domingo, 18 de abril de 2010

LA CRONOLOGÍA DEL NUEVO TESTAMENTO

LOS EVANGELIOS ANTE LA HISTORIA - Juan Manuel Igartua S.J.

PROLOGO

La importancia de la cuestión sobre la verdad histórica de los evangelios proviene de ser el fundamento escrito de la religión cristiana.

Se trata de saber si tenemos o no en los Evangelios un recuerdo real de un Hombre excepcional. Pues habiendo El afirmado que es Dios, y habiendo instaurado una religión permanente para servir al Dios verdadero, el problema de Jesús se convierte en el problema del hombre.

Si los evangelios han de ser mirados a través del prisma de la verdad histórica, ¿el hombre que los evangelios retratan fue como ellos lo describen?

Afirmamos que los evangelios nos ofrecen un fiel recuerdo de Jesús.

Hoy, cuando voces vacilantes, alzan críticas que todo lo ensombrecen a los ojos de muchos, se plantea con fuerza renovada el problema de los evangelios y su verdad histórica.

Escribimos en la fe, aunque no sólo desde la fe. Cree¬mos que no es posible conocer a Jesús plenamente si no se presta crédito a los evangelios, que nos ofrece la Iglesia como tradición acreditada y aceptada de los hechos y dichos de Jesús.

Cuando Jesús se apareció al apóstol Tomás, y le hizo poner la mano en su costado abierto como comprobación, dijo al an¬tes incrédulo discípulo: «Porque me has visto, Tomás, has creído. ¡Dichosos los que crean sin haber visto!»


Capítulo primero: LA CRONOLOGÍA DEL NUEVO TESTAMENTO

1. Importancia de las fechas

El Nuevo Testamento entero, con sus 27 libros, gira en torno a la persona de Jesús de Nazaret, llamado ahora «el Señor Jesús», «Jesucristo», o simplemen¬te «el Señor». Poseemos hoy testimonios escritos en el siglo I en que vivió Jesús, que narran la vida y muerte de Jesús.

Tales testimonios se contienen en los Evangelios, en los Hechos apostólicos y en las Epístolas. El libro profético del Apocalipsis, en el que se refleja de manera sublime la gloria del Señor resucitado, Rey del uni¬verso.

El Nuevo Testamento está escrito en lengua griega. El único evangelio en lengua aramaica es el de San Mateo, la lengua que habló propiamente Jesús, y en donde hubiéramos podido conocer nu¬merosas palabras de Jesús como enteramente suyas, ipsissima verba como las ha llamado el profesor protestante J. Jeremías, se ha perdido en la noche de los tiempos.

Nos queda un evan¬gelio griego de Mateo, refundición modificada seguramente del primero, y en lengua de cultura universal, como es la griega, aun en su tipo dialectal de la koiné o lengua vulgarizada y po¬pular (común) en el siglo I.

Disponemos hoy de una documentación del siglo I que, todavía a poca distancia de los sucesos testi¬moniados, nos ofrece su palabra escrita. No es excesivamente importante una diferencia de décadas. Pero es de gran impor¬tancia la conexión directa con los hechos, que conforma su garantía de histórica verdad.

La razón es la siguiente. Debemos admitir que la excesiva se¬paración de años puede desfigurar sensiblemente las tradiciones, si no tenemos en cuenta los motivos ahistóricos —aunque para nuestra Tradición católica decisivos— de la asistencia del Espíritu para su conservación fiel y permanente. Pero, si el testimonio se produce dentro de generaciones contemporáneas de los hechos y éstos son públicos y notorios entre ellas, la presencia de tales generaciones «presenciales» es una garantía de la verdad, si los hechos son aceptados por las mismas.

Edades de los testigos de la resurrección cuando escribe san Pablo

Utiliza este argumento san Pablo en la I Carta a los Corintios: «Se apa¬reció a más de quinientos hermanos reunidos, muchos de los cuales viven todavía» (15,6).

La carta a los Corintios puede datarse en el año 57-58 d. Cr. La muerte y resurrección de Cristo acontecen el a. 30, han pasado 28 años. Si los testigos en el año 30 tenían entre 15 y 70 años. En el año 58, tendrían entre los 43 y los 98 años de edad. «La mayor parte de los quinientos», tendrían entre los 40 y los 70 años.

La fecha del año 70 y edad de los testigos de la resurrección

El año 70 contempla la destrucción del Templo de Jerusalén y de la ciudad, abatida por el ataque romano y el cerco de Tito. En el año 70 la edad de los testigos de la Resurrección de Cristo y de sus apariciones como de su vida y muerte en la Cruz suma cuarenta años a los que tuvieran en el año 30. Las generaciones de los 15 a los 35 años tienen ahora de 55 años a 75. «Mu¬chos de ellos viven todavía, otra parte murieron», podríamos parafrasear a san Pablo, también con respecto al año 70.


2. Cronología básica

¿Cuándo se escribie¬ron los documentos que poseemos? Se puede decir que la gran mayoría de ellos (excep¬tuando el Evangelio de Juan, su Apocalipsis y sus tres cartas, y quizás algún otro documento de valor canónico), son anterio¬res al 70.

No sólo han sido escritos antes del 70, sino que han sido recibidos antes de esa fecha como libros dignos de crédito por las comunidades cristianas ya existentes a todo lo largo del Mediterráneo, desde Jerusalén hasta Roma, y aun se puede creer que hasta la misma España.

La crítica racionalista pro¬testante, y un grupo, que se podría decir creciente, de críticos católicos ha ten¬dido a retrasar las fechas del NT, traspasando en varios casos la barrera del año 70. Hay un sorprendente y decidido libro del erudito obispo anglicano JOHN A. T. ROBINSON, Redating the New Testament. (Volviendo a fechar el Nuevo Testamento), SCM Press London, 1976 que defiende al tesis del año 70 como límite.

Hasta 1.800 se estimó la fecha del 70 como fecha tope del NT, a excepción de los escritos joánicos, que se retrasaban hasta fines del siglo I. La escuela racionalista de Tubinga, a par¬tir de Baur, intentó retrasar todas las fechas. Comenzando en los años 60 llegaban algunas obras del NT hasta la mitad del siglo II en su cronología.

La tradición católica siempre ha defendido la anterioridad al año 70, excepto para Juan. Hoy varios aceptan o aceptaban el traspaso de la barrera para algunas obras, no muchas: evangelio de Mateo griego, segunda de Pedro, la de Judas; y alguno, aun Lucas, (Hechos y Evange¬lio).


La destrucción e incendio del Templo de Jerusalén

El argumento de Robinson basa su tesis de anterioridad general al 70, porque en esa fecha tuvo lugar la destrucción de Jerusalén y consiguiente desa¬parición del culto, los sacrificios, la secta saducea, el pueblo judío organizado.

La razón fundamental de toda la crítica contraria ha sido siempre que la profecía ex eventu (o sea, después de los sucesos) era la expli¬cación de las páginas evangélicas relativas a la destrucción de Jerusalén en boca de Jesús. Si para explicar tales palabras no se podía suponer una profecía de antemano, entonces cierta¬mente resultaba que habían de haber sido escritas después de verificarse el suceso, que anunciaban en profecía solamente li¬teraria.

Robinson arguye sobre este punto central, porque el anuncio de que «no quedará piedra sobre piedra» se halla en Mc. 13, y, aunque los discípulos le preguntan por la fecha no la da. ¿Habrá que suponer, diremos, voluntad de engañar en el evangelista? Jesús aconseja huir a los montes, pero en el cerco de Jerusalén no se podía huir, y los cristianos huyeron antes a Pella, no a los montes, según Eusebio en el 62. Ni Jesús ni los evangelistas dicen nada expreso sobre la misma destrucción del propio Tem¬plo fuera de aquella frase general. El incendio del Templo, acaecido según Josefo, tan impactante para las mentes judías, no aparece mencionado, lo que es difícil si fuese escrito tras su realización.

C. Torrey recuerda que no es un evangelista sino tres los que silencian la guerra, simplemente de seguro porque no la han llegado a conocer cuando escriben (cf. en cambio Jn. 11,48).

El proceso de justificación de las fe¬chas de los documentos debe proceder, como toda investigación sensata, de lo más cierto a lo más incierto.

Comienzo de la vida pública de Juan el Bautista y Jesús

En materia de fechas tenemos un punto de partida que debiera ser firme y fijo. Lucas precisa la fecha cronológica de la aparición pública de Juan Bautista, y de Jesús por lo mismo, con datos de seguridad de referencia:

«En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea y Herodes tetrarca de Galilea, Filipo su hermano tetrarca de Iturea y de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene, en el pontificado de Anas y Caifas, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto...» (Lc. 3,1-2)

La fecha del año 15 de Tiberio, sucesor de Au¬gusto en el imperio, nos sitúa en el año 29 de nuestra era. En efecto, la muerte de Augusto sucedió el 19 de agosto del año 767 ab Urbe Condita, que es el 14 de nuestra era, que comienza en el año 754 a. U. C. Si nos atenemos al cómputo propio de Siria, que calcu¬la el comienzo de Tiberio dos años antes, o sea el año 12 d. Cr., año en que Augusto le concedió el honor de ser considerado como «collega Imperii», y así se llega al año 27 de nuestra era como año del bautismo de Jesús y comienzo de su vida públi¬ca.

De este modo además coincide con exactitud la fecha con la que da el evangelio de Juan: «Cuarenta y seis años hace que este Templo comenzó a edificarse (o se ha edificado), ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» (Jn. 2,20). Como el Templo herodiano comenzó a edificarse el año 19 a. Cr. (que era el 735 de Roma) sumando 46 al año 19 a. Cr. obtenemos también el año 27 d. Cr. Así pues, Jesús comenzó su vida pública el año 27 (teniendo «unos treinta» años).

La predicación de Jesús hasta su muerte duró alrededor de tres años, y así resulta, como dato de certidumbre para la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, el año 30 de nuestra era. Este año 30 coincide precisamente con el dato señalado por Jn. 19,31 de que aquel año era un sábado solemne o grande. Coincidían el día pascual del 15 Nisán, por la luna, y el sábado semanal. Esto sucedió, efectivamente, el año 30. Lo confirma Mc. 15,42, que coloca la muerte de Cristo en la Parasceve, «víspera del sábado» (prosabbaton).

El año 30 es el del comienzo de la predicación apostólica posterior a la Resurrección de Jesús.


La conversión de Saulo en Damasco

Otra fecha importante es la de la conversión de Saulo en Da¬masco. Lucas no da la fecha exacta en los Hechos de los Apóstoles, pero se puede deducir con gran probabilidad. Al cabo de algún tiempo de paz que gozaba la comunidad cristiana se produce el tumulto mo¬vido por agentes sacerdotales contra Esteban (6,12), y es ape¬dreado, mientras Saulo participa en el martirio como custodio de los mantos.

¿Qué año conviene a tal suceso? Parece el más apropiado el del relevo del gobernador Pilato por Albino. El cambio de gobernador, con el tiempo vacuo intermedio, tiene lugar en el año 36, seis años después de la muerte de Cristo.

Primera estancia de San Pablo en Jerusalén

Pablo, al recordar en la carta a los Gálatas su conversión (Gal. 1,13 ss), afirma que sólo después de tres años subió a Jerusalén (Gal. 1,18) por primera vez para hablar con Pedro y con Santiago. Contando ahora el tercer año desde el 36 estamos en el año 38.

El concilio de Jerusalén.

Pa¬blo, en la misma carta a los Gálatas: «Des¬pués de catorce años subí otra vez a Jerusalén (palin anébe) con Bernabé y Tito» (2,1). Si se toma el texto como el anterior, los catorce años se cuentan también a partir de la conversión. Así alcanzamos al año 49 como fecha de la reunión apos¬tólica en Jerusalén. San Pablo cita de nuevo como participantes en la reunión, llamándolos con el nombre de especial significación de «columnas de la Iglesia», a Pedro, Santiago y Juan.

La muerte de Pedro y Pablo

Otra fecha clave es la de la muerte de Pedro y Pablo. Para ellas tenemos unas fechas ciertísimas: la del incendio de Roma con la atroz persecución de los cristianos por Nerón, año 64; y la de la muerte del emperador Nerón, ante el avance de las legiones enemigas y la proxi¬midad del decreto de su muerte por el Senado, el año 68. Pe¬dro murió en la persecución del incendio, luego el año 64 es el de la muerte de Pedro. Pablo murió también por orden de Nerón, luego lo más tarde el año 67.

El error del monje Dionisio el Exiguo en la cronología cristiana

Debemos tener en cuenta, para toda cronología poscristiana, que el monje Dionisio el Exiguo, al calcular e introducir el ca¬lendario de la Era cristiana en el siglo VI (m. en 556), erró al asignar el año 754 de Roma al nacimiento de Cristo, a partir del cual contaba ahora, (cfr. LTHK, v. ara). Pues nos consta por Mateo y Lucas (Mt. 2,1; Lc. 1,5), que entonces reinaba Herodes, del cual sabemos que murió el 750 de Roma (F. JOSEFO, Ant. Jud., 17,8,1) es decir cuatro años antes de la Era cristiana calcula¬da. Hay pues que colocar el nacimiento de Cristo antes del año —4, en tiempo de Herodes, y si damos además los dos años apro¬ximados del cálculo evangélico para la matanza de los Ino¬centes (Mt. 2,16), lo podemos fijar en el año aproximado de —6 (o quizás en —7). (Cfr. la nota 26).

Cronología romana Cronología cristiana Sucesos
(ab Urbe Condita UC) (ante, post Christum)
año 747-48 -7, -6 Nacimiento de Jesús
año 750 -4 Muerte de Herodes
año 754 1 (no hay 0) Primer año era cristia¬na. (777 de las Olim¬piadas griegas según Varrón cfr. Espasa, Cronología, 16,478)
año 767 14 Muerte de Augusto. Vf. (Tiberio emperador desde el 12, collega Imperii).
año 780 27 Bautismo de Jesús.
año 783 30 Muerte y Resurrección de Jesús
año 789 36 Conversión de Saulo.
año 791 38 Saulo en Jerusalén con Pedro y Santiago.
año 802 49 Concilio apostólico: Saulo con Pedro, San¬tiago y Juan.
año 817 64 Muerte de Pedro en Roma. (Incendio: 18 julio 64).
año 820 67 Muerte de Pablo.
año 821 68 Suicidio de Nerón.
año 823 70 Destrucción de Jerusa¬lén.

3. Un punto seguro de partida: los Hechos de los Apóstoles

La fijación de las fechas de composición de los escritos del Nuevo Testamento, princi¬palmente los Evangelios y Epístolas paulinas.

La regla más prudente es partir de lo más cierto para llegar a lo incierto. ¿Cuál es el punto de arranque de nuestra fijación de fechas? El libro de los Hechos de los Apóstoles por el inesperado abrupto con el que termi¬na.

Este libro, obra de arte del historiador Lucas, compañe¬ro de Pablo (Col. 4,14; 2 Tim. 4,11), después de narrar los comienzos de la Iglesia tras la Ascen¬sión de Jesús en Jerusalén, la conversión de Saulo tras la muer¬te de Esteban, y los comienzos de la difusión apostólica del evangelio.

Sigue a Pablo a partir del capítulo 13 en sus viajes de apostolado hasta su prisión en Jerusalén y Cesárea bajo el tribuno Claudio Lysias y los procuradores Félix y Festo. En esta situación de prisionero, se dilató su prisión has¬ta la llegada de Festo durante unos dos años más o menos (58-60); y habiendo apelado a Roma y al Emperador, fue enviado a la Ciudad.

El naufragio de Malta retrasó su llegada en unos meses, y en la primavera del 61 hacía su entrada en Roma. Al llegar aquí Lucas, que ha contado todos los detalles de la prisión de Cesárea, y su juicio ante Félix primero y luego ante Festo y el rey Agripa, en cinco largos capítulos, y casi dos más para la navegación y nau¬fragio y estancia en Malta, ahora sólo dedica a su prisión romana, que duró dos años en¬teros, exactamente 13 versículos (28,17-29).

Quedan sólo dos versículos para terminar la narración de la prisión romana y el libro entero «Permaneció dos años en la casa alquilada, recibía a todos los que venían a él, y enseñaba lo que se refiere a nuestro Señor Je¬sucristo, con seguridad y sin impedimento alguno.» (28,30-31). Aquí termina el libro entero de largas peripecias dramáticas.

¿Cuál puede ser la explicación de este final, y en qué fecha nos sitúa?

Eusebio de Cesárea, y tras él san Jerónimo, dieron por cierto que la única explicación de tan extraño hecho es la de que el libro fue terminado precisamente cuando finaliza en Roma la prisión bienal de Pablo.

«Lucas ha escrito otro libro magnífico (egregium) que, lleva el título de Actos (Actas) de los Apóstoles. Su relato llega hasta los dos años de la estancia de Pablo en Roma, es decir hasta el cuarto año de Nerón (a. 63). De esto podemos entender que el libro fue escrito en dicha ciudad.» (De viris illustribus, VII, PL, 23, 619).

Esta observación de Jerónimo, recogida de Eusebio, es tan obvia en sí misma que se ha impuesto hasta hoy, en que todo se vuelve a querer remodelar.

San Jerónimo entiende que la finalización súbita del relato de los Hechos con la mención de los dos años o bienio de cautividad de Pablo en el proceso de su ape¬lación al César, significa que Lucas terminó su libro cuando Pablo terminó su cautividad. Y por eso Jerónimo afirma que escribió el libro en Roma, pensando que lo escribió durante los dos años de la cautividad de Pablo, tiempo en que Lucas acom¬pañó al Apóstol en la ciudad de Roma. Esto que dice Jerónimo, y que primero sugirió Eusebio, ha sido después, hasta nuestro tiempo, estimado entre los católicos como incontrovertido al parecer.

La PCB

La Comisión Bíblica Pontificia en tiempo de san Pío X (año 1912-13) consideró que «hay que sostener con derecho y ra¬zón que Lucas terminó su libro de los Hechos hacia el fin de la cautividad romana del apóstol Pablo» (Denz. 2.169), apoyan¬do esta afirmación en el motivo de que «apenas hecha mención del bienio de la primera cautividad romana de Pablo, se cierra bruscamente» (ib.)

Razones de crítica interna

a) Lucas está con Pablo y no narra su muerte como testigo de Cristo

En el libro de los Hechos, el autor nos narra detalla¬damente la muerte de Esteban, y asimismo la de Santiago. Considera la muerte por el testimonio de Cristo como un hecho el más glorioso para el testigo. Narra con el má¬ximo detalle la pasión y muerte de Jesús, y en su evangelio el Resucitado increpa a los dos discípulos en el camino de Emaús por no entender esta gloria de la muerte (24,26). ¿Cómo iba, pues, a omitir la muerte de Pablo, y aun la de Pedro, corona de sus vidas de testigos de Jesús, si las hubiese ya conocido por haber escrito su libro después de ellas, que ocurrieron en los años 64 y 67?.

Además consta, por texto epistolar del propio Pablo, que en el segundo proceso romano o cautividad, que termina con la muerte del Apóstol, está Lucas a su lado como único compañero de fidelidad: «Lucas está conmigo, él solo.» (2 Tim 4,11). ¿Quién podría ni siquiera estimar pensable que la fidelidad de Lucas hacia Pablo le haya abandonado en la hora suprema? Pero si está junto a Pablo hasta el último instante, ¿cómo podría, si hubiera escrito su libro después del martirio, no haber hecho alusión alguna final a él, y haber de¬jado el libro terminado, incompleto diríamos, e inacabado como la famosa sinfonía, con la mención final del bienio de la pri¬mera cautividad? No parece posible tal pensamiento.

b) La estructura de la obra: Jerusalén, Samaría y el extremo de la tierra

Los He¬chos apostólicos de Lucas han terminado en la prisión romana de Pablo, años 61-63, porque si fuera posterior habría contado el viaje de Pablo a España. El autor del libro establece con palabras de Jesús lo que ha de ser el bosque¬jo de su obra entera. Cuando Jesús responde a la pre¬gunta de ellos sobre la restauración del Reino de Israel:

«A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su potestad, sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y se¬réis mis testigos en Jerusalén y Samaría y hasta el extremo
de la tierra.» (eos esjátou tés ges) (Act. 1,8).

Estas palabras contienen el esquema de la narración de los Hechos. Después de la Ascensión del Señor a los cie¬los, que es como un enlace con el libro de su evangelio, y tras describir la oración de espera del Espíritu Santo que ha dicho Jesús que ha de venir sobre ellos, y la elección de Matías que completará el número de los Doce antes de tal venida, entra en el capítulo segundo con la venida del Espíritu en Pentecostés como comienzo de la nueva actividad apostólica signada por Jesús que tenía un triple escenario sucesivo: Je¬rusalén primero, luego Samaría, finalmente la expansión hasta el extremo de la tierra.

Este es el orden que sigue el libro de los Hechos. La ac¬ción comienza en Jerusalén. Sigue el episodio de la muerte de Esteban, que abre paso a la dispersión por Judea y Samaría (Act. 8,1) que es el segundo estadio de la expansión: Samaría. A partir de aquí, se abre la etapa de la tercera expansión, la universal irradiación del evangelio. Je¬sús no salió de Palestina, pero sus apóstoles deben ir «hasta el extremo de la tierra».

La conversión de Saulo en el camino de Damasco, y el bautismo del centurión Cornelio en Cesárea por Pedro, son el prólogo de la nueva actividad de expansión, en su tercera fase. (cc. 9-12). Esta etapa debe llegar «hasta el extremo de la tierra». Pero, ¿cuál es el«extremo de la tierra» entonces para aquéllos hombres? El fi¬nal del mar Mediterráneo por Occidente, es decir España. Por lo cual Pablo, en la carta a los Romanos habla de su proyectado viaje a España, que es su meta, y para el cual la visita a Roma será solamente una etapa intermedia. Si Lucas hubiese escrito su libro después del viaje a España de Pablo, conforme a su propio programa, debía haber llevado el relato al menos hasta allí. ¿Por qué lo deja colgado en Roma con la prisión? Porque cerró entonces el escrito en Roma.

c) Otro argumento: el estilo sumamente cuidadoso del autor

Lucas es autor de dos libros, el Evangelio y los Hechos. El Evangelio nos muestra a un autor sumamente cuidadoso. Se abre el relato evangélico con la anuncia¬ción a Zacarías del nacimiento del Precursor de Jesús. Termina su Evangelio con la Ascensión a los cielos (24,50-53), que era su término literario espléndido.

¿Cómo sería posible que un autor tan armónico y cui¬dadoso en su trabajo literario, y que lo muestra de nuevo en la programación y desarrollo del libro de los Hechos, sin embargo, en vez de dar a este libro su término natural, que sería la muerte de Pedro y Pablo, sobre todo la última, como sello triunfal del martirio sobre sus vidas, lo rompa de manera tan brusca como aparece en su final? «Permaneció dos años en cautividad, enseñando las cosas de Jesucristo» (Act. 28,30-31). Sólo tiene una explicación: que la realidad de los hechos no había pasado de aquí cuando puso el cierre de su libro, quizá de forma precipitada, al salir de Roma Pablo libre para España.

Con seguridad queda bien afirmada la redacción básica del libro de los Hechos en Roma en los años 61-63.


La objeción sacada de un texto de Ireneo

El texto, alrededor del 200 más o menos, o sea un siglo y me¬dio más tarde, dice que si Mateo escribió su evangelio hebreo o aramaico, «mientras Pedro y Pa¬blo evangelizaban en Roma y fundaban la Iglesia», en cambio Marcos «puso por escrito» las cosas predicadas o anunciadas por Pedro, como «intérprete de Pedro», y afirma respecto al tiempo que esto lo hizo «después de su salida-».

Ireneo dice que Marcos escribió su evangelio después de la muerte (éxodon = salida) de Pedro y Pablo, es decir después del año 67. Si se quiere que haya escrito todavía antes del 70, sería necesario que lo hubiera hecho precisamente en¬tre el 67 y el 70. Y en consecuencia, siendo Lucas posterior a Marcos en su evangelio, Lucas hubo de escribirlo, lo más pronto hacia el 70 o después del mismo y como los Hechos son posteriores al Evangelio, estos hubieron de ser escritos hacia el año 80 o poco antes.

He aquí lo que es partir de lo oscuro para oscurecer lo claro. Sólo porque Ireneo dice esto oscura¬mente a fines del siglo II se viene a negar lo claro, que es toda la argumentación sacada intrínsecamente del mismo texto, que aca¬ba en la primera cautividad de Pablo en los años 61-63.

Lo que parece confirmar además el fragmento Muratoriano, que está escrito también, como lo de Ireneo, antes del año 200.

«Los Hechos de todos los Apóstoles están escritos en un solo libro. Lucas, óptimo Teófilo, los describe (comprindit), porque las cosas todas en su presencia se hacían, como lo declara evidentemente (evidenter) no mencionando (semota) el martirio de Pedro, ni la marcha de Pablo a España desde Roma.» (Rouet Journel, n. 268).

El autor de este testimonio del fragmento hace, respecto del libro de los Hechos, crítica interna del texto, de modo semejante a lo que decimos para su fecha. Porque al afir¬mar que en los Hechos, a partir especialmente de los viajes de Pablo, cuenta cosas que él vio (a diferencia del Evangelio, donde cuenta solamente lo que oyó a otros), deduce que es «evidente» que no asistió al martirio de Pedro, y que no acompañó a Pa¬blo a España, pues no lo narra en su libro. Pero del mismo modo decimos, y con mayor motivo, si no cuenta el martirio de Pablo no es porque él no estuviese allí, ya que lo atestigua prácticamente la 2 Tim, que presenta a Lucas acompañando a Pablo en este tiempo de prisión que precede al martirio. Luego la causa de no narrarlo debe ser porque el libro estaba ya terminado antes.

Nos parece que queda señalada con firmeza una fecha-base para la cronología de los documentos, que es la del libro de los Hechos de los Apóstoles, obra de Lucas el evangelista. El libro se escribe, o mejor, llega a término en el año 63, y comienza a circular quizás antes del incendio romano del 18 de julio 64, cuando Pedro sale de Roma (y de la vida) a la vez que Pablo sale de Roma libre para España. Entonces, después de la doble (pero diferente) salida, se da a conocer el libro de los Hechos.

4. La cronología y el evangelio de Lucas

Partiendo de aquella fecha-clave como firme punto de partida, con un sen¬cillo raciocinio se sitúa en posiciones cronológicas, los restantes libros del Nuevo Testamento. Los evangelios sinópticos primero; las epís¬tolas paulinas están fechadas con mucho mayor seguridad, precisamente por datos que ellas mismas aportan en concordancia con el libro de los Hechos, que es la platafor¬ma general de referencias cronológicas prudentes.

El libro de los Hechos comienza con estas palabras:

«El primer libro lo escribí, Teófilo, sobre todo lo que Je¬sús hizo y enseñó desde un principio hasta el día en que, después de haber dado instrucciones por medio del Espíri¬tu Santo a los Apóstoles que había elegido, fue llevado al cielo» (Hech. 1,1).

«el primer libro» a que se alude aquí (ton protón lógon) es el Evangelio de Lucas, sintetizado por su autor como «todo lo que Jesús hizo y enseñó». El evangelio de Lucas reco¬rre tales dichos y hechos de Jesús desde «un principio» (el na¬cimiento anunciado del Precursor de Jesús, Lc. 1,5 ss) hasta la Ascensión después de haberles instruido sobre su misión con inteligencia de las Escrituras y promesa del Espíritu Santo (Lc. 24,50). Así pues, con absoluta certeza el evangelio de Lucas es anterior al libro de los Hechos, por testimonio del propio Lu¬cas.

Fecha para la redacción del Evangelio de Lucas

Partimos de la base de que al término de la cautividad paulina, en el año 63, ha ter¬minado Lucas los Hechos. No parece excesivo señalar para la composición del libro los dos años de cautividad de Pablo.

Cuando comienza su prólogo de los Hechos, o su primer trabajo de redacción del libro al menos, puede ser el año 61. Por lo mismo, siendo anterior a los Hechos, el Evangelio de Lucas debe ser anterior al año 61.

El tiempo que Lucas tuvo antes del bie¬nio 61-63 transcurre, como hemos indicado, durante sus dos últimos años 58-60 en la región de Judea, pues Pablo se halla preso en Cesárea bajo Felix-Festo. Estos dos años, que siguen al regreso de Lucas con Pablo y su llegada a Jerusalén, el año 58 del tercer viaje apostólico (Hech. 21,15), fueron sin duda preciosos para el evangelista. Pudo recoger datos de testigos oculares de los hechos pasados. Si lo pudo hacer entonces res¬pecto a los sucesos que narra en el libro de los Hechos, en que Pablo no intervino (c. 1-12), sin duda también pudo hacerlo res¬pecto a los hechos evangélicos de Jesús. Pero no parece posi¬ble que entonces comenzase a escribir su evangelio, que re¬quiere un tiempo más completo y más independiente. Pudo quizá terminarlo entonces: mientras recogía datos para su se¬gundo libro, acababa de redactar el primero evangélico.

¿Cuándo comenzó el evangelio?

Hay una hipótesis sumamente verosímil sobre ello. San Jeró¬nimo sirve de guía en este punto. Dice que «en las regiones de Acaya y Beocia escribió su volumen». Ya que esa indicación suya de que Lucas escribió su evangelio en Acaya y Beocia sigue en su texto a la clara indicación, con la cita misma, de que en 2 Cor. 8,18 Pablo menciona, según todo da a entender, al propio Lucas: «Hemos enviado con Tito al hermano, cuya ala¬banza está en el evangelio (épainos en to euangelio), por todas las iglesias.» Agrega Jerónimo: «Tertius Lucas medicus, natione Syrus Antiochenus, cuius laus in evangelio, qui et ipse discipulus Apostoli Pauli, in Achaiae Beotiaeque partibus volumen condidit.»

Este sentido de su testimonio, y el valor de certidumbre para él de que el verso de 2 Cor. se refiere a Lucas (cosa, por lo demás, obvia) aparece también más tarde en el «De viris illustribus», (c. VII) que se refiere al Evangelio y los Hechos: «Scripsit (Lucas) Evangelium, de quo idem Paulus: Missimus, inquit, cum illo fratrem cuis laus est in evangelio per omnes ecclesias (2 Cor. 8,18)» (PL. 23,619).

Si, como parece cierto, esta referencia de Corintios 2 fuese a Lucas mismo, «su alabanza en el evangelio por todas las igle¬sias», parece que significa que ya lo había escrito Lucas. En efecto, no se ve apenas cómo puede la alabanza de un hermano estar «por todas las iglesias», aun las que no ha recorrido personal¬mente (y Lucas ha recorrido pocas) si no es por un escrito suyo, que sería su evangelio.

La Carta 2ª a los Corintios se escribe el año 57 desde Efeso, por tanto el Evangelio de Lucas debería estar escrito antes del año 57, y aun algo antes para que pueda ya circular por las iglesias.

¿Cuándo pudo haberlo escrito? Lucas aparece en los Hechos como compañero de viaje de Pablo, al aparecer por primera vez en el libro de los pasajes «nosotros» en redacción plural de compañía, en el segundo viaje de Pablo.

Avanzado ya el año 53 comienza el tercer viaje de Pablo. Por las iglesias de Asia, llega a Efeso, donde se detiene largamente, dos años y tres meses (Hech. 19,8-10). Desde Efeso escribe las dos cartas a los Corintios, y al parecer entre ambas cartas hace un viaje relámpago de ida y vuelta (2 Cor. 12,14: tritón —ter¬cera vez— toúto etoímos éjo elzeín pros umás) a Corintio desde Éfeso.

A fines del año 57 parte de Efeso para Macedonia, de donde descenderá por Grecia a Corinto, y pasando en esta querida ciudad el invierno del 57, en la primavera del 58 vuelve a Macedonia y Filipos, por temor a las asechanzas judías a su viaje por mar desde Corinto.

Desde Corinto regresa a Filipos, llevando una nutrida compañía que se va añadiendo de amigos y colaboradores, hasta siete de las diversas iglesias de Grecia y Macedonia. Aunque Lucas no se nombra a sí inmediatamente de numerar personalmente estos siete compañeros de Pablo, que vuelven por mar a Tróade con él, añade de nuevo en plural de primera persona: «Habiéndonos precedido, nos esperaron en Tróade, y nosotros navegamos hasta ellos a Tróade» (Hech. 20,5). Pablo y Lucas, de nuevo unidos en este verano del año 58, emprenden la vuelta a Jerusalén desde Europa. En Jerusalén, conforme al vaticinio de Agabo, Pablo será apresado y comienza su largo calvario de dos años pr¡sión en Cesárea y otros dos luego en Roma.

Lucas permanece 7 años (del 50 al 58) en Grecia

Lucas desde el año 50, en el que acompañó por vez primera a Pablo en su segundo viaje desde Tróade a Macedonia, hasta el año 58 en que regresa con él a Jerusalén desde Macedonia, ha tenido siete años largos de permanencia en Grecia. ¿Qué ha hecho durante estos siete años, 51-58? Indudablemente ha recorrido las cristiandades fundadas por Pablo en el segundo viaje: quizá por eso le ha dejado Pablo sin llevarle a su vuelta del segundo viaje por compañero. Ha estado seguramente en Corinto, no sabemos cuánto tiempo. Siete años son un tiempo largo, en el cual «en la región de Acaya y Beocia» (s. Jerónimo), o sea en Corinto y Atenas etc., hasta Macedonia en repetidos viajes, o estancias, ha podido hacer una primera redacción básica de su evangelio. Este pues pudo escribirse, según la deducción de los textos mismos, hacia los años 53-57.

Tenemos así ya un segundo hito cronológico lucano fijado suficientemente: el evangelio, comenzado en el 53 quizás, per¬feccionado para el 56, ultimado quizás en 59-60; los Hechos de los Apóstoles en 61-63, antes del 18 de julio del 64, fecha del incendio de Roma.

5. Cronología de los evangelios de Mateo y Marcos

Esto nos lleva a otra tercera deducción, so¬bre el evangelio de Marcos. Hoy es universalmente admitido que Lucas tiene ante los ojos el texto de Marcos cuando escribe su evangelio, y copia bastantes pasajes. Hay 350 versículos comunes a Lucas con Marcos y Mateo (tradición tri¬ple), y unos 50 en común con solo Marcos (tradición doble). Es innegable la dependencia escrita, aunque teóricamente podrían ambos depender de una fuente común, pero la tradición está en favor de la originalidad de Marcos.

Si pues Marcos es anterior a Lucas quiere decir, según lo deducido para Lucas, que su evangelio es anterior a la segunda mitad de la década cincuenta, o sea que está escrito a más tardar entre 50-55.

¿Sería esto posible si la tradición nos enseña que recogió las catequesis romanas de Pedro? Sí, porque parece bastante claro que Pedro hubo de estar en Roma antes del año 50, o en los primeros años de la década cincuenta. Marcos entonces pudo escribir «después de la salida de Pedro» de Roma (éxodon), del testimonio ya citado de Ireneo..

Sólo nos queda ahora en los evangelios sinópticos la datación de Mateo. Recordemos que de éste hay un evangelio primero en lengua aramaica, que es el más antiguo de todos. Sería, pues, de la década de los cuarenta. Este dato coincide exactamente con el dato de que en el Concilio de Jerusalén, en el año 49-50, no aparece Mateo entre los apóstoles columnas de la Iglesia.

Datación del evangelio de Mateo

Mateo no estaba ya al parecer en Jerusalén en el año 49. Y como escribió su evangelio en arameo, lengua del país, es de creer absolutamente que lo escribió antes de mar¬char a otras regiones en su apostolado, es decir antes del 49. Si quisiésemos admitir que, en la primera subida a Jerusalén de Pablo, el año 38, como dijimos al principio de este capítulo, tampoco halló Pablo a Mateo, podríase pensar si ya había mar¬chado definitivamente, en cuyo caso su evangelio aramáico se retrotraería antes del 38.

A partir de este Mateo arameo, viene el problema del Mateo griego. Los estudiosos han forjado una hipótesis, que parece necesaria, la de la existencia de una fuente llamada Q (de la palabra alemana Quelle = fuente) an¬terior a los tres Sinópticos. Lo más obvio sería tal vez identi¬ficarla con el Mateo arameo, aunque pueda presentar algunas dificultades no insalvables tal identificación. De todos modos es cierto que hubo más de un escrito previo que corría entre los cristianos, y de ello da testimonio Lucas al decir que ha consultado tales escritos o los conoce (Lc. 1,1). ¿Cuáles son?

Se puede pensar en Mateo arameo, quizá, y desde luego en Marcos, al leer a Lucas. Es muy probable que el Mateo arameo fuese traducido al griego prontamente, y se haya convertido así en la fuente Q, de la que han bebido Lucas y Mateo griego con mayor dependencia del mismo.

Podríamos decir que es aceptable sostener que el Mateo griego es una traducción refundida del Mateo arameo, ampliada y perfilada, pero basada sustancialmente en aquella. Tal es la opinión emitida por la Comisión Bíblica en 1912: «Guardado lo que ha de guardarse, conforme a lo pre¬cedentemente estatuido... sobre la identidad sustancial (quoad substantiam) del Evangelio griego de Mateo con su original pri¬mitivo (el arameo traducido de Mateo).» (Denz 2.164).

En cuanto al Mateo griego, en su forma redaccional actual íntegra, parece que lo debemos situar en todo caso antes del año 70. Pues toda la construcción y redacción del evangelio su¬pone que todavía no ha sido destruido el Templo ni el culto. Recuerda Robinson que Mateo cita hasta siete veces a los saduceos, que desaparecieron como tal clase con el Templo. Asi¬mismo, que Mateo habla de pagar la tasa del templo, que tras el 70 se pagaba ya al templo de Júpiter Capitolino. Todo ello revela no sólo un conocedor perfecto del ambiente del tiempo de Jesús, inmerso en él, sino también que el texto ha sido es¬crito cuando todavía no había sido destruida la ciudad ni el Templo, hasta no quedar «piedra sobre piedra». Se puede pen¬sar que ni siquiera había comenzado la guerra judía que cul¬minaría en aquella destrucción.

La guerra judía comenzó en el año 66 con la insurrección de judíos en Alejandría y en Jerusalén, y el frustrado ataque de Cestio Galo a Jerusalén en setiembre de este año, debiendo retirarse con graves pérdidas ante los insurrectos que dominan la ciudad. En el 67 Vespasiano, nombrado por Nerón, con su hijo Tito, para la guerra de Judea, reconquista Galilea. La gue¬rra proseguirá hasta el 70 en que, nombrado Vespasiano empe¬rador, Tito destruye Jerusalén y acaba la guerra. En tal estado de cosas no tendría ya sentido redactar el evangelio de Mateo actual. Por lo tanto éste debe retrotraerse no sólo a antes del año 70 en su forma griega actual, sino aun a antes del 66, con dependencia principal del Mateo arameo de antes del 50.

Y no es posible admitir que, por un simple dogmatismo como el de la imposibilidad de la profecía y la consiguiente afirmación de que es profecía «ex eventu» la de la destrucción de Jerusalén, se quiera colocar este evangelio (y aun el de Lucas) después del 70. Adviértase que nuestra argumentación procede por escalones:

a) Los Hechos son del 61-63.
b) Lucas es anterior a los Hechos (antes del 60).
c) Marcos en anterior a Lucas (antes del 55).
d) Mateo arameo es anterior a Marcos (40-50).
e) Mateo griego es anterior al 66-70.
6. Cronología de Juan

El evangelista Juan nos ha dejado un Evangelio, llamado el cuarto, y además de tres epístolas, un libro de carácter profético apocalíptico, el Apocalipsis. Se puede pensar que el vehemente Apocalip¬sis sea de época de madurez, aún vigorosa, de Juan, y su evan¬gelio de época tardía.

Datación del Apocalipsis

El Apocalipsis sitúa claramente al Juan autor de la profe¬cía en la isla de Patmos sufriendo destierro por el nombre del Señor (Apoc. 1,9). Esto hubo de suceder en una persecución, y hay dos opciones posibles: una la de Nerón, en los años 64-68, (fe¬cha de la muerte de Nerón, y el 64 la del incendio de Roma y comienzo de la gran persecución), y la de Domiciano, años 95-96. Nos parece más probable, por la ra¬zón indicada de la edad del autor, que en el año 95 había de tener ya más de ochenta años necesariamente, que el destierro haya sucedido bajo Nerón. El Apocalipsis estaría así escrito en los años próximos y anteriores al 70. Juan llama a Roma Babilo¬nia, y tal vez describe su incendio (Apoc. 18,9 ss). Esta razón puede ser fuerte. Los «ángeles de las Igle¬sias», u obispos (Apoc. 2-3) existen ya (1 Tim. 3,1).

Datación del evangelio de Juan

En cuanto al Evangelio de Juan, se puede creer que Juan escribe después de la destrucción de Jerusalén por los romanos. La profecía que Juan atribuye a Caifas: «Vosotros no entendéis nada, y no pensáis que os con¬viene que un hombre muera por todo el pueblo y no que pe¬rezca toda la nación (judía)» (Jn. 11,50), además de su carácter profético adquiere así un carácter dramático para un testigo que ha conocido la destrucción de Jerusalén, a la cual se alude en la escena de manera terminante: «Este hombre hace muchos milagros (el de Lázaro, reciente). Si le dejamos así, vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar (el Templo) y nuestra nación» (Jn. 11,47-48).

Es bien claro que él ha escrito después de los sinópticos, y para com¬pletar (al menos ha buscado también esto) lo que en ellos no se halla (como se indica quizás en Jn. 20,30). De otro modo se¬ría incomprensible la omisión por Juan de un hecho tan fun¬damental como la institución de la Eucaristía en la Cena, cuan¬do precisamente dedica a ésta un tan largo espacio en su evan¬gelio con el lavatorio de los pies, la traición y los discursos y oración litúrgica de Jesús. Dejemos pues su evangelio, aunque no podemos determinar mucho más, según la tradición, en los años noventa, en Efeso (con Ireneo), o en Antioquía (con Efrén en su comentario al Diatessaron de Taciano).

Epístolas canónicas

Respecto de las epístolas canónicas de Juan sólo podemos decir que no existe ninguna indicación interna acerca del tiem¬po de su composición, ya que trata la primera de temas pura¬mente doctrinales y la segunda y tercera son ocasionales, sin indicación alguna cronológica para nosotros. Únicamente, pa¬rece lógico pensar, dada la identidad de lenguaje e ideas de la primera con su evangelio, que ésta ha sido elaborada por el mismo tiempo aproximado que el evangelio, sin que haya cer¬teza apodíctica de ello. De las otras dos se podría pensar que sean anteriores, con la sombra de la incertidumbre, que no tie¬ne excesivo alcance. Lo que consta más claramente es que per¬fenecen a la misma mano del autor del cuarto evangelio.
7. Cronología epistolar paulina

La cronología paulina de las epístolas debe situarse, como punto de partida, totalmente antes del año 67, año de la muerte de Pablo bajo la espada neroniana.

Prestan singular ayuda para situarlas dentro de los años 50-67 (desde el Concilio de Jerusalén, con el segundo viaje, pasará Pablo a Europa), tanto los datos que ellas mismas contienen como algún dato profano de identificación segura.

Un dato clave es el del procónsul Galión en Corinto (Acaya). Pues este dato ha podido ser fechado con el hallazgo de una inscripción en Delfos, en que Galión (hermano de Séneca) aparece como pro¬cónsul de Acaya en el año 52, y el proconsulado solamente du¬raba como máximo dos años, ordinariamente uno. Se puede pues fijar la estancia de Galión como procónsul alrededor del año 52, lo que da por lo mismo tal fecha para Pablo en Corinto, según Act. 18,12.

Otro jalón cronológico es el encuentro de Pablo al llegar a Corinto en este viaje con el matrimonio judío de Aquila y Priscila, que se hallaban desterrados de Roma por el decreto que había dado el em¬perador Claudio contra los judíos de la ciudad, lo que ocurrió en el año 49-50. (Act. 18,1-3). Así con ambos datos podemos fijar la fecha de la estancia de Pablo en Corinto en el segundo viaje en los años 50-52.

Los viajes de Pablo pueden pues situarse así.

El primer viaje desde Antioquía, anterior al Concilio de Jerusalén, que hemos fijado en el 49, puede ser asignado a los años 45-49.

Antioquia – Chipre – Salamina – Pafos – Perge de Panfila – Antioquía de Pisidia – Iconio - Licaonia – Listra - Derbe – Listra – Iconio y Antioquía – Pisidia – Panfilaa – Perge – Atalia – Antioquia.


El segundo viaje, tras el Concilio del año 49, se sitúa por lo dicho en los años 50-52. Durante este viaje entra por vez primera en Europa en Grecia, funda la comunidad de Tesalónica, pasa por Corinto, y escribe desde allí las dos cartas a los Tesalonicenses (52), al per¬manecer en Corinto como año y medio (Act. 18,11).

Antioquia – Siria – Cilicia – Derbe – Listra – Frigia – Galacia – Misia – Triade – Macedonia – Tróade – Samotracia – Neápolis – Filipos – Anfípolis – Apolonia – Tesalónica – Berea – Atenas – Corinto – Siria – Cencres – Efeso – Cesárea – Jerusalén.

Vuelve a Jerusalén, y desde Antioquía nuevamente inicia un tercer viaje, que podemos situar en la primavera del 53. Tras año y medio de viaje más o menos, en que recorre las comuni¬dades y tierras de Galacia y Frigia, llega a Efeso hacia el otoño del 54, y se detiene en la ciudad primero tres meses disputando en la Sinagoga (Act. 19,8), y luego dos años enseñando a sus discípulos cristianos en la escuela (en sentido clásico de maestro que enseña a sus oyentes) de un particular llamado Tirano. (Act. 19,9-10). Estamos ya a principios del 57.

Galacia – Frigia – Acaya – Efeso – Macedonia – Acaya – Efeso - Macedonia – Siria – mqcedonia – Tróade – Asón – Mitilene – Quío – Samos – Mileto – Efeso – Cos – Rodas – Pátara – Fenicia – Chipre – Siria – Tiro – Tolemaida – Jerusalén

Durante su estancia en Efeso (54) escribe sus cartas a los Gálatas, comunidad que acaba de visitar en marcha hacia Efeso, y la primera a los Corintios escri¬ta hacia el fin de su estancia (54), que había de acabar según pro¬yecta en Pentecostés (1 Cor. 16,8). Al parecer el tumulto famo¬so de los plateros en Efeso debió adelantar algo, no mucho, su partida, y salió en la primavera del 57 para Macedonia, a donde había propuesto ir (Act. 19,21); consta su propósito en la carta a los Corintios (1 Cor. 16,5), donde también menciona que irá pasando hacia Acaya, o sea a Corinto mismo, como lo hizo (Act. 20,2). Allí permaneció tres meses más (Act. 20,3). Desde Mace¬donia, en el año 57 ya avanzado, escribe su segunda Carta a los Corintios, en que les anuncia su «tercera venida» a la ciu¬dad (la segunda debió ser, no consta, pasando previamente en su viaje por Corinto para llegar a Macedonia) (2 Cor. 12,14 y 13,1).

Durante esta última estancia en Corinto, en el año 58 al comienzo, escribe su gran Carta a los Romanos, y ello aparece en los mismos nombres de los que con Pablo saludan a la co¬munidad romana, que Pablo aún no conoce, y son nombres de los compañeros de Pablo en este segundo viaje como Timoteo y Erasto, que es designado como «cuestor (oikónomos) de la ciudad» (Rom. 16,23 y Act. 19,22), así como Sosipatro (Rom. 16,21 y Act. 20,4).

Ya en el año 58 emprende desde Filipos el regreso a Jerusalén.

La cautividad de Pablo en Jerusalén y luego en Cesárea, a donde fue enviado para su seguridad al día o noche siguiente (Act. 23,11,12,18,31), duró hasta dos años (Act. 24,27), que era el máximo tiempo de detención sin juicio. Estamos así en el año 60. En este viaje naufraga y no llegará a Roma hasta la primavera del 61, desde Malta donde han pasado aquel invierno (Act. 28,2,11).

Viaje a Roma – Malta

En Roma permanece en cautividad de «custodia libre», y dura esta cautividad en espera del proceso dos años (Act. 28,30), es decir los años 61-63. Durante esta cautividad escribe las llamadas «Cartas de la cautividad», que son, como en las mismas epísto¬las se indica: a los Efesios (Ef. 3,1), a los Colosenses (Col. 4,3), a Filemón (Flm. 1,1). También la carta a los Filipenses está es¬crita en cautividad (Flp. 1,12-17), y se ha estimado ordinaria¬mente que durante la cautividad romana.

Tenemos asignada así la cronología de las cartas de Pablo, salvo las llamadas «pastorales» (a Timoteo y a Tito) y la de los Hebreos. Las pastorales son posteriores al año 63.

Se ha de suponer lo más probable que Pablo, libre de la cautividad romana, el año 63, pone en práctica su propósito de visitar España, enun¬ciado en la carta a los Romanos años antes, (Rom. 15.24,28), y de lo cual hay testimonios de muy antigua tradición (Cf. ad Cor 5,7, de Clemente Romano), y después visitó Asia y Grecia, Creta, Efeso y Macedonia (1 Tim. 1,3; Tit. 1,5). Estas dos car¬tas pues, 1 Timoteo y Tito, deben estar escritas hacia el año 65. Y finalmente la segunda a Timoteo está escrita en la cárcel, con la proximidad de la muerte encima (2 Tim. 4,6), y en Roma (2 Tim. 1,16-17), es decir el año 66-67, que será el de su muerte por la espada como jefe cristiano por orden de Nerón, un año antes de la muerte de este tirano el 68.

Respecto de la Epístola a los Hebreos, que pertenece al «corpus paulinum», es general la opinión de que, con ideas maestras paulinas, ha sido escrita por un discípulo de Pablo, y la trataremos junto con las epístolas «católicas» en el aparta¬do siguiente.

8. Cronología de las epístolas católicas y a los Hebreos

Comencemos por proponer el problema de la llamada «seudonimia», porque afecta esen¬cialmente a la fecha posible de cada carta.

Se da el nombre de seudonimia a la costumbre antigua de publicar una obra determinada con el nombre de un autor no verdadero de la misma. En la literatura cristiana de los apócrifos (y judía del AT) tenemos numerosos ejemplos de ello: Actas o Evangelio de Pedro, de Tomás, de Pablo... El problema que aquí plantea es que la mayoría de los críticos no católicos, y parte notable de éstos ahora, admiten como segura la seudonimia para tres escritos al menos del NT: la segunda epístola de Pedro, la de Judas, y quizá la de Santiago.

Preguntamos, en primer lugar, si debe admitirse en libros inspirados la «seudonimia». Parece que, si sólo se redujese, como en el caso de Hebreos, a una atribución a autor anónimo, pero inspirado, de una epístola en la que no figura el nombre mismo del apóstol, contra la costumbre general de éste en sus cartas, ni al comienzo ni al fin del escrito, no sería tan grande la di¬ficultad por parte de la inspiración. Aunque quedarían unos versículos finales (13,22-25) que parecen ser una declaración de autoría paulina bastante clara implícitamente.

Pero el problema se agudiza en los otros tres casos. Porque los tres llevan al comienzo de la epístola el nombre de su autor: Pedro, Santiago, Judas apóstoles del Señor, o «siervos» suyos llamados así modestamente. Especialmente agudo se hace el caso en la de Pedro, cuyo comienzo lo atribuye a «Simón Pedro Apóstol de Jesucristo» (2 Pe. 1,1).

Las epístolas de Pedro

La primera de Pedro no ofrece duda a los críticos, aun no católicos, de ser auténtica de Pedro. Encabezada por su nombre propio y su título de Após¬tol de Jesucristo (1 Pe. 1,1), es una carta del más genuino estilo apostólico doctrinal. Conviene únicamente advertir que en su epílogo se declara como escribano o amanuense de la misma «Silvano, hermano fiel» (5,12). Se halla escrita «desde Babilonia» (5,13), que se considera que sin duda es nombre metafó¬rico de Roma, y aparece citado «Marcos, hijo» (espiritual) de Pedro según la tradición lo confirma (5,13). Estando escrita por Silvano en nombre de Pedro desde Roma no parece haber duda en que hay que asignarle un tiempo al menos anterior al año 64, año de la muerte romana de Pedro.

La segunda de Pedro plantea un caso de seudonimia. Si la carta fuese auténtica, como la anterior, habría que asignarle una fecha semejante, anterior al 64. Si no es auténtica, aunque sea inspirada y canónica, podría retrasarse la fecha según los datos. Ahora bien, ¿es posible que un autor inspirado por el Espíritu atribuya un escrito al apóstol Pedro, no habiéndolo éste escrito, aun contando con dicha costumbre antigua?

¿es compatible la inspiración del Espíritu con la falsa atribución de autor a Pedro, confirmando que es la segunda epístola que escribe, y con afir¬maciones como éstas, de que escribe la carta poco antes de su muerte, de la que ha tenido aviso del Señor, y de que ha visto y oído personalmente la Transfiguración de Jesús en el Tabor, y de que trata a Pablo como a hermano querido que ha escrito las epístolas doctrinales, difíciles de entender a veces? Nos parece, en verdad, demasiado audaz pensar que el Espíritu mueve a escribir estas cosas tan concretas en primera persona, si es otra la que escribe. No entendemos bien cómo se salvaría entonces la inspiración auténtica, aun supues¬ta la costumbre vigente de la seudonimia.

Si un no creyente, racionalista o no, hace esta hipótesis, también en realidad irá contra el texto escrito que interpreta, y nos parece el método poco crítico; pero, si es un católico el que da tal interpretación, nos parece que violenta en exceso la inspiración del Espíritu.

Si admitimos, entonces, que la carta es de Pedro, se ofrecen ciertamente algunas dificultades importantes, pero no insalva¬bles. Las principales serían éstas: que en la epístola se comba¬ten errores semejantes a los de la gnosis de mitad del siglo II o de fines del I, pero ello es muy improbable; la epístola com¬bate errores que surgen fácilmente por doquier al paso de la verdad. Ni tampoco es válida la de que hable de las epístolas paulinas, y aun no esté compuesto el «corpus paulinum», ya que no dice allí que habla de todas las que ha escrito Pablo has¬ta su muerte, que es posterior a la de Pedro, sino de todas las escritas hasta entonces, que son las principales, menos las pas¬torales y Hebreos, que es discutible. Más importancia se atri¬buye a la mención del retraso de la parusía en 2 Pe. 3,4: porque en ese pasaje habla de la enseñanza de «los padres», que ya han muerto.

Por lo tanto, si la carta fuese de Pedro, sería anterior al 64, fecha de su muerte.

Epístolas de Santiago y Judas

En ambas aparece la inscripción inicial con los nombres de ambos, y la denominación de «siervo» (de Dios para Santiago, de Jesucristo para Judas); y en Judas además el calificativo de «hermano de Santiago». Para rechazar la seudonimia vale en este punto el mismo argumento general del comienzo de la carta segunda de Pedro, pues estas dos tam¬bién son canónicas e inspiradas. Pero con todo hay diferencia entre ambas. Con práctica unanimidad se admite que la de San¬tiago es del mismo «hermano del Señor», o sea pariente suyo, de los cuales habla el Evangelio (Mt. 12,48; Mc. 3,31; Lc. 8,19). Según Marcos 6,3 estos «hermanos» eran cuatro, llamados «San¬tiago, José, Judas y Simón». También Mateo 27,56 nos habla de «María, la madre de Santiago y de José».

En la de Santiago, las dificultades contra la autoría de San¬tiago son que San¬tiago, el hermano del Señor, según la tradición estaba muy afe¬rrado al legalismo judío y en la epístola esto no aparece; pero en el Concilio de Jerusalén aparece por el contrario Santiago como hombre suficientemente abierto, que confirma con su autoridad la opinión de aperturismo de Pedro y Pablo (Act. 15,1.5.13-23). Puede verse en Pablo (Gal. 2,9), quien le conmemo¬ra expresamente como conforme con su apertura a los gentiles. Se aduce que siendo «hermano de Jesús», en toda la carta no habla de El. Pero esto prueba solamente, y precisamente, su discreción. Porque un cristiano cualquiera, que hubiese escrito en seudonimia la epístola, debía haber hablado de Jesús, en quien creía como Dios; si no habla puede ser precisamente por razón de su parentesco con él, por modestia diríamos. En cuan¬to al lenguaje, más refinado y perfecto del que cabría esperar en Santiago por su condición, puede depender, aparte de su cambio, del escribiente que utilizase para la redacción de su carta. Y en cuanto a su dependencia de documentos que pa¬recen tardíos (como Clemente Romano y el Pastor de Hermas, a fin del siglo I), se puede pensar al revés, que ellos dependan de este escrito canónico. Por todo ello, y asignada la carta a Santiago, habiendo este sido martirizado el año 62, como consta por Josefo, la carta ha de ser anterior, y puede situarse en la década de los 50. Quedaría por examinar la identificación o no de Santiago el hermano del Señor con el Apóstol Santiago el menor: muchos la niegan, y ponen dos Santiagos (además de Santiago el mayor, hermano de Juan, el Zebedeo). La Iglesia, aun en su liturgia actual, atribuye la epístola al apóstol San¬tiago, identificando así a los dos (Offic. Liturgicum Horar, 3 de mayo, Himno).

La de Judas, identificado en la apertura de su epístola como «hermano de Santiago», ¿de qué fecha es? No hay, al parecer, indicios claros de datación cronológica en la misma. Solamen¬te se puede aducir que el autor habla de los apóstoles como desaparecidos; pero no de todos los apóstoles, sino de los que decían a los fieles que vendrán engañadores en el último tiem¬po, que caminarán en impiedades. Como esta enseñanza se pue¬de hallar en Pablo y Pedro (1 Tim. 4,1; 2 Pe. 3,3), es razonable pensar que Pedro y Pablo han muerto cuando se escribe la carta, que es así posterior al año 67.

Se podría colocar alrededor del 70 en más o en menos. ¿Es el Judas autor de la epístola el apóstol Judas Tadeo? La tradición fue ésta. La Iglesia la mantiene, como puede verse en el nuevo Oficio de las Horas (28 oct.). (Véase Robert-Feuillet, oc, II, 547-49).

De la epístola a los Hebreos, atribuida por la tradición, aun¬que no siempre, a Pablo, diremos esto. En ella no figura el nombre del apóstol, y así no hay aquí caso de seudonimia. Pero en su final hay algunos datos tales que pertenecen indudable¬mente a una atribución al apóstol. Tal es en el capítulo 13 la mención de Timoteo, y la locución en primera persona del autor.

No solamente esto, sino que en ese epílogo (13,18-25) todo el vocabulario es enteramente paulino, lo que hace creer que él mismo haya redactado tal epílogo como conclusión de una carta doctrinal, cuyas ideas todas de la carta son apro¬piadas a san Pablo, pero el estilo ciertamente no concuerda con el suyo. Parece pues muy lógico suponer que un discípulo suyo la ha redactado libremente y con estilo magnifícente, lleno de sabor hebreo en la concepción del sacerdocio de Cristo, aun¬que diverso y superior, y que Pablo simplemente le ha puesto su propio epílogo, como si fuese una confirmación de ese do¬cumento. Todo ello, y el que la carta hable más bien del sacer¬docio de Aaron y su culto como todavía no abolido, hace que se haya de colocar la fecha antes del 70, y siendo Pablo su rubricador, como decimos, sería antes de su muerte, el 67.

9. Cuadro de síntesis cronológica total

año suceso
19 a. Cr. Comienzo de la reconstrucción del Templo por Herodes.
6-7 a. Cr. (aprox.) Nacimiento de Jesús en Belén
1 d. Cr. Año 754 de la fundación de Roma. (No existe el año 0).
6-7 Subida de Jesús niño al Templo con sus padres.
27 Bautismo de Jesús. Comienzo de su misión pública.
30 Muerte y Resurrección de Jesús. Ascensión. Pentecostés.
36 Muerte de Esteban protomártir. Conversión de Saulo.
38 1.a subida de Saulo a Jerusalén, entrevista con Pedro: el Kerigma de 1 Cor. 15,3-8 (cfr. ap. 11).
30-40 (aprox.) ¿Logia? (¿Redacciones primeras particulares de sentencias de Jesús en arameo?)
40-50 Evangelio de Mateo en arameo. — Versión griega directa.
43 Saulo en Antioquía con Bernabé. ¿Encuentro con Lucas? (Act. 11,27).
44 Muerte de Santiago, hijo de Zebedeo y hermano de Juan (Sant. el Mayor.)
45-49 (año aprox.) 1.° viaje de Saulo-Pablo. Marcos con Pa¬blo y Bernabé, hasta la separación de¬jando la empresa (Act. 12,12. 25; 13,13
49 Concilio de Jerusalén.
50-55 Evangelio de Marcos (¿antes del 50?:O' Callaghan)
50-52 2° viaje de Pablo. Europa. Lucas compa¬ñero temporal (Act. 16,10,40).
50-60 Epístola de Santiago.
51 Epístolas a los Tesalonicenses, 1 y 2.
53-58 Evangelio de Lucas (primera redacción). 3° viaje de Pablo.
55 Gálatas.
¿56? ¿Filipenses? (ver años 61-63).
57-58 1 y 2 Corintios. Lucas se reúne de nuevo con Pablo (2 Cor. 8,18-19).
58 Romanos. — Lucas compañero definiti¬vo de Pablo (Act. 20,5).
58 Tumulto en el Templo y prisión de Pablo.
58-60 Cautividad de Pablo en Cesárea.
60 Viaje a Roma como prisionero. Naufragio en Malta. Lucas con Pablo.
61-63 Cautividad romana primera de Pablo, bie¬nio (Act. 28,30). Lucas compañero ro¬mano del prisionero. Libro de los He¬chos.
Epístolas de la cautividad: Efesios. ¿Filipenses? Colosenses. Filemón.
60-64 Epístolas de Pedro, 1 y 2.
60-70 (antes del 66) Evangelio griego de Mateo (actual).
62 Muerte de Santiago (el hermano del Se¬ñor). Simeón, ob. de Jerusalén (62-107).
64 18 de julio: Incendio de Roma (Tácito).
64 Difusión de los Hechos de los Apóstoles, terminados el 63-64.
64 13 octubre: Muerte de Pedro. (Dies imperii Neronis: Guarducci)
65 1Timoteo, tras el viaje de Pablo a España, ahora en Asia (1 Tim. 1,3) y Grecia.
Tito.
66-67 2 Timoteo. Lucas persevera con Pablo (2 Tim. 4,11). ¿Marcos con Pablo? (ib.).
Hebreos.
67 Muerte de Pablo
68 Muerte de Nerón (54-68), por suicidio forzado.
69-70 ¿Apocalipsis?
70 Destrucción de Jerusalén. Incendio del Templo. (29 agosto).
70-80 Epístola de Judas.
90-100 Evangelio de Juan (última redacción y difusión).
Epístolas de Juan.
Clemente Romano ad Corintios Didaché


10. Variantes en la cronología de los evangelios

Queremos notar, ante este cuadro cronológico, que las fe¬chas del mismo son las generalmente admitidas en todo, excepto en lo que se refiere a los evangelios sinópticos y los Hechos de los Apóstoles. Ello es de interés, porque los documentos que más de cerca tocan al testimonio, fundamental para la fe, de los hechos de Jesús son de modo especial los tres evangelios sinópticos y los hechos apostólicos, en cuanto a la descripción de los sucesos de Jesús, y de su Resurrección en el año 30. Tam¬bién el Evangelio de Juan, aunque en éste no se puede dudar acerca de la fecha tardía de su composición.

Notamos, sin embargo, dos cosas: una, que las epístolas pau¬linas, en las que no varía nuestra cronología de la generalmen¬te admitida, y que se debe dar por cierta, son un testimonio de primera mano acerca del mismo suceso de la Resurrección y las apariciones. La otra, que la variación o desfase entre nues¬tra cronología y la otra no afecta sustancialmente al testimonio, ya que en todo caso los documentos tienen fuentes más antiguas, que alcanzan a los propios hechos, en cualquiera de las cronologías que se acepten. Pero, indudablemente, aunque es así en lo fundamental, también es verdad que cobra siem¬pre interés el acercamiento a los mismos sucesos de la directa transcripción del documento, por la razón indicada de las «generaciones presenciales».

Se puede tener en cuenta, en todo caso, que respecto a estos documentos la variación cronológica es sólo ésta:


Nuestra cronología
40-50 = Mateo aramáico
50-55 = Marcos
53-58 = Lucas
63-64 = Hechos apostólicos
60-70 = Mateo griego

Cronología retrasada
50-60 = Mateo aramáico
c. 64 = Marcos
65-70 = Lucas
70-75 = Hechos apostólicos
70-80 = Mateo griego

Como puede verse por la comparación, nuestra cronología se adelanta a la otra en sólo una década, casi exactamente. Para el argumento presencial una década no es decisiva, por quedar todavía, en general los documentos antes del 70, o cerca de esta fecha. Sin embargo, una década es de interés en el espacio de cuatro décadas que separa el 70 de la muerte y Resurrec¬ción de Cristo. En nuestra cronología median unas dos décadas, y aun menos, entre los sucesos y su consignación escrita por primera vez, como los poseemos hoy día en su primera base: Mt. arameo y Mc.

Pero, de cualquier manera, y además de que el suceso (sin¬gular) de la Resurrección está testificado en las epístolas paulinas, que comienzan su testimonio escrito el año 51, a las dos décadas del hecho mismo, pero también los otros documentos, y aun el mismo de Juan del año 90, hunden sus raíces testimo¬niales en los recuerdos vivientes de las generaciones que asis¬tieron a los sucesos (en plural). Y así los testimonios se allegan hasta las proximidades del año 30, y en el recuerdo hasta el mismo día en que sucedieron tales cosas.

11. La fecha del kerigma paulino en 1 Cor. 15

Es aceptado por todos que el llamado «kerigma» paulino en 1 Cor. 15,3-8, de tanta importancia para el testimonio de la Re¬surrección de Jesús, ofrece en la epístola (fechada en el año 56 ó 58) el primitivo núcleo de la predicación apostólica. Debe¬mos pues pensar que Pablo nos conserva de lo que confrontó con Pedro, para «no correr en vano» (Gal. 1,18 y 2,2), este testi¬monio esencial de su primera ida a Jerusalén tras su conver¬sión; así confrontaría toda su predicación en la segunda subida del año 49. Ahora bien, la 1.a subida tuvo lugar «a los tres años» de su conversión, el año 38. Tenemos pues ahí un testimonio apostólico que enlaza directamente con Pedro en el año 38, y éste con el año 30. (Act. 2,22-36). El Kerigma proviene del año 30.

Puede verse el texto del Kerigma paulino en c. IV, 6, p. 253.

NOTAS ESPECIALES

a) La llegada de Pedro a Roma (cf. nota 17)

Eusebio de Cesárea (t 340) coloca la ida de Pedro a Roma "en tiempo de Claudio (emperador)", que reinó durante los años 41-54, antecesor de Nerón. (Historia Eclesiástica, II, 14). Pudo Pedro ir a Roma antes de la reunión del Concilio de los apóstoles del año 49, y volver más tarde a Jerusalén, y otra vez de nuevo a Roma. Esto estaría más de acuerdo con un dato cierto: san Pablo escribe su epístola a los Romanos en el año 58, en sus comienzos, hallándose Pablo a punto de vuelta a Jerusalén de su tercer viaje (Rom. 15,25-28). En la mención de saludados apa¬recen en primer lugar Aquila y Priscila el matrimonio judío a quien pablo encontró en Corinto en su segundo viaje hacia el año 51 (Rom. 16,3). Si Pedro había visitado Roma esto su¬cedió antes de la carta a los Romanos del 58 bien en los años 50-55 posteriores al concilio jerosolimitano en que Pedro estuvo en Jerusalén, o bien en los anteriores a tal reunión del año 49: pues Aquila y Priscila habían salido de Roma ya cristianos, por ocasión del decreto de Claudio contra los judíos. (Hech. 18,2), que tuvo lugar, según Orosio, en el año 49. Por todo ello se puede colocar con seguridad el viaje inicial de Pedro a Roma, y sus prime¬ras catequesis allí, recogidas luego por Marcos, entre los años 40-55. Fecha que valdría para el Evangelio de Marcos, intérprete de Pedro.

Dos datos más de interés nos suministra la tradición romana de Pedro, tal como la recoge Eusebio de Cesárea, quien dice en el citado pasaje de su Historia Eclesiástica que, habiendo predicado Pedro en Roma, sus oyentes instaron a Marcos para que dejase por escrito las enseñanzas del apóstol, y obtuvieron como resultado el Evangelio de Marcos. Y añade Eusebio: "Pe¬dro al saberlo, por revelación del Espíritu Santo, complacido por el inte¬rés ardiente de aquellos hombres (los romanos) aprobó el escrito para las reuniones en las iglesias. (Hist. EccL, II, 15). Y recuerda que Pedro menciona a Marcos con él en Roma: "Os saluda la Iglesia de Babilonia (Roma)... y Marcos, hijo mío" (1 Pe. 5,13). San Jerónimo afirmó la misma tradición: "Quod (evang Marci scriptum) et probavit et Ecclesiae legendum sua auctoritate dedit" (De Viris Illustr. 8; PL, 23,653).

También conviene recordar que según una tradición, que san Jerónimo recoge como de Eusebio, Pedro predicó el Evangelio en Roma, es decir fue jefe de la comunidad romana, durante 25 años, hasta su muerte siendo obis¬po de Roma. Esta célebre tradición romana de los veinticinco años petrinos de pontificado romano nos retraería al año 40 para la primera llegada
de Pedro a Roma: 40-64. El dato nada tiene de inverosímil, y tanto éste como el anterior hacen muy posible la fecha 50 para el Evangelio de Marcos, (cf. PL. 27,577: versio Hyeronimi ex Eusebio, aunque el dato falta en el texto griego conservado de Eusebio). La misma tradición de los 25 años es recogida por el Líber Pontificalis. en el s. vi, a. 530 (PL, 127,100). Sin embargo. Jerónimo pone las fechas del 42-67 para Pedro en Roma: "Se¬cundo anno Claudii... ad decimum quartum Neionis" (De Viris illustr., 1;PL, 23,607).

b) La fecha del nacimiento de Jesús (cf. nota 26)

Daremos aquí las razones que han llevado a la corrección moderna de la fecha del nacimiento del Señor, moviéndola desde el año 1 del monje Dionisio hasta el 6-7 antes de Cristo. Resumiéndolas, son éstas:

a) Jesús nació en tiempos de Herodes el Grande, según los mismos evangelios (Mt. 2,1; Lc. 1,5). Pero Herodes murió antes del año 1, luego es necesario anteponer la fecha del nacimiento de Cristo.

b) ¿Qué año murió Herodes? Se ha conseguido la precisión por el his¬toriador judío Flavio Josefo. He aquí sus datos. El año en que Herodes comenzó a reinar está fijado por él, conforme al cómputo existente griego, en la Olimpíada ciento ochenta y cuatro, constando cada tiempo de olim¬píada de cuatro años, lo que da un total de 736 años. Determina el año por el consulado romano contemporáneo de Calvino y Asinio Polión (Ar.t. Jud. 7CIV, 14,5). Pero todavía no se puede establecer la era cris¬tiana pues no tenemos aún dato de correlación entre ambos cálculos cronológicos.

c) La duración del reino de Herodes la fija el historiador Josefo en treinta y cuatro años después de que mató a su contrincante Antigono, y desde que recibió el reino de los Romanos treinta y siete años" (Ant. Jud. XVII, 8.1; Bell. Jud. I, 33,8). La muerte ocurrió en el quinto día desde que ordenó dar muerte a su propio hijo Antípatro (iTÍ). Pero continuamos en la
misma incertidumbre acerca de la correlación con la era cristiana de Dionisio el Exiguo (la actual). Los 736 años griegos de las Olimpíadas ("en la Olimpiada 1 84", según Josefo) se correlacionan con los años romanos res¬tando 23, pues según Varrón la fundación de Roma aconteció en el año 23 de las Olimpiadas, y equivalen así a 736-23 = 713 ab U. C. Como Josefo añade que Herodes reinó 37 años, sumando estos a los 713 tenemos 750 ab U. C- para año romano de su muerte. ¿Cómo emparejar ahora con la era cristiana este año 750 U. C. de la muerte de Herodes?

d) Providencialmente un dato casi perdido en el conjunto ha permitido establecer tal correlación. Pues Josefo (Ant. Jtid. XVII) narra el suceso de un asalto de los extremistas religiosos al templo contra las insignias romanas, dirigido por dos doctores de la ley -y ejecutado por arriesgados jóvenes, no más de un mes antes de la muerte de Herodes. Este, que aún¬eme enfermo tenía aún arrestos crueles, mandc5 quemar vivos a los dos doctores y £» algunos jóvenes asaltantes, y en ese mismo día de su ejecución —dice Josefo— hubo un eclipse de luna, que fue interpretado como signo celeste contra Herodes, acompañado de que su propia muerte ocurrió casi en la Pascua. Ahora bien, los astrónomos modernos han identificado tal eclipse de luna, visible en Judea, en el año 4 antes de Cristo, el 13 de marzo. Tenemos así un dato ya cierto de correlación: el año de la muerte de Herodes el Grande fue el año —4, a. Cr., y el nacimiento de Jesús hubo de ser, conforme a lo recordado de los evangelios, en vida suya, luego antes del —4. Si añadimos el cálculo de dos años que hizo el propio Herodes en Mateo, cuando mandó matar a los niños menores de dos años, estamos en el año —6. Y así, se calcula, con bastante precisión, como año del Nacimiento de Jesús, el año —6 o —7 de la era cristiana. Estos datos pueden hallarse en G. RICCIOTI, en su edición del libro de Josefo "Guerra Judaica" (Torino, 49) Barcelona, 1960, p. 331, nota al texto B.]ud. I, 33, 4, que narra el suceso de los dos doctores y el eclipse, al que califica con ra¬zón de "precioso dato cronológico". (4 a. Cr. = 750 U. C).

miércoles, 24 de febrero de 2010

Actitud de la Iglesia ante el problema de la Historicidad de los Evangelios

Documentos anteriores a la encíclica “Divino Afflante Spiritu”

a) Syllabus

El enfoque absolutamente racionalista de fines del siglo XVIII y siglo XIX en la interpretación de la Escritura se recoge en la proposición séptima del Syllabus como uno de los principales errores de la época:

“Las profecías y milagros expuestos y referidos en las Escrituras santas son ficciones de poetas; y los misterios de la fe cristiana, un resultado de investigaciones filosóficas; en los libros de uno y otro Testamento se contienen invenciones míticas y el mismo Jesucristo es una ficción mítica”

b) Concilio Vaticano I

Esta proposición séptima del Syllabus, sacada de una alocución de Pio IX, está refrendada después, en parte, de un modo definitivo en el Concilio Vaticano I.

"Si alguno dijere que no puede haber milagros y que, por consiguiente, las narraciones que sobre ellos se contienen en la S.E. deben ser relegadas a la categoría de fábulas o mitos, o que los milagros nunca se pueden conocer con certeza ni probar con ellos el origen divino de la religión cristiana, sea anatema".

c) Respuesta de la PCB

El problema de la historicidad, no en una proyección general sobre toda la Escritura, sino circunscrito de un modo más concreto al cuarto evangelio, se plantea en una pregunta a la P.C.B. (Doc.Bib. nº202). La respuesta negativa a la posibilidad de que no sea histórico el cuarto evangelio, fechada el 29 de mayo de 1907, pretende de algún modo desvelar la tesis de Loisy sobre el cuarto evangelio considerándolo como un conjunto de especulaciones místicas o bien en forma puramente didáctica.

d) Decreto Lamentabili

El 3 de junio de 1907 aparece el decreto Lamentabili, sobre los principales errores del modernismo ... El decreto contiene 65 proposiciones condenadas, sacadas de autores inficionados de modernismo, y en la contradictoria de cada una de ellas se expresa la doctrina católica. Las proposiciones correspondientes a los nº 13-18 se refieren, de alguna manera, al problema de la historicidad de los evangelios.

13. Fueron los mismos evangelistas y los cristianos de la segunda y tercera generación quienes elaboraron artificiosamente las parábolas del Evangelio; y así explicaron los exiguos frutos de la predicación de Cristo entre los judíos.

14. En muchas narraciones, los Evangelistas contaron no tanto lo que es verdad, cuanto lo que juzgaron más provechoso para sus lectores, aunque fuera falso.

15. Los Evangelios fueron aumentando con continuas adiciones y correcciones hasta que se llegó a un canon definitivo y constituido; en ellos, por ende, no quedó sino un tenue e incierto vestigio de la doctrina de Cristo.

16. Las narraciones de San Juan no son propiamente historia, sino una contemplación mística del Evangelio; los discursos contenidos en su Evangelio son meditaciones teológicas sobre el misterio de la salvación, destituidas de verdad histórica.

17. El cuarto Evangelio exageró los milagros, no sólo para que apareciesen más extraordinarios, sino también para que resultasen más a propósito a fin de simbolizar la obra y la gloria del Verbo Encarnado.

18. Juan ciertamente reivindica para sí el carácter de testigo de Cristo; pero en realidad no es sino testigo de la vida cristiana, o de la vida de Cristo en la Iglesia, al terminar el primer siglo.

e) Encíclica Pascendi

“la fe, atraida por lo Incognoscible, que se presenta junto con el fenómeno, abarca a éste todo entero y le comunica, en cierto modo, su propia vida.

Síguense dos consecuencias: En primer lugar, se produce cierta transfiguración del fenómeno, esto es, en cuanto es levantado por la fe sobre sus propias condiciones, con lo cual queda hecho materia más apta para recibir la forma de lo divino, que la fe ha de dar; en segundo lugar, una como desfiguración ... del fenómeno, pues la fe le atribuye lo que en realidad no tiene, al haberle sustraído a las condiciones de lugar y tiempo; lo que acontece, sobre todo, cuando se trata de fenómenos del tiempo pasado y, tanto más, cuanto más antiguos fueren.

De ambas cosa sacan ... los modernistas, dos leyes, que, juntas con la tercera sacada del agnosticismo, forman las bases de la crítica histórica. Un ejemplo lo aclarará: lo tomamos de la persona de Cristo, dicen, la ciencia y la historia ven sólo un hombre. Por lo tanto, en virtud de la primera ley, sacada del agnosticismo, es preciso borrar de su historia cuanto presente carácter divino. Por la segunda ley, la figura histórica de Cristo fue transfigurada por la fe; es necesario, pues, quitarle cuanto la levanta sobre las condiciones históricas. Finalmente, por la tercera, la misma persona de Cristo fue desfigurada por la fe; luego se ha de prescindir en ella de las palabras, actos y todo cuanto, en fin, no corresponda a su naturaleza, estado, educación, lugar y tiempo en que vivió. Extraña manera, sin duda, de raciocinar, pero tal es la crítica modernista”.

15. ... relaciones que establecen los modernistas entre la fe y la ciencia. Ante todo, se ha de asentar que la materia de la una está fuera de la materia de la otra y separada de ella. Pues la fe versa únicamente sobre un objeto que la ciencia declara serle incognoscible; de aquí un campo completamente diverso: la ciencia trata de los fenómenos, en los que no hay lugar para la fe; ésta, por el contrario, se ocupa enteramente de lo divino, que la ciencia desconoce por completo. De donde se saca en conclusión que no hay conflictos posibles entre la ciencia y la fe; porque si cada una se encierra en su esfera, nunca podrán encontrarse ni, por lo tanto, contradecirse”.

Esta es la síntesis, sacada de los mismos autores modernistas, que hace la encíclica de las relaciones existentes entre la historia y la fe en torno a la figura de Jesús. La fe en Jesús se estructura sin estar basada en una realidad histórica. Hay, pues, una ruptura entre la realidad de la historia y el Cristo de la fe. De aquí se explica, añade la Encíclica, que autores modernistas, “cuando escriben de historia, no hagan mención de la divinidad de Cristo; pero predicando en los templos la confiesen firmísimamente”.

f) Nuevas repuestas de la PCB

19 de junio 1911 sobre la historicidad del evangelio de Mateo y 29 de junio de 1912 sobre la verdad histórica de los evangelios de Marcos y Lucas.

g) Encíclica “Spiritus Paráclitus”

511 4º Porque, disminuyendo la fe humana en los evangelios, destruyen la divina.

"¿Y qué decir de aquellos que, al explicar los Evangelios disminuyen la fe humana y destruyen la divina? Lo que nuestro Señor Jesucristo dijo e hizo piensan que no ha llegado hasta nosotros íntegro y sin cambios, como escrito religiosamente por testigos de vista y oído, sino que - especialmente por lo que se refiere al cuarto evangelio se refiere - en parte proviene del evangelista, que inventaron y añadieron muchas cosas por su cuenta, y en parte son referencias de los fieles de la generación posterior; y que, por lo tanto, se contienen en un mismo cauce aguas procedentes de dos fuentes distintas que por ningún indicio cierto se pueden distinguir entre sí. No entendieron así San Jerónimo, Agustín y los demás doctores de la Iglesia la autoridad histórica de los evangelios, de la cual el que vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis ... San Jerónimo escribe, A nadie le quepa duda de que han sucedido realmente las cosas que han sido escritas", coincidiendo una vez más con S.Agustín: “Estas cosas son verdaderas y han sido escritas de El fiel y verazmente, para que los que crean en su Evangelio sean instruidos en la verdad y no engañados con mentiras"


A partir de la Encíclica “Divino Afflante Spíritu”

El Papa habla, de un modo general, de la contribución que nuestros tiempos pueden aportar “a la interpretación más profunda y exacta de las Sagradas Letras”; de un modo particular alude a problemas “concernientes a la historia”. Para la solución de estos problemas, dice el Papa:

“Nuestra edad, así como acumula cuestiones y nuevas dificultades, así también, por el favor de Dios, suministra nuevos recursos y subsidios de exégesis. Entre éstos parece digno de peculiar mención que los teólogos católicos, siguiendo la doctrina de los Santos Padres, y principalmente del Angélico y Común Doctor, han explorado y propuesto la naturaleza y los efectos de la inspiración bíblica mejor y más perfectamente que como solía hacerse en los siglos pretéritos. Porque, partiendo del principio de que el escritor sagrado al componer el libro es órgano o instrumento del Espíritu Santo, con la circunstancia de ser vivo y dotado de razón, rectamente observan que él, bajo el influjo de la divina moción, de tal manera usa de sus facultades y fuerza, que fácilmente puedan todos colegir del libro nacido de su acción 'la índole propia de cada uno y, por decirlo así, sus singulares caracteres y trazos'. Así, pues, el intérprete con todo esmero, y sin descuidar ninguna luz que hayan aportado las investigaciones modernas, esfuércese por averiguar cuál fue la propia índole y condición de vida del escritor sagrado, en qué edad floreció, qué fuentes utilizó, ya escritas, ya orales, y qué formas de decir empleó. Porque a nadie se le oculta que la norma principal de la interpretación es aquella en virtud de la cual se averigua con precisión y se define qué es lo que el escritor pretendió decir”

En la carta de la PCB al cardenal Suhard, arzobispo de París, el 16 de enero de 1948, sobre cuestiones críticas en la composición del Pentateuco y formas literarias de los once primeros capítulos del Génesis, se dice:

“No se puede negar ni afirmar en bloque la historicidad de todos aquellos capítulos, aplicándoles irrazonablemente las normas de un género literario bajo el cual no pueden ser clasificados. Que estos capítulos no forman una historia en el sentido clásico y moderno, podemos admitirlo; pero es un hecho que los datos científicos actuales no permiten dar una solución positiva a todos los problemas que presentan dichos capítulos. El primer oficio de la exégesis científica en este punto consiste, ante todo, en el atento estudio de todos los problemas literarios, científicos, históricos, culturales y religiosos que tienen conexión con aquellos capítulos ...”

El sentido de esta carta lo aclara dos años más tarde el Papa Pío XII, el 12 de agosto de 1950, en su encíclica Humani Géneris. En la encíclica precisa la orientación de la carta:

“Esta carta advierte claramente que los once primeros capítulos del Génesis, aunque propiamente no concuerden con el método histórico usado por los eximios historiadores grecolatinos y modernos, no obstante, pertenecen al género histórico en un sentido verdadero, que los exégetas han de investigar y precisar, y que los mismos capítulos, con estilo sencillo y figurado, acomodado a la mente del pueblo poco culto, contienen las verdades principales y fundamentales en que se apoya nuestra propia salvación, y también una descripción popular del origen del género humano y del pueblo escogido”


Concilio Vaticano II: “Dei Verbum”

a) Origen Apostólico de los Evangelios

18.... La Iglesia ha mantenido siempre y dondequiera, y sigue manteniendo, que los cuatro Evangelios tienen origen apostólico. Efectivamente, lo que, por mandato de Cristo, predicaron los apóstoles, luego, por inspiración del E.S., ellos mismos y los varones apostólicos nos lo transmitieron por escrito, como fundamento de la fe, a saber: el Evangelio tetramorfo, según Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

b) Carácter Histórico de los Evangelios

19. La santa madre Iglesia ha mantenido, y sigue mantenido firme y constantementísimamente, que los cuatro mentados evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilación alguna, transmiten fielmente lo que Jesús, Hijo de Dios, hizo y enseñó realmente, mientras vivió entre los hombres, para la eterna salud de éstos, hasta el día en que subió al cielo. Indudablemente, después de la ascensión del Señor los apóstoles transmitieron a sus oyentes lo que El había dicho y hecho, con aquella más plena inteligencia de que gozaban, instruidos que fueron por los acontecimientos gloriosos de Cristo enseñados por la luz del Espíritu de la verdad. Mas los autores sagrados redactaron los cuatro Evangelios seleccionando algunas cosas de entre las muchas que habían transmitido oralmente o por escrito, reduciendo otras a síntesis, o explanándolas de acuerdo con el estado de las Iglesias, manteniendo, finalmente, la forma de la predicación, de manera, en todo caso, que nos comunicaran la verdad sincera acerca de Jesús ...


Catecismo de la Iglesia Católica

a) La Tradición apostólica

75 "Cristo Señor, plenitud de la revelación, dio mandato a sus apóstoles de que predicaran a todos el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta, comunicándoles así los bienes divinos: el Evangelio prometido por los profetas, que El mismo cumplió y promulgó con su voz (DV 7).

76 La transmisión del Evangelio, según el mandato del Señor, se hizo de dos maneras:

oralmente: "los apóstoles, con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron lo que ellos habían recibido de la boca, trato y obras de Cristo, o aprendiendo por inspiración del Espíritu Santo.",

por escrito: "los mismos apóstoles y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación por inspiración del Espíritu Santo".

b) continuada en la sucesión apostólica

77 "a fin de que el Evangelio se conservara constantemente íntegro y vivo en la Iglesia, los apóstoles dejaron por sucesores suyos a los obispos, “transmitiéndoles su propio cargo de magisterio”" (DV 7). En efecto, "la predicación apostólica, expresada de un modo especial en los libros sagrados, se ha de conservar por tansmisión continua hasta el fin de los tiempos (DV 8).

78 Esta transmisión viva, llevada a cabo en el E.S. es llamada Tradición en cuanto distinta de la S.E., aunque estrechamente ligada a ella. Por ella, "la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree" (DV 8). "Las palabras de los Santos Padres atestiguan la presencia viva de esta Tradición, cuyas riquezas van pasando a la práctica y a la vida de la Iglesia que cree y ora" (DV 8).


c) El Nuevo Testamento

124 "La Palabra de Dios, que es fuerza de Dios para la salvación del que cree, se encuentra y despliega su fuerza de modo privilegiado en el N.T. (DV 17). Estos escritos nos ofrecen la verdad definitiva de la revelación divina. Su objeto central es Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, sus obras, sus enseñanzas, su pasión y su glorificación, así como los comienzos de su Iglesia bajo la acción del E.S. (DV20).

125 Los Evangelios son el corazón de todas las Escrituras "por ser el testimonio principal de la vida y doctrina de la Palabra hecha carne, nuestro Salvador" (DV 18).

126 En la formación de los Evangelios se pueden distinguir tres etapas:

1. La vida y enseñanzas de Jesús. La Iglesia mantiene firmemente que los cuatro evangelios, "cuya historicidad afirma sin vacilación alguna, transmiten fielmente lo que Jesús, Hijo de Dios, hizo y enseñó realmente, mientras vivió entre los hombres, para la eterna salud de éstos, hasta el día en que subió al cielo". (DV 19).

2. La tradición oral. "Indudablemente, después de la ascensión del Señor los apóstoles transmitieron a sus oyentes lo que El había dicho y hecho, con aquella más plena inteligencia de que gozaban, instruidos que fueron por los acontecimientos gloriosos de Cristo enseñados por la luz del Espíritu de la verdad" (DV 19).

3. Los Evangelios escritos. " los autores sagrados redactaron los cuatro Evangelios seleccionando algunas cosas de entre las muchas que habían transmitido oralmente o por escrito, reduciendo otras a síntesis, o explanándolas de acuerdo con el estado de las Iglesias, manteniendo, finalmente, la forma de la predicación, de manera, en todo caso, que nos comunicaran la verdad sincera acerca de Jesús" (DV 19).

d) La unidad del A. y del N. Testamento

128 La Iglesia, ya en los tiempos apostólicos ... esclareció la unidad del plan divino en los dos Testamentos gracias a la tipología. ...

129 Los cristianos, por tanto, leen el A.T. a la luz de Cristo muerto y resucitado ... Por otra parte, el N.T. exige ser leído también a la luz del Antiguo. ...

130 La tipología significa un dinamismo que se orienta al cumplimiento del plan divino cuando "Dios sea todo en todos" ...

viernes, 12 de febrero de 2010

Textos complementarios sobre la Interpretación de la S.E.

Resumen
Como complemento, transcribimos algunos textos de las obras utilizadas en la preparación de esta documentación.

Tres libros de consulta:

“Los Evangelios ante la historia” del P. JUAN MANUEL IGARTUA S.J.. Por el momento nos acercamos a la Historia como Género Literario en el Antiguo Testamento, dejando para más adelante una mayor profundización en esta cuestión y sobre todo la Historia como Género Literario en el Nuevo Testamento.

“Los Métodos Histórico - Críticos en el N.T.” de H. ZIMMERMAN. Nos acercamos en este libro a la Crítica Textual y Crítica Literaria como instrumentos indispensables para llegar al conocimiento del sentido más genuino de las Sagradas Escrituras. Dejamos la Historia de las Formas y la Historia de la Redacción en la elaboración de los Evangelios para la siguiente obra.

“De los Evangelios al Jesús Histórico” de José Caba S.J.. En esta obra nos acercamos de forma resumida al planteamiento de la historicidad de los Evangelios.

Después recogemos de forma resumida los textos del Magisterio de la Iglesia que han hablado sobre la historicidad de los Evangelios, ordenados en dos grandes grupos: Textos del Magisterio de la Iglesia anteriores a la Encíclica Divino Afflante Spiritu de Pío XII y los posteriores a dicho documento pontificio.


Textos complementarios sobre la Interpretación de la S.E.

Los evangelios ante la historia

La Historia como Género Literario en el Antiguo Testamento

Diversos y repetidos intentos trataron de dar solución al problema bíblico de la interpretación de los textos. Las dificultades de orden ya moral, ya científico, ya histórico se presentaron a lo largo de los tiempos, y más particularmente desde la mitad del siglo XIX por descubrimientos de diversas clases. Y, especialmente ante el vigor cobrado por las ciencias arqueológicas. Estas en sus excavaciones descubrieron monumentos, ruinas, inscripciones, objetos y escritos de lenguas ya desaparecidas, pero que formaron el entorno cultural del tiempo de la Biblia en el Antiguo Testamento, y obligaron a buscar solución a los nuevos problemas de la hermeneútica.

Fueron rechazados por la Iglesia, por no salvar la inerrancia de los libros inspirados, varios sistemas ideados al paso de las dificultades. Son ya sólo un recuerdo histórico, los sistemas, de un día, de la verdad bíblica exclusiva de lo relativo a la fe y la moral; de las citas implícitas abusivamente multiplicadas para salvar las dificultades; de los “obiter dicta” o cosas dichas de paso, y de poca importancia de detalle para el conjunto; o finalmente de las apariencias históricas cuando en realidad no se trataría de historia propiamente. Sin embargo, podía haber en tales sistemas atisbos de una verdad más profunda de la composición de los libros sagrados: era verdad, que los escritores sagrados pretendían enseñar una verdad religiosa y no de orden científico, núcleo tal vez del primer sistema rechazado por una adherencia excesiva de la negación de verdades de otro orden. Era verdad ciertamente, y esto había sido admitido, que la Biblia contiene en sus escritos documentos utilizados como fuentes, pero no podía admitirse el reducir su uso a una cita implícita, sin que el autor sagrado asumiese su propia responsabilidad al hacerlo. Era verdad que hay algunos detalles que pueden ser considerados como “aproximaciones” históricas, si se demuestra que lo son. Era verdad, en fin, que siendo falsa una mera apariencia histórica de los relatos, cosa que destruiría la Biblia misma, contienen una historia que no puede entenderse a la manera nuestra simplemente.

Surgió, finalmente, la teoría general de los géneros literarios. Situándose en un plano diverso de aquellas parciales y falseadas, llamó directamente al corazón de las dificultades en la nueva inteligencia de los escritos. Cada escrito y cada autor debía ser entendido conforme a su propia mente al escribir, principio básico de toda correcta interpretación. Pero además tal mente no podía ser entendida sin tener en cuenta, no sólo la clase literaria a que pertenecía el escrito (narrativa, poética, didáctica ...), sino que también debía ser situado necesariamente en su contexto ambiental, tanto cuanto a los hechos contenidos, como cuanto a su modo peculiar de expresarlos ...

Pío XII, en la Encíclica Divino Afflante Spiritu del año 1943, daba impulso decisivo a la teoría de los géneros literarios, con estas palabras que hacen época en la historia de la interpretación de la Escritura, por parte del Magisterio:

"esfuércese por averiguar cuál fue la propia índole y condición de la vida del escritor sagrado, en qué edad floreció, qué fuentes utilizó ya escritas, ya orales, y qué formas de decir empleó. Porque a nadie se oculta que la norma principal de interpretación es aquella en virtud de la cual se averigua con precisión y se define qué es lo que el escritor pretendió decir, como egregiamente lo advierte San Atanasio..."

Pero para alcanzar a comprender bien lo que el escritor quiso decir son necesarias la inteligencia del texto y del ambiente en que se escribió. Sigue el Pontífice:

"Qué quisieron ellos dar a entender con sus palabras, no se determina solamente por las leyes de la gramática o filología ni con sólo el contexto del discurso con lo que se determina qué es lo que ellos quisieron significar con las palabras; sino que es absolutamente necesario que el intérprete se traslade mentalmente a aquellos remotos siglos del Oriente, para que, ayudado convenientemente con los recursos de la historia, arqueología, etnología y de otras disiciplinas, discierna y vea con distinción qué géneros literarios, como dicen, quisieron emplear y de hecho emplearon los escritores de aquella edad vetusta".

Los Métodos Histórico - Críticos en el N.T.

La crítica textual

La Crítica textual del N.T. tiene por objeto fijar, con la mayor exactitud posible, el texto original primitivo de cada uno de los 27 libros del N.T. Crítica textual e historia del texto se relacionan mutuamente y están en íntima interdependencia.

1. Criterios externos

o PRIMERA REGLA: La lección mejor apoyada por testigos es la primitiva.

o SEGUNDA REGLA: Hay que tener en cuenta el parentesco de los manuscritos entre sí.

o TERCERA REGLA: Se deben sopesar particularmente los grupos de testigos confrontándoles con otros.

o CUARTO REGLA: Se deben tener en cuenta el influjo de los paralelos y la influencia ejercida por el texto de los Setenta.

o QUINTA REGLA: Conviene prestar atención a la relación entre las variantes.

2. Criterios internos

o SEXTA REGLA: La lección más difícil es la primitiva.

o SÉPTIMA REGLA: La lección más corta es la primitiva.

o OCTAVA REGLA: Hay que ver si la variante elegida armoniza con el contexto.

o NOVENA REGLA: Por la variante que se ha escogido como preferida se deben explicar las otras variantes.

o DÉCIMA REGLA: Solamente en casos extremos se puede echar mano de la conjetura.


La crítica literaria

La Crítica literaria se aplica a examinar el texto fijado buscando captar en él las peculiaridades e intenciones literarias, esclarecer las peripecias de la composición de cada libro y desvelar el problema de la paternidad del autor.

Crítica literaria, Historia de las Formas, Historia de la Redacción.

La crítica literaria se encuentra en estrecha relación tanto con la historia de las formas como con la historia de la redacción. Pone la crítica literaria los presupuestos y los fundamentos para la labor de los otros métodos de la ciencia neotestamentaria.

Crítica literaria, en cuanto Crítica de las Fuentes

La crítica literaria se puede entender como crítica de las fuentes. Por esta razón en los ejercicios prácticos se toman pasajes de los Evangeliso sinópticos para que, a través de ellos, podamos estudiar la situación de las fuentes y la relación de dependencia literaria entre los tres primeros evangelistas.

Hay un hecho asegurado: los Evangelios sinópticos representan el estadio final de un largo desarrollo cuyas fases se pueden reconstruir son aproximación: la primera fase o la de la formación de la tradición pondríamos inmediatamente a continuación de la muerte y resurrección de Jesús. Eran portadores de ella, y, por lo mismo, custodios de esta tradición los testigos oculares. Sobre todo el círculo de los Doce. Se hace la transmisión primero oralmente, y, por exigencias de propaganda misionera entre los gentiles, se extiende pronto en lengua griega.

La segunda fase de la historia de la tradición se caracteriza por la composición, durante este período, de abundantes colecciones escritas, aunque de dimensiones reducirse. La demostración de ello la apoyamos en que, según se puede comprobar, Mateo y Lucas utilizan fuentes escritas...

La tercera fase o tercer estadio de la historia de la tradición nuestros tres Evangelios sinópticos....

Para la crítica de las fuentes proponemos las siguientes reglas:

1ª La relación de dependencia entre los distintos textos se saca por aquello en que concuerdan. Miradas en conjunto tales coincidencias, pueden obedecer a diferentes causas....

2ª Si las coincidencias nos permiten reconocer el grado de relación de dependencia, las diferencias a su vez delatan el texto que tuvo delante como base. Los cambios introducidos con relación al documento-base pueden agruparse así:

a) Mejoras estilísticas - b) Reducción - c) Ampliación - d) Empalmes - e) Aclaraciones - f) Cambio de sentido.


De los Evangelios al Jesús Histórico

Este autor se plantea el problema de la crítica realizada por el modernismo, acerca de si los Evangelios presentaron fielmente lo que Jesucristo enseñó e hizo, o si la comunidad postpascual modificó la realidad, de manera que lo que los Evangelios nos cuentan no responde a lo que realmente Jesucristo enseñó e hizo.

El problema de la historicidad de los Evangelios

a) Su formulación.

"... Los evangelios son posteriores a Jesús y a su obra, la Iglesia. Los libros “evangelios” surgen en el seno de una Iglesia, ya existente, como la plasmación escrita de una tradición oral previa que recoge y formula una fe en Jesús como Señor ...

Y aquí surge el problema. Cuando la Iglesia, en su estadio primitivo de comunidad naciente, nos presenta a Jesús y su fe en él como Mesías, Cristo, Señor, ¿cómo distinguir lo que pertenece al Jesús histórico de Nazaret: sus hechos, sus palabras, su doctrina, de lo que es interpretación de la Iglesia, plasmada en una formulación escrita después de las vicisitudes de una tradición oral previa? ... ¿No se ha tergiversado, a través de una tradición, los hechos y palabras de Jesús? Entre los dos extremos, Jesús de Nazaret y la imagen que nosotros tenemos de él, está de por medio la presentación que nos hacen los evangelios ... el problema de la historicidad de los evangelios se formula así: el Cristo de nuestra fe, ¿corresponde al Jesús de la historia?..."

Esto que nos presenta Caba en esta obra, no es otra cosa que formular en forma de cuestión, lo que el modernismo afirma. Trata, pues, aunque no lo diga, plantearse y dar respuesta a la formulación del modernismo.

Caba, en esta obra, considera dos tipos de respuesta, de las que una de ellas, afirmada tradicionalmente no le satisface. Prescindiendo del acierto o desacierto del autor transcribimos estas dos posturas que examina Caba.

b) Una posición incompleta

"... Establecida una afirmación inicial sobre la genuidad de los evangelios, previa al problema de la historicidad, es decir, que los autores de los evangelios son Mateo, Marcos, Lucas y Juan, se pasaba a la prueba de la historicidad de estos evangelios poniendo a estos autores como testigos inmediatos o mediatos de lo que escribían. Al estar estos testigos dotados de unas cualidades tan excelentes de veracidad, sinceridad y bondad que llegaron a dar su vida por defender lo que escribieron, parecía lógico concluir que todo lo que escribieron sucedió así, era histórico.

Semejante enfoque es cierto en lo que afirma, pero incompleto por lo que elude.... Entre la redacción definitiva de los evangelios cual la formularon los autores y Jesús, hay toda una tradición intermedia. ..."

c) Posibles obstáculos de historicidad

"El problema que puede crear la existencia de semejante tradición toma mayor relieve aún cuando se constata que esta tradición intermedia adquiere diversos matices en relatos conservados por los evangelistas.... Junto con este factor de tradición hay otros elementos como serían el género literario de los relatos, el simbolismo encerrado en algunas escenas que podrían presentarse como obstáculo para llegar a alcanzar el hecho histórico. ... Si los evangelistas escriben en un sentido apologético, ¿hasta qué punto se puede hablar aún de libros históricos? ... ¿son las profecías las que iluminan los hechos o son los relatos los que están elaborados bajo el influjo de las profecías?"

d) Posible vía de solución

"... la vía de solución al problema de la historicidad no puede ser la posición incompleta antes aludida. Ésta habrá que conservarla, pero completada, estableciendo una línea ascensional que una la estructuración redaccional de los evangelios pasando por la tradición hasta llegar al Jesús histórico".

"Este será, pues, el proceso a seguir: en unas cuestiones preliminares se verá, junto con el contenido del problema de la historicidad, el punto de arranque de esta problemática hasta llegar a su última formulación (C.1); la actitud que la Iglesia ha tenido y tiene ante ello, especialmente puesta de relieve en el Concilio Vaticano II en la constitución dogmática Dei Verbum (C.2); los autores de los evangelios y lo que sobre ellos se puede saber a partir de la tradición subapostólica confirmada por el análisis interno de los mismos evangelios (C.3) ... La marcha ascensional nuestra hacia Jesús nos dará el proceso lógico que se ha de seguir para conocer cuál ha sido la formación real de los evangelios ... En los cuatro evangelios se puede observar un núcleo, común denominador a todos ellos (C.4) ... este núcleo se encuentra revestido con diversidad de redacciones y presentación, no ya sólo en la forma externa de lenguaje y estilo (C.5), sino también en el enfoque mismo y estructuración redaccional del conjunto (C.6). A partir de estas redacciones diversas se pueden constatar tradiciones distintas (C.7) y distinguir en ellas el medio ambiente vital de la comunidad primitiva en el que se han plasmado las tradiciones (C.8) ... se deja entrever el núcleo de una comunidad prepascual que tiene acceso y vive en torno al Jesús histórico (C.9).


Origen del problema de la historicidad de los evangelios

El formularse la pregunta si el Jesús histórico y su mensaje tiene algún sentido para la fe cristiana puede parecer un absurdo para quien no conoce la controversia. ... la posición de Bultmann, resumida así por J.Jeremías: “La historia de Jesús pertenece para Bultmann a la historia del judaísmo, no del cristianismo. Este gran profeta judío tiene ciertamente un interés histórico para la teología del N.T., pero no tiene ninguna significación, no puede tenerla, para la fe cristiana, pues el cristianismo comenzó por primera vez en Pascua”.

a) Hasta el siglo XVIII

Este problema de la historicidad de los evangelios es relativamente reciente. Hasta el siglo XVIII apenas si se ha dudado de su valor histórico. Siempre se creyó que estos libros, por los autores que los escribieron y su naturaleza misma, nos cuentan fielmente los hechos y dichos de Jesús. La preocupación exegética se centraba, no en torno a la historicidad, sino en mostrar la carencia de contradicción entre los cuatro evangelios. ... Hacia el año 400, S. Agustín escribe De consensu evangelisticum libri quattor, mostrando que las aparentes contradicciones de los cuatro evangelios no son tales...

b) A partir del siglo XVIII

El punto del problema del Jesús histórico data precisamente del año 1778. En el siglo XVIII se inicia (?) con Kant el racionalismo filosófico y con Schleiermacher el teológico.


Explicación del fraude y explicación naturalista

H.S. Reimarus introduce en el campo de la exégesis un racionalismo exacerbado, destructor de principios fundamentales. Con él se establece una disociación entre el Jesús histórico y el Cristo proclamado por los evangelios y la Iglesia. ... Reimarus distingue entre la finalidad pretendida por Jesús y por sus discípulos. Jesús era un Mesías político ilusionado por implantar un reino terreno y librar a los judíos del yugo extranjero. Jesús fracasó en su obra ... Ellos no quisieron volver a sus primitivas ocupaciones; roban el cadáver de Jesús e inventan el mensaje de su resurrección y futura venida. La predicación de los discípulos está sellada por un auténtico fraude. ...

G. Paulus (1761-1851) rechaza la posición de Reimarus. El supone la narración de los evangelios plenamente objetiva. Los hechos se explican de modo natural. Así p.e., la multiplicación de los panes implica, sin más, una distribución de alimentos realizada por Jesús y sus discípulos; en la resurrección de Lázaro y de Jesús no hay nada extraordinario porque ninguno de los dos estaba muerto. Jesús fue reanimado por el frío de la piedra...

Explicación del mito

F.Strauss, con la publicación de la vida de Jesús en 1835, inicia un nuevo derrotero en el proceso explicativo del Jesús histórico: la teoría del mito. Según él, para explicar la vida de Jesús no hay que recurrir a lo sobrenatural, como hacen los dogmáticos, ni al fraude de Reimarus ni a la explicación naturalista de Paulus. Toda la narración evangélica es como la conclusión de una leyenda que se desenvuelve ...


Actitud crítica

F. Ch. Baur, fundador de la escuela de Tubinga, quiere establecer un estudio crítico de los evangelios; pero, en realidad, su postura no es sino una explicación de los evangelios por una ficticia oposición entre dos facciones de la primitiva Iglesia: petrismo y paulinismo. Influenciado por la filosofía hegeliana, considera a la Iglesia como una expresión sintética de dos actitudes: una tendencia judaizante, simbolizada en Pedro ... y otra de antítesis, de tendencia universalizante encarnada en Pablo con su apertura a los gentiles y su evangelio de la incircuncisión ...

a) Teoría de las dos fuentes

Ch. Weisse y G. Wilke: los evangelios hay que estudiarlos a partir de dos fuentes de donde brota toda la tradición evangélica: el evangelio de Marcos y una colección de sentencias. A base de estas dos fuentes se han formado los otros evangelios ... La postura de Holtmann es: para construir una historia de Jesús hay que prescindir de Juan, Mateo y Lucas ...

b) Más allá de la teoría de las dos fuentes

En 1901 W.Wrede lanza su tesis sobre el evangelio de Marcos. No lo considera como libro histórico, como narración más próxima a la realidad, sino como un relato elaborado por motivos teológicos. Se basa en el hecho de la imposición de secreto ... Esta tensión existente entre la “realidad” y el “secreto”, Wrede la explica porque Marcos no fue un historiador, sino un teólogo. ... Esta fe de la comunidad primitiva es la que ha elaborado el tema del secreto mesiánico recogido por Marcos. La Iglesia primitiva, con este subterfugio del secreto, según G Minette de Tillesse, “se esfuerza por equilibrar la diferencia existente entre su fe pascual y el Jesús histórico. Jesús jamás tuvo conciencia de Mesías. El no habló jamás de ello...”...


c) La historia de las formas

Martin Kähler, en 1892, había ya contrapuesto ya el Jesús de la historia y el Cristo de la fe. En 1901 Wrede, con su teoría del secreto mesiánico, “cree haber encontrado el punto preciso en el que la fe (el “mito”) se superpone a la historia” ... Ya no se pretende hacer el estudio de los evangelios a partir de dos fuentes primeras: Marcos y los  como documentos literarios, sino que, remontando la frialdad escrita de los documentos, se quiere rehacer la prehistoria de los evangelios en el ambiente cálido de una tradición vivida y transmitida por la comunidad ... se intenta reconstruir el ambiente comunitario donde cada unidad o forma literaria ha surgido. ... Esta escuela exegética, llamada “Historia de las formas”, en su aplicación concreta a los evangelios, tiene sus más renombrados representantes e iniciadores en K.L. Schmidt, M.Dibelius, R.Bultmann.

1º K.L. Schmidt, en 1919, con su obra Der Rahmen der Gerschichte Jesu, abría ese nuevo derrotero en el estudio de los evangelios “detrás de nuestros evangelios hay determinados relatos, transmitidos oralmente, que los evangelistas los han unido secundariamente por motivos positivos y prácticos sin tener un conocimiento del conjunto histórico”....

2º M.Dibelius, en el mismo año 1919, hacía pública la primera edición de su obra Die Formgeschichte des Evangeliums... Las formas literarias usadas en los evangelios son clasificadas por Dibelius en : Paradigmas- Novelle- Legende- Mito.

 Los Paradigmas son relatos breves, provenientes de la predicación. Es una narración donde el punto saliente es un hecho o dicho de Jesús, usado como modelo. (...)

 Las Novelle. Provienen de una época en que se quiere conocer una vida más detallada de Jesús. Mientras que los paradigmas venían... de la predicación, las Novelle suponen unos maestros o narradores que amplían la tradición evangélica.

 Las Legende... son historias piadosas... distingue dos clases de Legende: unas personales, en las que se muestra el interés por los hechos y destino de un hombre santo, y otras etiológicas, en las que se quiere fundamentar con algún relato el significado que posee un día santo. (...)

 El Mito. Historias que de algún modo cuentan la intervención relacional de los dioses... Los mitos cristianos representarían el ser y actuación de un Dios desconocido cuyo nombre fue Jesús o las epifanías de este Hijo de Dios celebradas en el culto y proclamadas en la predicación.

 Las palabras de Jesús las denomina parénesis y las divide en seis grupos: palabras sapienciales, palabras figuradas, parábolas, llamamientos proféticos, mandamientos breves, mandamientos desarrollados (...)

3º Bultmann. En 1921 publica la primera edición de su obra Die Gerschichte der synoptischen Tradition. En el estudio que hace de los evangelios sigue un procedimiento inverso al empleado por Dibelius. Mientras que Dibelius, a partir de la vida de la comunidad, deduce “a priori” las formas literarias usadas por ella, Bultmann procede por una inducción “a posteriori”; a partir de las formas literarias contenidas en el Evangelio, concluye el interés que animaba a la comunidad.

Las palabras de Jesús, un género especial de palabras que califica de Apotegma, que constituyen un logion encuadrado en un pequeño marco escénico de carácter manifiestamente secundario... Los Apotegmas los divide según diversos aspectos: apotegmas polémicos y didáscalidos, motivados o por una curación realizada por Jesús, o por el comportamiento de Jesús y sus discípulos, o por una pregunta hecha a Jesús por los discípulos u otros, o bien por una pregunta hecha por los mismos adversarios ...

Estas palabras del Señor las reúne en tres grupos: sapienciales - proféticas - legislativas...

En la parte narrativa Bultmann distingue, por una parte, narraciones milagrosas que tratan de curaciones o de milagros que giran en torno a la naturaleza, y por otra parte, alude a narraciones con trazos legendarios cuya característica principal no es precisamente su faceta histórica, sino su aspecto religioso edificante.

4º Común denominador de la “historia de las formas”... Su trabajo ha insistido particularmente en buscar el marco, el ambiente, el “Sitz im leben” en que se ha desarrollado cada uno de los fragmentos del conjunto. Este marco no es precisamente las circunstancias en que se desenvolvió la vida de Jesús, sino las condiciones de vida religiosa de la primitiva comunidad... es el postulado sociológico... Junto a este principio fundamental existe otro postulado literario por el que los evangelistas ... no son considerados como verdaderos autores, sino como meros compiladores de un material preexistente creado por la comunidad. El resultado final es una negación del valor histórico de los evangelios en cuanto que no hay una línea de continuidad entre el Jesús de Nazaret y el Cristo creído y creado por la comunidad.

5º Actitud ante “el método historia de las formas”. Recogiendo toda esta orientación del “método historia de las formas”, la P.C.B., en su Instrucción sobre la verdad histórica de los evangelios del 21 de abril de 1964, emite un juicio sobre dicho método.


Juicio de la PCB sobre “El método de la Historia de las Formas”


a) Aspectos negativos

“Con frecuencia el mencionado método está implicado con principios filosóficos y teológicos no admisibles, que vician muchas veces tanto el método mismo como sus conclusiones en materia literaria. De hecho, algunos fautores de este método, movidos por prejuicios racionalistas, rehusan reconocer la existencia del orden sobrenatural y la intervención de un Dios personal en el mundo, realizada mediante la revelación propiamente dicha, y asimismo la posibilidad de los milagros y profecías. Otros parten de una falsa noción de la fe, como se ésta no cuidase de la verdad histórica o fuera con ella incompatible. Otros niegan a priori el valor e índole histórica de los documentos de la Revelación. Otros, finalmente, no apreciando la autoridad de los apóstoles, en cuanto testigos de Cristo, ni su influjo y oficio en la comunidad primitiva, exageran el poder creador de dicha comunidad. Todas estas cosas no sólo son contrarias a la doctrina católica, sino que también carecen de fundamento científico y se apartan de los rectos principios del método histórico”.

b) Aspectos positivos

“Donde convenga, le será lícito al exégeta examinar los eventuales elementos positivos ofrecidos por el método de la historia de las formas, empleándolo debidamente para un más amplio conocimiento de los evangelios”

Resumen

El Método llamado de la Historia de las Formas se ve implicado con principios filosóficos y teológicos no admisibles, que vician muchas veces tanto el método mismo como sus conclusiones en materia literaria.

Entre estos principios filosóficos y teológicos inadmisibles, se pueden citar los siguientes:

- Niegan reconocer la existencia de un orden sobrenatural
- Niegan la intervención de Dios en el mundo
- Niegan la posibilidad de milagros y profecías
- Noción errónea de la fe
- Niegan "A PRIORI" el valor histórico
- Exageran el poder creador de la comunidad
- Posibilidad de ser utilizado el método
- Donde convenga el método se usará pero depurado de esos prejuicios.

martes, 19 de enero de 2010

CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA DEI VERBUM SOBRE LA DIVINA REVELACIÓN

INDICE
PROEMIO 2

CAPÍTULO I.- LA REVELACIÓN EN SÍ MISMA 2
Naturaleza y objeto de la revelación 2
Preparación de la revelación evangélica 2
En Cristo culmina la revelación 3
La revelación hay que recibirla con fe 3
Las verdades reveladas 3

CAPITULO II.- TRANSMISIÓN DE LA REVELACIÓN DIVINA 3
Los Apóstoles y sus sucesores, heraldos del Evangelio 3
La Sagrada Tradición 4
Mutua relación entre la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura 4
Relación de una y otra con toda la Iglesia y con el Magisterio 5

CAPÍTULO III.- INSPIRACIÓN DIVINA DE LA SAGRADA ESCRITURA Y SU INTERPRETACIÓN 5
Se establece el hecho de la inspiración y de la verdad de la Sagrada Escritura 5
Cómo hay que interpretar la Sagrada Escritura 6
Condescendencia de Dios 6

CAPÍTULO IV.- EL ANTIGUO TESTAMENTO 6
La historia de la salvación consignada en los libros del Antiguo Testamento 6
Importancia del Antiguo Testamento para los cristianos 7
Unidad de ambos Testamentos 7

CAPÍTULO V.- EL NUEVO TESTAMENTO 7
Excelencia del Nuevo Testamento 7
Origen apostólico de los Evangelios 7
Carácter histórico de los Evangelios 8
Los restantes escritos del Nuevo Testamento 8

CAPÍTULO VI.- LA SAGRADA ESCRITURA EN LA VIDA DE LA IGLESIA 8
La Iglesia venera las Sagradas Escrituras 8
Se recomiendan las traducciones bien cuidadas 9
Deber de los católicos doctos 9
Importancia de la Sagrada Escritura para la Teología 9
Se recomienda la lectura asidua de la Sagrada Escritura 9

EPÍLOGO 10

CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA DEI VERBUM SOBRE LA DIVINA REVELACIÓN

PROEMIO
1. El Santo Concilio, escuchando religiosamente la palabra de Dios y proclamándola confiadamente, hace suya la frase de San Juan, cuando dice: "Os anunciamos la vida eterna, que estaba en el Padre y se nos manifestó: lo que hemos visto y oído os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros, y esta comunión nuestra sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 Jn., 1,2-3). Por tanto, siguiendo las huellas de los Concilios Tridentino y Vaticano I, se propone exponer la doctrina genuina sobre la divina revelación y sobre su transmisión para que todo el mundo, oyendo, crea el anuncio de la salvación; creyendo, espere, y esperando, ame.

CAPÍTULO I.- LA REVELACIÓN EN SÍ MISMA
Naturaleza y objeto de la revelación
2. Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía.
Este plan de la revelación se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas. Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación.
Preparación de la revelación evangélica
3. Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo, da a los hombres testimonio perenne de sí en las cosas creadas, y, queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó, además, personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio. Después de su caída alentó en ellos la esperanza de la salvación, con la promesa de la redención, y tuvo incesante cuidado del género humano, para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras. En su tiempo llamó a Abraham para hacerlo padre de un gran pueblo, al que luego instruyó por los Patriarcas, por Moisés y por los Profetas para que lo reconocieran Dios único, vivo y verdadero, Padre providente y justo juez, y para que esperaran al Salvador prometido, y de esta forma, a través de los siglos, fue preparando el camino del Evangelio.
En Cristo culmina la revelación
4. Después que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los Profetas, "últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo". Pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios; Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, "hombre enviado, a los hombres", "habla palabras de Dios" y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió. Por tanto, Jesucristo -ver al cual es ver al Padre-, con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos; finalmente, con el envío del Espíritu de verdad, completa la revelación y confirma con el testimonio divino que vive en Dios con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna.
La economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará, y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tim., 6,14; Tit., 2,13).
La revelación hay que recibirla con fe
5. Cuando Dios revela hay que prestarle "la obediencia de la fe", por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios prestando "a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad", y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por El. Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que previene y ayuda, a los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da "a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad". Y para que la inteligencia de la revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones.
Las verdades reveladas
6. Mediante la revelación divina quiso Dios manifestarse a Sí mismo y los eternos decretos de su voluntad acerca de la salvación de los hombres, "para comunicarles los bienes divinos, que superan totalmente la comprensión de la inteligencia humana".
Confiesa el Santo Concilio "que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con seguridad por la luz natural de la razón humana, partiendo de las criaturas"; pero enseña que hay que atribuir a Su revelación "el que todo lo divino que por su naturaleza no sea inaccesible a la razón humana lo pueden conocer todos fácilmente, con certeza y sin error alguno, incluso en la condición presente del género humano.
CAPITULO II.- TRANSMISIÓN DE LA REVELACIÓN DIVINA
Los Apóstoles y sus sucesores, heraldos del Evangelio
7. Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones. Por ello Cristo Señor, en quien se consuma la revelación total del Dios sumo, mandó a los Apóstoles que predicaran a todos los hombres el Evangelio, comunicándoles los dones divinos. Este Evangelio, prometido antes por los Profetas, lo completó El y lo promulgó con su propia boca, como fuente de toda la verdad salvadora y de la ordenación de las costumbres. Lo cual fue realizado fielmente, tanto por los Apóstoles, que en la predicación oral comunicaron con ejemplos e instituciones lo que habían recibido por la palabra, por la convivencia y por las obras de Cristo, o habían aprendido por la inspiración del Espíritu Santo, como por aquellos Apóstoles y varones apostólicos que, bajo la inspiración del mismo Espíritu, escribieron el mensaje de la salvación.
Mas para que el Evangelio se conservara constantemente íntegro y vivo en la Iglesia, los Apóstoles dejaron como sucesores suyos a los Obispos, "entregándoles su propio cargo del magisterio". Por consiguiente, esta sagrada tradición y la Sagrada Escritura de ambos Testamentos son como un espejo en que la Iglesia peregrina en la tierra contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta que le sea concedido el verbo cara a cara, tal como es (cf. 1 Jn., 3,2).
La Sagrada Tradición
8. Así, pues, la predicación apostólica, que está expuesta de un modo especial en los libros inspirados, debía conservarse hasta el fin de los tiempos por una sucesión continua. De ahí que los Apóstoles, comunicando lo que de ellos mismos han recibido, amonestan a los fieles que conserven las tradiciones que han aprendido o de palabra o por escrito, y que sigan combatiendo por la fe que se les ha dado una vez para siempre. Ahora bien, lo que enseñaron los Apóstoles encierra todo lo necesario para que el Pueblo de Dios viva santamente y aumente su fe, y de esta forma la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree.
Esta Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo: puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón y, ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad. Es decir, la Iglesia, en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios.
Las enseñanzas de los Santos Padres testifican la presencia viva de esta tradición, cuyos tesoros se comunican a la práctica y a la vida de la Iglesia creyente y orante. Por esta Tradición conoce la Iglesia el Canon íntegro de los libros sagrados, y la misma Sagrada Escritura se va conociendo en ella más a fondo y se hace incesantemente operativa, y de esta forma, Dios, que habló en otro tiempo, habla sin intermisión con la Esposa de su amado Hijo; y el Espíritu Santo, por quien la voz del Evangelio resuena viva en la Iglesia, y por ella en el mundo, va induciendo a los creyentes en la verdad entera, y hace que la palabra de Cristo habite en ellos abundantemente (cf. Col., 3,16)
Mutua relación entre la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura
9. Así, pues, la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin. Ya que la Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la Sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucesores de los Apóstoles la palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para que, con la luz del Espíritu de la verdad la guarden fielmente, la expongan y la difundan con su predicación; de donde se sigue que la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas. Por eso se han de recibir y venerar ambas con un mismo espíritu de piedad.
Relación de una y otra con toda la Iglesia y con el Magisterio
10. La Sagrada Tradición, pues, y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia; fiel a este depósito todo el pueblo santo, unido con sus pastores en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, persevera constantemente en la fracción del pan y en la oración (cf. Act., 8,42), de suerte que prelados y fieles colaboran estrechamente en la conservación, en el ejercicio y en la profesión de la fe recibida.
Pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer.
Es evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el otro, y que, juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas.
CAPÍTULO III.- INSPIRACIÓN DIVINA DE LA SAGRADA ESCRITURA Y SU INTERPRETACIÓN
Se establece el hecho de la inspiración y de la verdad de la Sagrada Escritura
11. Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo. La santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tales se le han entregado a la misma Iglesia. Pero en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma que obrando El en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que El quería.
Pues, como todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman, debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras que nuestra salvación. Así, pues, "toda la Escritura es divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y equipado para toda obra buena" (2 Tim., 3,16-17).
Cómo hay que interpretar la Sagrada Escritura
12. Habiendo, pues, hablado Dios en la Sagrada Escritura por hombres y a la manera humana, para que el intérprete de la Sagrada Escritura comprenda lo que El quiso comunicarnos, debe investigar con atención lo que pretendieron expresar realmente los hagiógrafos y plugo a Dios manifestar con las palabras de ellos.
Para descubrir la intención de los hagiógrafos, entre otras cosas hay que atender a "los géneros literarios". Puesto que la verdad se propone y se expresa de maneras diversas en los textos de diverso género: histórico, profético, poético o en otros géneros literarios. Conviene, además, que el intérprete investigue el sentido que intentó expresar y expresó el hagiógrafo en cada circunstancia según la condición de su tiempo y de su cultura, según los géneros literarios usados en su época. Pues para entender rectamente lo que el autor sagrado quiso afirmar en sus escritos, hay que atender cuidadosamente tanto a las formas nativas usadas de pensar, de hablar o de narrar vigentes en los tiempos del hagiógrafo, como a las que en aquella época solían usarse en el trato mutuo de los hombres.
Y como la Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu con que se escribió para sacar el sentido exacto de los textos sagrados, hay que atender no menos diligentemente al contenido y a la unidad de toda la Sagrada Escritura, teniendo en cuanta la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe. Es deber de los exegetas trabajar según estas reglas para entender y exponer totalmente el sentido de la Sagrada Escritura, para que, como en un estudio previo, vaya madurando el juicio de la Iglesia. Por que todo lo que se refiere a la interpretación de la Sagrada Escritura, está sometido en última instancia a la Iglesia, que tiene el mandato y el ministerio divino de conservar y de interpretar la palabra de Dios.
Condescendencia de Dios
13. En la Sagrada Escritura, pues, se manifiesta, salva siempre la verdad y la santidad de Dios, la admirable "condescendencia" de la sabiduría eterna, "para que conozcamos la inefable benignidad de Dios, y de cuánta adaptación de palabra ha uso teniendo providencia y cuidado de nuestra naturaleza". Porque las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres.
CAPÍTULO IV.- EL ANTIGUO TESTAMENTO
La historia de la salvación consignada en los libros del Antiguo Testamento
14. Dios amantísimo, buscando y preparando solícitamente la salvación de todo el género humano, con singular favor se eligió un pueblo, a quien confió sus promesas. Hecho, pues, el pacto con Abraham y con el pueblo de Israel por medio de Moisés, de tal forma se reveló con palabras y con obras a su pueblo elegido como el único Dios verdadero y vivo, que Israel experimentó cuáles eran los caminos de Dios con los hombres, y, hablando el mismo Dios por los Profetas, los entendió más hondamente y con más claridad de día en día, y los difundió ampliamente entre las gentes.
La economía, pues, de la salvación preanunciada, narrada y explicada por los autores sagrados, se conserva como verdadera palabra de Dios en los libros del Antiguo Testamento; por lo cual estos libros inspirados por Dios conservan un valor perenne: "Pues todo cuanto está escrito, para nuestra enseñanza, fue escrito, a fin de que por la paciencia y por la consolación de las Escrituras estemos firmes en la esperanza" (Rom. 15,4).
Importancia del Antiguo Testamento para los cristianos
15. La economía del Antiguo Testamento estaba ordenada, sobre todo, para preparar, anunciar proféticamente y significar con diversas figuras la venida de Cristo redentor universal y la del Reino Mesiánico, mas los libros del Antiguo Testamento manifiestan a todos el conocimiento de Dios y del hombre, y las formas de obrar de Dios justo y misericordioso con los hombres, según la condición del género humano en los tiempos que precedieron a la salvación establecida por Cristo. Estos libros, aunque contengan también algunas cosas imperfectas y adaptadas a sus tiempos, demuestran, sin embargo, la verdadera pedagogía divina. Por tanto, los cristianos han de recibir devotamente estos libros, que expresan el sentimiento vivo de Dios, y en los que se encierran sublimes doctrinas acerca de Dios y una sabiduría salvadora sobre la vida del hombre, y tesoros admirables de oración, y en los que, por fin, está latente el misterio de nuestra salvación.
Unidad de ambos Testamentos
16. Dios, pues, inspirador y autor de ambos Testamentos, dispuso las cosas tan sabiamente que el Nuevo Testamento está latente en el Antiguo y el Antiguo está patente en el Nuevo. Porque, aunque Cristo fundó el Nuevo Testamento en su sangre, no obstante los libros del Antiguo Testamento recibidos íntegramente en la proclamación evangélica, adquieren y manifiestan su plena significación en el Nuevo Testamento, ilustrándolo y explicándolo al mismo tiempo.
CAPÍTULO V.- EL NUEVO TESTAMENTO
Excelencia del Nuevo Testamento
17. La palabra divina que es poder de Dios para la salvación de todo el que cree, se presenta y manifiesta su vigor de manera especial en los escritos del Nuevo Testamento. Pues al llegar la plenitud de los tiempos el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad. Cristo instauró el Reino de Dios en la tierra, manifestó a su Padre y a Sí mismo con obras y palabras y completó su obra con la muerte, resurrección y gloriosa ascensión, y con la misión del Espíritu Santo. Levantado de la tierra, atrae a todos a Sí mismo, El, el único que tiene palabras de vida eterna. Pero este misterio no fue descubierto a otras generaciones, como es revelado ahora a sus santos Apóstoles y Profetas en el Espíritu Santo, para que predicaran el Evangelio, suscitaran la fe en Jesús, Cristo y Señor, y congregaran la Iglesia. De todo lo cual los escritos del Nuevo Testamento son un testimonio perenne y divino.
Origen apostólico de los Evangelios
18. Nadie ignora que entre todas las Escrituras, incluso del Nuevo Testamento, los Evangelios ocupan, con razón, el lugar preeminente, puesto que son el testimonio principal de la vida y doctrina del Verbo Encarnado, nuestro Salvador.
La Iglesia siempre ha defendido y defiende que los cuatro Evangelios tienen origen apostólico. Pues lo que los Apóstoles predicaron por mandato de Cristo, luego, bajo la inspiración del Espíritu Santo, ellos y los varones apostólicos nos lo transmitieron por escrito, fundamento de la fe, es decir, el Evangelio en cuatro redacciones, según Mateo, Marcos, Lucas y Juan.
Carácter histórico de los Evangelios
19. La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de ellos, hasta el día que fue levantado al cielo. Los Apóstoles, ciertamente, después de la ascensión del Señor, predicaron a sus oyentes lo que El había dicho y obrado, con aquella crecida inteligencia de que ellos gozaban, amaestrados por los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de verdad. Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se trasmitían de palabra o por escrito, sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las Iglesias, reteniendo por fin la forma de proclamación de manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús. Escribieron, pues, sacándolo ya de su memoria o recuerdos, ya del testimonio de quienes "desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra" para que conozcamos "la verdad" de las palabras que nos enseñan (cf. Lc., 1,2-4).
Los restantes escritos del Nuevo Testamento
20. El Canon del Nuevo Testamento, además de los cuatro Evangelios, contiene también las cartas de San Pablo y otros libros apostólicos escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, con los cuales, según la sabia disposición de Dios, se confirma todo lo que se refiere a Cristo Señor, se declara más y más su genuina doctrina, se manifiesta el poder salvador de la obra divina de Cristo, y se cuentan los principios de la Iglesia y su admirable difusión, y se anuncia su gloriosa consumación.
El Señor Jesús, pues, estuvo con los Apóstoles como había prometido y les envió el Espíritu Consolador, para que los introdujera en la verdad completa (cf. Jn., 16,13).
CAPÍTULO VI.- LA SAGRADA ESCRITURA EN LA VIDA DE LA IGLESIA
La Iglesia venera las Sagradas Escrituras
21. la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia. Siempre las ha considerado y considera, juntamente con la Sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe, puesto que, inspiradas por Dios y escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la palabra del mismo Dios, y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los Profetas y de los Apóstoles.
Es necesario, por consiguiente, que toda la predicación eclesiástica, como la misma religión cristiana, se nutra de la Sagrada Escritura, y se rija por ella. Porque en los sagrados libros el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual. Muy a propósito se aplican a la Sagrada Escritura estas palabras: "Pues la palabra de Dios es viva y eficaz", "que puede edificar y dar la herencia a todos los que han sido santificados".
Se recomiendan las traducciones bien cuidadas
22. Es conveniente que los cristianos tengan amplio acceso a la Sagrada Escritura. Por ello la Iglesia ya desde sus principios, tomó como suya la antiquísima versión griega del Antiguo Testamento, llamada de los Setenta, y conserva siempre con honor otras traducciones orientales y latinas, sobre todo la que llaman Vulgata. Pero como la palabra de Dios debe estar siempre disponible, la Iglesia procura, con solicitud materna, que se redacten traducciones aptas y fieles en varias lenguas, sobre todo de los textos primitivos de los sagrados libros. Y si estas traducciones, oportunamente y con el beneplácito de la Autoridad de la Iglesia, se llevan a cabo incluso con la colaboración de los hermanos separados, podrán usarse por todos los cristianos.
Deber de los católicos doctos
23. La esposa del Verbo Encarnado, es decir, la Iglesia, enseñada por el Espíritu Santo, se esfuerza en acercarse, de día en día, a la más profunda inteligencia de las Sagradas Escrituras, para alimentar sin desfallecimiento a sus hijos con la divina enseñanzas; por lo cual fomenta también convenientemente el estudio de los Santos Padres, tanto del Oriente como del Occidente, y de las Sagradas Liturgias.
Los exegetas católicos, y demás teólogos, deben trabajar, aunando diligentemente sus fuerzas, para investigar y proponer las Letras divinas, bajo la vigilancia del Sagrado Magisterio, con los instrumentos oportunos, de forma que el mayor número posible de ministros de la palabra puedan repartir fructuosamente al Pueblo de Dios el alimento de las Escrituras, que ilumine la mente, robustezca las voluntades y encienda los corazones de los hombres en el amor de Dios.
El Sagrado Concilio anima a los hijos de la Iglesia dedicados a los estudios bíblicos, para que la obra felizmente comenzada, renovando constantemente las fuerzas, la sigan realizando con todo celo, según el sentir de la Iglesia.
Importancia de la Sagrada Escritura para la Teología
24. La Sagrada Teología se apoya, como en cimientos perpetuos, en la palabra escrita de Dios, al mismo tiempo que en la Sagrada Tradición, y con ella se robustece firmemente y se rejuvenece de continuo, investigando a la luz de la fe toda la verdad contenida en el misterio de Cristo. Las Sagradas Escrituras contienen la palabra de Dios y, por ser inspiradas, son en verdad la palabra de Dios; por consiguiente, el estudio de la Sagrada Escritura ha de ser como el alma de la Sagrada Teología. También el ministerio de la palabra, esto es, la predicación pastoral, la catequesis y toda instrucción cristiana, en que es preciso que ocupe un lugar importante la homilía litúrgica, se nutre saludablemente y se vigoriza santamente con la misma palabra de la Escritura.
Se recomienda la lectura asidua de la Sagrada Escritura
25. Es necesario, pues, que todos los clérigos, sobre todo los sacerdotes de Cristo y los demás que como los diáconos y catequistas se dedican legítimamente al ministerio de la palabra, se sumerjan en las Escrituras con asidua lectura y con estudio diligente, para que ninguno de ellos resulte "predicador vacío y superfluo de la palabra de Dios que no la escucha en su interior", puesto que debe comunicar a los fieles que se le han confiado, sobre todo en la Sagrada Liturgia, las inmensas riquezas de la palabra divina.
De igual forma el Santo Concilio exhorta con vehemencia a todos los cristianos en particular a los religiosos, a que aprendan "el sublime conocimiento de Jesucristo", con la lectura frecuente de las divinas Escrituras. "Porque el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo". Lléguense, pues, gustosamente, al mismo sagrado texto, ya por la Sagrada Liturgia, llena del lenguaje de Dios, ya por la lectura espiritual, ya por instituciones aptas para ello, y por otros medios, que con la aprobación o el cuidado de los Pastores de la Iglesia se difunden ahora laudablemente por todas partes. Pero no olviden que debe acompañar la oración a la lectura de la Sagrada Escritura para que se entable diálogo entre Dios y el hombre; porque "a El hablamos cuando oramos, y a El oímos cuando leemos las palabras divinas.
Incumbe a los prelados, "en quienes está la doctrina apostólica, instruir oportunamente a los fieles a ellos confiados, para que usen rectamente los libros sagrados, sobre todo el Nuevo Testamento, y especialmente los Evangelios por medio de traducciones de los sagrados textos, que estén provistas de las explicaciones necesarias y suficientes para que los hijos de la Iglesia se familiaricen sin peligro y provechosamente con las Sagradas Escrituras y se penetren de su espíritu.
Háganse, además, ediciones de la Sagrada Escritura, provistas de notas convenientes, para uso también de los no cristianos, y acomodadas a sus condiciones, y procuren los pastores de las almas y los cristianos de cualquier estado divulgarlas como puedan con toda habilidad.
EPÍLOGO
26. Así, pues, con la lectura y el estudio de los Libros Sagrados "la palabra de Dios se difunda y resplandezca" y el tesoro de la revelación, confiado a la Iglesia, llene más y más los corazones de los hombres. Como la vida de la Iglesia recibe su incremento de la renovación constante del misterio Eucarístico, así es de esperar un nuevo impulso de la vida espiritual de la acrecida veneración de la palabra de Dios que "permanece para siempre" (Is., 40,8; cf. 1 Pe., 1,23-25).
Todas y cada una de las cosas contenidas en esta Constitución Dogmática han obtenido el beneplácito de los Padres del Sacrosanto Concilio. Y Nos, en virtud de la potestad apostólica recibida de Cristo, juntamente con los Venerables Padres, las aprobamos, decretamos y establecemos en el Espíritu Santo, y mandamos que lo así decidido conciliarmente sea promulgado para gloria de Dios.
Roma, en San Pedro, 18 de noviembre de 1965.

Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia católica.