sábado, 9 de abril de 2011
viernes, 18 de marzo de 2011
El Mesías Jesús de Nazaret. Un hombre llamado Jesús, caso singular en la historia
Un hombre llamado Jesús, caso singular en la historia
En los capítulos II y III el P. Igartua S.J. trata sobre la existencia en la historia de un hombre llamado Jesús de Nazaret y que se trata de un caso singular en la historia.
Capítulo II: Un hombre llamado Jesús de Nazaret
En relación con el hombre llamado Jesús de Nazaret, examina dos cuestiones: 1.- Jesús de Nazaret, hombre histórico y 2.- Descendiente de Adán.
1.- Jesús de Nazaret, hombre histórico
Para poner de manifiesto la historicidad de la existencia de Jesús de Nazaret, el P. Igartua S.J. hace una exposición de testimonios de diferente procedencia:
a) Los escritos los escritos redactados a poca distancia de su muerte que se encuentran en el Nuevo Testamento: los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas de San Pablo y del resto de Apóstoles. En todos ellos hay numerosas referencias a Jesús de Nazaret, sin que se pueda poner en duda la existencia histórica de dicha persona.
b) Los escritos cristianos de otros autores continuadores de la tradición cristiana de Jesús. Tales son los escritos no canónicos, pero ciertos, del fin del siglo I y del II, como son los escritos de los llamados PP. Apostólicos: Didaché, Clemente, Ignacio, Policarpo... o los escritos de los Apologetas cristianos del siglo III: Justino, Atenágoras. Taciano.... Y seguiría la ingente colección tradicional de los Santos Padres y Doctores de los siglos III, IV y V y siguientes. Todos ellos no tendrían explicación posible si Jesús de Nazaret no hubiera existido realmente, si no hubiera nacido y muerto.
c) Los escritos llamados «apócrifos cristianos». Tratan de engrandecer a Jesús con leyendas, y no fueron admitidos por la comunidad o iglesia cristiana como válidos. Pero son un testimonio indirecto de la existencia de Jesús.
d) Los documentos apócrifos hetero¬doxos, y los gnósticos. Son narraciones críticamente inaceptables, pero todos ellos muestran la convicción de la existencia de un hombre llamado Jesús de Nazaret que padeció bajo Poncio Pilato.
e) Importantes documentos de origen judío. Tanto en el Talmud como en el llamado Toledoth Ieschua (generaciones de Jesús), hay muchos comentarios injuriosos para Jesús de Nazaret, en especial en el último, dedicado a ello. A ninguno, sin embargo, se le ha podido ocurrir que Jesús no existiese.
f) Las dos obras ya extrabíblicas de la historia judía, escritas por Flavio Josefo (37-102). «De la guerra judía» y las «Antgüedades judías». El primer fragmento es sobre Juan Bautista y su popular aparición de predicador-profeta en el Jordán, en los mismos años de la vida pública de Jesús. El testimonio más famoso de Josefo sobre Jesús, con su propio nombre, es el llamado generalmente «testimonio flaviano»
g) Testimonios de historiadores romanos. Cornelio Tácito el historiador romano, quien en sus Anuales, escritos al fin del siglo I, nos deja una consignación casi notarial sobre la muerte de Cristo, al hablar del incendio de Roma en tiempo de Nerón, y de su persecución contra los cristianos.
h) El testimonio de un filósofo sirio llamado Mará, quien en carta a su hijo Serapión escrita entre los años 73-160, es decir, o a fines del siglo I o en la primera mitad del siglo II, parangona tres grandes figuras de sabios Sócrates, Pitágoras y un misterioso «Rey Sabio de los Judíos», que no puede ser otro que Jesús de Nazaret.
Demos fin a este recorrido por los testimonios ya cristianos (canónicos o extracanónicos), ya judíos, ya paganos, de cuyo resultado aparece la real existencia del hombre, llamado en los evangelios Jesús de Nazaret, cuya noticia copiosa nos han dejado los cuatro evangelios canónicos.
En este capítulo sólo hemos querido mostrar la realidad de su existencia humana: nacido de mujer (Gal 4, 4) en Belén de Judá, cerca de Jerusalén, muerto en el suplicio de la cruz en la ciudad de Jerusalén, bajo Poncio Pilato. Este hombre es una plena realidad histórica humana.
2.- Jesús, hijo de Adán
La unicidad de este padre común de toda la especie humana actual innumerable, que ha cubierto el planeta en el transcurso de milenios, parece pertenecer al dogma católico por razón del único pecado original de un hombre, el cual ciertamente pertenece al dogma básico de la redención. No se ve, en efecto, cómo podría conjugarse la pluralidad efectiva de padres con el dogma de la transmisión posterior absolutamente universal del pecado original.
La primera mujer Eva, es la esposa primigenia de Adán, y según este dato única. «Al principio no fue así», dirá Jesús, alegando a "Ádán y Eva como hecho real de origen, contra la pluralidad divorcista de la ley mosaica (Mt 19, 8) y ella es denominada con este nombre Eva por el autor sagrado para indicar que es «la madre de todos los vivientes» (Gen 3, 20)
Ahora bien, lo que aquí interesa particularmente es situar en esta línea de generación de Adán a Jesús de Nazaret, para que sea verdadero hombre. Es hombre, y por lo mismo debe descender de Adán por línea de generación humana. De lo contrario no es hombre verdadero, de nuestra especie. Esta es sin duda la intención del evangelista Lucas cuando traza la línea genealógica de Jesús de Nazaret en su evangelio, del hijo de María, haciéndola llagar hasta Adán, “que fue hijo de Dios”, quien le dio el ser por creación (Lc 3, 38).
El evangelio de Mateo toma su comienzo simplemente desde Abraham, como padre del pueblo elegido, y prosigue en la línea descendente hasta Jesús. En cambio, el evangelio de Lucas, tras los relatos de la infancia, y tras la presentación, cronológicamente situada con exactitud histórica, del Bautista en su predicación a orilla del Jordán, “en el año quince del emperador Tiberio” (Lc 3, 1), antes de pasar a referir los hechos y dichos de Jesús, a quien aquel también ha bautizado, ofrece su genealogía, pero en orden inverso a la de Mateo. Comienza por el mismo Jesús y va ascendiendo hasta llegar también a Abraham. Pero al llegar a éste no se detiene, sino que prosigue aún largamente hacia arriba en los tiempos pretéritos hasta llegar a Adán. Ha quedado así entroncado Jesús de Nazaret con Adán, el primer hombre, en línea directa, con el vértice común da toda la humanidad conforme al relato bíblico. Ello significa obviamente que posee una naturaleza verdaderamente humana en su especie, con cuerpo humano y alma espiritual, y con todo lo que estos dos simples datos encierran en su riqueza natural. Es “hombre perfecto”, es decir, plenamente tal, como expresa la fórmula del símbolo atanasiano. Posee un cuerpo humano completo y un alma racional idéntica en naturaleza a la nuestra. Por eso, es verdadero hombre.
Tiene sentidos externos y sentidos internos. Tiene un alma espiritual. Según la doctrina católica, cada alma humana, desde la de Adán hasta la del último ser humano, aunque sea hijo de probeta es creación directa de Dios, y no es posible que sea sacada de la materia como de forma bruta suya anterior. Esta alma es espiritual e inmortal. No sale, ni puede salir en absoluto, de las fuerzas de la materia, físicas o químicas. Pero el alma humana y según la misma fe puede vivir este espíritu también fuera del organismo humano, cuando éste desfallezca en la organización de su materia que reusulta mortal. El alma es inmortal.
El alma de Jesús tiene sus potencias o capacidades espirituales de acción, además de las de vivificar el organismo físico humano. Entendimiento, memoria de grabación cerebral con impresión de los recuerdos sensoriales y figurativos, memoria de grabación espiritual con recuerdo de pensamientos y de lo que escapa al espacio y al tiempo, y la voluntad con el amor. Capaz de conocimiento, sensorial y también espiritual de las esencias eidéticas y de la admirable experiencia de la existencia incorporada y del propio yo. Capaz de un querer firme y decidido, y de un amor personal de entrega y sacrificio, convirtiendo al hombre activo en palanca poderosa de la historia y de la actividad creadora, a que el hombre entero concurre. Conservando en el tesoro de la memoria, que es tan necesario al hombre que sin él nada seríamos, el inmenso archivo de sus propias experiencias, y de las transmitidas por otros, memoria siempre dócil a la orden imperati¬va de la voluntad en el mecanismo del recuerdo.
Hombre verdadero, capaz por ello de las grandezas y limitaciones propias de la naturaleza humana. Aparece así en los evangelios, con altísima y sublime doctrina y elocuente palabra «como ningún otro hombre» (Jn 7,46). Y juntamente sujeto al hambre, al sueño, al dolor, a la tristeza, a la fatiga y la sed, a la alegría, a la ira, a la amistad... como se ve en el ayuno del desierto, en la barca a pesar de la tormenta, en la cruz, en el huerto de Getsemaní, en el pozo de Jacob, en el Templo de Jerusalén, en la intimidad de sus apóstoles.
Tal es Jesús de Nazaret, hijo de Adán. Pero en él este nombre significa también algo muy distinto de lo común de los hombres. Pues a la vez que la filiación de Adán es el sello nuestro de una profunda igualdad natural, significa en nosotros católicamente herencia de pecado original. Pero en Jesús, en este aspecto, significa, por modo contrario, redención.
Capítulo III: Un caso singular en la historia
Jesús de Nazaret, cuyo origen humano hemos mostrado, y que es hombre entre los hombres, ofrece, sin embargo, la singularidad entre ellos de reivindicar para sí el carácter divino en plenitud.
Objeto del capítulo
En el capítulo presente solamente queremos decir que se le atribuye esta proclamación de su propia identidad, dejando para más adelante el estudio de comprobación de la verdad de tal atribución de afirmaciones, así como más todavía, el resultado de verdad de las mismas, que conduciría a su identificación como Dios.
En el politeísmo, no se proclamaron dioses los hombres
En las religiones de politeísmo mitológico existen narraciones de “apariciones” de un dios en forma humana: tales son por ejemplo las historias mitológicas de Zeus. Muchas veces seguramente los dioses mitológicos y sus hazañas pudieron provenir de la veneración creada en el recuerdo por hombres de extraordinario valer humano, caudillos o héroes de pueblos antiguos.
Entre los romanos fueron elevados a la categoría de los dioses Julio César y especialmente Augusto, creador del imperio.
Celso, en un ataque anticristiano, recuerda que “los antiguos mitos atribuyeron origen divino a Perseo, a Anfión, a Eaco y Minos”, y también “a los Dióscuros, a Hercles, a Asclepio y Dionisio, que fueron primero hombres”.
Pero en todos estos casos míticos, no fueron los hombres quienes se proclamaron dioses, sino que al cabo del tiempo sus descendientes o conciudadanos, los divinizaron por la grandeza de sus hazañas.
En las religiones primitivas mitologías
A Zeus no se le atribuye origen humano, aunque en la mitología tampoco ocupe el lugar más antiguo. También tenemos en las religiones primitivas, y aun en algunas tan poderosas en su imaginación creadora como el hiduismo politeísta de Brahama, Shiva y Visnú-Krishna, fenómenos naturales o misterios naturales elevados a la categoría de mitología.
Lo mismo podemos decir que sucede con la gran religión egipcia y el culto de Osiris-Isis, o en el Japón con Amaterasu. Ninguno de estos casos, sin embargo, adquiere el carácter histórico de hombres reales cuya historia sea conocida, y mucho menos presenta sus propias acciones y palabras.
En la historia de las religiones, ningún fundador se ha proclamado dios
Sus nombres son: Moisés (con Abraham) organizador de la religión del pueblo hebreo, que vivió en el siglo XIII aC. desde Egipto a Palestina aún no conquistada; en China en el siglo VI aC. vivieron Lao-Tsé y Kung-Fu-Tsé (Confucio) que dieron origen, a la religión filosófica del Tao el primero, y a la organización del Estado en forma moral y familiar el segundo; en la India, en el siglo VI-V aC. vivió el creador del budismo llamado Budha, cuyo nombre era Siddharta Gautama o Sakyamuni; en Persia en el siglo VI aC. (probablemente) el organizador religioso de la antigua religión de los persas Zoroastro (o Zarathustra). Estos cuatro son anteriores a Jesús de Nazaret en el tiempo, así cómo Moisés. Posteriores a Jesús en el tiempo hallamos otros dos hombres, cuya historia es conocida: uno de menor relieve, Mani en Persia en el siglo II dC., y el otro de enorme influjo hasta hoy, Muhammad-ibn-Abdallah o Mahoma, organizador de la religión del Islam seguida por los pueblos árabes.
Ninguno de ellos ha reclamado o pretendido ser considerado como un dios, aunque posteriormente a su vida y muerte, con el correr de los tiempos se haya dado culto por el pueblo a imágenes de algunos de ellos en los altares.
Jesús de Nazaret es el único hombre que se califica de Dios
Tenemos que proclamar que Jesús de Nazaret, cuya persona es enteramente histórica en cuanto a su existencia y al origen de la religión cristiana en el siglo I en la Judea, es el único hombre conocido en la historia a quien se atribuyen palabras propias que reclaman para sí el título divino.
Ninguno de estos grandes iniciadores religiosos que hemos mencionado, (ni otro hombre alguno sobre la tierra), ha pretendido reclamar para su persona títulos o cualidades divinas, y mucho menos la identificación con el Dios Absoluto, eterno, omnipotente, creador del universo. Esto en efecto nunca se ha dado fuera del caso de Jesús de Nazaret, según las palabras y hechos que los evangelios le atribuyen.
Moisés, es un celador rígido del Nombre único de Dios. Se pone de rodillas ante el gran misterio de Dios, y sabe que hay un abismo infinito entre Dios y la criatura, y así lo enseña a su pueblo, como mandato primero y máximo.
Los dos conductores religiosos del pueblo chino en su filosofía y su moral, nunca han podido pensar en tal cosa. Lao-Tsé estableció la profunda noción enigmática del “tao”, concepto metafísico que, en cierto modo, podría equipararse a la noción del absoluto divino impersonal. Es para él un ser inmóvil, vacío, único e inmutable, al que podría considerarse como la madre del mundo. Yo le llamo tao, por no saber su nombre... En cuanto a Confucio, ni siquiera entró como moralista filósofo en esta metafísica más profunda, contentándose con establecer en sus “Cuatro libros” clásicos una doctrina socio pragmática de la familia y del estado, con el fondo religioso tradicional de China, enseñando por medio de aforismos y breves narraciones una ética social y familiar apoyada en la noción religiosa anterior del pueblo chino. Es evidente que tampoco él ha pensado nunca en reclamar noción divina de ninguna clase para su persona.
Budha, partiendo de la doctrina hindú de las reencarnaciones, tras la célebre iluminación del árbol sagrado, predicó una ascesis difícil y exigente sobre los deseos y pasiones, para extinguir el dolor, causa de los males del hombre. Es dudosa su religiosidad respecto a los dioses del politeísmo hindú, y también lo es el saber si alcanzó la noción de un dios único, absoluto e inmóvil en su perfección.
Por lo que toca a Zarathustra en Persia, sus escritos se hallan formados por una serie de revelaciones recibidas por él de Ahura-Mazda, el dios de la luz; pero no se consideró a sí mismo como dios, sino como encargado de transmitir revelaciones divinas.
Esto mismo, y aun con mayor razón, hay que decirlo de Mahoma, después de Cristo, que es “el profeta de Alláh”, del Dios único y verdadero de Abraham.
Y así se alza la personalidad de Jesús de Nazaret como un enigma de la historia humana para cualquier mente reflexiva, pues como veremos él ha reclamado o pretendido el título de identidad e igualdad con el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, de tal modo que esta “pretensión” le llevó a la muerte. Conforme a las creencias monoteístas puras de la religión judía, en cuyas coordenadas se movía y que fue su ambiente histórico, es la afirmación de ser el Dios-único, Creador del mundo, Eterno, Legislador de los hombres y Juez de sus vidas. Tal afirmación de divinidad, no conocida en otro hombre alguno, es un desafío a la conciencia de los hombres. ¿Es verdadera tal afirmación?
Era de la raza del «pueblo de Dios», descendiente de Abraham, y estaba sellado él también con la circuncisión religiosa, como todos los varones de Israel (Lc 2, 21). Su religión, en la que se educó y vivió hasta los treinta años, como hombre además de profunda religiosidad, era exclusivamente mono¬teísta, a partir de Abraham, y quizás aun antes. Especialmente a partir de Moisés, y su revelación del Nombre divino con la exclusiva adoración de ese Dios único, como primero y principal mandato de la Ley, la religión judía se convierte en mandamiento supremo repetido diariamente en la Shemá.
Si Jesús afirma que es Dios tenemos así un enigma densamente oscuro. Y sin embargo, tal enigma se ha dado en la historia, y es el verdadero e irrenunciable fondo misterioso de la religión instaurada por Jesús de Nazaret, con la proclamación de la Trinidad de personas en su solo Dios, y la encarnación de Dios en un hombre justamente por una de sus personas. ¿Afirmó así Jesús su propia divinidad, a pesar de tan graves dificultades? Tal es, en realidad, el problema central de la historia humana y de la religión.
En los capítulos II y III el P. Igartua S.J. trata sobre la existencia en la historia de un hombre llamado Jesús de Nazaret y que se trata de un caso singular en la historia.
Capítulo II: Un hombre llamado Jesús de Nazaret
En relación con el hombre llamado Jesús de Nazaret, examina dos cuestiones: 1.- Jesús de Nazaret, hombre histórico y 2.- Descendiente de Adán.
1.- Jesús de Nazaret, hombre histórico
Para poner de manifiesto la historicidad de la existencia de Jesús de Nazaret, el P. Igartua S.J. hace una exposición de testimonios de diferente procedencia:
a) Los escritos los escritos redactados a poca distancia de su muerte que se encuentran en el Nuevo Testamento: los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas de San Pablo y del resto de Apóstoles. En todos ellos hay numerosas referencias a Jesús de Nazaret, sin que se pueda poner en duda la existencia histórica de dicha persona.
b) Los escritos cristianos de otros autores continuadores de la tradición cristiana de Jesús. Tales son los escritos no canónicos, pero ciertos, del fin del siglo I y del II, como son los escritos de los llamados PP. Apostólicos: Didaché, Clemente, Ignacio, Policarpo... o los escritos de los Apologetas cristianos del siglo III: Justino, Atenágoras. Taciano.... Y seguiría la ingente colección tradicional de los Santos Padres y Doctores de los siglos III, IV y V y siguientes. Todos ellos no tendrían explicación posible si Jesús de Nazaret no hubiera existido realmente, si no hubiera nacido y muerto.
c) Los escritos llamados «apócrifos cristianos». Tratan de engrandecer a Jesús con leyendas, y no fueron admitidos por la comunidad o iglesia cristiana como válidos. Pero son un testimonio indirecto de la existencia de Jesús.
d) Los documentos apócrifos hetero¬doxos, y los gnósticos. Son narraciones críticamente inaceptables, pero todos ellos muestran la convicción de la existencia de un hombre llamado Jesús de Nazaret que padeció bajo Poncio Pilato.
e) Importantes documentos de origen judío. Tanto en el Talmud como en el llamado Toledoth Ieschua (generaciones de Jesús), hay muchos comentarios injuriosos para Jesús de Nazaret, en especial en el último, dedicado a ello. A ninguno, sin embargo, se le ha podido ocurrir que Jesús no existiese.
f) Las dos obras ya extrabíblicas de la historia judía, escritas por Flavio Josefo (37-102). «De la guerra judía» y las «Antgüedades judías». El primer fragmento es sobre Juan Bautista y su popular aparición de predicador-profeta en el Jordán, en los mismos años de la vida pública de Jesús. El testimonio más famoso de Josefo sobre Jesús, con su propio nombre, es el llamado generalmente «testimonio flaviano»
g) Testimonios de historiadores romanos. Cornelio Tácito el historiador romano, quien en sus Anuales, escritos al fin del siglo I, nos deja una consignación casi notarial sobre la muerte de Cristo, al hablar del incendio de Roma en tiempo de Nerón, y de su persecución contra los cristianos.
h) El testimonio de un filósofo sirio llamado Mará, quien en carta a su hijo Serapión escrita entre los años 73-160, es decir, o a fines del siglo I o en la primera mitad del siglo II, parangona tres grandes figuras de sabios Sócrates, Pitágoras y un misterioso «Rey Sabio de los Judíos», que no puede ser otro que Jesús de Nazaret.
Demos fin a este recorrido por los testimonios ya cristianos (canónicos o extracanónicos), ya judíos, ya paganos, de cuyo resultado aparece la real existencia del hombre, llamado en los evangelios Jesús de Nazaret, cuya noticia copiosa nos han dejado los cuatro evangelios canónicos.
En este capítulo sólo hemos querido mostrar la realidad de su existencia humana: nacido de mujer (Gal 4, 4) en Belén de Judá, cerca de Jerusalén, muerto en el suplicio de la cruz en la ciudad de Jerusalén, bajo Poncio Pilato. Este hombre es una plena realidad histórica humana.
2.- Jesús, hijo de Adán
La unicidad de este padre común de toda la especie humana actual innumerable, que ha cubierto el planeta en el transcurso de milenios, parece pertenecer al dogma católico por razón del único pecado original de un hombre, el cual ciertamente pertenece al dogma básico de la redención. No se ve, en efecto, cómo podría conjugarse la pluralidad efectiva de padres con el dogma de la transmisión posterior absolutamente universal del pecado original.
La primera mujer Eva, es la esposa primigenia de Adán, y según este dato única. «Al principio no fue así», dirá Jesús, alegando a "Ádán y Eva como hecho real de origen, contra la pluralidad divorcista de la ley mosaica (Mt 19, 8) y ella es denominada con este nombre Eva por el autor sagrado para indicar que es «la madre de todos los vivientes» (Gen 3, 20)
Ahora bien, lo que aquí interesa particularmente es situar en esta línea de generación de Adán a Jesús de Nazaret, para que sea verdadero hombre. Es hombre, y por lo mismo debe descender de Adán por línea de generación humana. De lo contrario no es hombre verdadero, de nuestra especie. Esta es sin duda la intención del evangelista Lucas cuando traza la línea genealógica de Jesús de Nazaret en su evangelio, del hijo de María, haciéndola llagar hasta Adán, “que fue hijo de Dios”, quien le dio el ser por creación (Lc 3, 38).
El evangelio de Mateo toma su comienzo simplemente desde Abraham, como padre del pueblo elegido, y prosigue en la línea descendente hasta Jesús. En cambio, el evangelio de Lucas, tras los relatos de la infancia, y tras la presentación, cronológicamente situada con exactitud histórica, del Bautista en su predicación a orilla del Jordán, “en el año quince del emperador Tiberio” (Lc 3, 1), antes de pasar a referir los hechos y dichos de Jesús, a quien aquel también ha bautizado, ofrece su genealogía, pero en orden inverso a la de Mateo. Comienza por el mismo Jesús y va ascendiendo hasta llegar también a Abraham. Pero al llegar a éste no se detiene, sino que prosigue aún largamente hacia arriba en los tiempos pretéritos hasta llegar a Adán. Ha quedado así entroncado Jesús de Nazaret con Adán, el primer hombre, en línea directa, con el vértice común da toda la humanidad conforme al relato bíblico. Ello significa obviamente que posee una naturaleza verdaderamente humana en su especie, con cuerpo humano y alma espiritual, y con todo lo que estos dos simples datos encierran en su riqueza natural. Es “hombre perfecto”, es decir, plenamente tal, como expresa la fórmula del símbolo atanasiano. Posee un cuerpo humano completo y un alma racional idéntica en naturaleza a la nuestra. Por eso, es verdadero hombre.
Tiene sentidos externos y sentidos internos. Tiene un alma espiritual. Según la doctrina católica, cada alma humana, desde la de Adán hasta la del último ser humano, aunque sea hijo de probeta es creación directa de Dios, y no es posible que sea sacada de la materia como de forma bruta suya anterior. Esta alma es espiritual e inmortal. No sale, ni puede salir en absoluto, de las fuerzas de la materia, físicas o químicas. Pero el alma humana y según la misma fe puede vivir este espíritu también fuera del organismo humano, cuando éste desfallezca en la organización de su materia que reusulta mortal. El alma es inmortal.
El alma de Jesús tiene sus potencias o capacidades espirituales de acción, además de las de vivificar el organismo físico humano. Entendimiento, memoria de grabación cerebral con impresión de los recuerdos sensoriales y figurativos, memoria de grabación espiritual con recuerdo de pensamientos y de lo que escapa al espacio y al tiempo, y la voluntad con el amor. Capaz de conocimiento, sensorial y también espiritual de las esencias eidéticas y de la admirable experiencia de la existencia incorporada y del propio yo. Capaz de un querer firme y decidido, y de un amor personal de entrega y sacrificio, convirtiendo al hombre activo en palanca poderosa de la historia y de la actividad creadora, a que el hombre entero concurre. Conservando en el tesoro de la memoria, que es tan necesario al hombre que sin él nada seríamos, el inmenso archivo de sus propias experiencias, y de las transmitidas por otros, memoria siempre dócil a la orden imperati¬va de la voluntad en el mecanismo del recuerdo.
Hombre verdadero, capaz por ello de las grandezas y limitaciones propias de la naturaleza humana. Aparece así en los evangelios, con altísima y sublime doctrina y elocuente palabra «como ningún otro hombre» (Jn 7,46). Y juntamente sujeto al hambre, al sueño, al dolor, a la tristeza, a la fatiga y la sed, a la alegría, a la ira, a la amistad... como se ve en el ayuno del desierto, en la barca a pesar de la tormenta, en la cruz, en el huerto de Getsemaní, en el pozo de Jacob, en el Templo de Jerusalén, en la intimidad de sus apóstoles.
Tal es Jesús de Nazaret, hijo de Adán. Pero en él este nombre significa también algo muy distinto de lo común de los hombres. Pues a la vez que la filiación de Adán es el sello nuestro de una profunda igualdad natural, significa en nosotros católicamente herencia de pecado original. Pero en Jesús, en este aspecto, significa, por modo contrario, redención.
Capítulo III: Un caso singular en la historia
Jesús de Nazaret, cuyo origen humano hemos mostrado, y que es hombre entre los hombres, ofrece, sin embargo, la singularidad entre ellos de reivindicar para sí el carácter divino en plenitud.
Objeto del capítulo
En el capítulo presente solamente queremos decir que se le atribuye esta proclamación de su propia identidad, dejando para más adelante el estudio de comprobación de la verdad de tal atribución de afirmaciones, así como más todavía, el resultado de verdad de las mismas, que conduciría a su identificación como Dios.
En el politeísmo, no se proclamaron dioses los hombres
En las religiones de politeísmo mitológico existen narraciones de “apariciones” de un dios en forma humana: tales son por ejemplo las historias mitológicas de Zeus. Muchas veces seguramente los dioses mitológicos y sus hazañas pudieron provenir de la veneración creada en el recuerdo por hombres de extraordinario valer humano, caudillos o héroes de pueblos antiguos.
Entre los romanos fueron elevados a la categoría de los dioses Julio César y especialmente Augusto, creador del imperio.
Celso, en un ataque anticristiano, recuerda que “los antiguos mitos atribuyeron origen divino a Perseo, a Anfión, a Eaco y Minos”, y también “a los Dióscuros, a Hercles, a Asclepio y Dionisio, que fueron primero hombres”.
Pero en todos estos casos míticos, no fueron los hombres quienes se proclamaron dioses, sino que al cabo del tiempo sus descendientes o conciudadanos, los divinizaron por la grandeza de sus hazañas.
En las religiones primitivas mitologías
A Zeus no se le atribuye origen humano, aunque en la mitología tampoco ocupe el lugar más antiguo. También tenemos en las religiones primitivas, y aun en algunas tan poderosas en su imaginación creadora como el hiduismo politeísta de Brahama, Shiva y Visnú-Krishna, fenómenos naturales o misterios naturales elevados a la categoría de mitología.
Lo mismo podemos decir que sucede con la gran religión egipcia y el culto de Osiris-Isis, o en el Japón con Amaterasu. Ninguno de estos casos, sin embargo, adquiere el carácter histórico de hombres reales cuya historia sea conocida, y mucho menos presenta sus propias acciones y palabras.
En la historia de las religiones, ningún fundador se ha proclamado dios
Sus nombres son: Moisés (con Abraham) organizador de la religión del pueblo hebreo, que vivió en el siglo XIII aC. desde Egipto a Palestina aún no conquistada; en China en el siglo VI aC. vivieron Lao-Tsé y Kung-Fu-Tsé (Confucio) que dieron origen, a la religión filosófica del Tao el primero, y a la organización del Estado en forma moral y familiar el segundo; en la India, en el siglo VI-V aC. vivió el creador del budismo llamado Budha, cuyo nombre era Siddharta Gautama o Sakyamuni; en Persia en el siglo VI aC. (probablemente) el organizador religioso de la antigua religión de los persas Zoroastro (o Zarathustra). Estos cuatro son anteriores a Jesús de Nazaret en el tiempo, así cómo Moisés. Posteriores a Jesús en el tiempo hallamos otros dos hombres, cuya historia es conocida: uno de menor relieve, Mani en Persia en el siglo II dC., y el otro de enorme influjo hasta hoy, Muhammad-ibn-Abdallah o Mahoma, organizador de la religión del Islam seguida por los pueblos árabes.
Ninguno de ellos ha reclamado o pretendido ser considerado como un dios, aunque posteriormente a su vida y muerte, con el correr de los tiempos se haya dado culto por el pueblo a imágenes de algunos de ellos en los altares.
Jesús de Nazaret es el único hombre que se califica de Dios
Tenemos que proclamar que Jesús de Nazaret, cuya persona es enteramente histórica en cuanto a su existencia y al origen de la religión cristiana en el siglo I en la Judea, es el único hombre conocido en la historia a quien se atribuyen palabras propias que reclaman para sí el título divino.
Ninguno de estos grandes iniciadores religiosos que hemos mencionado, (ni otro hombre alguno sobre la tierra), ha pretendido reclamar para su persona títulos o cualidades divinas, y mucho menos la identificación con el Dios Absoluto, eterno, omnipotente, creador del universo. Esto en efecto nunca se ha dado fuera del caso de Jesús de Nazaret, según las palabras y hechos que los evangelios le atribuyen.
Moisés, es un celador rígido del Nombre único de Dios. Se pone de rodillas ante el gran misterio de Dios, y sabe que hay un abismo infinito entre Dios y la criatura, y así lo enseña a su pueblo, como mandato primero y máximo.
Los dos conductores religiosos del pueblo chino en su filosofía y su moral, nunca han podido pensar en tal cosa. Lao-Tsé estableció la profunda noción enigmática del “tao”, concepto metafísico que, en cierto modo, podría equipararse a la noción del absoluto divino impersonal. Es para él un ser inmóvil, vacío, único e inmutable, al que podría considerarse como la madre del mundo. Yo le llamo tao, por no saber su nombre... En cuanto a Confucio, ni siquiera entró como moralista filósofo en esta metafísica más profunda, contentándose con establecer en sus “Cuatro libros” clásicos una doctrina socio pragmática de la familia y del estado, con el fondo religioso tradicional de China, enseñando por medio de aforismos y breves narraciones una ética social y familiar apoyada en la noción religiosa anterior del pueblo chino. Es evidente que tampoco él ha pensado nunca en reclamar noción divina de ninguna clase para su persona.
Budha, partiendo de la doctrina hindú de las reencarnaciones, tras la célebre iluminación del árbol sagrado, predicó una ascesis difícil y exigente sobre los deseos y pasiones, para extinguir el dolor, causa de los males del hombre. Es dudosa su religiosidad respecto a los dioses del politeísmo hindú, y también lo es el saber si alcanzó la noción de un dios único, absoluto e inmóvil en su perfección.
Por lo que toca a Zarathustra en Persia, sus escritos se hallan formados por una serie de revelaciones recibidas por él de Ahura-Mazda, el dios de la luz; pero no se consideró a sí mismo como dios, sino como encargado de transmitir revelaciones divinas.
Esto mismo, y aun con mayor razón, hay que decirlo de Mahoma, después de Cristo, que es “el profeta de Alláh”, del Dios único y verdadero de Abraham.
Y así se alza la personalidad de Jesús de Nazaret como un enigma de la historia humana para cualquier mente reflexiva, pues como veremos él ha reclamado o pretendido el título de identidad e igualdad con el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, de tal modo que esta “pretensión” le llevó a la muerte. Conforme a las creencias monoteístas puras de la religión judía, en cuyas coordenadas se movía y que fue su ambiente histórico, es la afirmación de ser el Dios-único, Creador del mundo, Eterno, Legislador de los hombres y Juez de sus vidas. Tal afirmación de divinidad, no conocida en otro hombre alguno, es un desafío a la conciencia de los hombres. ¿Es verdadera tal afirmación?
Era de la raza del «pueblo de Dios», descendiente de Abraham, y estaba sellado él también con la circuncisión religiosa, como todos los varones de Israel (Lc 2, 21). Su religión, en la que se educó y vivió hasta los treinta años, como hombre además de profunda religiosidad, era exclusivamente mono¬teísta, a partir de Abraham, y quizás aun antes. Especialmente a partir de Moisés, y su revelación del Nombre divino con la exclusiva adoración de ese Dios único, como primero y principal mandato de la Ley, la religión judía se convierte en mandamiento supremo repetido diariamente en la Shemá.
Si Jesús afirma que es Dios tenemos así un enigma densamente oscuro. Y sin embargo, tal enigma se ha dado en la historia, y es el verdadero e irrenunciable fondo misterioso de la religión instaurada por Jesús de Nazaret, con la proclamación de la Trinidad de personas en su solo Dios, y la encarnación de Dios en un hombre justamente por una de sus personas. ¿Afirmó así Jesús su propia divinidad, a pesar de tan graves dificultades? Tal es, en realidad, el problema central de la historia humana y de la religión.
jueves, 10 de marzo de 2011
miércoles, 9 de marzo de 2011
El Mesías Jesús de Nazaret C.I Un tiempo de expectación
EL MESIAS JESUS DE NAZARET
A partir del segundo trimestre vamos a reflexionar sobre Jesús de Nazaret en los Evangelios y en particular siguiendo la reflexión del P. Igartua S.J. en el sentido de que dijo de sí mismo, no sólo dijeron que dijo, que era el Mesías y el Hijo de Dios. Es un caso único en la historia.
El P. Igartua S.J. aborda el tema de la divinidad de Jesucristo como problema central de la historia humana. Las palabras de Jesús, confirmadas con su muerte admirable, no son solamente palabras de sabiduría humana, son palabras de un Dios. Partiendo de tales palabras humanas y divinas, que han sido recogidas en los evangelios y en la tradición humana cristiana, deseamos alcanzar, con un método que desearíamos fiel y riguroso, la suprema verdad de quien se ha proclamado y es creído Dios y hombre verdadero. Hacer llegar al corazón de los nombres la convicción de que aquel que ha dicho tales palabras, afirmando que es Mesías y Dios, lo es verdaderamente, tal es el intento de este libro para el lector.
Creemos firmemente que El ha de volver. No pasó en vano sobre la tierra. Sentado a la derecha del Padre dirige la historia de la Iglesia y del mundo como rey de los ángeles y los hombres. Volverá para juzgar la historia y a cada uno de los humanos, los de la generación de Adán, que es la suya. Jesús de Nazaret, Mesías no sólo de Israel sino de todos los hombres, revelado y de nuevo por revelar, verdadero hombre y verdadero Dios, como le proclamamos en nuestra fe. El llama a nuestro corazón y al de nuestra generación tan frágil y trabajada. «Hombres, no temáis, abrid la puerta al Redentor», proclamó Juan Pablo II al inaugurar su dinámico pontificado entre los hombres.
La primera parte del libro trata sobre Jesús de Nazaret, Hombre en la historia y consta de tres capítulos: el primero, un tiempo de expectación, el segundo, un hombre llamado Jesús y el tercero, un caso singular en la historia.
PRIMERA PARTE: JESÚS DE NAZARET, HOMBRE EN LA HISTORIA
Capítulo I.- UN TIEMPO DE EXPECTACIÓN
Un tiempo de expectación
Resumen
1.- Un hombre que vendrá de Judea. No sólo en Israel, sino en todo el mundo se puede decir que existía esta expectación. Dos años ó tres más tarde de la proclamación de la gran paz romana, según los datos más verosímiles, nace en Belén Jesús de Nazaret, de María virgen, la esposa de José. Nace así el gran Pacificador en el momento de gloria de la paz humana. Ha llegado la llamada bíblicamente por Pablo plenitud de los tiempos: «Cuando vino la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4,4; Ef 1,10).
Esta plenitud de los tiempos llega en un gran momento histórico, un momento de expectación de plenitud. En los evangelios se hallan muestras indicadoras de la expectación del Mesías de Israel, difundida en el ambiente de algún modo. Pero tenemos testimonios del ambiente judío, y romano que muestran tal expectación como difundida «por el Oriente», en general, y en concreto indudablemente en Judea durante el tiempo que precede a la guerra judía de la destrucción de Jerusalén (años 66-70 dC),
2.- El oráculo de la Sibila en Roma
Tenemos tres testimonios romanos sobre el oráculo de la Sibila: Cicerón, Suetonio y Virgilio, los cuales son independientes entre sí, y se refieren a distinto año y persona. Cicerón se refiere a la pretensión de Lucio Cotta en el Senado en favor de Julio César; Suetonio se refiere a Augusto en su nacimiento, y Virgilio probablemente a Polión y su hijo. Pero en los tres autores hallamos el oráculo, calificado por Flavio Josefo de «ambiguo», atribuido a la Sibila (en Virgilio es la de Cumas).
Existía pues durante la mitad final del siglo I aC. en Roma una persuasión, que intentaban aprovechar la difusión popular del anuncio profético sibilino, la persuasión de que se avecinaba una nueva edad para Roma y el mundo, y de que iba a comenzar un tiempo nuevo, como un renacer del mundo, con presencia divina entre los hombres. Esta convicción o esperanza confirmaba desde Roma, la muy anterior esperanza mesiáni¬ca de Israel, que venía desde su padre Abraham en el siglo XIX aC., y vehementemente expresada por los grandes profetas de Israel en los siglos VIII-VI aC. (18)
3.- La expectación en Israel
Los evangelios nos muestran la expectación actualiza¬da del tiempo de la plenitud del Mesías en Israel. Los magos vienen buscando al anunciado rey de los judíos, y preguntan por él en Jerusalén (Mt 2,2). La Samaritana, y esto en la cismática Samaría, dice que, como va a venir pronto el Mesías, «cuando él venga nos lo explicará todo» (Jn 4.25). Los discípulos Andrés y Felipe, galileos, hablan por primera vez con Jesús, y reconocen en él al Mesías del que hablaron los profetas (Jn 1, 41.45). Aparece el Bautista predicando en el Jordán y las multitudes corren a él, y piensan que puede ser el Mesías, aun los mismos sacerdotes y escribas (Jn 1, 19-25). Los discípulos de Juan traen la pregunta sobre la identidad mesiánica de Jesús, enviados por su maestro desde la cárcel herodiana (Mt 11,3; Lc 7, 19). Las multitudes se conmueven ante Jesús, le siguen multitudinariamente, y piensan que es el rey de Israel, o sea su Mesías, (Me 3, 7-8; Mt 4, 23-25; Le 6, 17) y se preguntan concretamente si no es el Mesías esperado, y muchos lo dan por seguro (Jn 7, 26-27. 31. 41-43), y lo proclaman como el esperado rey de Israel (Jn 6, 14-15; Mt 21, 9-11; Me 11, 10; Lc 19, 38). Verdaderamente se puede decir que en el Oriente, y concretamente en Israel, estaba difundida la esperanza de una próxima llegada del Mesías.
En la profecía de Daniel se fija el tiempo de la llegada de las promesas divinas en setenta semanas de años a partir del decreto persa de restauración de la ciudad de Jerusalén y de su templo, dado por Ciro y renovado por Darío y Artajerjes. El tiempo estaba para llegar en el comienzo del siglo I, y los escribas no podían omitir la interpretación ya actual del tiempo fijado en la profecía. Por ello, es seguro que tal expectación «estaba difundida en Oriente» como han dicho Flavio Josefo, Tácito y Suetonio. Había llegado el tiempo largamente esperado de la plenitud.
4.- La expectación mesiánica en otras religiones
La expectación mesiánica de Israel tiene huellas en la literatura sibilina romana auténtica del siglo I antes de Cristo. Y nos dicen sus historiadores que «se hallaba difundida en el Oriente». Es la ocasión de recordar la célebre profecía bíblica de Balaam, que anuncia un rey de Israel para el futuro, cuyo signo real es una estrella, y que reina sobre sus enemigos a los que derrota y vence, se produce en un ambiente pagano, aunque él aparece como un profeta divino verdadero que da culto a Yahveh.
Y podemos preguntarnos: ¿existió también acaso en otras religio¬nes importantes algún vestigio de esta esperanza mesiánica, sea en los oráculos, sea en los libros sagrados de sus guías religiosos, una esperanza mesiánica de expectación de un hombre futuro santo? He aquí lo que parece que se puede responder.
El grande organizador de las costumbres del imperio Chino, Confucio o Kun'g-Fu-Tsé, en el segundo de sus cuatro libros clásicos ha dejado unas misteriosas palabras, que parece anuncian la llegada futura de un hombre santo excepcional. He aquí lo que dice en el capítulo XXXI:
«Cuando este hombre de excepcional santidad, cuyas cualida¬des son vastas y profundas como el Cielo, de a conocer sus innumerables virtudes y sus portentosas cualidades, ni un solo pueblo dejará de mostrarle veneración; cuando hable todos ten¬drán fe en sus palabras; su actuación proporcionará la felicidad a todos los hombres.
Según J. Schmidt (Orígenes de los mitos: cit. por A. Nicolás Jesucristo, Madrid 1875, Ia parte, c. IX, p. 67) un emperador de China, Ming-Ti, envió una embajada expresa «para reconocer al Santo que debía aparecer en Occidente, según antiguas tradiciones».
También dice el Talmud Babilónico (Santsed, c. II) que «en aquella época acudió a Jerusalén, para ver al Salvador del mundo, un gran número de gentiles»
También se ha señalado que esta esperanza de un hombre futuro extraordinario se halla en la esperanza de otras diversas creencias en formas diversas. Es muy notable, en este aspecto, el mito de Prometeo en el primer gran trágico griego Esquilo.
Del mismo modo otros autores han señalado que en otras varias religiones, además de las antes citadas, parece haber existido la esperanza o el anhelo de la venida de Dios sobre la tierra, en forma semejante al menos a una esperanza mesiánica.
Entonces podemos hacernos quizás una pregunta. Puede ser este anhelo general un lejano retoño permanente de la esperanza comunicada al primer hombre en el Paraíso, según el relato bíblico de que un día vendría en la historia un hombre extraordinario, hijo de la mujer, que vencería al enemigo primera del mundo, la esperanza de un Salvador hombre (Hijo de Mujer) enviado por el mismo Dios, esta esperanza debió conservarse, aunque fuese modificada por los errores de la mitología, en los hombres de toda la raza humana de Adán, por ser tan grande e importante el anuncio. Y los hechos señalados parecen confirmar que de diversos modos los vestigios de esta primera esperanza de «un Mesías», un vencedor del mal, se han conservado en las distintas tradiciones humanas. Aunque la idea pura y sin error solamente se haya transmitido a través de la esperanza de Israel, pueblo de Dios, que sin embargo tampoco pudo o supo comprender la realidad de tal Mesías, a pesar de las voces proféticas que jalonaron su camino.
El libro consta de:
Prólogo
Primera parte: Jesús de Nazaret, Hombre en la historia
Segunda parte: El Mesías de Israel
Tercera parte: El Hijo de Dios
Cuarta parte: Realidad de las afirmaciones de Jesús
Quinta parte: Identidad y conciencia de Jesús de Nazaret
Epilogo: Una apologética por la historia
A partir del segundo trimestre vamos a reflexionar sobre Jesús de Nazaret en los Evangelios y en particular siguiendo la reflexión del P. Igartua S.J. en el sentido de que dijo de sí mismo, no sólo dijeron que dijo, que era el Mesías y el Hijo de Dios. Es un caso único en la historia.
El P. Igartua S.J. aborda el tema de la divinidad de Jesucristo como problema central de la historia humana. Las palabras de Jesús, confirmadas con su muerte admirable, no son solamente palabras de sabiduría humana, son palabras de un Dios. Partiendo de tales palabras humanas y divinas, que han sido recogidas en los evangelios y en la tradición humana cristiana, deseamos alcanzar, con un método que desearíamos fiel y riguroso, la suprema verdad de quien se ha proclamado y es creído Dios y hombre verdadero. Hacer llegar al corazón de los nombres la convicción de que aquel que ha dicho tales palabras, afirmando que es Mesías y Dios, lo es verdaderamente, tal es el intento de este libro para el lector.
Creemos firmemente que El ha de volver. No pasó en vano sobre la tierra. Sentado a la derecha del Padre dirige la historia de la Iglesia y del mundo como rey de los ángeles y los hombres. Volverá para juzgar la historia y a cada uno de los humanos, los de la generación de Adán, que es la suya. Jesús de Nazaret, Mesías no sólo de Israel sino de todos los hombres, revelado y de nuevo por revelar, verdadero hombre y verdadero Dios, como le proclamamos en nuestra fe. El llama a nuestro corazón y al de nuestra generación tan frágil y trabajada. «Hombres, no temáis, abrid la puerta al Redentor», proclamó Juan Pablo II al inaugurar su dinámico pontificado entre los hombres.
La primera parte del libro trata sobre Jesús de Nazaret, Hombre en la historia y consta de tres capítulos: el primero, un tiempo de expectación, el segundo, un hombre llamado Jesús y el tercero, un caso singular en la historia.
PRIMERA PARTE: JESÚS DE NAZARET, HOMBRE EN LA HISTORIA
Capítulo I.- UN TIEMPO DE EXPECTACIÓN
Un tiempo de expectación
Resumen
1.- Un hombre que vendrá de Judea. No sólo en Israel, sino en todo el mundo se puede decir que existía esta expectación. Dos años ó tres más tarde de la proclamación de la gran paz romana, según los datos más verosímiles, nace en Belén Jesús de Nazaret, de María virgen, la esposa de José. Nace así el gran Pacificador en el momento de gloria de la paz humana. Ha llegado la llamada bíblicamente por Pablo plenitud de los tiempos: «Cuando vino la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4,4; Ef 1,10).
Esta plenitud de los tiempos llega en un gran momento histórico, un momento de expectación de plenitud. En los evangelios se hallan muestras indicadoras de la expectación del Mesías de Israel, difundida en el ambiente de algún modo. Pero tenemos testimonios del ambiente judío, y romano que muestran tal expectación como difundida «por el Oriente», en general, y en concreto indudablemente en Judea durante el tiempo que precede a la guerra judía de la destrucción de Jerusalén (años 66-70 dC),
2.- El oráculo de la Sibila en Roma
Tenemos tres testimonios romanos sobre el oráculo de la Sibila: Cicerón, Suetonio y Virgilio, los cuales son independientes entre sí, y se refieren a distinto año y persona. Cicerón se refiere a la pretensión de Lucio Cotta en el Senado en favor de Julio César; Suetonio se refiere a Augusto en su nacimiento, y Virgilio probablemente a Polión y su hijo. Pero en los tres autores hallamos el oráculo, calificado por Flavio Josefo de «ambiguo», atribuido a la Sibila (en Virgilio es la de Cumas).
Existía pues durante la mitad final del siglo I aC. en Roma una persuasión, que intentaban aprovechar la difusión popular del anuncio profético sibilino, la persuasión de que se avecinaba una nueva edad para Roma y el mundo, y de que iba a comenzar un tiempo nuevo, como un renacer del mundo, con presencia divina entre los hombres. Esta convicción o esperanza confirmaba desde Roma, la muy anterior esperanza mesiáni¬ca de Israel, que venía desde su padre Abraham en el siglo XIX aC., y vehementemente expresada por los grandes profetas de Israel en los siglos VIII-VI aC. (18)
3.- La expectación en Israel
Los evangelios nos muestran la expectación actualiza¬da del tiempo de la plenitud del Mesías en Israel. Los magos vienen buscando al anunciado rey de los judíos, y preguntan por él en Jerusalén (Mt 2,2). La Samaritana, y esto en la cismática Samaría, dice que, como va a venir pronto el Mesías, «cuando él venga nos lo explicará todo» (Jn 4.25). Los discípulos Andrés y Felipe, galileos, hablan por primera vez con Jesús, y reconocen en él al Mesías del que hablaron los profetas (Jn 1, 41.45). Aparece el Bautista predicando en el Jordán y las multitudes corren a él, y piensan que puede ser el Mesías, aun los mismos sacerdotes y escribas (Jn 1, 19-25). Los discípulos de Juan traen la pregunta sobre la identidad mesiánica de Jesús, enviados por su maestro desde la cárcel herodiana (Mt 11,3; Lc 7, 19). Las multitudes se conmueven ante Jesús, le siguen multitudinariamente, y piensan que es el rey de Israel, o sea su Mesías, (Me 3, 7-8; Mt 4, 23-25; Le 6, 17) y se preguntan concretamente si no es el Mesías esperado, y muchos lo dan por seguro (Jn 7, 26-27. 31. 41-43), y lo proclaman como el esperado rey de Israel (Jn 6, 14-15; Mt 21, 9-11; Me 11, 10; Lc 19, 38). Verdaderamente se puede decir que en el Oriente, y concretamente en Israel, estaba difundida la esperanza de una próxima llegada del Mesías.
En la profecía de Daniel se fija el tiempo de la llegada de las promesas divinas en setenta semanas de años a partir del decreto persa de restauración de la ciudad de Jerusalén y de su templo, dado por Ciro y renovado por Darío y Artajerjes. El tiempo estaba para llegar en el comienzo del siglo I, y los escribas no podían omitir la interpretación ya actual del tiempo fijado en la profecía. Por ello, es seguro que tal expectación «estaba difundida en Oriente» como han dicho Flavio Josefo, Tácito y Suetonio. Había llegado el tiempo largamente esperado de la plenitud.
4.- La expectación mesiánica en otras religiones
La expectación mesiánica de Israel tiene huellas en la literatura sibilina romana auténtica del siglo I antes de Cristo. Y nos dicen sus historiadores que «se hallaba difundida en el Oriente». Es la ocasión de recordar la célebre profecía bíblica de Balaam, que anuncia un rey de Israel para el futuro, cuyo signo real es una estrella, y que reina sobre sus enemigos a los que derrota y vence, se produce en un ambiente pagano, aunque él aparece como un profeta divino verdadero que da culto a Yahveh.
Y podemos preguntarnos: ¿existió también acaso en otras religio¬nes importantes algún vestigio de esta esperanza mesiánica, sea en los oráculos, sea en los libros sagrados de sus guías religiosos, una esperanza mesiánica de expectación de un hombre futuro santo? He aquí lo que parece que se puede responder.
El grande organizador de las costumbres del imperio Chino, Confucio o Kun'g-Fu-Tsé, en el segundo de sus cuatro libros clásicos ha dejado unas misteriosas palabras, que parece anuncian la llegada futura de un hombre santo excepcional. He aquí lo que dice en el capítulo XXXI:
«Cuando este hombre de excepcional santidad, cuyas cualida¬des son vastas y profundas como el Cielo, de a conocer sus innumerables virtudes y sus portentosas cualidades, ni un solo pueblo dejará de mostrarle veneración; cuando hable todos ten¬drán fe en sus palabras; su actuación proporcionará la felicidad a todos los hombres.
Según J. Schmidt (Orígenes de los mitos: cit. por A. Nicolás Jesucristo, Madrid 1875, Ia parte, c. IX, p. 67) un emperador de China, Ming-Ti, envió una embajada expresa «para reconocer al Santo que debía aparecer en Occidente, según antiguas tradiciones».
También dice el Talmud Babilónico (Santsed, c. II) que «en aquella época acudió a Jerusalén, para ver al Salvador del mundo, un gran número de gentiles»
También se ha señalado que esta esperanza de un hombre futuro extraordinario se halla en la esperanza de otras diversas creencias en formas diversas. Es muy notable, en este aspecto, el mito de Prometeo en el primer gran trágico griego Esquilo.
Del mismo modo otros autores han señalado que en otras varias religiones, además de las antes citadas, parece haber existido la esperanza o el anhelo de la venida de Dios sobre la tierra, en forma semejante al menos a una esperanza mesiánica.
Entonces podemos hacernos quizás una pregunta. Puede ser este anhelo general un lejano retoño permanente de la esperanza comunicada al primer hombre en el Paraíso, según el relato bíblico de que un día vendría en la historia un hombre extraordinario, hijo de la mujer, que vencería al enemigo primera del mundo, la esperanza de un Salvador hombre (Hijo de Mujer) enviado por el mismo Dios, esta esperanza debió conservarse, aunque fuese modificada por los errores de la mitología, en los hombres de toda la raza humana de Adán, por ser tan grande e importante el anuncio. Y los hechos señalados parecen confirmar que de diversos modos los vestigios de esta primera esperanza de «un Mesías», un vencedor del mal, se han conservado en las distintas tradiciones humanas. Aunque la idea pura y sin error solamente se haya transmitido a través de la esperanza de Israel, pueblo de Dios, que sin embargo tampoco pudo o supo comprender la realidad de tal Mesías, a pesar de las voces proféticas que jalonaron su camino.
El libro consta de:
Prólogo
Primera parte: Jesús de Nazaret, Hombre en la historia
Segunda parte: El Mesías de Israel
Tercera parte: El Hijo de Dios
Cuarta parte: Realidad de las afirmaciones de Jesús
Quinta parte: Identidad y conciencia de Jesús de Nazaret
Epilogo: Una apologética por la historia
jueves, 17 de febrero de 2011
EXHORTACION APOSTOLICA VERBUM DOMINI - III PARTE VERBUM MUNDO Y CONCLUSION
TERCERA PARTE: VERBUM MUNDO
«A Dios nadie le ha visto jamás:
El Hijo único, que está en el seno del Padre,
es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1,18)
RESUMEN
El Hijo único, que está en el seno del Padre,
es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1,18)
RESUMEN
La misión de la Iglesia: anunciar la palabra de Dios al mundo
En relación con el primer apartado de la tercera parte de la Exhortación, el Papa hace las siguientes reflexiones:
La Palabra del Padre y hacia el Padre. Jesucristo es esta Palabra definitiva y eficaz que ha salido del Padre y ha vuelto a Él, cumpliendo perfectamente en el mundo su voluntad.
Anunciar al mundo el «Logos» de la esperanza. El Verbo de Dios nos ha comunicado la vida divina que transfigura la faz de la tierra, haciendo nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5). Su Palabra no sólo nos concierne como destinatarios de la revelación divina, sino también como sus anunciadores.
Lo que la Iglesia anuncia al mundo es el Logos de la esperanza (cf. 1 P 3,15). La Iglesia es misionera en su esencia.
De la Palabra de Dios surge la misión de la Iglesia. Los primeros cristianos han considerado el anuncio misionero como una necesidad proveniente de la naturaleza misma de la fe.
El Apóstol de las gentes entra en diálogo con hombres de culturas diferentes: «Eso que adoráis sin conocerlo, os lo anuncio yo» (Hch 17,23).
Palabra y Reino de Dios. Todos nos damos cuenta de la necesidad de que la luz de Cristo ilumine todos los ámbitos de la humanidad: la familia, la escuela, la cultura, el trabajo, el tiempo libre y los otros sectores de la vida social.
Todos los bautizados responsables del anuncio. El Sínodo ha reiterado que «la misión de anunciar la Palabra de Dios es un cometido de todos los discípulos de Jesucristo, como consecuencia de su bautismo»..
Necesidad de la «missio ad gentes». La Iglesia se siente obligada con todos a anunciar la Palabra que salva (cf. Rm 1,14).
Anuncio y nueva evangelización. Al alba del tercer milenio, no sólo hay todavía muchos pueblos que no han conocido la Buena Nueva, sino también muchos cristianos necesitados de que se les vuelva a anunciar persuasivamente la Palabra de Dios.
Palabra de Dios y testimonio cristiano. Es importante que toda modalidad de anuncio tenga presente, ante todo, la intrínseca relación entre comunicación de la Palabra de Dios y testimonio cristiano. La Palabra de Dios llega a los hombres «por el encuentro con testigos que la hacen presente y viva».
En relación con el primer apartado de la tercera parte de la Exhortación, el Papa hace las siguientes reflexiones:
La Palabra del Padre y hacia el Padre. Jesucristo es esta Palabra definitiva y eficaz que ha salido del Padre y ha vuelto a Él, cumpliendo perfectamente en el mundo su voluntad.
Anunciar al mundo el «Logos» de la esperanza. El Verbo de Dios nos ha comunicado la vida divina que transfigura la faz de la tierra, haciendo nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5). Su Palabra no sólo nos concierne como destinatarios de la revelación divina, sino también como sus anunciadores.
Lo que la Iglesia anuncia al mundo es el Logos de la esperanza (cf. 1 P 3,15). La Iglesia es misionera en su esencia.
De la Palabra de Dios surge la misión de la Iglesia. Los primeros cristianos han considerado el anuncio misionero como una necesidad proveniente de la naturaleza misma de la fe.
El Apóstol de las gentes entra en diálogo con hombres de culturas diferentes: «Eso que adoráis sin conocerlo, os lo anuncio yo» (Hch 17,23).
Palabra y Reino de Dios. Todos nos damos cuenta de la necesidad de que la luz de Cristo ilumine todos los ámbitos de la humanidad: la familia, la escuela, la cultura, el trabajo, el tiempo libre y los otros sectores de la vida social.
Todos los bautizados responsables del anuncio. El Sínodo ha reiterado que «la misión de anunciar la Palabra de Dios es un cometido de todos los discípulos de Jesucristo, como consecuencia de su bautismo»..
Necesidad de la «missio ad gentes». La Iglesia se siente obligada con todos a anunciar la Palabra que salva (cf. Rm 1,14).
Anuncio y nueva evangelización. Al alba del tercer milenio, no sólo hay todavía muchos pueblos que no han conocido la Buena Nueva, sino también muchos cristianos necesitados de que se les vuelva a anunciar persuasivamente la Palabra de Dios.
Palabra de Dios y testimonio cristiano. Es importante que toda modalidad de anuncio tenga presente, ante todo, la intrínseca relación entre comunicación de la Palabra de Dios y testimonio cristiano. La Palabra de Dios llega a los hombres «por el encuentro con testigos que la hacen presente y viva».
«No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios».
Deseo elevar a Dios con toda la Iglesia un himno de alabanza por el testimonio de muchos hermanos y hermanas que también en nuestro tiempo han dado la vida para comunicar la verdad del amor de Dios, que se nos ha revelado en Cristo crucificado y resucitado.
Palabra de Dios y compromiso en el mundo
Servir a Jesús en sus «humildes hermanos» (Mt 25,40). La Palabra divina ilumina la existencia humana y mueve a la conciencia a revisar en profundidad la propia vida, pues toda la historia de la humanidad está bajo el juicio de Dios: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones» (Mt 25,31-32). En el capítulo veinticinco del Evangelio de Mateo, el Hijo del hombre considera que todo lo que hacemos o dejamos de hacer a uno sólo de sus «humildes hermanos» (25,41.45), se lo hacemos o dejamos de hacérselo a Él.
Palabra de Dios y compromiso por la justicia en la sociedad. La Palabra de Dios impulsa al hombre a entablar relaciones animadas por la rectitud y la justicia. Es sobre todo a los fieles laicos, educados en la escuela del Evangelio, a quienes corresponde la tarea de intervenir directamente en la acción social y política.
Anuncio de la Palabra de Dios, reconciliación y paz entre los pueblos. En el contexto actual, es necesario más que nunca redescubrir la Palabra de Dios como fuente de reconciliación y paz,.Cristo «es nuestra paz» (Ef 2,14), que derriba los muros de división.
Palabra de Dios y compromiso en el mundo
Servir a Jesús en sus «humildes hermanos» (Mt 25,40). La Palabra divina ilumina la existencia humana y mueve a la conciencia a revisar en profundidad la propia vida, pues toda la historia de la humanidad está bajo el juicio de Dios: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones» (Mt 25,31-32). En el capítulo veinticinco del Evangelio de Mateo, el Hijo del hombre considera que todo lo que hacemos o dejamos de hacer a uno sólo de sus «humildes hermanos» (25,41.45), se lo hacemos o dejamos de hacérselo a Él.
Palabra de Dios y compromiso por la justicia en la sociedad. La Palabra de Dios impulsa al hombre a entablar relaciones animadas por la rectitud y la justicia. Es sobre todo a los fieles laicos, educados en la escuela del Evangelio, a quienes corresponde la tarea de intervenir directamente en la acción social y política.
Anuncio de la Palabra de Dios, reconciliación y paz entre los pueblos. En el contexto actual, es necesario más que nunca redescubrir la Palabra de Dios como fuente de reconciliación y paz,.Cristo «es nuestra paz» (Ef 2,14), que derriba los muros de división.
No se puede utilizar la violencia en nombre de Dios. Toda religión debería impulsar un uso correcto de la razón y promover valores éticos que edifican la convivencia civil.
La Palabra de Dios y la caridad efectiva. Escuchando con disponibilidad la Palabra de Dios en la Iglesia, se despierta «la caridad y la justicia para todos, sobre todo para los pobres».
La Palabra de Dios y la caridad efectiva. Escuchando con disponibilidad la Palabra de Dios en la Iglesia, se despierta «la caridad y la justicia para todos, sobre todo para los pobres».
Exhorto, por tanto, a todos los fieles a meditar con frecuencia el himno a la caridad escrito por el Apóstol Pablo.
El amor al prójimo, enraizado en el amor de Dios, nos debe tener constantemente comprometidos, personalmente y como comunidad eclesial, local y universal.
Anuncio de la Palabra de Dios y los jóvenes. Queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida
Anuncio de la Palabra de Dios y los emigrantes. Se plantean cuestiones sumamente delicadas sobre la seguridad de las naciones y la acogida que se ha de ofrecer a los que buscan refugio, mejores condiciones de vida, salud y trabajo. Gran número de personas, que no conocen a Cristo o tienen una imagen suya inadecuada, se establecen en países de tradición cristiana.
El amor al prójimo, enraizado en el amor de Dios, nos debe tener constantemente comprometidos, personalmente y como comunidad eclesial, local y universal.
Anuncio de la Palabra de Dios y los jóvenes. Queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida
Anuncio de la Palabra de Dios y los emigrantes. Se plantean cuestiones sumamente delicadas sobre la seguridad de las naciones y la acogida que se ha de ofrecer a los que buscan refugio, mejores condiciones de vida, salud y trabajo. Gran número de personas, que no conocen a Cristo o tienen una imagen suya inadecuada, se establecen en países de tradición cristiana.
Otras procedentes de pueblos profundamente marcados por la fe cristiana emigran a países donde se necesita llevar el anuncio de Cristo y de una nueva evangelización.
Anuncio de la Palabra de Dios y los que sufren. En el momento del dolor es cuando surgen de manera más aguda en el corazón del hombre las preguntas últimas sobre el sentido de la propia vida. La fe que nace del encuentro con la divina Palabra nos ayuda a considerar la vida humana como digna de ser vivida en plenitud también cuando está aquejada por el mal. Dios ha creado al hombre para la felicidad y para la vida, mientras que la enfermedad y la muerte han entrado en el mundo como consecuencia del pecado (cf. Sb 2,23-24).
La cercanía de Jesús a los que sufren no se ha interrumpido, se prolonga en el tiempo por la acción del Espíritu Santo en la misión de la Iglesia, en la Palabra y en los sacramentos
Anuncio de la Palabra de Dios y los pobres. La Sagrada Escritura manifiesta la predilección de Dios por los pobres y necesitados (cf. Mt 25,31-46).
Anuncio de la Palabra de Dios y los que sufren. En el momento del dolor es cuando surgen de manera más aguda en el corazón del hombre las preguntas últimas sobre el sentido de la propia vida. La fe que nace del encuentro con la divina Palabra nos ayuda a considerar la vida humana como digna de ser vivida en plenitud también cuando está aquejada por el mal. Dios ha creado al hombre para la felicidad y para la vida, mientras que la enfermedad y la muerte han entrado en el mundo como consecuencia del pecado (cf. Sb 2,23-24).
La cercanía de Jesús a los que sufren no se ha interrumpido, se prolonga en el tiempo por la acción del Espíritu Santo en la misión de la Iglesia, en la Palabra y en los sacramentos
Anuncio de la Palabra de Dios y los pobres. La Sagrada Escritura manifiesta la predilección de Dios por los pobres y necesitados (cf. Mt 25,31-46).
Cuando la Iglesia anuncia la Palabra de Dios, sabe que se ha de favorecer un «círculo virtuoso» entre la pobreza «que conviene elegir» y la pobreza «que es preciso combatir
Palabra de Dios y salvaguardia de la Creación. El compromiso en el mundo requerido por la divina Palabra nos impulsa a mirar con ojos nuevos el cosmos que, creado por Dios, lleva en sí la huella del Verbo, por quien todo fue hecho (cf. Jn 1,2). En efecto, como creyentes y anunciadores del Evangelio tenemos también una responsabilidad con respecto a la creación.
Palabra de Dios y culturas
El valor de la cultura para la vida del hombre. Dios no se revela al hombre en abstracto, sino asumiendo lenguajes, imágenes y expresiones vinculadas a las diferentes culturas.
La Biblia como un gran códice para las culturas. Los Padres sinodales ha subrayado la importancia de favorecer entre los agentes culturales un conocimiento adecuado de la Biblia, incluso en los ambientes secularizados y entre los no creyentes; la Sagrada Escritura contiene valores antropológicos y filosóficos que han influido positivamente en toda la humanidad
El conocimiento de la Biblia en la escuela y la universidad. Un ámbito particular del encuentro entre Palabra de Dios y culturas es el de la escuela y la universidad.
Además, no se debe descuidar la enseñanza de la religión, formando esmeradamente a los docentes.
La Sagrada Escritura en las diversas manifestaciones artísticas. La relación entre Palabra de Dios y cultura se ha expresado en obras de diversos ámbitos, en particular en el mundo del arte.
Palabra de Dios y medios de comunicación social. Los Padres sinodales han recomendado invertir más energías en adquirir competencia en los diversos sectores, particularmente en los llamados new media como, por ejemplo, internet.
Palabra de Dios y salvaguardia de la Creación. El compromiso en el mundo requerido por la divina Palabra nos impulsa a mirar con ojos nuevos el cosmos que, creado por Dios, lleva en sí la huella del Verbo, por quien todo fue hecho (cf. Jn 1,2). En efecto, como creyentes y anunciadores del Evangelio tenemos también una responsabilidad con respecto a la creación.
Palabra de Dios y culturas
El valor de la cultura para la vida del hombre. Dios no se revela al hombre en abstracto, sino asumiendo lenguajes, imágenes y expresiones vinculadas a las diferentes culturas.
La Biblia como un gran códice para las culturas. Los Padres sinodales ha subrayado la importancia de favorecer entre los agentes culturales un conocimiento adecuado de la Biblia, incluso en los ambientes secularizados y entre los no creyentes; la Sagrada Escritura contiene valores antropológicos y filosóficos que han influido positivamente en toda la humanidad
El conocimiento de la Biblia en la escuela y la universidad. Un ámbito particular del encuentro entre Palabra de Dios y culturas es el de la escuela y la universidad.
Además, no se debe descuidar la enseñanza de la religión, formando esmeradamente a los docentes.
La Sagrada Escritura en las diversas manifestaciones artísticas. La relación entre Palabra de Dios y cultura se ha expresado en obras de diversos ámbitos, en particular en el mundo del arte.
Palabra de Dios y medios de comunicación social. Los Padres sinodales han recomendado invertir más energías en adquirir competencia en los diversos sectores, particularmente en los llamados new media como, por ejemplo, internet.
En el mundo de Internet deberá aparecer el rostro de Cristo y oírse su voz, porque «si no hay lugar para Cristo, tampoco hay lugar para el hombre».
Biblia e inculturación. La Palabra de Dios, como también la fe cristiana, manifiesta así un carácter intensamente intercultural, capaz de encontrar y de que se encuentren culturas diferentes.
En este contexto, se entiende también el valor de la inculturación del Evangelio.
Traducciones y difusión de la Biblia. Una traducción, en efecto, es siempre más que una simple trascripción del texto original. El paso de una lengua a otra comporta necesariamente un cambio de contexto cultural: los conceptos no son idénticos y el alcance de los símbolos es diferente,
La Palabra de Dios supera los límites de las culturas. Al entrar en la comunión con la Palabra de Dios, entramos en la comunión de la Iglesia que vive la Palabra de Dios... Es salir de los límites de cada cultura para entrar en la universalidad que nos relaciona a todos, que une a todos, que nos hace a todos hermanos».
Palabra de Dios y diálogo interreligioso
El valor del diálogo interreligioso. Es de gran importancia que las religiones favorezcan en nuestras sociedades, con frecuencia secularizadas, una mentalidad que vea en Dios Todopoderoso el fundamento de todo bien, la fuente inagotable de la vida moral, sustento de un sentido profundo de hermandad universal.En la tradición judeocristiana se encuentra el sugestivo testimonio del amor de Dios por todos los pueblos que, en la alianza establecida con Noé, reúne en un único gran abrazo, simbolizado por el «arco del cielo», y que, según las palabras de los profetas, quiere recoger en una única familia universal.
Diálogo entre cristianos y musulmanes. La Iglesia «mira también con aprecio a los musulmanes, que reconocen la existencia de un Dios único»; hacen referencia y dan culto a Dios, sobre todo con la plegaria, la limosna y el ayuno. Reconocemos que en la tradición del Islam hay muchas figuras, símbolos y temas bíblicos.
Diálogo con las demás religiones. Deseo manifestar en esta circunstancia el respeto de la Iglesia por las antiguas religiones y tradiciones espirituales de los diversos Continentes. El respeto de la vida, la contemplación, el silencio y la sencillez en el Budismo; el sentido de lo sagrado, del sacrificio y del ayuno en el Hinduismo, como también los valores familiares y sociales en el Confucianismo.
Diálogo y libertad religiosa. El diálogo no sería fecundo si éste no incluyera también un auténtico respeto por cada persona, para que pueda profesar libremente la propia religión.
Biblia e inculturación. La Palabra de Dios, como también la fe cristiana, manifiesta así un carácter intensamente intercultural, capaz de encontrar y de que se encuentren culturas diferentes.
En este contexto, se entiende también el valor de la inculturación del Evangelio.
Traducciones y difusión de la Biblia. Una traducción, en efecto, es siempre más que una simple trascripción del texto original. El paso de una lengua a otra comporta necesariamente un cambio de contexto cultural: los conceptos no son idénticos y el alcance de los símbolos es diferente,
La Palabra de Dios supera los límites de las culturas. Al entrar en la comunión con la Palabra de Dios, entramos en la comunión de la Iglesia que vive la Palabra de Dios... Es salir de los límites de cada cultura para entrar en la universalidad que nos relaciona a todos, que une a todos, que nos hace a todos hermanos».
Palabra de Dios y diálogo interreligioso
El valor del diálogo interreligioso. Es de gran importancia que las religiones favorezcan en nuestras sociedades, con frecuencia secularizadas, una mentalidad que vea en Dios Todopoderoso el fundamento de todo bien, la fuente inagotable de la vida moral, sustento de un sentido profundo de hermandad universal.En la tradición judeocristiana se encuentra el sugestivo testimonio del amor de Dios por todos los pueblos que, en la alianza establecida con Noé, reúne en un único gran abrazo, simbolizado por el «arco del cielo», y que, según las palabras de los profetas, quiere recoger en una única familia universal.
Diálogo entre cristianos y musulmanes. La Iglesia «mira también con aprecio a los musulmanes, que reconocen la existencia de un Dios único»; hacen referencia y dan culto a Dios, sobre todo con la plegaria, la limosna y el ayuno. Reconocemos que en la tradición del Islam hay muchas figuras, símbolos y temas bíblicos.
Diálogo con las demás religiones. Deseo manifestar en esta circunstancia el respeto de la Iglesia por las antiguas religiones y tradiciones espirituales de los diversos Continentes. El respeto de la vida, la contemplación, el silencio y la sencillez en el Budismo; el sentido de lo sagrado, del sacrificio y del ayuno en el Hinduismo, como también los valores familiares y sociales en el Confucianismo.
Diálogo y libertad religiosa. El diálogo no sería fecundo si éste no incluyera también un auténtico respeto por cada persona, para que pueda profesar libremente la propia religión.
El Sínodo recuerda también «la necesidad de que se asegure de manera efectiva a todos los creyentes la libertad de profesar su propia religión en privado y en público, además de la libertad de conciencia».
CONCLUSIÓN
La palabra definitiva de Dios. El fundamento de toda espiritualidad cristiana auténtica y viva es la Palabra de Dios anunciada, acogida, celebrada y meditada en la Iglesia.
CONCLUSIÓN
La palabra definitiva de Dios. El fundamento de toda espiritualidad cristiana auténtica y viva es la Palabra de Dios anunciada, acogida, celebrada y meditada en la Iglesia.
La Iglesia vive ahora su misión en expectante espera de la manifestación escatológica del Esposo: «el Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven!» (Ap 22,17). Esta espera nunca es pasiva, Jesús resucitado nos dice: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15).
Nueva evangelización y nueva escucha. Que el Espíritu Santo despierte en los hombres hambre y sed de la Palabra de Dios y suscite entusiastas anunciadores y testigos del Evangelio.
La Palabra y la alegría. La comunicación de este anuncio –nos recuerda el apóstol Juan– se nos ha dado «para que nuestra alegría sea completa» (1 Jn 1,4).
Nueva evangelización y nueva escucha. Que el Espíritu Santo despierte en los hombres hambre y sed de la Palabra de Dios y suscite entusiastas anunciadores y testigos del Evangelio.
La Palabra y la alegría. La comunicación de este anuncio –nos recuerda el apóstol Juan– se nos ha dado «para que nuestra alegría sea completa» (1 Jn 1,4).
El mensaje joánico: el anuncio de la Palabra crea comunión y es fuente de alegría.
Mater Verbi et Mater laetitiae. Recordemos las palabras de santa Isabel: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1,45).
Mater Verbi et Mater laetitiae. Recordemos las palabras de santa Isabel: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1,45).
Hagamos silencio para escuchar la Palabra de Dios y meditarla, para que ella, por la acción eficaz del Espíritu Santo, siga morando, viviendo y hablándonos a lo largo de todos los días de nuestra vida. De este modo, la Iglesia se renueva y rejuvenece siempre gracias a la Palabra del Señor que permanece eternamente (cf. 1 P 1,25; Is 40,8). Y también nosotros podemos entrar así en el gran diálogo nupcial con que se cierra la Sagrada Escritura: «El Espíritu y la Esposa dicen: “¡Ven!”. Y el que oiga, diga: “¡Ven!”... Dice el que da testimonio de todo esto: “Sí, vengo pronto”. ¡Amen! “Ven, Señor Jesús”» (Ap 22,17.20).
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