lunes, 23 de marzo de 2009

Encíclica: “Pascendi dominici gregis”: el creyente y el teólogo modernista

El creyente

El filósofo considera que la realidad de lo divino es interior, subjetiva, sin existencia real objetiva por tanto, no sale del mundo de los fenómenos.

El creyente, en cambio, admite que la realidad de “lo divino” existe en sí, objetivamente, cuya certeza procede de la “experiencia” de cada uno.

En el sentimiento se intuye, “por sí”, la realidad de Dios. En el sentimiento religioso se descubre una cierta intuición del corazón; merced a la cual, y sin necesidad de medio alguno, alcanza el hombre la realidad de Dios, y tal persuasión de la existencia de Dios y de su acción, dentro y fuera del ser humano, que supera con mucho a toda persuasión científica.

Experiencia y simbolismo conducen a que son igualmente verdaderas todas las religiones

Conviene advertir que de esta doctrina de la experiencia, unida a la otra del simbolismo, se infiere la verdad de toda religión, sin exceptuar el paganismo. ¿por qué causa argüirán de falsedad a una religión cualquiera? No por otra, ciertamente que por la falsedad del sentimiento religioso o de la fórmula brotada del entendimiento. Mas el sentimiento religioso es siempre y en todas partes el mismo, aunque en ocasiones tal vez menos perfecto: cuanto a la fórmula del entendimiento, lo único que se exige para su verdad, es que responda al sentimiento religioso y al hombre creyente, cualquiera que sea la capacidad de su ingenio.

Noción errónea de la tradición, como comunicación de una experiencia original, sin revelación divina

Otro punto hay en esta cuestión de doctrina en abierta contradicción con la verdad católica. Pues el principio de la experiencia se aplica también a la tradición sostenida hasta aquí por la Iglesia, destruyéndola completamente. A la verdad, por tradición entienden los modernistas cierta comunicación de alguna experiencia original que se hace a otros mediante la predicación y en virtud de la fórmula intelectual; a la cual fórmula atribuyen, además de su fuerza representativa, como dicen, cierto poder sugestivo que se ejerce, ora en el creyente mismo para despertar en el sentimiento religioso, tal vez dormido, y restaurar la experiencia que alguna vez tuvo; ora sobre los que no creen aún, para crear por primera vez en ellos el sentimiento religioso y producir la experiencia .

Relaciones entre Ciencia (fenómenos) y fe (lo divino)

Ante todo, se ha de asentar que la materia de la una está fuera de la materia de la otra y separada de ella. Pues la fe versa únicamente sobre un objeto que la ciencia declara serle incognoscible; de aquí un campo completamente diverso: la ciencia trata de los fenómenos, en los que no hay lugar para la fe; ésta, por el contrario, se ocupa enteramente de lo divino, que la ciencia desconoce por completo.

No hay oposición ni relación entre “fe” y “ciencia” cada una en su esfera sin relación posible

De donde se saca en conclusión que no hay conflictos posibles entre la ciencia y la fe; porque si cada una se encierra en su esfera, nunca podrán encontrarse ni, por lo tanto, contradecirse. ... al que todavía preguntase más, si Jesucristo ha obrado verdaderamente milagros y verdaderamente profetizado lo futuro; si verdaderamente resucitó y subió a los cielos: no, contestará la ciencia agnóstica; sí, dirá la fe. Aquí, con todo, no hay contradicción alguna; la negación es del filósofo y que no mira a Jesucristo sino según la realidad histórica; la afirmación es del creyente, que se dirige a creyentes y que considera la vida de Jesucristo como vivida de nuevo por la fe y en la fe.

La “fe” sometida a la “ciencia” por tres razones

La fe, no por una, sino por tres razones, está sometida a la ciencia. En primer lugar, conviene notar que todo cuanto incluye cualquier hecho religioso, quitada su realidad divina y la experiencia que de ella tiene el creyente, todo lo demás, y principalmente las fórmulas religiosas, no sale de la esfera de los fenómenos, y por eso cae bajo el dominio de la ciencia....
Además, aunque se ha dicho que Dios es objeto de sola la fe, pero esto se entiende tratándose de la realidad divina y no de la idea de Dios. Esta se halla sujeta a la ciencia... la filosofía o la ciencia tienen el derecho de investigar sobre la idea de Dios, de dirigirla en su desenvolvimiento y liberarla de todo lo extraño que pueda mezclarse... “la evolución religiosa ha de ajustarse a la moral y a la intelectual”... ”ha de subordinarse a ellas”.
Añádese, en fin, que el hombre no sufre en sí la dualidad, por lo cual el creyente experimenta una interna necesidad que lo obliga a armonizar la fe con la ciencia, de modo que no disienta de la idea general que la ciencia da de este mundo universo.
De lo que se concluye que la ciencia es totalmente independiente de la fe; pero que ésta, por lo contrario, aunque se pregone como extraña a la ciencia debe sometérsele.

El Magisterio de la Iglesia enseña que la filosofía es sierva de la teología

Pío IX nuestro predecesor dijo: Es propio de la filosofía, en lo que atañe a la religión, no dominar, sino servir; no prescribir lo que se ha de creer, sino abrazarlo con racional homenaje; no escudriñar la profundidad de los misterios de Dios, sino reverenciarlo pía y humildemente.

Gregorio IX escribía a ciertos teólogos de su tiempo: Algunos entre vosotros, hinchados como odres por el espíritu de la vanidad, se empeñan en traspasar con profanas novedades los términos que fijaron los Padres, inclinando la inteligencia de las páginas sagradas... a la doctrina de la filosofía racional, no para algún provecho de los oyentes, sino para ostentación de la ciencia... fuerzan a la reina a servir a la esclava.

En la historia, no hacen mención de la divinidad de Cristo, pero, sí en la predicación.

Cuando escriben de historia no hacen mención de la divinidad de Cristo; pero predicando en los templos la confiesan firmísimamente. Del mismo modo, en las explicaciones de historia no hablan de Concilios ni de Padres: mas si enseñan el Catecismo, citan honrosamente a unos y otros.

De aquí que distingan también la exégesis teológica y pastoral de la científica e histórica. Igualmente, apoyándose en el principio de que la ciencia de ninguna manera depende de la fe, al disertar acerca de la filosofía, historia y crítica, muestran de mil maneras su desprecio de los maestros católicos, Santos Padres, Concilios Ecuménicos y Magisterio eclesiástico... Confesando, en fin, que la fe debe subordinarse a la ciencia, a menudo abiertamente censuran a la Iglesia, porque tercamente se niega a someter y acomodar sus dogmas a las opiniones filosóficas...
El teólogo

Inmanencia y simbolismo: los dos principios de la teología modernista

Se trata de conciliar la fe con la ciencia, y eso de tal suerte que la una se sujete a la otra. En este género, el teólogo modernista usa de los mismos principios que, según vimos, usaba el filósofo, y los adapta al creyente; a saber, a los principios de la inmanencia y el simbolismo. El filósofo afirma: el principio de la fe es inmanente; el creyente añade: ese principio es Dios; concluye el teólogo: luego Dios es inmanente en el hombre. He aquí la inmanencia teológica.

De la misma suerte es cierto para el filósofo que las representaciones del objeto de la fe son sólo simbólicas; para el creyente lo es igualmente que el objeto de la fe es Dios en sí; el teólogo, por tanto, infiere: las representaciones de la realidad divina son simbólicas. He aquí el simbolismo teológico... comenzando desde luego por el simbolismo, como los símbolos son tales respecto del objeto, a la vez que instrumentos respecto del creyente, ha de precaverse éste ante todo, dicen, de adherirse más de lo conveniente a la fórmula, en cuanto fórmula, usando de ella únicamente para unirse a la verdad absoluta que la fórmula descubre y encubre juntamente, empeñándose luego en expresarlas, pero sin conseguirlo jamás. ...

Inmanencia panteísta y permanencia divina

Qué opinan realmente los modernistas sobre la inmanencia, difícil es decirlo: no todos sienten una misma cosa. Unos, la ponen en Dios, por su acción, está más íntimamente presente al hombre que éste a sí mismo; lo cual nada tiene de reprensible, si se entendiera rectamente. Otros, en que la acción de Dios es una misma cosa con la acción de la naturaleza, como la de la causa primera con la de la segunda, lo cual, en verdad, destruye el orden sobrenatural. Por último, hay quienes la explican de suerte que den sospecha de significación panteísta; lo cual concuerda mejor con el resto de su doctrina.

La permanencia divina es una forma de inmanencia

A este postulado de la inmanencia, se junta otro que podemos llamar de permanencia divina... Aclarémoslo con un ejemplo sacado de la Iglesia y de los sacramentos. La iglesia, dicen, y los Sacramentos no se ha de creer, en modo alguno, que fueran instituidos por Cristo. Lo prohíbe el agnosticismo, que en Cristo no reconoce sino a un hombre, cuya conciencia religiosa se formó, como en los otros hombres, poco a poco; lo prohíbe la ley de inmanencia, que rechaza las que ellos llaman externas aplicaciones, lo prohíbe también la ley de la evolución, que pide, a fin de que los gérmenes se desarrollen, determinado tiempo y cierta serie de circunstancias consecutivas, finalmente, lo prohíbe la historia, que enseña cómo fue en realidad el verdadero curso de los hechos.

Sin embargo, debe mantenerse que la Iglesia y los Sacramentos fueron instituidos mediatamente por Cristo. Pero ¿de qué modo? Todas las conciencias cristianas estaban en cierta manera incluidas virtualmente, como la planta en la semilla, en la conciencia de Cristo. Y, como los gérmenes viven la vida de la simiente, así hay que decir que todos los cristianos viven la vida de Cristo. Mas la vida de Cristo, según la fe, es divina: luego, también la vida, en el transcurso de las edades, dio principio a la Iglesia y a los Sacramentos, con toda razón se dirá que semejante principio proviene de Cristo y es divino. Así cabalmente concluyen que son divinas las Sagradas Escrituras y divinos lo dogmas. A esto se reduce... la teología de los modernistas.

Dogma, sacramentos, libros sagrados, Iglesia.

Hasta aquí hemos tratado del origen y naturaleza de la fe //... la Iglesia, el dogma, el culto, los libros santos... conviene examinar qué enseñan los modernistas sobre estos puntos.

El dogma: conjunto de fórmulas secundarias que responden a la conciencia común

Y comenzando por el dogma... Todo este trabajo consiste en penetrar y pulir la primitiva fórmula de la mente, no en sí misma, según el desenvolvimiento lógico, sino según las circunstancias o, como dicen ellos con menos propiedad, vitalmente. Y así sucede que, en torno a ella,... otras fórmulas secundarias... responden a la conciencia común, se denomina dogma. ...

Los sacramentos son puros símbolos

En lo que mira al culto sagrado... para los modernistas, brota de un doble impulso o necesidad; porque como hemos visto en su sistema todo se engendra... en virtud de impulsos íntimos o necesidades. ... Los Sacramentos, para los modernistas, son puros símbolos o signos; aunque no destituidos de fuerza...

El Concilio de Trento: Si alguno dijere que estos Sacramentos no fueron instituidos sino sólo para alimentar la fe, sea excomulgado.

Libros Sagrados son una colección de experiencias extraordinarias

Los libros sagrados... como una colección de experiencias, no de las que están al alcance de cualquiera, sino de las extraordinarias e insignes, que suceden en toda religión. ... en esos libros Dios habla en verdad por medio del creyente; más según quiere la teología de los modernistas, sólo por la inmanencia y permanencia vital. ...

La inspiración es como el impulso que siente el creyente de manifestar su fe

¿qué dicen de la inspiración? No se distingue, sino acaso por el grado de vehemencia, del impulso que siente el creyente de manifestar su fe de palabra o por escrito. Algo parecido tenemos en la inspiración poética. ...” Dios está en nosotros ... Así es como se debe afirmar que Dios es el origen de la inspiración de los Sagrados Libros ... si juzgamos la Biblia según el agnosticismo, a saber, como una obra humana compuesta por los hombres para los hombres, aunque se dé al teólogo el derecho de llamarla divina por inmanencia ...

La Iglesia debe su origen a una doble necesidad: individual de comunicar la fe y en la colectividad para conservarse

La Iglesia. Ante todo suponen que debe su origen a una doble necesidad: una, que existe en cualquier creyente, y principalmente en el que ha logrado alguna primitiva y singular experiencia para comunicar a otros su fe; otra, después que la fe ya se ha hecho común entre muchos, está en la colectividad, y tiende a reunirse en sociedad, para conservar, aumentar y propagar el bien común.
La Iglesia viene a ser fruto de la conciencia colectiva o de la unión de la conciencias particulares, las cuales, en virtud de la permanencia vital, dependen de su primer creyente, esto es, de Cristo, si se trata de los católicos ... cualquier sociedad necesita de una autoridad rectora ... De aquí surge, en la Iglesia católica, una triple autoridad: disciplinar, dogmática y litúrgica ... Y así como se dice que la Iglesia nace de la colectividad de las conciencias, por igual manera la autoridad procede vitalmente de la misma Iglesia. .. La autoridad, pues, lo mismo que la Iglesia, brota de la conciencia religiosa... En el orden civil, la conciencia pública introdujo el régimen popular...

Relaciones Iglesia - Estado. La Iglesia separada del Estado y sometida a él
Y así como por razón del objeto, son la fe y la ciencia extrañas entre sí, de idéntica suerte lo son el Estado y la Iglesia por sus fines, temporal el de aquél y espiritual, el de ésta. El Estado se debe separar de la Iglesia; como el católico del ciudadano. Señalar bajo cualquier pretexto al ciudadano el modo de obrar, es un abuso del poder eclesiástico.

Más no satisface a la escuela de los modernistas que el Estado sea separado de la Iglesia. Así como la fe, en los elementos, que llaman fenoménicos, debe subordinarse a la ciencia, así en los negocios temporales la Iglesia debe someterse al Estado. Muchos protestantes liberales suprimen todo culto externo sagrado, y aun también toda sociedad externa religiosa, y tratan de introducir la religión que llaman individual.

Evolución de la fe, el dogma, el culto.

Evolución de la fe negativa y positivamente

Las doctrinas modernistas sobre el desenvolvimiento de la fe. Hay aquí un principio general: en toda religión viva, nada existe que no sea variable, y que, por lo tanto, no deba variarse. De donde pasan a lo que en su doctrina es casi capital, a saber, la evolución... el dogma, la Iglesia, el culto sagrado, los libros... deben sujetarse a las leyes de la evolución... puesta la ley de la evolución, hallamos descrita por ellos mismos la forma de la evolución. Y en primer lugar, en cuanto a la fe. La primitiva forma de la fe, dicen, fue rudimentaria y común para todos los hombres, porque brotaba de la misma naturaleza y vida humana. Hízola progresar la evolución vital, no por la agregación externa de nuevas formas, sino por una creciente penetración del sentimiento religioso en la conciencia.

Aquel progreso se realizó de dos modos: en primer lugar, negativamente, anulando todo elemento extraño, como por ejemplo, el que provenía de familia o nación; después, positivamente, merced al perfeccionamiento intelectual y moral del hombre; con ello la noción de lo divino se hizo más amplia y más clara, y el sentimiento religioso resultó más elevado. ...

El dogma progresó al vencer impedimentos, sojuzgar a los enemigos y refutar las contradicciones

La evolución del dogma se origina principalmente de que hay que vencer los impedimentos de la fe, sojuzgar a los enemigos y refutar las contradicciones ... Así sucedió con Cristo: Aquello más o menos divino que en él admitía la fe, fue creciendo insensiblemente y por grados hasta que, finalmente, se le tuvo por Dios.

El culto evoluciona por acomodarse a las costumbres y tradiciones populares

En la evolución del culto, el factor principal es la necesidad de acomodarse a las costumbres y tradiciones populares... la Iglesia encuentra la exigencia de la evolución en que tiene necesidad de adaptarse a las circunstancias históricas y a las formas, públicamente ya existentes, del régimen civil.

El progreso es el resultado del encuentro de dos fuerzas opuestas, conservadora y progresista

Ahondando más en la mente de los modernistas, diremos que la evolución proviene del encuentro opuesto de dos fuerzas, de las que una estimula el progreso, mientras la otra pugna por la conservación. La fuerza conservadora reside vigorosa en la Iglesia, y se contiene en la tradición. Represéntala la autoridad religiosa... Al contrario, en las conciencias de los individuos se oculta y se agita una fuerza que impulsa al progreso, que responde a interiores necesidades.

Nada hay estable, ni inmutable en la iglesia

Según la doctrina y maquinaciones de los modernistas, nada hay estable, nada inmutable en la Iglesia. En la cual sentencia les precedieron aquellos de quienes N.P. Pío IX ya escribía: Esos enemigos de la revelación divina, prodigando estupendas alabanzas al progreso humano, quieren, con temeraria y sacrílega osadía, introducirlo en la religión católica, como si la religión fuese obra de los hombres y no de Dios, o algún invento filosófico que con trazos humanas pueda perfeccionarse.

Pío IX en el Syllabus ya repudiaba la doctrina que ahora sostienen los modernistas: La revelación divina es imperfecta, y por lo mismo sujeta a progreso continuo e indefinido, que corresponda al progreso de la razón humana; y con más solemnidad el Vaticano I: Ni, pues, la doctrina de la fe que Dios ha revelado se propuso como un invento filosófico para que la perfeccionasen los ingenios humanos, sino como un depósito divino se entregó a la Esposa de Cristo, a fin de que la custodiara fielmente e infaliblemente la declarase. De aquí se han de retener también los dogmas sagrados en el sentido perpetuo que una vez declaró la Santa Madre Iglesia, ni jamás hay que apartarse de él con color y nombre de más alta inteligencia... Crezca, pues, y progrese mucho e incesantemente la inteligencia, ciencia y sabiduría, tanto de los particulares como de todos... pero sólo en su género, estos, en el mismo dogma, en el mismo sentido y en la misma sentencia.

Después e haber examinado al filósofo, al creyente, al teólogo, queda igualmente que examinemos al historiador, al crítico, al apologista y al reformador. ...(28-29-30-31-32-33-34-35-36-37)

domingo, 22 de marzo de 2009

Encíclica: “Pascendi dominici gregis”: Introducción y el filósofo modernista

Nociones previas

Esta Encíclica la escribió San Pío X, fue publicada el 8 de Septiembre 1907 y trata sobre las doctrinas modernistas. Con anterioridad, el 3 de Julio, del mismo año, el Papa había firmado el Decreto del Santo Oficio, "Lamentabili sane in situ", sobre los errores del modernismo, en forma de Syllabus o colección de errores. Posteriormente, el 1 de septiembre de 1910 firmó el motu propio "Sacrorum Antistitum" que contenía “algunas normas para rechazar el peligro del modernismo” en el que se incorporaba el juramento antimodernista que estuvo en vigor hasta que en el año 1968 con posterioridad al Concilio Vaticano II fue sustituido por una “Professio fidei” con el “Juramento de fidelidad al asumir un oficio que se ha de ejercer en nombre de la Iglesia”.

Encíclica Pascendi

Comenzamos por la Encíclica Pascendi. Consta de una introducción y dos partes, una en la que expone con todo detalle las doctrinas modernistas y otra en la que se analizan las causas y se proponen remedios para atajar el mal en la Iglesia.

La exposición de las doctrinas modernistas las hace en base a explicar los principios por los que se rige el filósofo, el creyente, el teólogo, el historiador y crítico, el apologista y el reformador modernista.

Nos ocupamos en esta entrada de la introducción de la Encíclica y del filósofo modernista[1]. Se trata de un resumen por lo que quien estuviera interesado en el texto completo debería buscarlo y leerlo el siguiente enlace:
http://www.vatican.va/holy_father/pius_x/encyclicals/documents/hf_p-x_enc_19070908_pascendi-dominici-gregis_sp.html


Introducción

Un crecido el número de enemigos de la Cruz de Cristo se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia y si pudieran destruir totalmente el Reino de Jesucristo

Seglares y sacerdotes ignorantes de filosofía y teología, impregnados hasta la médula de los huesos con venenosos errores, se presentan como restauradores de la Iglesia sin respetar ni aun la propia persona del divino Redentor, que con sacrílega temeridad rebajan a la categoría de puro y simple hombre

Seguramente la iglesia nunca tuvo peores enemigos y ellos traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera, sino desde dentro, el peligro está casi en las entrañas de la misma Iglesia y en sus mismas venas. Amalgaman en sus personas el racionalista y al católico y engañan a los incautos.

La táctica de los modernistas es no exponer sus doctrinas de modo metódico y en su conjunto, sino dándolas en cierto modo por fragmentos y esparcidas
Exposición de las doctrinas modernistas (I)

Cada modernista presenta y reúne en sí mismo variedad de personajes, mezclando, por decirlo así, al filósofo, al creyente, al teólogo, al historiador, al crítico, al apologista, al reformador
El filósofo modernista

El principio del agnosticismo: La razón humana, está encerrada en el círculo de los “fenómenos” es por tanto incapaz de elevarse hasta Dios, ni aun para conocer su existencia, de algún modo, por medio de las criaturas

Consecuencias del agnosticismo: Dios no puede ser objeto de la ciencia, ni sujeto de la historia. los modernistas tienen como ya establecida y fija una cosa, a saber, que la ciencia debe ser atea, y lo mismo la historia en la esfera de una y otra no admiten sino fenómenos: Dios y lo divino quedan desterrados.

El principio de la inmanencia vital: Es la explicación del “fenómeno religioso”. Una vez repudiada la teología natural y cerrado, en consecuencia, todo acceso a la revelación al desechar los motivos de credibilidad; más aún abolida por completo toda revelación externa, resulta claro que no puede buscarse fuera del hombre la explicación apetecida, y debe hallarse en lo interior del hombre. Por tal procedimiento se llega a establecer el principio de la inmanencia religiosa

La fe es un sentimiento íntimo, reside en la subconsciencia y surge por indigencia de lo divino.

Los dos límites del conocimiento. La ciencia y la historia están encerradas entre dos límites: uno exterior, el mundo visible; otro interior, la conciencia. Llegadas a uno de estos, imposible es que pasen adelante la ciencia y la historia; más allá está lo incognoscible. la indigencia de lo divino, sin juicio alguno previo, suscita en el alma, naturalmente inclinada a la religión , cierto sentimiento especial, que tiene por distintivo el envolver en sí mismo la propia realidad de Dios, bajo el doble concepto de objeto y de causa íntima del sentimiento, y el unir en cierta manera al hombre con Dios, a este sentimiento llaman fe y en él afirman que se verifica la revelación. ...

Las tres leyes de la crítica histórica. Se siguen dos consecuencias: En primer lugar, se produce cierta transfiguración del fenómeno,..; en segundo lugar, una como desfiguración. De ambas cosa sacan... los modernistas, dos leyes, que, juntas con la tercera sacada del agnosticismo, forman las bases de la crítica histórica.

Aplicación de los principios modernistas a la persona de Cristo.
En la persona de Cristo, dicen, la ciencia y la historia ven sólo un hombre. Por lo tanto, en virtud de la primera ley, sacada del agnosticismo, es preciso borrar de su historia cuanto presente carácter divino.
Por la segunda ley, la figura histórica de Cristo fue transfigurada por la fe; es necesario, pues, quitarle cuanto la levanta sobre las condiciones históricas.
Finalmente, por la tercera, la misma persona de Cristo fue desfigurada por la fe; luego se ha de prescindir en ella de las palabras, actos y todo cuanto, en fin, no corresponda a su naturaleza, estado, educación, lugar y tiempo en que vivió... tal es la crítica modernista.

El sentimiento religioso que brota por vital inmanencia es el germen de toda religión incluso de la cristiana. La religión católica queda al nivel de las demás, tuvo su origen en la conciencia de Cristo, varón de privilegiadísima naturaleza, cual jamás hubo ni habrá, en virtud del desarrollo de la inmanencia vital, y no de otra manera.

No se trata ya del antiguo error que ponía en la naturaleza humana cierto derecho al orden sobrenatural. Se ha ido mucho más adelante, a saber, hasta afirmar que nuestra santísima Religión, lo mismo en Cristo que en nosotros, es un fruto propio y espontáneo de la naturaleza. Nada, en verdad, más propio para destruir todo el orden sobrenatural.

Por tanto el Concilio Vaticano I decretó:

“Si alguno dijere que el hombre no puede ser elevado por Dios a un conocimiento y perfección que supere a la naturaleza, sino que puede y debe finalmente llegar por sí mismo, mediante un continuo progreso, a la posesión de toda verdad y de todo bien, sea excomulgado”.

Dos fases en la elaboración intelectual de la religión. La mente obra de dos modos: primero, con un acto natural y espontáneo traduce las cosas en una aserción simple y vulgar; después, refleja y profundamente, o como dicen, elaborando el pensamiento, interpreta lo pensado con sentencias secundarias, que una vez sancionadas por el magisterio supremo de la Iglesia, formarán el dogma.

Los dogmas: fórmulas secundarias, símbolos - instrumentos
Este es uno de los puntos principales del modernismo: el origen y naturaleza del dogma.

El dogma tiene su origen en unas fórmulas primitivas simples que son necesarias en cierto modo a la fe, porque la revelación para existir, supone en la conciencia alguna noticia manifiesta de Dios. El fin de las fórmulas no es otro que proporcionar al creyente el modo de darse razón de su fe.
Por lo tanto, los dogmas son con relación a la fe los signos inadecuados de su objeto, vulgarmente llamados símbolos; con relación al creyente son meros instrumentos . Más el objeto del sentimiento religioso, por hallarse contenido en lo absoluto, tiene infinitos aspectos, que pueden aparecer sucesivamente, ora uno, ora otro. A su vez el hombre, al creer, puede estar en condiciones que pueden ser muy diversas. Por lo tanto, las fórmulas que llamamos dogma se hallarán expuestas a las mismas vicisitudes y, por consiguiente, sujetas a mutación. Así queda expedito el camino hacia la evolución íntima del dogma. ...

Las fórmulas auténticas son las avaladas por el sentimiento
Las fórmulas religiosas, para que sean verdaderamente religiosas, y no meras especulaciones del entendimiento, han de ser vitales y han de vivir la vida misma, del sentimiento religioso. ...
El principio filosófico que rige toda la especulación racional del modernista es el Agnosticismo, la razón es incapaz de ir más allá de los fenómenos sensibles. Los dos límites de nuestra razón están en el más allá de lo experimentable en el mundo sensible y en el más acá de la conciencia interior. Se admite que hay religión porque hay quienes confiesan tener un sentimiento religioso que se explica por el principio de la inmanencia vital que hace surgir el sentimiento religioso por indigencia de lo divino.

[1] COLECCIÓN DE ENCÍCLIAS DE LA ACCIÓN CATÓLICA. Madrid 1967. pág. 941

domingo, 22 de febrero de 2009

Lamentabili sine exitu - SAN PÍO X

Decreto sobre los errores del "Modernismo"
3 de julio de 1907

Es un Decreto del entonces Santo Oficio, hoy Congregación para la Doctrina de la Fe. En el Decreto "Lamentabili" se condenan un total de 65 errores del modernismo, los que califican el modernismo de forma más clara y los que muestran el alcance del mal que representa para la Iglesia ese conjunto de doctrinas.

Una de las características del "modernismo", como movimiento o doctrina religiosa, es que, como dice San Pío X en la Encíclica "Pascendi", siendo un sistema de doctrina coherente y muy estructurado, sin embargo, se presenta muchas veces en forma de enseñanzas deslabazadas y con contradicciones, según sea el auditorio ante el que se manifiesta el modernista y de ello resulta que es un sistema que parece estar lleno de contradicciones.

Los 65 errores citados por el Decreto "Lamentabili" se encuentran clasificados o agrupados Los errores del modernismo
• Autoridad doctrinal y disciplinar de la Iglesia
• Autoridad de las Sagradas Escrituras
• Autoridad humana de los Libros Sagrados
• La Revelación y el dogma
• La divinidad de Jesucristo
• Los Sacramentos
• La Iglesia Católica y su doctrina
Aprobación del Papa
Los errores del modernismo

Son lamentables los resultados con que los tiempos actuales, refractarios a toda mesura, van tras las novedades que la investigación de las supremas razones de las cosas ofrece, y caen en gravísimos errores al mismo tiempo que desprecian lo que es la herencia del género humano. Estos errores son mucho más graves cuando se trata de la ciencia sagrada, o de la interpretación de la Sagrada Escritura, o de los más importantes misterios de la fe. Es muy doloroso encontrar incluso no pocos escritores católicos que traspasan los límites puestos por los Santos Padres y por la Iglesia misma, y se dedican a desarrollar los dogmas de una manera que en realidad no es más que deformarlos; y esto con el pretexto de ofrecer una más profunda comprensión de los mismos y en nombre de la crítica histórica.

Estos errores se están difundiendo cada vez más entre los fieles; para que no arraiguen en ellos corrompiendo la pureza de su fe, nuestro Santísimo Padre el Papa Pío X ha encomendado a este Tribunal de la Santa Inquisición Romana y Universal que señale y condene los principales de esos errores.
En consecuencia, después de un detenido examen, y con el voto de los Consultores, los Eminentísimos Cardenales, Inquisidores Generales en cuestiones de fe y de costumbres, creyeron conveniente condenar y proscribir las proposiciones siguientes, tal y como se reprueban y proscriben en este Decreto.

Autoridad doctrinal y disciplinar de la Iglesia

1. La ley eclesiástica, que ordena someter a la censura previa los libros que tratan de las sagrada Escritura, no afecta a los escritores que se dedican a la crítica o a la exégesis científica de los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento.
2. No se debe menospreciar la interpretación que la Iglesia hace de los Libros Sagrados; sin embargo, debe estar sometida al juicio y corrección más profundos de los exegetas.
3. Los juicios y censuras de la Iglesia contra una exégesis libre y más científica hacen pensar que la fe propuesta por la Iglesia contradice a la historia, y que los dogmas católicos no pueden compaginarse con los verdaderos orígenes de la religión cristiana.
4. El magisterio de la Iglesia no puede determinar ni siquiera por medio de definiciones dogmáticas, el genuino sentido de las Sagradas Escrituras.
5. Dado que el depósito de la fe solamente contiene verdades reveladas, bajo ningún concepto corresponde a la Iglesia juzgar acerca de las afirmaciones de la ciencia humana.
6. Es de tal índole la colaboración entre la Iglesia discente y la Iglesia docente para definir las verdades, que la Iglesia docente se limita a aprobar las opiniones comunes de la discente.
7. Cuando la Iglesia condena errores, no puede exigir a los fieles un asentimiento interno, por el que se adhieran a los juicios por ella emitidos.
8. Se han de considerar libres de culpa a quienes no tienen en cuenta las condenas emanadas de las Sagradas Congregaciones Romanas.(1)

Autoridad de las Sagradas Escrituras

9. Quienes creen que Dios es el verdadero autor de la Sagrada Escritura demuestran ser exageradamente simples o ignorantes.
10. La inspiración de los libros del Antiguo Testamento consiste en que los escritores israelitas transmitieron las doctrinas religiosas bajo un aspecto poco conocido o ignorado por los paganos.
11. La inspiración divina no abarca a toda la Sagrada Escritura, de manera que todas y cada una de sus partes carezcan de error.
12. Si el exegeta quiere dedicarse con provecho a los estudios bíblicos, lo primero que ha de hacer es rechazar cualquier idea preconcebida acerca del origen sobrenatural de la Sagrada Escritura y proceder a interpretarla el mismo modo que cualesquiera otros documentos puramente humanos(2).

Autoridad humana de los Libros Sagrados

13. Los mismos evangelistas y los cristianos de la segunda y tercera generación fueron quienes elaboraron las parábolas del Evangelio; de esta forma justificaban los exiguos frutos que produjo la predicación de Cristo a los judíos.
14. En muchas narraciones, los evangelistas contaron no tanto lo que es verdad, cuanto lo que juzgaron más provechoso para sus lectores, aunque fuera falso.
15. Los Evangelios fueron aumentados con adiciones y correcciones continuas hasta llegar al canon definitivo y constituido; en ellos, por ende, no quedó sino un tenue e incierto vestigio de la doctrina de Cristo.
16. Las narraciones de San Juan no son propiamente historia, sino una contemplación mística del Evangelio; los discursos que el citado Evangelio contiene, son meditaciones teológicas sobre el misterio de la salvación, desprovistas de verdad histórica.
17. El cuarto Evangelio exageró los milagros, no sólo para que pareciesen más extraordinarios, sino también con el fin de que fuesen más adecuados para simbolizar la obra y la gloria del Verbo Encarnado.
18. San Juan se arroga la condición de testigo de Cristo; pero en realidad no fue más que un testigo de la vida cristiana, o de la vida de Cristo en la Iglesia, durante los últimos años del primer siglo.
19. Los exegetas heterodoxos han expresado el sentido verdadero de las Escrituras con mayor fidelidad que los exegetas católicos.

La Revelación y el dogma

20. La revelación no ha podido ser otra cosa más que la conciencia que el hombre adquiere de su relación con Dios (3).
21. La revelación, que constituye el objeto de la fe católica, no quedó cerrada con los Apóstoles.
22. Los dogmas que la Iglesia presenta como revelados no son verdades venidas del Cielo, sino sólo una interpretación de hechos religiosos que la mente humana se ha proporcionado por medio de un esfuerzo laborioso.
23. Puede existir, y de hecho existe, oposición entre los hechos que la Sagrada Escritura narra y los dogmas de la Iglesia que en ellos se apoyan; por consiguiente, el crítico puede rechazar como falsos hechos que la Iglesia cree absolutamente ciertos.
24. No hay por qué condenar al exegeta que sienta unas premisas de las cuales se sigue que los dogmas son históricamente falsos o dudosos, con tal de que directamente no niegue directamente esos dogmas.
25. El asentimiento de la fe se apoya, en último término, en el número de probabilidades.
26. Los dogmas de la fe se han de admitir solamente según su sentido práctico; es decir, como normas preceptivas de conducta, no como normas de lo que hay que creer.

La divinidad de Jesucristo

27. La divinidad de Jesucristo no se prueba por medio de los Evangelios; pero es un dogma que la conciencia cristiana deduce de la noción del Mesías (4).
28. En el ejercicio de su ministerio, Jesús no hablaba con la finalidad de enseñar que El era el Mesías, ni sus milagros iban encaminados a demostrarlo.
29. Se puede admitir que el Cristo, que nos muestra la historia, es muy inferior al Cristo que es objeto de la fe.
30. En todos los textos evangélicos el nombre de Hijo de Dios es equivalente sólo al nombre de Mesías, pero de ningún modo significa que Cristo es verdadero y natural Hijo de Dios.
31. La doctrina que acerca de Cristo, nos han transmitido Pablo, Juan y los Concilios de Nicea, de Éfeso y Calcedonia, no es la que Jesús enseñó, sino la que acerca Jesús concibió la conciencia cristiana.
32. El sentido natural de los textos evangélicos no puede compaginarse con lo que nuestros teólogos enseñan acerca de la conciencia de Jesucristo y de su ciencia infalible.
33. Es evidente para cualquiera que no se deja llevar por ideas preconcebidas que, o bien Jesús estaba equivocado acerca del próximo advenimiento del Mesías, o bien la mayor parte de Su doctrina contenida en los Evangelios Sinópticos no es auténtica.
34. El crítico no puede atribuir a Cristo una ciencia sin límites, a no ser que se apoye en una hipótesis históricamente concebible y que repugna al sentido moral: que Cristo, en cuanto hombre, poseía la ciencia de Dios y, no obstante, no quiso comunicar ese conocimiento acerca de tantas cosas ni a los discípulos ni a la posteridad.
35. No siempre tuvo Cristo conciencia de su dignidad mesiánica.
36. La Resurrección del Salvador no es propiamente un hecho histórico, sino de orden meramente sobrenatural, ni demostrado ni demostrable, que la conciencia cristiana fue poco a poco derivando a partir de otros hechos.
37. En un comienzo, la fe en la Resurrección de Cristo no versó tanto sobre el mismo hecho de la Resurrección como sobre la vida inmortal de Cristo junto a Dios.
38. La doctrina acerca de la muerte expiatoria de Cristo no es evangélica, sino solamente paulina.

Los Sacramentos:

39. Las opiniones acerca del origen de los Sacramentos, de que estaban imbuidos los Padres de Trento y que indudablemente influyeron en sus cánones dogmáticos, están muy lejos de las que ahora mantiene con razón la investigación histórica sobre el cristianismo.
40. Los sacramentos tuvieron su origen en la idea que los Apóstoles y sus sucesores, movidos y convencidos por determinados acontecimientos y circunstancias, se formaron acerca de Cristo y de su intención.
41. Los sacramentos no tienen más finalidad que la de mantener viva en el espíritu la presencia siempre beneficiosa del Creador.
42. Fue la comunidad cristiana la que introdujo la necesidad del bautismo, al adoptarlo como un rito necesario y añadiéndole las obligaciones de la profesión cristiana.
43. La costumbre de bautizar a los niños fue una evolución de la disciplina, y fue una de las causas de que el sacramento se dividiera en dos: el Bautismo y la Penitencia.
44. Nada prueba que los Apóstoles practicasen el rito del sacramento de la Confirmación; la distinción formal entre Bautismo y Confirmación, es ajena a la historia del cristianismo primitivo.
45. No todo lo que San Pablo relata acerca de la institución de la Eucaristía (1 Cor. 11, 23-25), ha de ser considerado como histórico (5).
46. En la Iglesia primitiva no existía el concepto de pecador cristiano reconciliado por la autoridad de la Iglesia; ésta fue asimilando con gran lentitud el citado concepto; es más, después de ser conocida la penitencia como una institución de la Iglesia, no se le daba el nombre de Sacramento, pues era considerado como un sacramento infamante.
47. Las palabras del Señor: Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonareis los pecados les serán perdonados, y a quienes se los retuviereis les serán retenidos (Juan, 20, 22. 23), no se refieren en absoluto al sacramento de la Penitencia, por más que lo afirmaran así los Padres de Trento.
48. Santiago, en su epístola (5, 14. 15) no tuvo intención de promulgar un Sacramento de Cristo, sino recomendar una práctica piadosa. Si acaso ve en ello algún medio para obtener la gracia, no lo entiende con el rigor con que lo han interpretado los teólogos que fijaron el concepto y el número de los sacramentos (6).
49. A medida que la Cena cristiana fue poco a poco convirtiéndose en acción litúrgica, quienes solían presidir la Cena adquirieron carácter sacerdotal.
50. Los ancianos que tenían la misión de atender a los grupos de cristianos fueron instituidos como presbíteros u obispos por los Apóstoles, con el fin de que se ocuparan de la necesaria organización de las comunidades en auge, pero no con el fin de perpetuar la misión y potestad apostólica.
51. El matrimonio no pudo convertirse en Sacramento de la nueva ley, sino hasta muy tarde en la Iglesia; puesto que para que el matrimonio se considerase como Sacramento, era necesario que previamente se llegara a un pleno desarrollo teológico de la doctrina sobre la gracia y sobre los Sacramentos.

La Iglesia Católica y su doctrina

52. Fue ajeno fue a la intención de Cristo fundar la Iglesia como sociedad que había de durar sobre la tierra, durante largos siglos; por el contrario, Cristo pensaba que el reino de los Cielos junto con el fin del mundo estaba a punto de llegar.
53. La constitución orgánica de la Iglesia no es inmutable, pues la sociedad cristiana, está sujeta, como toda sociedad humana, a una continua evolución.
54. Los dogmas, los Sacramentos la Jerarquía -tanto en lo que se refiere a su concepto como a su realidad- no son más que interpretaciones y evoluciones de la mente cristiana, que hicieron crecer y perfeccionaron con añadiduras exteriores, el germen diminuto latente en el Evangelio.
55. Nunca pensó Simón Pedro que Cristo le hubiese encomendado el primado en la Iglesia.
56. La Iglesia romana se convirtió en la cabeza de todas las Iglesias, no por ordenación de la divina, sino meramente por circunstancias políticas.
57. La Iglesia se manifiesta enemiga de los progresos en las ciencias naturales y teológicas.
58. La verdad no es más inmutable que el hombre mismo, y que con él, en él y por él evoluciona.
59. Cristo no enseñó un determinado cuerpo de doctrina aplicable en todo tiempo y a todos los hombres, sino que más bien inició un movimiento religioso adaptado o adaptable a los diversos tiempos y lugares.
60. La doctrina cristiana fue judaica en sus inicios, pero por medio de evoluciones sucesivas se hizo primero paulina, después joánica y por último helénica y universal.
61. Puede decirse, sin afirmar nada extraño, que ningún capítulo de la Escritura, -desde el primero del Génesis hasta el último del Apocalipsis- contiene una doctrina idéntica a la que acerca de la misma materia enseña la Iglesia, por consiguiente, ningún capítulo de la Escritura tiene el mismo sentido para el crítico que para el teólogo.
62. Los principales artículos del Símbolo de los Apóstoles no tenían para los primeros cristianos la misma significación que tienen para los cristianos de hoy.
63. La Iglesia se muestra incapacitada para defender con eficacia la moral evangélica al adherirse obstinadamente a doctrinas inmutables que no pueden estar en armonía con el progreso moderno.
64. El progreso de las ciencias está exigiendo una modificación de los conceptos acerca de Dios, de la Creación, de la Redención, de la persona del Verbo Encarnado y de la Redención.
65. El catolicismo actual no puede armonizarse con la verdadera ciencia, si no se transforma en un cristianismo no dogmático: en un protestantismo amplio y liberal (7).
3 de julio de 1907

La aprobación del Papa.

El día siguiente, jueves 4 del mismo mes y año, habiéndose hecho a su Santidad el Papa Pío X un informe fiel de todo esto, su Santidad aprobó y confirmó el decreto de los Eminentísimos Padres, y ordenó que todas y cada una de las proposiciones arriba insertas fuesen consideradas por todos como reprobadas y proscriptas, Petrus Palambelli (Notario de la S. R. U. I)

NOTAS
(1) Estas ocho primera proposiciones, aunque con otras palabras, no hacen más que repetir los antiguos errores protestantes y racionalistas, que pretendían negar o desvirtuar la autoridad doctrinal y disciplinar de la Iglesia Católica.
• (2) Las proposiciones 9, 10, 11 y 12, niegan, o al menos ponen en duda la autoridad de las Sagradas Escrituras; las proposiciones siguientes, hasta la 19 inclusive, niegan también la autoridad humana de los Libros Sagrados, principalmente la de los Evangelio sinópticos y más todavía la del Evangelio de San Juan.
• (3) Las proposiciones siguientes (20-26), que intentan explicar la revelación y el dogma por medio de la conciencia y la evolución psicológica según los métodos del subjetivismo kantiano, se apoyan en los principios erróneos ya expuestos acerca de la Sagrada Escritura.
• (4) Las restantes proposiciones se apoyan en el citado evolucionismo subjetivo, tanto las que se refieren a la persona misma de Jesucristo y a su muerte y resurrección (27-38), como las que atañen a la doctrina general y especial de los Sacramentos (29-51); también las que conciernen directamente a la Iglesia, a su constitución y jerarquía, al primado de San Pedro y de la Iglesia de Roma, y a la verdad universal.
• (5) Estas son palabras de San Pablo: "Porque yo he recibido del señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan y, después de dar gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros; haced esto en memoria mía. Igualmente, después de cenar, tomó el cáliz diciendo: este es el cáliz de la nueva alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis haced esto en memoria mía."
• (6) Santiago se refiere al Sacramento de la Extremaunción o Unción de los enfermos: "¿Alguno de vosotros cae enfermo? Haga llamar a los presbíteros de la Iglesia, para que recen sobre él, ungiéndolo con óleo en nombre del Señor; y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor lo aliviará y, si tuviera pecado, obtendrá el perdón".
• (7) Las dos últimas proposiciones evolucionistas, que son más concretas, tienen una gran afinidad con las proposiciones ya condenadas por Pío IX en el Syllabus, el 8 de diciembre de 1864, y también en el Concilio Vaticano I, en el año 1870

martes, 10 de febrero de 2009

La condenación del Modernismo por San Pío X (1)


1. Breve introducción, rasgos del papa San Pío X
2. Condena del modernismo
3. Contenido de la pascendi: el sistema modernista
4. La evolución en el origen y desarrollo del sistema modernista
5. La forma de tratar las diferentes disciplinas: los personajes
6. Consecuencias sociales del modernismo
7. La expansión del modernismo su lugar de cultivo
8. El peligro del modernismo
9. Primacía de lo sobrenatural: la revelación divina y la razón
10. La religión surge del sentimiento religioso. La Escritura es reflejo del mismo
11. El efecto de la pascendi. Situación actual

1.- Breve introducción, rasgos del papa San Pío X

Se cumple este año el centenario de la subida al solio pontificio del papa san Pío X, el papa sencillo, de humilde origen, de escasa rele­vancia intelectual o diplomática, pero profunda­mente enamorado de Cristo y de su Iglesia. Susti­tuyó al «sabio» -y en tantos sentidos verdadera­mente grande- León XIII, pero su labor eclesial supera incluso la de su predecesor. Basta leer el elogio que hizo de él Su Santidad Pío XII al beati­ficarlo. Bastaría también recordar que es por ahora el único papa declarado santo desde los tiempos de san Pío V en el ya lejano siglo XVI. Nos deten­dremos aquí solamente en una sucinta memoria de uno de sus documentos más clarividentes, la larga y elaborada encíclica Pascendi dominici gregis.

2.- Condena del modernismo

El 3 de julio del año 1907, en el quinto año de su pontificado, publicó Pío X a través de la Sagra­da Congregación del Santo Oficio el decreto lla­mado Lamentabili, que contenía una lista de se­senta y cinco errores de lo que se daba en llamar «modernismo». El 8 de septiembre siguiente daba a la luz la encíclica Pascendi, que contenía no sólo la condenación sino toda la explicación y el desa­rrollo del mismo modernismo a partir de su núcleo originario y en todas sus consecuencias. Nunca antes una encíclica había explicado un error con tal detalle. Siempre la herejía ha fingido no ser co­nocida por el magisterio que la condenaba, pero este conocimiento tan explícito del modernismo por parte del documento pontificio exasperó aún más a los fautores de aquel inmenso error.

3.- Contenido de la pascendi: el sistema modernista

La encíclica, en efecto, constituye un documen­to casi inédito en las enseñanzas pontificias de to­dos los tiempos, por cuanto contiene una explica­ción global y completa del sistema -porque se trata, en verdad, de un sistema- cuya caracterización, con el ambiguo y accidental nombre de modernismo, constituía en el seno de la Iglesia católica el papel que en la pura filosofía había desempeñado el idea­lismo del que surge.


4.- La necesidad de explicar el sistema modernista

En palabras de la encíclica, «del consorcio de la falsa filosofía con la fe ha nacido el sistema modernista» (núm. 42). Tal sistema no po­día ser condenado sin ser explicado, por cuanto no se hubiera entendido su núcleo filosófico, su inten­ción fuertemente racionalista, y su inmersión total y absoluta en el seno de los dogmas y de la totalidad de los elementos que constituyen la religión, con­virtiéndose, además, en una corriente que todo lo atravesaba hasta convertirse en el mismo ateísmo.


5.- La evolución en el origen y desarrollo del sistema modernista

Hacía más difícil la denuncia del error modernista el hecho de que había que explicar algo cuya naturaleza misma es la «evolución» de lo que pretende explicar. En efecto, el modernismo sos­tiene como tesis fundamental de su sistema que, siendo la religión algo en constante e imparable evolución, la explicación de la misma ha de con­sistir en una constante evolución. De ahí que el mo­dernismo no se deje fijar en determinadas proposi­ciones.

6.- La forma de tratar las diferentes disciplinas

Es así que la explicación pontificia de la natu­raleza del modernismo se hace en la encíclica de forma a la vez analítica y sintética, mostrando to­das las fases del desarrollo y poniendo de relieve sus diversas conclusiones en los distintos ámbitos de la religión. Por la explicación del documento pontificio pasan el modernista filósofo, el modernista creyente, el modernista teólogo, inclu­so el modernista apologista, el modernista histo­riador, el modernista crítico y, sobre todo, el modernista reformador de la Iglesia,

7.- Consecuencias sociales del modernismo

sin olvidar las consecuencias sociales del modernismo, que no son otras que el liberalismo más craso. En efecto, como leemos a este respecto en la encíclica, «no le satis­face a la escuela de los modernistas que el Estado esté separado de la Iglesia... en los negocios tempo­rales la Iglesia debe someterse al Estado» (núm. 24). Lo segundo se deriva necesariamente de lo prime­ro y por ello en todos los asuntos humanos -matri­monio, familia, educación, vida social, etc.- será únicamente el Estado quien dicte las leyes y las normas de conducta. Una de las notas que caracte­rizan al modernismo son los constantes y mutuos elogios que se prodigan la sociedad laica y los modernistas.

8.- La expansión del modernismo y su lugar de cultivo

Hace la encíclica especial mención de una cues­tión esencial: el modernismo, por la índole misma de su gestación y de su autoalimentación, anida principalmente en los lugares de estudio, es decir, en los seminarios y universidades católicas. Nada menos que en los lugares donde se han de formar los futuros sacerdotes y los clérigos más influyen­tes. Leemos en la encíclica: «En los seminarios y universidades andan a la caza de las cátedras, que convierten poco a poco en cátedras de pestilencia. Aunque sea veladamente inculcan sus doctrinas predicándolas en los púlpitos de las iglesias; con mayor claridad las publican en sus reuniones y las introducen y realzan en las instituciones sociales» (núm. 44). Esta presencia en los estudios y esta tác­tica de gradualidad en las manifestaciones modernistas convertían el modernismo en una he­rejía de una influencia y de una universalidad des­conocida hasta entonces en la Iglesia.

La encíclica no sólo explica y condena sino que advierte y, como hace el buen pastor -cuyo oficio se recuerda en las primeras palabras de la encícli­ca- pretende evitar que los católicos de buena fe se dejen enredar por un sistema que ya había he­cho estragos en el seno de la comunidad protestan­te y que aspiraba a hacer lo mismo con el catolicis­mo, según la última de las proposiciones condena­das en el mencionado decreto: «El catolicismo ac­tual no puede conciliarse con la verdadera ciencia, si no se transforma en un cristianismo no dogmáti­co, es decir, en protestantismo amplio y liberal».

9.- Primacía de lo sobrenatural: la revelación divina y la razón

Tal documento no se entiende plenamente si no se atiende al punto de vista que le anima, que no es otro que la necesidad de sostener en todos los cam­po de la religión la primacía de lo sobrenatural. En efecto, siendo el modernismo, a la vez la «explica­ción» racional del «fenómeno» religioso, consis­tente todo él en un sentimiento humano de aliena­ción respecto a lo absoluto, y desplegándose, por tanto, en una continua elaboración y a la vez recti­ficación de las fórmulas religiosas, la única mane­ra efectiva de luchar contra su multiforme mani­festación es la de sostener firmemente la suprema­cía de la revelación divina sobre la naturaleza hu­mana. La naturaleza del hombre es la condición de dicha revelación, el necesario sujeto pasivo de la misma, pero su fundamento positivo es la revela­ción que trasciende toda filosofía, como enseñaba reiterada e incansablemente san Pablo y preconiza el Evangelio en sus relatos de cada discusión de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, frente a los fariseos ufanos de poseer la Ley y los Profetas como adquisición propia. Para los fariseos, como para los modernistas, la piedra de toque era la negación de la divinidad de Jesús. Como aquellos interlocutores de Jesús que hicieron suya la reli­gión, los modernistas afirman lo que se contiene en la proposición 27 del decreto Lamentabili: «La divinidad de Jesucristo no se prueba por los Evan­gelios, sino que es un dogma que la conciencia cris­tiana derivó de la noción de Mesías».

La tarea de publicar esta memorable e inmortal encíclica sólo podía salir de aquel papa en verdad manso y humilde, del todo entregado a su oficio de Pastor supremo de la Iglesia, que no ponía su esperanza más que en Dios y que sabía que frente a la malicia del error no cabe más que la afirma­ción de la verdad más clara. Cualquier concesión hubiera dado al modernista más ánimos.

10.- La religión surge del sentimiento religioso. La Escritura es reflejo del mismo

El modernismo parte del supuesto de que la religión no tiene otro fundamento que el sentimiento religioso y de ahí que considere la Escritura como mero testimonio de una cierta conciencia social de tal sentimiento. Pero tal conciencia no queda bien reflejada en las formulaciones dogmáticas; por ello el modernismo estuvo -y está- especialmente pre­sente en el campo bíblico, donde rige, como nor­ma habitual, la proposición condenada en el nú­mero 61 del citado decreto Lamentabili: «Se pue­de decir sin paradoja que ningún capítulo de la Escritura desde el primero del Génesis hasta el úl­timo del Apocalipsis, contiene doctrina totalmen­te idéntica a la que enseña la Iglesia sobre el mis­mo punto y, por ende, ningún capítulo de la Escri­tura tiene el mismo sentido para el crítico que para el teólogo». Según la doctrina modernista, la Igle­sia ha formulado a lo largo de los siglos dogmas que no expresan ya la verdadera «vivencia» reli­giosa y han de ser rectificados y reconducida su interpretación por el crítico. Es tarea esencial del modernista hacer que la crítica bíblica sea la nor­ma de la interpretación de las fórmulas de la teolo­gía dogmática, cuyo contenido debe cambiar sustancialmente, aun cuando no pueda cambiarse su formulación -básicamente, porque la autoridad infalible de la Iglesia no lo permitiría y, por otra parte, porque dicho cambio dejaría al modernista al descubierto ante el pueblo fiel, que sigue creyendo en las fórmulas dogmáticas y su natural sentido.

11.- La Encíclica "Pascendi" hizo un gran bien

Sería muy ciego no reconocer hoy el gran mal que evitó la encíclica Pascendi, al denunciar y con­denar sin paliativos el modernismo, su contenido, sus intenciones y su táctica. Sería -o quizá simple­mente, es- muy injusto no agradecer a san Pío X el conjunto verdaderamente exhaustivo de disposicio­nes que se contienen al final de la misma encíclica a fin de evitar la propagación de un error que la propia encíclica calificó de «suma de todas las he­rejías». El modernismo, después de san Pío X, no puede presentarse abiertamente en la Iglesia.

El silencio acerca de estos reconocimientos y el generalizado silencio hacia san Pío X no puede interpretarse más que como manifestación taimada de simpatías por el modernismo. Es evidente que, a pesar de san Pío X, -y sería ingenuo el desconocer­lo-, el modernismo ha llegado a ser la herejía hoy más presente en la Iglesia en su multiforme mani­festación, según aquellas palabras de Pablo VI en su habitual estilo interrogativo «¿no es el progresis­mo actual lo mismo que el modernismo?».
Toda verdadera y profunda regeneración en la Iglesia pasa necesariamente por el recuerdo positi­vo de la doctrina manifestada en el decreto Lamentabili y la encíclica Pascendi y por la apli­cación de aquellas disposiciones que el santo papa promulgó.

[1] CRISTIANDAD AÑO 2003 Nº 868. José Mª Petit Sullá

martes, 27 de enero de 2009

El modernismo en el protestantismo

Resumen

Este tema queda dividido pedagógicamente en dos partes: en la primera, se resumen algunos artículos de la revista Cristiandad del año 1964, sin finalizar el Concilio Vaticano II, que tratan sobre la cuestión protestante y la división provocada a finales del siglo XIX con la irrupción del protestantismo liberal que influyó decisivamente en el origen y expansión del modernismo en la Iglesia Católica.

En la segunda, resumimos algunos aspectos de lo que puede denominarse situación del protestantismo a raíz del protestantismo liberal. Se examina la situación generada a finales del siglo XIX , la teología dialéctica, y la problemática actual.

Introducción

Una de las características con las que califica Maritain el Modernismo es que se da una coincidencia de planteamientos entre ciertos católicos y ciertos protestantes, denominados avanzados. El modernismo ha querido acaparar ciertos movimientos ecumenistas, con el objeto de presentarse como punto de coincidencia.

En este capítulo se extractan algunos artículos de Cristiandad en los que se ve este aspecto y sobre todo que el modernismo común a ciertos católicos y a ciertos protestantes tiene por finalidad desterrar todo vestigio de la fe de la Iglesia y anular la influencia del Magisterio de la Iglesia.

“Ortodoxia” Y “Liberalismo” en el mundo protestante[1]

Se constata una escisión en el mundo protestante. No se trata aquí de las diferentes confesiones que es un fenómeno intrínseco al protestantismo. Se trata de una escisión entre una línea ortodoxa, dentro de protestantismo, se entiende, y otra liberal.

Ø Ortodoxa: protestantismo tradicional
Ø Liberal: neoprotestantismo modernista

La ortodoxia protestante es combatida y arrinconada, por la corriente liberal, en nombre del espíritu de nuestro tiempo, y perseguida por anquilosamiento - conservadurismo - intelectualismo religioso.

Hay un cierto paralelismo entre la antítesis existente en el mundo protestante - liberalismo modernista y ortodoxia - y las llamadas "líneas" Progresista e Integrista presentes en el Concilio Vaticano II.

Eliminación de lo sobrenatural - naturalismo

En el mundo protestante, la teología liberal fue eliminando todo elemento sobrenatural y propiamente divino, de lo propuesto para ser creído. Recordemos que el protestantismo acusaba en su tiempo a la Iglesia de ser pelagiana o semipeligiana, por haber abandonado la doctrina de la gracia de San Agustín.

En nombre del progreso social y científico se generó un sistema naturalista, una especie de evangelio social, frente a las viejas nociones de Encarnación Redentora, Nacimiento Virginal de Cristo por el Espíritu Santo, Resurrección.

Se produce un recelo en el mundo protestante ortodoxo frente al llamado movimiento ecumenista que plantea la cuestión de la unidad de los cristianos. Recelo que está motivado porque ese movimiento ecumenista está contaminado de modernismo o liberalismo religioso.

Actitud “evangélica” ante el ecumenismo[2]

Elementos peligrosos que ven los protestantes ortodoxos, “la iglesia evangélica” en el movimiento ecumenista contaminado de modernismo, se derivan de lo que se cree acerca de la Persona de Cristo.

¿Cuál es el Cristo que invoca el ecumenismo?:

Ø Cristo humano: un puro hombre – modernismo
Ø Cristo, persona sin nada sobrenatural – Bultman
Ø Cristo hombre - Cristo sintético de Knox
Ø Cristo metamorfoseado - Thillig.

"Viejo" y "Nuevo" protestantismo[3]

Se trata de una conferencia de un protestante en la que examina el tema de la relación entre el antiguo y el nuevo protestantismo, entre el del siglo XVI, tal como es aún profesado por las confesiones "reformadas", y aquella forma de protestantismo que surgió en los siglos XVIII y XIX, conocido bajo el nombre de neoprotestantismo.

La Ortodoxia reconoce la gran distancia entre la Reforma y todas las formas de neoprotestantismo. El protestantismo antiguo era una concepción sobrenatural y el neoprotestantismo, bajo la influencia de la Ilustración del siglo XVIII, no es sobrenatural, sino que pertenece a los que podríamos llamar mentalidad moderna
.
Desde el punto de vista de la ciencia moderna es imposible que Cristo resucitase entre los muertos.

Se minimizó la fe y la doctrina cristiana y fue creciendo la oposición respecto al contenido del símbolo apostólico contra el nacimiento virginal de Cristo, la resurrección, la expiación redentora por la muerte en la Cruz.

Muchos teólogos resolvieron el problema aceptando las palabras del credo y de la doctrina de la Iglesia, pero dándoles otra interpretación. Surgió así el mas gran peligro para la iglesia: el credo pudo ser interpretado a gusto de cada cual.

Diferencia entre las antiguas herejías y el modernismo

Bultman teólogo de la escuela "teología dialéctica", se esfuerza en poner en claro que en los tiempos modernos es necesario excluir del Evangelio todos estos elementos míticos. Proclama que en el mundo de la postguerra hay que desmitologizar el N.T., dado que se dispone ahora de una visión más científica del mundo.

El punto de vista antiguo, que se fundó sobre la revelación divina, todavía admitió acontecimientos sobrenaturales tales como la venida del Hijo de Dios en carne, el nacimiento virginal, la resurrección, la ascensión y el segundo advenimiento de Cristo. Pero, para Bultman no estamos en condiciones de continuar viviendo en esta concepción del mundo.

Hay una diferencia entre lo que sucedía en los ataques a la fe en los tiempos primeros y lo que acontece en nuestros días. En los primeros tiempos del cristianismo, cuando el Evangelio era atacado, se elevaba una ardiente indignación. Los gnósticos combatieron la Encarnación, y la divinidad de Cristo fue negada desde la perspectiva de un motivo religioso, el del monoteísmo; y la humanidad de Cristo fue negada invocando el carácter divino de la obra de la Redención. Pero la iglesia prestó atención a su fundamento último y sabía que los apóstoles se habían enfrentado también contra aquella base.

Oposición frontal del modernismo al evangelio

Leamos la indignación en la palabra de Dios, la indignación de Pablo y la severa afirmación de san Juan frente a los que no reciben la revelación divina sobre la encarnación redentora de Cristo. Dice San Pablo: "Si Cristo no ha resucitado, entonces nuestra predicación es vana, y vuestra fe es también vana". Y Juan el Apóstol del amor, ¿qué dice contra los motivos religiosos de su tiempo? "Cualquier espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios: y éste es el espíritu del anticristo, del que hemos oído que ha de venir; y que incluso ahora está ya en el mundo".

Los cristianos de hoy, más que nunca necesitan nuevamente entender, como Juan, que hay una admirable posibilidad de armonía entre la ortodoxia y la caridad. El modernismo ha atacado siempre la ortodoxia como conservadora, anticuada en su mentalidad, intelectualista y falta de caridad. Y a veces la ortodoxia se ha esforzado por dar una mejor impresión. Pero entonces la ortodoxia se hace meramente defensiva, ya no es un real testimonio. Se necesita ortodoxia y amor e indignación, no una indignación de carácter personal, sino el amor indignado del Evangelio.

“Teología liberal”[4]

Hace siglos surgió una actitud totalmente nueva frente a la Biblia, que niega que sea ella la palabra de Dios y rechaza o pone en duda sus doctrinas fundamentales. Este movimiento no se limitó a las iglesias protestantes. En la Iglesia romana obtuvo no pequeña influencia a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX; pero el modernismo católico-romano fue condenado por el Papa Pío X en 1907. Esta condenación no significa que el modernismo haya dejado de existir en la Iglesia romana, pero sí que ningún sacerdote o profesor católico podría profesar abiertamente los radicales puntos de vista críticos acerca del Evangelio que sostuvo Loisy.

Pero, el modernismo ha sido más fuerte en las iglesias protestantes. En Europa utilizamos rara vez la palabra modernismo para tal corriente de apostasía dentro del protestantismo; hablamos de racionalismo, teología liberal, neo protestantismo y expresiones parecidas.


“Liberalismo” y ”Neo ortodoxia”[5]

Las tendencias más recientes de la teología protestante, llamadas a veces “neo ortodoxas” (Barth, Brunner, Escuela de Lund, etc...), no siguen la antigua línea liberal, pero esto no significa que su posición sea más favorable a la Biblia que la del antiguo liberalismo. De hecho están todavía más lejanas.

La teología predominante en el protestantismo ha destruido realmente, en nombre de la investigación bíblica, la autoridad de la Biblia y la ha sustituido por la de los teólogos. Si examinamos los principios que subyacen a este tipo de criticismo bíblico, los hallaremos contradictorios a la fe de la iglesia cristiana. De hecho tienen con frecuencia un carácter ateístico.


Teología protestante [6]

La teología protestante actual presenta las ca­racterísticas generales del espíritu que alentó la Reforma. En ella ocupa un puesto relevante la Sagrada Escritura, y, por consiguiente, los temas bíblico-exegéticos llenan gran parte de los libros de teología.

La fórmula exégesis-dogmática-kerigma expresa de modo adecuado la trilogía fundamental de la sistematización teo­lógica protestante. Esta teología, consecuente con el principio básico de la Reforma, carece de una temática inspirada en el magisterio jerárquico. Tam­bién es extraña a ella la escolástica medieval pos-tridentina. Biblia, Reforma, filosofía con­temporánea, son los tres pilares fundamentales que sostienen el edificio de la «teología pro­testante actual».

Ha sido una preocupación constante de los teó­logos protestantes repensar el mensaje bíblico en diálogo con la situación cultural circundante. Este hecho explica la evolución paralela de su teología con la del resto de las ciencias del espíritu, especialmente de la filosofía. La filosofía decimonóni­ca con su carga de racionalismo e historicismo, y el existencialismo de entreguerras han acuñado la forma concreta como hoy se formula la teología protestante.

Por esquematizar de alguna manera, se pueden distinguir tres períodos en la teología protestante centroeuropea de nuestro siglo; el primero coincide con el primer cuarto de siglo. En él perdura la herencia teológica del siglo XIX, con una proble­mática específica y un método determinado para afrontarla; el segundo abarca el período de entre-guerras e inmediata posguerra. Tiempo de crisis y de transición. En él, una generación de pensadores nacidos en la década 1880-90 ensaya un viraje radical contra la teología decimonónica y crean, en conexión con la filosofía existencial, el original fenómeno de la «teología dialéctica»; el tercer período se identifica con el momento ac­tual, tiempo de asimilación y decantación de los problemas y soluciones ensayadas en el período de entreguerras.
1. La herencia del siglo XIX

La teología protestante del siglo XIX se caracte­riza por la utilización a gran escala en las ciencias sagradas del método histórico-crítico. En ella se deja sentir poderosamente el influjo del raciona­lismo, para el que las narraciones bíblicas y los fenómenos religiosos se reducen a una experiencia subjetiva de orden natural.

La manipulación de la Sagrada Es­critura como un libro más hizo perder en muchos la conciencia de su peculiaridad y puso sobre el tapete la angustiosa pregunta de la existencia de una palabra de Dios, de una revelación divina en la Biblia.

Los temas que preocupan a los teólogos protestantes de finales del siglo XIX y principios del XX son: ¿Cómo está com­puesta en su fondo y forma la Sagrada Escritura? ¿En qué consiste propiamente la fe cristiana? ¿Cuál es la esencia del cristianismo? ¿Cómo hay que entender la revelación de Dios? ¿Qué nos dice y qué no dice la revelación bíblica de Cristo?


1.1.- El método histórico-crítico y la exégesis bíblica

Ya bien entrado el siglo XIX, el criticismo de­termina gran parte de las conclusiones a que llega David Federico Strauss (1808-1874) en su famosa Vida de Jesús (1835). El presupuesto fundamental de Strauss consistía en admitir la coexistencia de elementos históricos y de elementos no-históri­cos en la Biblia. A estos los denomina con el nombre gené­rico de mitos. Strauss parte de una distinción ra­dical entre la fe y los medios expresivos que la formulan.

Como buen alumno de Hegel, también utiliza la tríada tesis-antítesis-síntesis al sistematizar sus ideas. Se­gún tal esquema, contrapone la fe supernaturalista protestante, tradicional en las narraciones bíblicas (tesis), al racionalismo decimonónico (antítesis), que interpreta los acontecimientos milagrosos de la vida de Cristo como sucesos naturales en con­formidad con las leyes físicas. La superación de ambas posiciones (síntesis) cree encontrarla Strauss en la existencia de mitos en el Evangelio. Estos serían revestimientos literarios, formas expresivas de la fe, y no historia. En la misma línea de Strauss se sitúan otros biblistas. Entre ellos des­taca F. Overbeck (1837-1901), quien da gran im­portancia a las formas literarias de la Biblia y a su desarrollo histórico. Esta postura permite situarle entre los pioneros del método de la «Formgeschichte», que Gunkel perfeccionará más tarde.

El es­tudio de la historia de Israel permitió también situar los acontecimientos y textos bíblicos en su Sitz im Leben en su contexto socio-religioso, mediante la fijación de su situación y sentido en las condiciones concretas de la vida socio-político-religiosa de Israel. A esta generación pertene­cen las figuras más representativas de la llamada «Escuela de las religiones histórico-comparadas». Tales H. Gunkel (1862-1932), profesor de exé­gesis neotestamentaria en Berlín. Otros exegetas: A. Alt (1883-1956) y O. Eissfeld (1887), ambos profesores de Antiguo Testamento en Leipzig y Halle respecti­vamente, continúan ahondando en el análisis de la forma del texto bíblico y en los géneros histórico-literarios del mismo.

El análisis del texto bíblico en sus dimensiones histórica y literaria provocó una escisión entre lo que denominaban núcleo de la verdad bíblica y lo que calificaban de ropaje literario. Por eso, deja­ron sin responder un grave interrogante dogmático, cuya importancia no valoraron suficien­temente al manipular la Biblia como un texto his­tórico cualquiera. El interrogante es: ese núcleo expresado en un ropaje literario mítico, ¿qué ca­rácter posee? ¿De qué verdad se trata en definiti­va cuando hablamos de mensaje bíblico? ¿Estamos ante una irrupción sobrenatural en la historia o ante la formulación doctrinal de una experiencia religiosa vivida en la intimidad de la conciencia humana?.

Un problema paralelo al anterior, si bien en otro sector de las ciencias eclesiásticas, es el que aborda Adolfo Harnack (1851-1930), profesor de historia de la Iglesia en Marburgo y Berlín, en su Manual de la historia de los dogmas. El problema que preocupa a Harnack al trazar el des­arrollo histórico del dogma cristiano es la cuestión del núcleo de éste y de su ropaje científico. Harnack parte del supuesto de que el helenismo ha falseado la verdad evangélica. Para él, la helenización del dogma cristiano habría defor­mado al cristianismo en su esencia al prevalecer en la formulación del dogma el factor ciencia sobre el factor fe.

1.2.- El binomio «Cristo de la fe» y «Jesús de la historia»

De Strauss arranca la cuestión en torno al binomio «el Jesús de la historia» y «el Cristo de la fe». Su Vida de Jesús, en la que utilizaba ampliamente el mé­todo histórico-crítico para solucionar el problema, marcó el momento de transición entre dos modos, supernaturalismo tradicional-criticismo racionalista, de hacer teología del Nuevo Testamento.

La reconstrucción de la figura histórica de Jesús planteaba la cuestión previa del valor de las na­rraciones evangélicas como material histórico para elaborar una biografía del Mesías.

Partiendo de la intuición de M. Kahler (1835-1912) de que los evangelios son una colección de homilías o catequesis dirigidas a la primitiva comunidad cris­tiana, varios teólogos nega­ron abiertamente la posibilidad de reconstruir una vida de Jesús a base de los datos que los evan­gelios ofrecen. Así, W. Wrede (1859-1906), profe­sor de Nuevo Testamento en Breslavia, sostiene que los evangelios no proporcionan datos materia­les para reconstruir una biografía de Jesús, sino que en ellos se formula una interpretación tardía del Mesías, se corresponde con la fe en Cristo resucitado de la comunidad primi­tiva. Tal fe se origina y está determinada por los acontecimientos pascuales, en los que los discípu­los descubren en Jesús al Mesías. Los evangelios son, pues, la formulación de la fe mesiánica de la primitiva comunidad cristiana y no un conjunto de narraciones biográficas de la existencia terre­nal de Jesús. En ellos, por tanto, se nos descubre el «Cristo de la fe», pero no el «Jesús de la his­toria».

La aplicación del método de la «historia de las formas» es tam­bién la base de la exégesis neotestamentaria de M. Dibelius (1893-1943), catedrático de la ma­teria en Heidelberg, y del primer período de Rudolf Bultmann. Los análisis a que ambos someten a las narraciones evangélicas les llevan a la con­clusión de que éstas no son obra de un individuo, sino creaciones literarias condicionadas por la vida religiosa-misional de la primitiva comunidad cris­tiana. Ambos exegetas, Dibelius y Bultmann, han redactado sendas mono­grafías sobre la persona de Cristo, en las que tra­tan de redimensionar su figura en torno a la clá­sica distinción entre el «Jesús de la historia» y el «Cristo de la fe», con consecuencias muy graves para la fe cristiana.

1.3.- Posiciones dogmáticas de la teología protestante a principios de siglo XX

El descubrimiento de la existencia de relatos no históricos (= mitos) en la Sagrada Escritura, realizado por Strauss, Gunkel, etc., y la helenización del dogma, denunciada por Harnack, hizo del dominio común la distinción entre núcleo de la verdad cristiana y ropaje literario-conceptual en que la misma está expresada. Es la misma distinción y el mismo problema el que provocó a primeros de siglo XX la crisis modernista en el catolicismo.

Una ardua cuestión por responder: ¿De qué naturaleza es, qué carácter esencial posee ese mensaje cristiano que se nos descubre y expresa en una forma literario-conceptual tan variada? ¿Se trata de una irrupción sobre­natural de Dios en la historia, de una revelación objetiva y trascendente que El gratuitamente nos hace, o más bien de la formulación conceptual de una experiencia religiosa y subjetiva del hombre, fruto de una religiosidad natural existente en la intimidad de la conciencia humana?

La fe, ante todo, es gracia, don de lo alto, respuesta humana libre, aunque donada por Dios, a la acción redentora del mismo Dios en su actuar en Jesucristo. Desde distintas perspecti­vas y con variantes individuales, los representan­tes de la exégesis racionalizante y liberal: Strauss, Gunkel, Schweizer, Harnack..., se inclinan por una interpretación del cristianismo como fenómeno de una religiosidad ético-natural y no por una revela­ción objetiva de Dios en la historia. El cristianis­mo queda reducido así a una religión natural si­tuada al mismo nivel del resto de las religiones, y que es fruto de una vivencia religiosa, intelec­tual, experimental o ética realizada en la intimi­dad de la conciencia humana. En todos los repre­sentantes del protestantismo liberal es fácil descu­brir las huellas de Schleiermacher y del Kant de La religión, dentro de los límites de la razón pura.


2. La teología dialéctica

Contra el racionalismo naturalista de la teología liberal, contra su reducción del cristianismo a un fenómeno de la religiosidad subjetivo-natural del hombre, reacciona la generación de teólogos protestantes de entreguerras capitaneados por Karl Barth (1886), profesor de dogmática en Basilea. La orientación teológica seguida por el grupo es conocida con el nombre de teología dialéctica. En ella cabe distinguir una doble dirección: a) la seguida por Barth y sus discípulos; b) la seguida por Gogarten, Bultmann, Tillich... Aquéllos subrayan enérgicamente la revelación transhistórica de Dios en la historia, éstos no aceptan una revelación propiamente sobrenatural. En lugar de la dialáctica de la revelación propuesta por Barth, orien­tan su teología hacia una dialéctica de la existencia inspirada en la filosofía existencial de Heidegger.

Al reaccionar contra la teología liberal, los teólogos dialécticos buscan inspiración en un filósofo danés contemporáneo de Strauss que había perma­necido incontaminado de racionalismo: Soren Kierkegaard_ (1813-1855). Kierkegaard rechaza toda prueba racional del cristianismo y subraya la invalidez de la fundamentación histórico-filosófica de aquél practicada por los pensadores decimonónicos. La razón y la historia proporcionan, a lo más, probabilidad; nos aproximan a la fe, pero no la dan. Para Kierkegaard, la revelación cristiana es ante todo paradoja. Paradoja concentrada especial­mente en Jesucristo. El acceso a la paradoja del cristianismo no se realiza por el camino de la cien­cia, sino por la puerta de la fe.

2.1.- Karl Barth y la dialéctica de la revelación

Al antropocentrismo de la teología racionalista-liberal, Barth contrapone el cristocentrismo de la revelación_bíblica. Cristo es el punto de conjunción de lo divino y de lo humano, de la eternidad y del tiempo, de la transhistoria y de la historia. En él se revela en sombra el misterio de Dios. Una revelación que es a la vez encubrimiento y descubrimiento. Cristo es transhistórico, ininteligible; su verdadera realidad yace al otro lado de la línea de la muerte, que separa lo divino de lo humano. Pero es también verdadera revelación de Dios, reve­lación transhistórica de Dios en la historia, per­sona histórica que existió aquende las fronteras de la muerte. Es signo revelador del misterio de Dios. El único acceso a esta teofanía de Dios en Jesucristo es la fe. La razón no puede llegar al Dios des­conocido. Sólo la fe en Cristo, la fe en el Dios transhistórico e invisible, que, paradójicamente, se hace histórico y visible. Esta es la paradoja del cristianismo—recuerdo de Kierkegaard—: la dia­léctica de la revelación, que descubre encubriendo y encubre descubriendo.

La inconciliabilidad de revelación y ciencia, de fe y razón, que Barth subraya en muchos lugares, y, por otra parte, la utilización de categorías filosó­ficas que él practica, plantean agudamente el pro­blema del conocimiento y significación de Dios por parte del hombre. Barth responde a esta cuestión con su conocida teoría sobre la analogía. Contraponiendo a la analogía entis aceptada por la teología católica, su analogía fidei, el teólogo de Basilea rechaza el uso que la dogmática católica hace de aquélla para la construcción de una teología natural y para la explicación racional. De una teología sobrenatural. La aceptación de la analogía entis conduce a crear un Dios humano; un Dios que es resultado de un proceso científico-racional y no de una revelación. Por este motivo, la analogía entis es para Barth un descubrimiento del anticristo. Para él sólo posee valor la analogía fidei.

2.2.- Teología y dialéctica de la existencia

Al grupo de teólogos que cultivan la teología dialéctica pertenecen también los nombres de Emil Brunner (1889) v Friedrich Gogarten (1885). Reaccio­nan contra la teología liberal; sin embargo, dan una orientación diferente a su pensamiento. En los dos ejerce un fuerte influjo la ideología religiosa de Kierkegaard y la filosofía existencial de Heidegger. También juega un papel determinante en ellos a la hora de precisar posiciones sobre la estructura de la revelación de Dios el tema luterano ley y Evangelio.

Su reacción viene determinada más por el descubrimiento y utilización de una nueva filosofía que por el reencuentro con la reve­lación de Dios en la historia. En Gogarten, la teolo­gía dialéctica aparece contrapuesta a la teología liberal no en cuanto que aquélla refleja la estructura dialéctica de la revelación, como en Barth, sino en cuanto que se estructura en dialéctica de la existencia. La teología está condicionada en último término por una antropología filosófica y persiste la concepción del cristianismo como revelación realizada dentro del ámbito de una religiosidad na­tural.

2.3.- Dialéctica existencial y desmitización

Un biblista, Rudolf Bultmann (1884), antiguo profesor de Nuevo Testamento en Marburgo, comparte con Barth el caudillaje científico en la teología protestante germana. Bultmann reconoce y acepta los resultados del método histórico-crítico utilizado por la exégesis liberal. Pero los juzga insuficientes. Por eso intenta superarlos, planteando el problema de la interpretación del Nuevo Testamento en un nivel más radical. No se trata ya de eliminar el elemento mítico de la Biblia, como había hecho la teología decimo­nónica, sino de interpretarlo existencialmente. Para esta interpretación, el filósofo Heidegger ofrece a Bultmann los presupuestos filosóficos necesarios. Su Telogía bíblica se reduce, pues, a una interpretación existencial del Nuevo Testamento.

Para Bultmann, la Sagrada Escritura es esencialmente formulación de posibilidades de existen­cia humana. Su peculiar carácter consiste precisa­mente en la interpretación de la existencia huma­na que ofrece. Tal interpretación está determina­da por Dios, y, consiguientemente, la fe nos ofrece una existencia humana formulada por Dios. El lector que se acerca a la Biblia debe adoptar una actitud de oyente ante el lenguaje bíblico, que le habla de posibilidades de existencia. Una actitud de diálogo y de confrontación de la propia interpretación de la existencia humana con las posibilidades de existencia que la Biblia formula, pero el lector debe precaverse de absolutizar la propia interpretación. Este encuentro dialógico con la Biblia, elevado por Bultmann a la categoría de método exegético, per­mite al famoso exegeta superar las posiciones del historicismo decimonónico.

Desde estas posiciones fundamentales, Bultmann aborda el problema de la desmitologización del Nuevo Testamento. Bultmann contrapone la imagen mítica del mun­do subyacente en el Nuevo Testamento a la cosmovisión científica que posee el hombre moderno. Aquélla se identifica con la consabida cosmología viejotestamentaria, según la cual el universo está dividido en tres planos: cielo, mundo, inframundo. El mundo es escenario de una lucha entre poderes celestiales y fuerzas demoníacas. El inframundo con sus personificaciones demoníacas y el supramundo con sus poderes sobrenaturales intervienen en el acontecer diario y explican su evolución. La escenificación del «acontecimiento redentor», que forma el meollo del Nuevo Testamento, está en-marcada en tal cosmovisión mítica.

A la hora de fijar en concreto un programa de desmitologización, Bultmann sitúa en primer plano el «acontecimiento Cristo» (Das Christusge-schehen). Entre los elementos míticos de tal acontecimiento enumera la ascensión de Jesús a los cielos, su descendimiento a los infiernos, los milagros en cuanto milagros, la resurrección como hecho biológico... Tales sucesos serían elementos míticos resultantes de la imagen del universo subyacente en el Nuevo Testamento.
Desmitologizar se identifica con in­terpretar existencialmente el Nuevo Testamento. La teología bíblica no ha de limitarse a purificar las Sagradas Escrituras del elemento mítico, como ya había hecho la crítica histórica del siglo XIX. Ha de interpretarlo a partir de la filosofía de la existencia. Con ello la exégesis dispone de un nuevo método de interpretación.

3.1.- La interpretación irreligiosa del cristianismo

Un pensamiento medular del primer Bonhoeffer es la idea de la communio sanctorum. En el libro que lleva este título, el iluminado de Finkenwalde ve en la comunión de los santos el prototipo de la herman­dad cristiana en el amor. Bonhoeffer subraya la vocación comunitaria a la fe en la Iglesia, como depositaria y distribuidora de la redención. Para él, la Iglesia ideal se concreta en la communio sanctorum. Una Iglesia que, con mentalidad no lejana al catolicismo espiritualista, califica de una, santa y católica. De esta hermandad cristiana, a la que pertenecen indistintamente cristianos de cre­dos diferentes, Cristo es el único Señor.

En las cartas desde la prisión, Bonhoeffer ha pergeñado su famoso programa de «interpretación arreligiosa del cristianismo». Bonhoeffer contra­pone las expresiones «mundo adolescente» y «mun­do adulto», designando con ellas situaciones histó-rico-culturales en las que hay que enmarcar los temas «Dios» y «religión».

La forma concreta como Dios se hace presente a los hombres es Cristo. Cristo es el centro de la vida y vino a dar respuesta a los problemas que el hombre no logra resolver. El se ha dado a los hombres en el centro de las preocupaciones ordi­narias. El transforma los valores del hombre. Cris­to es el Señor del mundo y de la historia. La en­carnación histórica, por utilizar una palabra ma­nida, del «Absoluto». La forma como Dios se hace presente a los hombres en Cristo es un «estar ahí para los hombres» en «actitud de servicio al her­mano». Ser cristiano no consiste en la aceptación de unos enunciados teóricos a los que llamamos dogmas. Consiste en identificarse con Cristo en actitud de estar ahí para los otros. El cristiano ha de padecer, morir y resucitar con Cristo. El Dios del Evangelio es el Dios impotente de la cruz, que revela su omnipotencia en su impoten­cia. Jesucristo, sumido en la miseria y en el fra-caso, es Dios para los hombres. La fórmula si­guiente podría condensar la quintaesencia de la imagen bonhoefferiana de la divinidad: Dios apa­rece secularizado en Cristo en forma de filantro­pía, de servicio a los hombres
.
3.2.- P. Tillich y su teología de lo incondicionado

En un mundo espiritual no lejano al de los «dialécticos» se mueve P. Tillich (1886-1965), pro­fesor de dogmática primeramente en Franckfurt y más tarde en Nueva York y Harward. Su obra teológica, escrita originariamente en inglés, ha sido traducida después de la segunda guerra mundial. Actualmente ejerce un influjo potente sobre teó­logos y no teólogos.

La postura de Tillich ante el problema de Dios es característica y ha influido de modo determi­nante en el debate actual sobre el tema. En la teología sistemática critica al teísmo tradicional e intenta superar por igual el naturalismo y el su-pernaturalismo. La imagen antropomórfica tras­cendente de Dios elaborada por ambos ha de ser sustituida por un concepto óntico-inmanente de la divinidad concebida como «poder y fundamento» del ser. Se trata, pues, de una teología no ateísta, pero sí decididamente antiteísta. La pérdida de la fe en Dios en la sociedad contemporánea significa solamente la desaparición de una forma particular de concebir la divinidad: la del teísmo. Este ha descrito antropomórficamente a Dios, situándole en un más allá y en un más arri­ba del mundo. Tal imagen de Dios resulta extraña al hombre de hoy, y, por consiguiente, prescinde de él. El teólogo no debe lamentar la muerte de una forma histórica de representar a Dios, sino más bien alegrarse de ello.

Como sustitutivo de la imagen teísta de Dios, Tillich propone definir a la divinidad como «pro­fundidad del ser», «el ser mismo», «el poder del ser», «la profundidad de la vida y de la historia». Dios es la respuesta «a la pregunta subyacente a la finitud del hombre», «el nombre para lo que incondicionalmente nos afecta». En contraposi­ción al trascendentalismo tradicional, el cual loca­liza a Dios en un más allá del mundo y del ser, Tillich utiliza el término de «lo profundo» para acentuar la presencia de Dios en las cosas.

La experiencia de lo reli­gioso se formula en símbolos. La teología inter­preta éstos utilizando categorías filosóficas. La analogía posibilita tal modo de proceder. Nuestro lenguaje simbólico sobre Dios está siempre abier­to a una reelaboración y en trance constante de desaparecer para dar lugar a otro nuevo.


4. Problemas en discusión

Entre las cuestiones debatidas por los teólogos protestantes durante los últimos decenios, algunas tienen por objeto problemas clásicos de contro­versia interconfesional y otras son motivadas por la confrontación de la tradición cristiana con for­mas de pensamiento contemporáneo. Al grupo pri­mero pueden adscribirse los temas «conocimiento natural de Dios», eclesiología y ecumenismo. Al segundo, el problema de la hermenéutica y desmitización bíblicas, la cuestión heredada del si­glo XIX de las relaciones entre el Jesús histórico y el Cristo del kerigma y, finalmente, el debate en torno a la realidad de Dios.

¿Existe un acceso natural-racional a Dios al margen de Cristo y de la revelación? Con otras palabras: ¿Es posible la teología natural o teodi­cea? El protestantismo, dada su visión pesimista de la razón humana, tiende a negar la posibilidad de conocer a Dios a partir del mundo o de la subjetividad.

El problema de la «realidad de Dios» ha pasado a ser tema número uno de la discusión teológica durante la década (1960-1970). Cuatro teólogos forman el contrafondo histórico de la cuestión: K. Barth y su concentración cristológica de la divinidad, D. Bultmann y su programa de desmitización del mensaje cristiano, P. Tillich y su idea de Dios como profundidad del ser y de la vida, D. Bonhoeffer y su interpretación arreligiosa del Evangelio. Factores exteriores presionan sobre el movimiento revisionista de la imagen tradicio­nal de la divinidad: el ateísmo de las ciencias de la naturaleza, el fenómeno de la secularización y de la cultura técnica, el «Dios-ilusión» de L. Feuerbach, la crítica de K. Marx a la religión como «opio del pueblo», el manifiesto de la muerte de Dios de F. Nietzsche, el silencio sobre Dios de M. Heidegger, el ateísmo como humanismo radical de J. P. Sartre, etc.

A tres grandes corrientes podría­mos reducir el movimiento revisionista de la idea de Dios:

a) pensadores centroeuropeos en quienes convergen la herencia protestante, la teología libe­ral germana y la tradición filosófica humanista-idealista del mismo área cultural. Aquí podríamos situar a nombres cómo R. Bultmann, D. Bonhoeffer, H. Braun, P. Tillich... Entre ellos se ha generali­zado el uso de las categorías «desmitización», «existencialización», «profundidad del ser», «Dios en Cristo», «Dios en medio de la vida», «funda­mento ético del mundo»...;

b) el segundo grupo aparece circunscrito al área cultural anglosajona, y refleja el talante espiritual del hombre sajón y la circunstancia cultural de Inglaterra y Estados Uni­dos. Fuerzas históricas de la tradición cultural británica se dan cita en sus hombres: positivismo y empirismo filosóficos, secularización de la socie­dad, antipatía hacia las ideologizaciones metafí­sicas centroeuropeas, preocupación por los proble­mas pastorales inmediatos... No faltan tampoco fuertes influencias europeas; v.gr., el cristocentrismo puritano-calvinista en su versión barthiana, que se suman a la herencia humanista-liberal exis­tente en el pensamiento religioso inglés. En este grupo podríamos situar al obispo J. A. T. Robinson y a los teólogos americanos de «la muerte de Dios»;

c) teólogos que, más que mediar entre teología y filosofía humanista o entre física moderna y reli­gión, intentan dialogar con el marxismo, represen­tado últimamente por hombres como Garaudy y E. Bloch. El problema se concentra en la cuestión del «sentido de la historia», y de ahí que se conecte el tema «Dios» con las categorías «esperanza», «futuro», «escatología». Situados en esta perspec­tiva y en diálogo con Bloch, J. Moltmann estruc­tura la teología en torno a las categorías «promesa-esperanza», y W. Pannenberg escatologiza la imagen de la divinidad, poniendo de relieve al «Dios del futuro».

Heredada del siglo XIX, la discusión en torno a la realidad y significado de Jesucristo se mantiene viva hasta nuestros días. Están sobre el tapete inte­rrogantes como el de la validez para el hombre de hoy de la antigua cristología, la obligatoriedad de aceptar la interpretación de Cristo dada en las profesiones de fe de la ortodoxia, la relación entre el Jesús de la historia y el Cristo del kerigma, el debatido tema de la conciliación o contradicción de las diversas cristologías neotestamentarias... Los dos puntos primeros están relacionados con la cuestión de la obligatoriedad para el creyente de aceptar la interpretación del cristianismo expuesta en las profesiones de fe de la Reforma. ¿Es posible en el protestantismo la existencia de una regula fidei que controle la interpretación de los conte­nidos de la Sagrada Escritura? Todas las tenden­cias de signo liberal la rechazan. Las profesiones de fe no religan las conciencias de los creyentes. Tampoco tiene sentido para las teologías de signo existencialista la «cristología» de los primeros concilios y de la tradición católica. Las dos cues­tiones siguientes se hacen eco del problema de la continuidad entre el «Jesús de la historia» y el «Cristo del kerigma» primitivo. Aquí las diversas posturas no parecen conciliables. Para unos, el Jesús histórico no ha reivindicado para sí el título de Mesías (Bultmann, Bornkamm, Kdsemann). Este título es un sambenito echado sobre los hombros de Jesús por la catequesis primitiva; los teólogos ortodoxo-confesionales (Althaus, Prenter...), por el contrario, acusan a la cristología bultmanniana de docetismo y de subordinar el elemento histórico a prejuicios filosóficos. A la cristología existencial oponen otra integral, no recortada según las exigen­cias de preconcepciones filosóficas.

Los temas eclesiológicos discutidos desde la época de la Reforma afloran aún hoy día en un sin fin de variaciones. ¿Ha fundado Cristo una Igle­sia? ¿En qué relación están la Iglesia-institución y la Iglesia-acontecimiento? ¿Es la Iglesia una rea­lidad invisible y espiritual o externa y visible? ¿Existe en la Iglesia un derecho y una organización de origen divino? ¿En qué medida puede hablarse de un magisterio, de un dogma, de una tradición y de una unidad de doctrina? ¿Cuáles son las fun­ciones del «ministerio en la Iglesia», si es que tal ministerio forma parte de la comunidad de cre­yentes? ¿En qué relación están Iglesia y escatología, Iglesia y mundo? ¿En qué sentido podemos hablar de una apostolicidad de la Iglesia? ¿En qué ha de consistir hoy la aplicación del prin­cipio «Ecclesia semper reformanda» y cuáles son los sectores más necesitados en la actualidad de reforma? Estos y parecidos interrogantes son tópi­cos en los ensayos sobre eclesiología. El mismo diá­logo interconfesional impulsado por el movimiento ecuménico dedica la mayor atención a temas ecle­siológicos como el de la «unidad», «magisterio», «ministerio», «autoridad jerárquica», etc. Al tra­tar tales cuestiones, los teólogos protestantes ha­cen gala de un estilo libre de pensar, no exento de anarquía.
A la base de las discusiones teológicas se encuen­tra siempre, más o menos latente, el problema de la verdad. ¿En qué consiste la verdad cristiana? ¿Dónde se encuentra expuesta y por qué razón reivindica para sí un valor absoluto y normativo? ¿Qué interdependencia existe entre la verdad cris­tiana y la historia o la filosofía? La vieja cuestión de las relaciones entre la fe y la razón reaparece en formas diversas y actúa de trasfondo del proble­ma de la «hermenéutica bíblica». El existencialismo teológico de R. Bultmann y su programa de desmitificación del Nuevo Testamento han replan­teado el tema en términos nuevos.

[1] “Ortodoxia y liberalismo en el mundo protestante”. Francisco Canals - CRISTIANDAD, marzo 1964. Año XXI, nº 397pág. 53
[2] J.MARCELLUS KIK - Cristiandad marzo 1964 - p. 54
[3] 1C.G. BERKOUWER - CRISTIANDAD marzo 1964 pág. 55
[4] CRISTIANDAD, marzo 1964
[5] CRISTIANDAD, marzo 1964. David Hedegard, Ecumenium and the Bible. Londres, 1964, p.33
[6] TEOLOGIA PROTESTANTE, BAC minor José Mª G. Gomez-Heras, Madrid, 1972