico griego Esquilo.
Del mismo modo otros autores han señalado que en otras varias religiones, además de las antes citadas, parece haber existido la esperanza o el anhelo de la venida de Dios sobre la tierra, en forma semejante al menos a una esperanza mesiánica.
Entonces podemos hacernos quizás una pregunta. Puede ser este anhelo general un lejano retoño permanente de la esperanza comunicada al primer hombre en el Paraíso, según el relato bíblico de que un día vendría en la historia un hombre extraordinario, hijo de la mujer, que vencería al enemigo primera del mundo, la esperanza de un Salvador hombre (Hijo de Mujer) enviado por el mismo Dios, esta esperanza debió conservarse, aunque fuese modificada por los errores de la mitología, en los hombres de toda la raza humana de Adán, por ser tan grande e importante el anuncio. Y los hechos señalados parecen confirmar que de diversos modos los vestigios de esta primera esperanza de «un Mesías», un vencedor del mal, se han conservado en las distintas tradiciones humanas. Aunque la idea pura y sin error solamente se haya transmitido a través de la esperanza de Israel, pueblo de Dios, que sin embargo tampoco pudo o supo comprender la realidad de tal Mesías, a pesar de las voces proféticas que jalonaron su camino.
El libro consta de:
Prólogo
Primera parte: Jesús de Nazaret, Hombre en la historia
Segunda parte: El Mesías de Israel
Tercera parte: El Hijo de Dios
Cuarta parte: Realidad de las afirmaciones de Jesús
Quinta parte: Identidad y conciencia de Jesús de Nazaret
Epilogo: Una apologética por la historia
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